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miércoles, 18 de agosto de 2010

Mecanismos que regulan los estados de animo en el trastorno bipolar

El estado de ánimo es el motor que impulsa al organismo a lograr objetivos, distintos a los de la simple satisfacción de las necesidades básicas. Para un buen funcionamiento psíquico y físico, es imprescindible la integridad de los mecanismos que lo regulan, que son los que nos permiten no desfallecer ante las dificultades, afrontar los problemas del día a día y mantener la ilusión en el futuro. Cuando los problemas sobrepasan la capacidad de adaptación de una persona, estos mecanismos no consiguen por sí solos restablecer el equilibrio anímico y puede sobrevenir una depresión. Por lo general estas depresiones se denominan depresiones reactivas o exógenas porque aparentemente se producen como consecuencia de uno o más acontecimientos desfavorables para el sujeto. Sin embargo, hay otro tipo de alteraciones del estado de ánimo, como el trastorno bipolar, en las que son los mecanismos reguladores los que funcionan de manera incorrecta, de tal modo que la persona afectada puede presentar depresión sin necesidad de que exista un precipitante evidente.
Puesto que casi siempre hay problemas con los que justificar que una depresión es reactiva, muchas veces pasa desapercibida la raíz auténtica del trastorno, que se halla en un mal funcionamiento de dichos mecanismos biológicos.


Mecanismos que regulan el estado de ánimo.


En la regulación del tono vital participan factores genéticos, biológicos, psicológicos, sociales, meteorológicos y farmacológicos.
Entre los biológicos destacan los neurotransmisores y las hormonas. Otras sustancias importantes son los neuromoduladores y los iones. Todas ellas se exponen en la tabla 1.
En conjunto, como explicábamos anteriormente, estas sustancias se comportan como un termostato: cuando el estado de ánimo decae por algún motivo, se producen diversas sustancias para impedir que se alcancen niveles demasiado bajos, que podrían poner en peligro la supervivencia del sujeto; cuando el ánimo se eleva, se producen otras que evitan un exceso de euforia que también podría acarrear problemas, como ignorar el riesgo y sobrevalorar las propias fuerzas. Por este motivo, la sensación de alegría tras un acontecimiento positivo suele durar poco, aunque a continuación no ocurra nada negativo. Cuando este «animostato» pierde precisión, cualquier situación estresante puede terminar provocando una alteración importante del estado de ánimo. Las depresiones que aparecen después de un parto, por ejemplo, son fruto de la combinación del descenso súbito de la concentración de ciertas hormonas en la sangre (estrógenos), que actúan indirectamente sobre la dopamina, un neurotransmisor que forma parte de este «animostato», junto con las dificultades psicológicas de adaptación a una situación nueva, especialmente cuando se trata del primer hijo (inseguridad), pero también en otros casos (cargas familiares y económicas).
En el trastorno bipolar, los afectados presentan, por razones genéticas, un funcionamiento imperfecto de este termostato del estado de ánimo. A pesar de que muchos de ellos han vivido muchos años sin presentar ninguna alteración, llega un momento en que, por circunstancias ambientales estresantes o bien por cambios hormonales (como durante la pubertad o la menopausia), la enfermedad se manifiesta abiertamente.
Muchos pacientes refieren, sin embargo, haber apreciado, ya desde muy pequeños, oscilaciones afectivas menores a las que entonces no habían dado importancia.
Las alteraciones biológicas que pueden detectarse en una persona durante una fase maníaca, depresiva o mixta no se diferencian demasiado de las que se producen en cualquier sujeto en una situación de estrés (p. ej., estudiantes durante un examen), excepto por su intensidad y duración. Biológicamente, la manía se parece al efecto de ciertos estimulantes, como las anfetaminas y la cocaína (es como si el organismo del paciente fabricara su propia anfetamina). La fase depresiva tiene algunos factores en común con la enfermedad de Parkinson, por ejemplo, aunque no se acompaña de alteraciones motores (temblor y rigidez). Precisamente por eso, algunos de los medicamentos que reducen la euforia causan síntomas parecidos al Parkinson. La manía y la depresión son, biológicamente, respuestas desproporcionadas al estrés, tanto en intensidad como en duración. Lamentablemente, las alteraciones biológicas acompañantes acaban por modificar el modo de pensar y de sentir del afectado, distorsionando su visión de la realidad. En este sentido, tanto la manía como la depresión reducen o anulan la libertad del individuo, ya que sus pensamientos están dirigidos por las emociones alteradas de su estado. A pesar de que el paciente tiende a creer que los pensamientos preceden a las emociones (es decir, que está eufórico porque él es fantástico), es exactamente al revés (se siente eufórico y deduce que él es fantástico). Éste es el motivo por el cual muchos pacientes presentan síntomas e ideas parecidos durante las descompensaciones.

TABLA 1. Sustancias del organismo que intervienen en la regulación del estado de ánimo.



Fuente: Veta Eduard

lunes, 16 de agosto de 2010

La influencia de los factores genéticos

La enfermedad bipolar consiste en un mal funcionamiento de los mecanismos bioquímicos que regulan el estado de ánimo.
Estos mecanismos se localizan en una zona del cerebro, denominada sistema límbico, que se encuentra en la zona central del encéfalo, como puede verse en la figura 1. Gracias a la experimentación con animales, actualmente sabemos que en el sistema límbico hay grupos de neuronas (que son las células del cerebro) encargadas de modular nuestra agresividad, el hambre, el instinto sexual, el sueño y muchas otras funciones
primarias para la supervivencia, entre las cuales se halla el tono vital. Éste es la energía que nos permite enfrentarnos a la vida diaria. En condiciones naturales, nos daría la fuerza para cazar, defender nuestro territorio y cuidar de nuestros hijos. En el mundo moderno, nos permite levantarnos, ir al trabajo o a clase y disfrutar del tiempo de ocio con la familia o los amigos, entre otras cosas.


El funcionamiento del sistema límbico es complejo, pero se basa en dos factores: su propia constitución, determinada por factores genéticos, y la influencia de factores ambientales. Las personas que tienen un sistema límbico más vulnerable por constitución genética (de nacimiento) pueden presentar la enfermedad si se dan las condiciones ambientales que la precipitan.

FACTORES GENÉTICOS

Desde el punto de vista científico, actualmente no hay ninguna duda de que la causa primaria del trastorno bipolar es de tipo genético. Sin embargo, las causas genéticas no lo explican todo.
La primera prueba de que la enfermedad tiene cierta tendencia a transmitirse de padres a hijos se halla en la elevada frecuencia de antecedentes familiares de la enfermedad en nuestros pacientes. Los estudios demuestran que los familiares de un paciente bipolar presentan un riesgo diez veces mayor de sufrir la enfermedad que una persona sin ningún familiar afectado. Esto también podría explicarse por la influencia ambiental del entorno en el paciente (p. ej., el hijo de una mujer con la enfermedad podría «imitar» o aprender a comportarse como la madre). En realidad no es así. Los estudios en gemelos y en niños adoptados han demostrado que el factor más importante es el genético. Los estudios en gemelos comparan la incidencia del trastorno bipolar en pacientes con hermanos gemelos. Se ha comprobado que si el gemelo es idéntico (es decir, se trata de un gemelo monocigótico y, por tanto, comparte el mismo código genético con su hermano), la probabilidad de que desarrolle un trastorno bipolar es del 60 %; por el contrario, si el gemelo es bicigótico (gemelos distintos, que simplemente han nacido el mismo día), esta probabilidad es de un 25 %, la misma que la del hermano no gemelo. Los estudios de adopción estudian la incidencia del trastorno bipolar en los padres de niños adoptados que padecen la enfermedad. Estos estudios han demostrado que la enfermedad es mucho más frecuente en los padres biológicos que en los adoptivos, lo cual demuestra que los factores genéticos son mucho más importantes que los educativos.
Últimamente se ha avanzado mucho en genética molecular, aunque lamentablemente todavía no se conoce la localización de los genes responsables del riesgo de padecer la enfermedad.
Se ha descartado que se trate de un único gen. Parece que el modelo más aproximado es el que explica la diabetes, el cáncer de mama y muchas otras enfermedades: un conjunto
de genes, presentes en gran parte de la población que, combinados de un cierto modo y bajo la influencia de algunos factores ambientales específicos, desencadenarían el trastorno.
Es probable que en los próximos años se descubran aspectos fundamentales de la transmisión hereditaria de la enfermedad que puedan ser útiles para su prevención.
Ya hemos visto que en la aparición de esta enfermedad la herencia desempeña un papel fundamental. ¿Significa esto que los hijos de un afectado presentarán forzosamente la enfermedad? ¿Que para un bipolar es desaconsejable tener hijos? No. Los factores genéticos sólo comportan un riesgo, no la enfermedad en sí. Evidentemente, el riesgo aumenta en función del número de hijos. En principio, es más probable que un hijo no herede la enfermedad que no que la herede.
Aunque depende de muchos otros factores, puede calcularse en un 15 % la probabilidad de transmitir la enfermedad a los hijos. Lo que ocurre es que esta cifra depende mucho de si hay más familiares afectados, de la gravedad de la enfermedad del progenitor, del momento de su presentación, etc.
Muchas veces puede heredarse cierto grado de la enfermedad, no necesariamente la forma completa: por ejemplo, uno de los hijos de un afectado puede padecer depresión unipolar, o ser un poco ciclotímico, sin que ello condicione gravemente su vida.
Algunos pacientes aseguran que no tienen antecedentes familiares de depresión. Es posible. A veces, por el hecho de que se hereda un riesgo, la enfermedad puede saltarse algunas generaciones y proceder de un antepasado desconocido.
En algunos casos, la muerte prematura de una persona puede ocultar la enfermedad, que aún no se había manifestado, y, por lo tanto, sus descendientes aún lo ignoran. En otros casos, ciertamente minoritarios, la enfermedad se debe exclusivamente a factores ambientales, en general de tipo orgánico: por ejemplo, algunas lesiones o tumores cerebrales localizados en zonas cercanas al sistema límbico pueden imitar perfectamente
la enfermedad. Algunas enfermedades hormonales también pueden producir los mismos síntomas. Tanto en un caso como en el otro, la presencia de síntomas específicos de la enfermedad de base orientan el diagnóstico, de manera que es difícil confundirlo con el trastorno bipolar puro.

FACTORES AMBIENTALES

Ya hemos dicho que la causa del trastorno bipolar siempre es orgánica, pero no así sus desencadenantes. En efecto, los factores externos pueden actuar como la chispa que enciende el combustible, que es el conjunto de factores genéticos. Los factores ambientales pueden ser de tipo biológico (p. ej., un traumatismo craneal grave), de tipo psicológico (p. ej., un cambio de responsabilidad en el trabajo), de tipo social (p. ej., trasladarse a vivir a otro país con otra cultura). Esta clasificación es relativa porque en la práctica las circunstancias sociales, psicológicas y biológicas convergen hacia cambios bioquímicos en el cerebro. Por ejemplo, cualquier persona, bipolar o no, que se encuentre en una situación estresante (como un traslado o la muerte de un familiar) produce una serie de sustancias que le ayudan a mantener la entereza, la fuerza física y mental para adaptarse a la nueva situación. Estas sustancias, que circulan entre las neuronas y se denominan neurotransmisores, permiten al organismo sacar fuerzas de reserva para superar situaciones puntuales. Quizás habéis oído hablar de ellas: son la serotonina, la noradrenalina, la dopamina y otras. Estas mismas sustancias se encargan de muchas otras funciones del sistema límbico, como regular el sueño, el hambre, los impulsos, etc. Normalmente, cuando el organismo produce más cantidad de esas sustancias en situaciones críticas, el individuo es capaz de adaptarse y volver poco a poco a la normalidad. Las personas que padecen un trastorno bipolar son más vulnerables a los cambios biológicos que comporta el estrés. Esto quiere decir que la cascada de neurotransmisores no se detiene y el organismo entra progresivamente en un estado de agotamiento, durante el cual se desencadenan reacciones hormonales que constituyen la segunda batería contra las situaciones de estrés y adaptación.
Estos mecanismos son muy complejos y es difícil explicarlos sin simplificarlos demasiado. Parece que la sobreproducción de neurotransmisores estimula la secreción de una sustancia denominada CRF, que es la que pone en marcha la respuesta hormonal al estrés y estimula la producción de corticotropina y cortisol. Se ha comprobado que en las fases depresivas la producción de CRF, corticotropina y cortisol es mucho más alta de lo normal. Las fases maníacas son más difíciles de estudiar (ya podéis imaginaros que la colaboración de una persona durante una fase maníaca es mucho más limitada, y la investigación siempre exige la colaboración voluntaria del paciente). De todos modos, los escasos estudios disponibles indican que en la fase maníaca se produciría un descontrol de la producción de neurotransmisores, como un grifo que de golpe no puede cerrarse, y esto también causaría ciertos cambios hormonales.
Pero antes de explicar de un modo más específico el funcionamiento de los mecanismos que regulan el estado de ánimo, que son precisamente los que están alterados por predisposición genética en el trastorno bipolar, es conveniente detenerse en los factores psicológicos y sociales como desencadenantes de la enfermedad. ¿Siempre se producen recaídas como consecuencia de estos factores? ¿Quiere esto decir que el individuo bipolar es débil y no puede afrontar los problemas de la vida? En realidad, la influencia de estos factores varía mucho en cada caso concreto; muchos pacientes cuentan que han pasado situaciones tremendamente difíciles y no han recaído, y en cambio otras veces han recaído por un pequeño contratiempo. La explicación se encuentra en el hecho de que hay épocas en que el organismo es más propenso a las recaídas. Éstas son:

– Si se abandona el tratamiento.
– Si se consumen drogas, incluido el alcohol.
– Si recientemente se ha tenido una recaída.
– Durante los cambios estacionales.
– Durante los cambios de medicación.
– Si se lleva a cabo un régimen o una dieta muy estricta.
– Si por algún motivo se pasan diversas noches sin dormir.

Todos estos factores inducen cambios en el organismo sobre las sustancias que regulan el tono vital y pueden precipitar una recaída o volver al sujeto más vulnerable ante una situación ambiental desfavorable.
Al igual que los factores psicosociales pueden influir negativamente, también pueden hacerlo positivamente. Por ejemplo, unas buenas relaciones familiares, una situación económica favorable o un buen apoyo social (de amigos o asociaciones) influyen de manera positiva en el curso del trastorno, siempre que se controlen los factores biológicos que hemos mencionado y se respete correctamente la medicación.
Nadie es tan grande que pueda avergonzarse de estar sometido a aquellas leyes que rigen con idéntico rigor tanto la actividad normal como la patológica.

Lo que se denomina fase mixta en los trastornos bipolares

Por: RALPH EMERSON

Las fases mixtas consisten en una mezcla de síntomas de manía y depresión. Son difíciles de diagnosticar y causan un gran sufrimiento tanto al paciente como a su familia. El tipo más frecuente se manifiesta con hiperactividad, aceleración del pensamiento y, al mismo tiempo, ideas negativas y pensamientos depresivos. A menudo se acompañan de una gran ansiedad. Algunos pacientes presentan fases mixtas aisladas,
pero es más frecuente que las fases mixtas sean la continuación de una fase maníaca o la transición entre una fase maníaca y una depresiva, en especial en los pacientes denominados cicladores rápidos, que a menudo pasan de manía a depresión y a la inversa.
«Cuando realmente lo paso peor, peor incluso que durante una depresión, es en las fases mixtas. Estoy muy nervioso, activado, inquieto, como si estuviera maníaco, pero no sé que hacer, dónde ponerme, dónde esconderme. No dejo de  pensar tonterías, tengo miedo, miedo de todo, un miedo inespecífico. Se me ocurren ideas negativas, de manera
automática, intensamente, a gran  velocidad, y aún me angustio más. Me es imposible dormir, pero tampoco soy capaz de llevar a cabo ninguna actividad. Además, sé que estoy insoportable con los de casa; me exalto por nada, grito, discuto por todo… Es una fase muy dura, espero no pasar otra parecida.»

Como decíamos al inicio, cada individuo es un ser único e irrepetible. No hay nadie que sea exactamente igual, física o mentalmente, a otro. Ni tan siquiera los gemelos idénticos son exactamente iguales. Cada ser humano tiene su personalidad y su modo de conducir su vida. Afortunadamente,  las enfermedades son mucho menos numerosas que las formas de ser. Enfermedades, y ahora hablamos específicamente de trastornos mentales (desde los más leves como la ansiedad hasta los más graves como la demencia), hay muy pocas. Pero enfermos hay muchos. Esto quiere decir que muchas personas, aunque sean distintas entre sí, comparten los rasgos comunes de la enfermedad. Ésta es la base del diagnóstico en psiquiatría: el diagnóstico clínico. Es decir, el diagnóstico basado en la identificación de una serie de síntomas que, agrupados, constituyen el núcleo central de una enfermedad.
Antiguamente, todas las enfermedades, incluso las físicas, se diagnosticaban de esta manera. Actualmente sigue habiendo muchas, como el sarampión, las paperas, etc., que pueden diagnosticarse sin necesidad de hacer pruebas. Pero el progreso nos ha permitido confirmar el diagnóstico clínico mediante una serie de exploraciones, como los análisis, las radiografías, las endoscopias, etc., que nos dan seguridad a la hora de establecer un pronóstico y un tratamiento, lo cual en el fondo constituye el único objetivo que tiene establecer un diagnóstico.
El diagnóstico no debe ser una etiqueta o una tara. El diagnóstico es la garantía que nos da la ciencia médica de que aquello que nos hace sufrir es muy conocido y, por la experiencia acumulada con los miles de hombres y mujeres que lo han padecido y en quienes se ha estudiado, puede tratarse de un modo concreto. En psiquiatría, por ahora, no hay pruebas o exploraciones que permitan comprobar el diagnóstico clínico. Esto es así porque muchas enfermedades psíquicas se deben a sustancias internas del cerebro, el cual ni puede pincharse ni ser sometido a una biopsia por razones obvias.
Por lo tanto, en psiquiatría el diagnóstico depende de los síntomas que el paciente y sus familiares explican al médico y de lo que éste observa con sus conocimientos y habilidades específicas.
Para diagnosticar un trastorno bipolar es necesario identificar períodos de tiempo en los que el paciente se haya mostrado claramente eufórico, acelerado o irritable. Los psiquiatras utilizamos listados de «criterios diagnósticos», que tal como se ha dicho se denominan DSM (ahora vamos por el DSM-IV) o CIE (ahora vamos por la CIE-10), que sirven para saber si los síntomas de un paciente corresponden a uno u otro trastorno. Si la euforia ha sido lo bastante intensa y ha durado lo suficiente como para considerarla
una fase de manía, ya podemos establecer el diagnóstico de trastorno bipolar, incluso sin fases depresivas, ya que se da por sentado que un día u otro se producirá dicha fase.
Por el contrario, ante una depresión (tristeza, apatía, falta de ilusión, etc.) no hablaremos de trastorno bipolar hasta que comprobemos que se ha producido una fase maníaca en el
pasado o que se producirá en el futuro. Así pues, si no hay fases de euforia, no hay trastorno bipolar (se habla de depresión unipolar).
Si diagnosticamos un trastorno bipolar, es necesario conocer la intensidad de los síntomas para saber de qué subtipo se trata. El subtipo I se caracteriza por manía y depresión, o bien  por manía sola. La manía es una euforia tan intensa que casi siempre implica ingreso hospitalario y/o aparición de delirios y alucinaciones. El tipo II se caracteriza por hipomanía (manía suave) y depresión. La hipomanía, como ya sabe el lector, es una alegría exagerada que se acompaña de indiscreciones, exceso de generosidad, exceso de confianza en uno mismo e implicación inadecuada en nuevos planes y proyectos, sin llegar a los extremos de la manía. El tercer subtipo de trastorno bipolar es la ciclotimia, que consiste en cambios de humor frecuentes e inexplicables, emotividad e inestabilidad, sin llegar al extremo de la manía o la depresión. La mayoría de los ciclotímicos no tienen ni idea de que lo son, no van al médico, pero su vida se halla enormemente condicionada por los cambios en su estado de ánimo.
Cuando diagnosticamos a un paciente con síntomas de trastorno bipolar, los psiquiatras nos planteamos diferenciar el cuadro de dos enfermedades que pueden confundirse: una es la depresión «a secas» (unipolar); muchos pacientes se quejan de las depresiones, pero no de las euforias, y esto puede contribuir a no advertir su presencia y que el paciente es bipolar. La otra enfermedad con la que puede confundirse es la esquizofrenia; de hecho, hay pacientes a los que es tan difícil distinguir que se denominan esquizo-afectivos, porque se hallan a medio camino entre la esquizofrenia y el trastorno bipolar. En ambas enfermedades pueden aparecer delirios (ideas irreales, sensación de ser espiado o seguido, coincidencias sospechosas o mensajes indirectos) y alucinaciones (voces, olores extraños, visiones), de modo que es extraordinariamente difícil saber si se trata de una o de la otra cuando el paciente está más enfermo. Por lo general se requiere tiempo, observación y seguimiento para esclarecer el diagnóstico.
Antiguamente se tendía a diagnosticar preferentemente esquizofrenia, razón por la que algunos pacientes bipolares han recibido inicialmente este diagnóstico. No se trata forzosamente de un error, sino de un cambio en el modo de diagnosticar de la psiquiatría, a partir de estudios que han demostrado que los bipolares también pueden presentar síntomas psicóticos.
Para finalizar, sólo mencionaremos una forma especial de la enfermedad que puede aplicarse a los tres tipos (I, II y ciclotimia) mencionados con anterioridad y que se denomina ciclación rápida (pacientes que alternan en cuestión de días, u horas, varias fases de manía y depresión). Estos casos son muy difíciles, pero se ha demostrado que a la larga mejoran y se estabilizan. Para ser ciclador rápido, un paciente debe presentar por lo menos cuatro episodios en un año (p. ej., dos fases maníacas y dos depresivas). Otra forma especial es el «patrón estacional» (pacientes que siempre recaen en la misma época del año).
Sólo queremos recordaros que todas las personas somos falibles, también los médicos. La única vía de la que disponemos para hacer un buen diagnóstico es la información que nos proporcionan los pacientes y sus familiares. Entre todos debemos procurar mejorar siempre nuestra capacidad de diagnóstico para poder establecer el pronóstico y encontrar el tratamiento más apropiado para cada caso.
«El problema era que, en realidad, yo no aceptaba la enfermedad.
No podía soportar la idea de que mi carácter no era sólo original, sino que tenía una enfermedad con mayúsculas. Me asediaba la palabra locura, con todas sus connotaciones. Me lo repetía constantemente y esta idea me torturaba. Supongo que me enganché enseguida al tratamiento alternativo porque me dijeron precisamente lo que quería oír: que no padecía ninguna enfermedad, que sólo pasaba por un mal momento en mi proceso de expansión personal. “No sabes centrar la energía”, me dijo un señor con barba que afirmaba haber estudiado en Asia. Así que empecé a seguir su tratamiento de reorganización de mi fuerza interior; llevaba siempre colgada al cuello una bolsita de tela con hierbas, y cada semana visitaba a aquel señor de la barba que me ponía las manos en la espalda y repetía frases ininteligibles. Todo ello me costaba una fortuna y seguía encontrándome mal. Si hubiera empezado antes el tratamiento médico me hubiera ahorrado mucho sufrimiento y dinero. Ahora lo veo claro: yo sólo tengo una pequeña anomalía en una parte del cerebro, del mismo modo que hay personas que tienen problemas de  corazón o de hígado, o con el azúcar, que de vez en cuando me causa depresiones y euforias, pero en los restantes aspectos, una vez estabilizado por la medicación, soy una persona normal, no estoy loco. No sé si puedo decir lo mismo de aquel señor de la barba.»

No hay un solo hombre tan dulcemente sencillo que su naturaleza pueda explicarse como la suma de sólo dos o tres elementos principales.

Hablemos de lestado hipomaníaco

Por: PÍO BAROJA
La hipomanía es una manía suave. En la hipomanía no aparecen síntomas psicóticos, y aunque la mayor parte de los que hemos explicado para la manía es válido para la hipomanía, debe ser en un grado que no represente una alteración evidente del comportamiento que pueda implicar, por ejemplo, la hospitalización. La frontera entre hipomanía y manía es, por lo tanto, un poco difusa. ¿Y la frontera entre hipomanía y alegría normal? En general, la alegría tiene una justificación muy clara y dura muy poco. La alegría es una emoción que puede darse en la hipomanía, pero ésta se acompaña de muchos otros síntomas: insomnio o disminución del sueño, discurso acelerado, irritabilidad, etc.
La hipomanía puede ser un estado extremadamente agradable.
Si es moderada, puede hacer que el individuo aumente su actividad sin perder su sentido  puede implicar mayor creatividad y capacidad de liderazgo. El problema es que constituye  un estado extremo inestable. Muchos pacientes querrían  estar permanentemente un poco hipomaníacos. Lamentablemente, la hipomanía tiende de manera acusada a empeorar y a convertirse en manía (en los bipolares de tipo I), o a transformarse de improviso en una fase depresiva (sobre todo en los bipolares de tipo II). Y, de pronto, hay un momento en que me doy cuenta de ello:  tengo la cabeza como “en ebullición” y sé que todo irá bien. 
Me dejo llevar por el instinto y todo adquiere un valor extraordinario. Mi calle de siempre me parece una obra de arte.»
«Poco a poco, me sentía mucho mejor; me ponía un vestido corto y los walkman y paseaba por la ciudad, hablando con todo el mundo. Notaba que no necesitaba dormir demasiado, con cuatro o cinco horas tenía suficiente. No me parecía nada extraño. He leído que hay gente que no duerme en toda su vida. Todo el mundo era muy simpático conmigo y me sentía capaz de cualquier cosa.»
La enfermedad de las emociones: el trastorno bipolar  .Y aquí estoy yo, brotado entre las ruinas, mordiendo sólo   todas las tristezas, como si el llanto fuera una semilla y yo el único surco de la tierra.

PABLO NERUDA

La depresión consiste en la pérdida de interés por las actividades habituales, la falta de ilusiones y la gran dificultad para hacer cosas que, en otro momento, habrían sido fáciles o rutinarias. En la depresión bipolar hay una gran pérdida de fuerza de voluntad y una gran apatía. A menudo los pensamientos y los actos son más lentos. Es como la cara inversa de la manía: inactividad, tristeza, lentitud, ideas de minusvalía y un gran sufrimiento. El afectado se siente como si hubiera perdido toda su energía, como un motor sin gasolina. Para los que conviven con el paciente, la fase depresiva puede ser muy frustrante, pero a menudo la prefieren a la fase maníaca, en que las alteraciones del comportamiento son más aparatosas.
En la fase depresiva el paciente acostumbra a recluirse en la cama o en su habitación, duerme mucho y se abandona físicamente, pero no es tan difícil de controlar como en la fase maníaca. El problema es que detrás de este comportamiento menos conflictivo hay un gran sufrimiento personal, difícil de entender para quien no lo ha vivido directamente. El paciente se siente indolente, inútil, frustrado. Antes de empezar algo ya se le han ocurrido cien razones para no hacerlo. Las pequeñas obligaciones del día a día se convierten en un cúmulo de dificultades. Sólo se le ocurren ideas negativas. A veces parece que la muerte es la única solución… Afortunadamente, hay soluciones mucho mejores, pero la persona deprimida es incapaz de verlas y es necesario insistir mucho para que confíe en el tratamiento médico. La depresión se acompaña de una distorsión del tiempo muy peculiar: el pasado y el futuro se contaminan de la vivencia depresiva. Un paciente que se hallaba en fase depresiva desde hacía una semana afirmaba convencido: «Esta depresión no sanará nunca, hace años que la arrastro». Curiosamente, cuando se recuperó, decía: «Ahora ya estoy bien. No volverá a ocurrirme nunca más, es imposible». Al cabo de dos años, en una recaída, volvía a defender que siempre había estado deprimido, cuando sabíamos perfectamente que había estado bien durante dos años. Esta sensación de fatalidad lleva a la desesperación y puede facilitar una de las complicaciones más graves de la depresión: el suicidio. Más adelante hablaremos de este tema tan delicado.
Otros síntomas de la fase depresiva pueden ser la pérdida del apetito (aunque en algunos pacientes es más frecuente su aumento y la correspondiente ganancia de peso), la fatiga, las somatizaciones (dolor en las piernas, cosquilleo en los dedos, mala digestión, dolor de cabeza), las crisis de ansiedad, la pérdida de impulso sexual, el aislamiento social, el malhumor y muchos otros.
En la fase depresiva también pueden observarse síntomas psicóticos.
En este caso suelen ser de contenido depresivo: ideas delirantes de culpa, ruina, inutilidad…; convencimiento de padecer cáncer, sensación de ser señalado y rechazado por parte de la gente en la calle, etc. Las alucinaciones son menos frecuentes, pero pueden adoptar la forma de voces que insultan o de visiones del demonio, por ejemplo. Algunos pacientes presentan depresiones catatónicas en las que lo más llamativo es su permanecence en la inmovilidad y desconexiónde la realidad. Sin embargo, estos síntomas sólo aparecen en las depresiones más graves. Son más habituales las fases depresivas leves y moderadas, en especial cuando acompañan  la remisión de una fase maníaca.

Un aspecto de la fase depresiva que debe tenerse en cuenta es que a menudo los síntomas son más intensos por la mañana que por la tarde. Esto no es siempre así, pero hay un porcentaje importante de pacientes que se levantan muy mal, sin fuerzas, y que abrtir de las seis o las siete de la tarde empiezan a sentirse más activos y animados. Algunos pacientes tienden a alargar las noches, que es cuando se encuentran mejor, y a levantarse cada día más tarde, evitando el peor momento del día. Esto hace que acaben por dormir de día y vivir de noche, que alteren completamente el funcionamiento familiar y hagan más difícil su reintegración social. Además, al levantarse más tarde también retrasan la hora en que empiezan a encontrarse mejor, de modo que ello no supone ninguna solución. La mejora vespertina se explica por razones neurohormonales, que describiremos mejor cuando hablemos de las causas y los mecanismos de la enfermedad.
«Cuando estoy deprimido lo veo todo negro, no tengo ganas de hacer nada. Siento un vacío inexplicable, como si estuviera muerto. Se trata de una tristeza sin motivo, muy superior a lo que crees que la ha provocado. Es una tristeza física, que me duele dentro.»
«La depresión es peor que un cáncer; me añade cincuenta años. Es como si perdiera la mitad de la sangre del cuerpo; no tengo energía para hacer nada y no paro de hacerme preguntas, de cuestionármelo todo, de pensar cosas que, cuando estoy bien, me parecen completamente absurdas.»
«Perdí la ilusión por todo; creía que mi mujer se merecía algo mejor que yo y quería pedirle el divorcio. No quería ser una carga para ella. También creía que no sería capaz de hacer bien mi trabajo, aunque hace doce años que lo hago; quería despedirme voluntariamente; tenía la impresión de que si no me habían echado era por lástima. El médico me dijo que no tomara ninguna decisión importante hasta que estuviera bien, que quizás entonces lo vería diferente. Tenía razón.
Suerte que no deje a mi esposa, ni el trabajo… habría sido un gran error! No debe tomarse nunca una decisión cuando se está deprimido. A veces te parece que es en aquel momento cuando lo ves todo más claro, pero es un error. Cuando estás deprimido, las decisiones las toma la enfermedad.»
«He estado deprimida los últimos cuatro meses; sólo tenía  ánimos para sentarme frente al televisor y “hacer como si mirara”, porque en realidad no me enteraba de nada de lo que decían. Pasaba las tardes enteras sentada en el sofá, adormilada, mirando programas estúpidos y sintiéndome la persona más desgraciada del mundo porque no tenía fuerzas para hacer nada más. Sólo quería sentarme, sentarme delante de la tele como si fuera un zombi y comer chocolate. Además, me preocupaba muchísimo porque me estaba poniendo como una foca, de tanto comer chocolate. Pero no podía evitarlo.
Creía que estaría así el resto de mi vida, que la medicaciónno podría ayudarme, y empezaba a creer que no valía la pena vivir de aquel modo. Al cabo de veinte días de tomar la medicación, empecé a encontrarme un poco mejor. Además del médico, también iba a una psicóloga y entre las dos diseñamos una estrategia para vencer la apatía que tanto me dominaba.
Me di cuenta de que lo más difícil era comenzar, que cuando empezaba a hacer alguna de las tareas que me había pautado la terapeuta todo iba mejor. El ejercicio físico también me ayudaba. Lo que más me costaba era levantarme por la mañana, pero tenía que hacerlo: la psicóloga decía que es básico no dormir más de nueve horas. Ahora ya me he recuperado bastante, pero sigo yendo a la psicóloga y, aunque me cuesta, hago todo lo que me dice. Ahora noto realmente que estoy mejor, que la medicación me ha ayudado mucho y me ha permitido empezar a poner algo de mi parte.»


El estado maníaco

Por: JUAN LARREA

La manía es un cambio del comportamiento derivado de una exaltación de las funciones mentales: el pensamiento se acelera, las emociones se hacen más intensas (tanto la alegría como la tristeza o la ira), disminuye la necesidad de dormir y descansar, aumenta el interés por el sexo y las relaciones sociales, etc. Muchas veces es un sinónimo de euforia, pero no siempre se acompaña de ella. A menudo el síntoma más evidente es la irritabilidad o la contrariedad ante pequeñas frustraciones.
El inicio de la fase maníaca es con frecuencia agradable, hasta tal punto que algunos pacientes afirman sentirse «mejor que nunca». De hecho, si un paciente que acaba de pasar una depresión nos dice que se siente mejor que nunca, mejor incluso que antes de caer enfermo, debemos sospechar que empieza a presentar una fase maníaca o, por lo menos, hipomaníaca. Éste es uno de los principales problemas de la manía: la falta de conciencia de enfermedad. El paciente se siente tan bien que no debe sorprendernos que se niegue a ir al médico o que crea que la familia le fastidia innecesariamente.
Por ello también muchos pacientes se niegan a tratarse o abandonan el tratamiento en curso, convencidos de que ya no lo necesitan.
En la manía, los rasgos de la personalidad del individuo se acentúan de manera caricaturesca. La exaltación de las emociones puede llevar a enamoramientos apasionados y odios intensos. La sobrevaloración de las propias capacidades puede llevar a tomar decisiones excesivamente arriesgadas, emprender negocios ruinosos o efectuar compras innecesarias y regalos sin motivo. El afectado se siente capaz de cualquier cosa, aunque para muchas de ellas no está preparado y a menudo termina perdiendo el trabajo o despilfarrando sus ahorros. La manía también puede hacer que personas en general correctas y educadas se comporten de un modo excesivamente familiar, inapropiado o incluso impertinente. También puede llevar a la promiscuidad sexual y a las infidelidades, sin que el interesado tenga conciencia clara de las consecuencias que le puede acarrear tal conducta. La aceleración psicomotora hace que el paciente mantenga una actividad constante, se interese por ejercicios físicos que quizás antes no le habían llamado la atención y planifique tareas y reuniones que le llenen el día y parte de la noche. Si la hiperactividad es excesiva, el paciente puede mostrarse inquieto o incluso agitado. Recordamos a un paciente que, una vez recuperado de una fase maníaca, explicaba que cuando llegó a urgencias estaba tan acelerado que no podía estarse ni un segundo sin moverse o levantarse.
Algunos pacientes confunden algunos síntomas de la manía con los de la depresión. Es cierto que hay síntomas comunes, como pueden el insomnio o a veces la pérdida de peso y la irritabilidad, pero muchas veces la manía se acompaña de labilidad emocional, es decir, de más emotividad y sensibilidad, lo cual puede manifestarse mediante el lloro. Así, llorar o conmoverse no es siempre un síntoma de depresión; también puede ser un síntoma de manía. En la manía también pueden observarse cambios bruscos de humor, lo cual es menos frecuente en la depresión.
En la manía, las ideas van a más velocidad de lo normal. Esto quizás implica más fluidez de pensamiento, pero no necesariamente mejor calidad del mismo. Lo que ocurre es que la euforia puede hacer creer al paciente que sus ideas son realmente brillantes, y la disminución de la autocrítica puede llevarle a exponerlas en público. El entusiasmo de algunos pacientes les ha llevado a convencer a terceros de La enfermedad de las emociones: el trastorno bipolar la bondad de un negocio, por ejemplo, que visto fríamente no tiene ni pies ni cabeza. El problema de la manía es que toda la laxitud moral que la acompaña se trastoca durante la fase depresiva y entonces el paciente sobrevalora los problemas derivados de sus propias conductas durante la manía. El contenido del pensamiento es, en general, megalomaníaco y grandilocuente. Las ideas de grandeza pueden llegar a ser tan exageradas que se vuelvan delirantes. Una idea es delirante cuando choca contra cualquier lógica racional y puede refutarse con argumentos o pruebas incuestionables. Por ejemplo, algunas personas pueden presentar
durante una fase maníaca la convicción de poder sanar con sus propias manos a otros enfermos. A veces, la incomprensión aparente de los demás puede llevar al paciente maníaco a creer que quieren perjudicarle por envidia de sus grandes cualidades, en cuyo caso pueden aparecer delirios de perjuicio o persecución. En casos más extremos, un paciente puede estar convencido de que sus cualidades son sobrehumanas y que quizá procede de otro planeta, y quizás algunas de las personas de su entorno son también seres extraplanetarios que lo vigilan constantemente.
La aparición de este tipo de síntomas, en especial los delirios y las alucinaciones, que se denominan síntomas psicóticos, dificultan el establecimiento de un diagnóstico diferencial entre el trastorno bipolar y la esquizofrenia. La clave se halla en la presencia de los síntomas afectivos y en la naturaleza cíclica de la enfermedad. Las alucinaciones son más frecuentes en la esquizofrenia, pero también las presentan muchos pacientes bipolares. En éstos, muchas veces tienen un contenido grandioso (p. ej., dicen «soy el mejor» o «el mesías»). Los fenómenos de supuesta telepatía, o que en la televisión o en los periódicos se hable del paciente, también pueden ocurrir en ambas enfermedades. Hay pacientes que presentan delirios con un gran contenido mesiánico, de salvación del mundo o místico, que pueden llegar a hacerles creerse enviados de Dios. Los síntomas psicóticos aparecen en aproximadamente el 70 % de los pacientes bipolares de tipo I. Más adelante explicaremos los subtipos de la enfermedad.

«Era el centro del mundo. Era yo quien lo decidía todo; me sentía muy importante y me enfadaba mucho cuando los de casa me llevaban la contraria. Creía que no me entendían
porque yo era demasiado superior. No paraba quieto. Iba todo el santo día arriba y abajo haciendo cualquier cosa con una pasión indescriptible. Me compré una guitarra eléctrica, una de las más caras. Aunque sólo había tocado la guitarra en el colegio durante un año y no lo hacía demasiado bien. Pero ahora, cuando tocaba la guitarra eléctrica era genial; estaba convencido de que a mi lado Eric Clapton era un debutante.
Lo más fuerte es que yo sentía realmente que mi música era la más impactante que nadie había hecho nunca. Abandoné la guitarra, ya no tenía nada que aprender, no podía ser mejor.
Me dedicaba a hablar con la gente para salvar sus vidas a partir de la dialéctica socrática. También quería hacer una revolución para salvar el mundo; daba dinero a los pobres. Bueno, quizás daba dinero a todo el mundo. Llevaba tres días sin ir por casa y sin dormir. Monté un numerito en las Ramblas.
Vinieron los municipales. Tuvieron que ingresarme a la fuerza.
Estuve en la clínica durante casi un mes. Los primeros días estaba perfecto. No me daba cuenta de nada y creía que me habían llevado allí para adoctrinar a los internos. Después, la medicación hizo su efecto y ya no fue tan agradable. Ya ha pasado un año; cada vez que veo la guitarra abandonada –no la toco nunca, no tengo ni idea–, recuerdo todo aquello. Quizás la conservaré durante algún tiempo, para no olvidar. Para no bajar la guardia. Después la venderé, tampoco es necesario que me torture constantemente; el psiquiatra me ha dicho que no debo sentirme culpable, que en aquel momento yo no tenía capacidad de decisión, que quien mandaba era la enfermedad, los malditos neurotransmisores. Quizás tiene razón.»

jueves, 12 de agosto de 2010

Historia del trastorno bi-polar

El trastorno bipolar.

Por: LUIS ROJAS-MARCOS
Del libro La enfermedad de las emociones.


El trastorno bipolar se denominaba antiguamente psicosis maníaco-depresiva. Este nombre le fue impuesto por el gran psiquiatra alemán Emil Kraepelin (1856-1926), quien lo diferenció de otra enfermedad mental, la esquizofrenia. Hasta la obra de Kraepelin, a principios del siglo XX, estas enfermedades no estaban bien diferenciadas. Actualmente todavía hay controversia porque existe un subgrupo de pacientes, denominados esquizoafectivos, que manifiestan síntomas comunes a ambas enfermedades. Muy pronto quedó claro que muchos pacientes maníaco-depresivos no manifestaban síntomas de psicosis y que algunos incluso presentaban fases de euforia moderada que no llegaba a la manía, motivo éste por el que se impuso un cambio de nombre. La denominación trastorno bipolar fue introducida por Karl Leonhard (1904-1988) para diferenciar esta enfermedad de otra con la cual también puede confundirse: las depresiones «vulgares» o unipolares, según la terminología de este autor. Esta clasificación, como decíamos anteriormente, sigue aún vigente, si bien es cierto que con pequeñas modificaciones.
Sin embargo, esta enfermedad se conoce desde tiempos inmemoriales. En la antigua Grecia, un autor llamado Arato ya describió la relación entre la depresión, denominada
melancolía, y la manía. El término manía no tiene nada que ver con el concepto popular o coloquial, según el cual una manía es una característica peculiar, una obsesión, o una extravagancia reiterada propia de un individuo. Se trata de una palabra que procede del griego y que en la antigüedad servía para designar cualquier enfermedad mental, en especial si se acompañaba de agitación o violencia. Actualmente la manía es una manifestación del trastorno bipolar que se caracteriza por hiperactividad, euforia o irritabilidad, grandilocuencia y muchos otros síntomas que más adelante explicaremos con más detalle. El concepto actual de manía tampoco tiene ninguna relación con el uso de la palabra maníaco, sobre todo en los países anglosajones, donde se utiliza para designar a los agresores sexuales o a los psicópatas. Como podemos ver, la terminología psiquiátrica está popularmente muy contaminada por connotaciones peyorativas que no ayudan en nada a los afectados a aceptar de buen grado la realidad de su enfermedad.
Los primeros en difundir la idea de que la manía y la depresión son fases distintas (y en muchos aspectos opuestas) de una misma enfermedad fueron los psiquiatras franceses Falret y Baillarger. En 1854 ambos publicaron, por separado, la descripción de lo que actualmente denominamos trastorno bipolar como una enfermedad cíclica, donde la manía y la depresión eran las dos caras de una misma moneda. Posteriormente, como ya hemos dicho, Kraepelin diferenciaría esta evolución cíclica con períodos asintomáticos de la evolución crónica de la esquizofrenia. Así, para entender esta enfermedad se introdujo un concepto fundamental denominado curso longitudinal. Este concepto implica que la enfermedad en sí no es la manía o la depresión, sino la vulnerabilidad para sufrir episodios de manía o depresión. Muchos pacientes aceptan que están enfermos durante una fase depresiva, o que lo han estado durante una fase maníaca, pero les cuesta mucho más entender que cuando se encuentran bien la enfermedad aún está presente, aunque no se manifieste.
Curiosamente, cien años antes de la obra de Falret y Baillarger, el médico aragonés Andrés Piquer (1711-1772), médico de cámara de Fernando VI y Carlos III, ya había descrito minuciosamente la íntima relación entre melancolía y manía como La enfermedad de las emociones: el trastorno bipolar parte de una misma enfermedad. Lo hizo partiendo del profundo conocimiento que tenía del rey Fernando VI, quien padecía un trastorno bipolar. Lamentablemente la obra de Piquer es prácticamente desconocida en el ámbito de la psiquiatría y son pocos quienes reconocen el mérito de este médico del siglo XVIII quien se avanzó a su tiempo, aunque su obra fue publicada en su mayor parte de forma póstuma por su hijo.
Así pues, hablamos de una enfermedad que ha acompañado al ser humano desde los inicios de su historia. Podemos felicitarnos por vivir en la época actual, ya que, además de disponer de tratamientos (que apenas hace cincuenta años que existen), la sociedad actual acepta la existencia de las enfermedades mentales y la necesidad de que los afectados se reintegren plenamente a la sociedad cuando se recuperen.
Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, las personas que han padecido algún trastorno mental más o menos grave se han visto desprovistas de los derechos más
elementales, encerradas indefinidamente en instituciones psiquiátricas (manicomios) o incluso quemadas en una hoguera. Sin embargo, aún queda un largo trecho para llegar a la plena aceptación social de la realidad de la enfermedad mental, la reversibilidad de la mayoría de ellas y su escasa relación con la peligrosidad o la criminalidad. En cuanto a la psiquiatría, la ignorancia de las personas es abrumadora.
Últimamente parece que empieza a considerarse aceptable haber padecido «depresión». Popularmente, este término es un comodín que sirve para designar cualquier cosa. Aún
estamos lejos de poder comentar tranquilamente que padecemos un trastorno bipolar, como quien habla de su diabetes o de su asma bronquial.

La reciente historia del trastorno bipolar viene marcada por la aparición de medicamentos, en especial el litio, y por la unificación de los criterios para el diagnóstico según una clasificación inicialmente denominada DSM-III, a la que han seguido el DSM-IV y la CIE-10. Estas siglas tan extrañas designan los sistemas de clasificación vigentes de las enfermedades físicas y mentales.

Los DSM son clasificaciones norteamericanas de los trastornos psiquiátricos y las CIE son revisiones de la Clasificación Internacional de Enfermedades de la Organización Mundial de la Salud. Básicamente se trata de un tipo de manuales que enumeran los síntomas que debe presentar un paciente para poder afirmar que tiene un trastorno concreto.

Su finalidad es unificar criterios e impedir que cada médico haga un diagnóstico distinto. Como veremos, a pesar de sus imperfecciones, se ha demostrado que son útiles para el progreso de la investigación y la comunicación entre especialistas.

Keshava Bat

La increíble historia de Keshava Bhat.

A Xiomara Peña

Conocía al doctor Keshava, (un ciudadano hindú que vivía un tiempo en Venezuela y otro en la India) a finales de los años ochenta del siglo pasado. Era doctor en botánica, en plantas y biología (PhD), con un conocimiento sorprendente de las funciones de cada árbol, flor, planta o rama silvestre. Su juicio sobre la vida en el campo lo asociaba a la búsqueda de la salud humana, era considerado el padre del naturismo tropical.
En cierta ocasión, caminando junto a él, en un pequeño bosque aledaño a la cordillera central, me quedé maravillado en los descubrimientos y nociones que transmitía sobre las utilidades de los seres vivos vegetales y sus advertencias sobre el carácter nocivo de algunos de ellos. Keshava parecía un príncipe brumoso en el trópico. Había en él cierta aura, una especie de esfera vibratoria; quiero decir, un halo, una luminosidad de palabras que lo hacían especial.
Nunca abusó de nuestra subjetividad, del deseo profundo anidado en el inconsciente de procurar tutores, salvadores o guías que nos conduzcan a sobrevivir al infierno cotidiano de existir en la injusticia. Pero Keshava era científico, elaboró teorías complejas sobre el universo y el planeta, discutió al más alto nivel, publicó libros, refutó viejas concepciones establecidas. Tenía un método de exposición basado en la racionalidad logrando sujetarse a parámetros de demostración basados en el cálculo y la lógica.
Una vez lo acompañamos a “la tertulia de Natacha Sánchez”, una cita de la inteligencia y la amistad que convoca esta distinguida personalidad de nuestra vida social, ante un público, esa noche, de científicos dominicanos y gente interesada en el tema a desarrollar por Keshava, sobre su propuesta teórica de revisión del concepto sobre las medidas y la redondez de la tierra. Su tesis había sido aceptada para fines de estudios por la NASA, y él mostraba entonces un entusiasmo contagioso sobre sus posibilidades de modificación científica de los principios aceptados tradicionalmente.
La discusión fue acalorada, un científico dominicano saltó bruscamente de su asiento para denunciar el intento de “falsificación” científica que había expuesto Keshava. Habituados a repetir, como en todos los tiempos datados de la ciencia, los mismos argumentos, sin pensar siquiera en la posibilidad de haber estado equivocados, o por lo menos, dejar implícita la idea de nuevos hallazgos- Algunos científicos apuestan a la certidumbre de manera obsesiva.
El develamiento del mapa del genoma humano no los inmuta. No se percatan de que este hecho científico arroja al basurero de las inutilidades muchas de las verdades científicas, incluso aquellas de carácter sociológico, sobre la evolución y las razones determinantes de la lucha social. Sin perder el equilibrio emocional, el señor Keshava, oyó pacientemente los epítetos y descalificaciones, tomó nuevamente la palabra y exhortó a sus contradictores a que se serenaran y discutieran con él desde el punto de vista científico, dijo que no había oído una sola refutación científica, que esperaba el argumento, rememorando al gran Jorge Luis Borges, en uno de sus relatos, ante una provocación.
En otra ocasión (visitaba todos los años República Dominicana) nos trajo su propuesta de crear una “comuna” en la selva venezolana, creación ajustada a una escala de valores existenciales basado en la productividad y el desarrollo humano.
Tenía la creencia arraigada de que había que luchar por la preservación del género humano, le atribuía su fracaso evidente desde el punto de vista de la equidad, la justicia y el amor, a una deficiencia grave de ignorancia a todos los niveles, de fraude de la inteligencia, de desequilibrio emocional, de eclipse de sabiduría y deformación de la instrucción y la educación. Su respuesta era crear una comuna que sirviera de foco de irradiación humana capaz por sus resultados de estimular un cambio global sobre las formas de vivir y pensar.
Su idea de la comuna era una sociedad basada en el amor no solamente a los seres humanos sino a las especies vivas, un uso científico de las fuentes de vida, una forma de comunismo primitivo, donde el único rasgo referencial lo constituiría el valor del conocimiento vehiculado al provecho de la sabiduría y la intuición. Para ello, sus amigos habían logrado adquirir una vasta extensión de terreno, donde se iniciarían los trabajos y la concreción de los planes. Aquella idea una vez conocida por las autoridades de turno, fue bloqueada. Keshava nos enseñó a todos a defender la calidad de vida, no a vivir cien años. Decía que lo importante era vivir sin sufrimientos físicos ni mentales, y sobre todo, sin hacer daño concientemente, no importa que muramos en cualquier edad, pero morir en armonía, en evolución deseada.
Hace algunas semanas recibí la noticia de que había muerto, luego de dirigir una avanzada de jóvenes que exploraban las montañas rocosas de California. Xiomara, mi amiga, me llamó con la voz entrecortada, sólo me dijo:”Keshava”, lo entendí todo. Luego supe que murió en una de sus horas preferidas, las cuatro de la madrugada. Se despertó, despertó a su esposa, y le dijo con toda tranquilidad que fuera a la ventana a ver la hermosa luna llena; cuando su compañera se deleitaba con la imagen del cielo destellado, oyó un profundo suspiro de despedida. A Keshava lo llamaron de algún lado, o él, en paz con Dios, decidió irse a otros mundos.

Fuente: http://www.listindiario.com.do

Al rescate de las ranas

Por catorce países rastrearán a ranas que se creen extintas; esperan que reaparezcan varias especies.

Las selvas colombianas también serán objeto de la investigación de Conservación Internacional que, buscará a los anfibios más amenazados del planeta. Algunos de ellos han desaparecido por hongos.

Colombia acaba de ser incluida en un proyecto conservacionista que intenta redescubrir ranas que se creen extintas.

De acuerdo con un informe divulgado por BBC Ciencia, los rastreos comenzarán de forma simultánea en 14 países del mundo dentro de dos meses. Estas son las denominadas especies perdidas, aquellas que, se presume, han desaparecido, pero cuyos ejemplares podrían estar en lugares remotos del planeta.

Los anfibios son los animales más amenazados, y se estima que un tercio de ellos están en peligro de extinción.

Su búsqueda se hará en naciones como Costa Rica, Guatemala, Ecuador y Venezuela. El proyecto también llegará a Ruanda, Israel, Indonesia, Malasia y Kirguistán.

Robin Moore, científico a cargo del proyecto, dijo a BBC que espera que unas 100 especies reaparezcan.

Moore, de Conservación Internacional (CI), está apoyado por un Grupo Especialista de Anfibios de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (IUCN, por sus siglas en inglés).

Entre las ranas más buscadas figuran el sapillo pintojo palestino, visto por última vez en 1955; la rana pintada africana, que se encontraba antiguamente en la República Democrática del Congo y Ruanda, y que nunca ha sido fotografiada. Y el sapo de Mesopotamia, que tiene una cabeza en forma de pirámide y que fue avistada por última vez en 1914.

La ranas no llevan una vida fácil. Además de la pérdida de su hábitat, se deben enfrentar a la quitridiomicosis, una enfermedad infecciosa causada por un hongo y que termina dañando su piel y matándolas de sed. En la actualidad no hay ninguna forma de prevenir esta afección en la naturaleza, y tampoco evitar que se propague por el planeta.

Aunque algunas especies son inmunes, el hongo quitridio hace desaparecer los ejemplares rápidamente. Por ejemplo, el icónico sapo dorado de Costa Rica pasó de ser abundante a convertirse en extinto en poco más de un año debido a su presencia. Esta espectacular especie se ha convertido en un caso paradigmático de la crisis que enfrentan los anfibios. Encontrar algunos ejemplares todavía vivos, algo sobre lo que el equipo no se muestra muy optimista, se convertiría en un gran éxito.

Lo mismo podría decirse de las ranas de Australia, la única especie del mundo animal que incubaba sus huevos en el estómago. El proceso se lograba mediante la desconexión de sus enzimas digestivas a través de una sustancia producida en los huevos. Los investigadores médicos esperaban entender más sobre este proceso y utilizarlo para llegar al desarrollo de tratamientos para la úlcera estomacal. Pero la desaparición de estas ranas en 1985, terminó con ese proyecto.

http://www.eltiempo.com