Búsqueda personalizada

TRADUCTOR

martes, 21 de diciembre de 2010

Entrevista, fuente "De la tradición teatral de Jean Vilar"

Predecesores y extranjeros. -~ Ni "el arte de la puesta en escena", ni "el espectáculo por el espectáculo" son fines en sí mismos. — "¿Régisseur" o "Director"? — Los clásicos: tradición, interpretación. — La íra-gedia clásica. — El teatro extranjero. — Los autores jóvenes. — La crítica. — El público. — Flexibilidad necesaria del trabajo preparatorio. — Contra las re* constituciones. — La arquitectura teatral. - Teatro y cine. — El "director", ¿creador o intérprete?

¿Cómo se perfila la evolución de la puesta en escena en la historia del teatro y en qué forma hace usted su aporte personal?

Para ser preciso, sería necesario que existiese alguna relación entre los cabezas de compañía, directores de teatro de arte, y directores de escena. Y los autores. Ahora bien, no hay nada de eso. No nos frecuentamos. Y, por otra parte, ¿es la puesta en escena un arte suficientemente autónomo como para que se hable de su evolución? Ella depende todas las veces de la obra.

Hecha esta salvedad, no veo una evolución caracterizada. Pero, no asistiendo sino rara vez al espectáculo, mi juicio debe ser aceptado con reservas.

¿Considera usted que exista lo que podría llamarse una nueva "escuela" de la puesta en escena francesa?
No, y tanto mejor así, pues lo que hoy día importa ver desaparecer cuanto antes es, precisamente, "ese arte de la escena" considerado como fin y cuyo apogolista fue, entre otros, Gordon Craig.

¿Tiene usted algo en común con otros anima¬dores, predecesores o contemporáneos? ¿Con cuáles?
Es, sobre todo, por intermedio de algunas de sus reflexiones escritas, por lo que me considero tributario de la obra de ciertos predecesores.

Cuando Jouvet escribe: "En realidad, una pieza compone por sí misma su puesta en escena. Basta permanecer atento y no ser demasiado personal para verla cobrar movimiento, trabajar a los actores: actuando sobre ellos, misteriosamente, ella los prueba, los hace crecer o los empequeñece, los toma o los rechaza, etc."; cuando Pitoeff —al decir de H. R. Lenormand—- se niega a rebajar una obra maestra a la comprensión plácida del público para que éste llene la sala lo menos cien veces, entonces, me siento, como usted dice, ligado a ellos.

Pero haría falta también mencionar los escritos de Stanislavski, Baty, Dullin y Copeau, de Taima, la Clairon,1 etc.... Lo que conozco de la obra realizada en la escena por Antoine y por Gémier me deja, por el contrario, insensible. Debería decir hostil. Todo no consiste en ser mártir o profeta, es necesario, además, que se pertenezca a esa religión.

Creo que no hay nada de sorprendente en el hecho de tomar conciencia de mis deudas merced a los escritos y no a las prácticas escénicas (realización, puesta en escena, decorados, trajes, interpretación de los actores, etc.. . .) En efecto, si la actitud intelectual ante la obra es, sobre poco más o menos, idéntica y obligatoria (penetración y sinceridad, por lo menos), nuestras reacciones sensibles (orientación o, si usted prefiere, toma de posesión de los objetos y del sujeto) no pueden ser las mismas.

Inversamente, ¿en qué aspectos se opone usted a tal o cual fórmula —pasada o reciente— de la puesta en escena?

Estoy en contra de todas las puestas en escena cuya tendencia sea, según una horrible palabra usada hace algunos años, la "reteatralización" del teatro. Contra todo lo que sea "el espectáculo por el espectáculo". Contra la manía del decorado, en consecuencia. Contra el arte primario de la iluminación, contra la obsesión parisina del traje. Contra el simbolismo en el juego del actor.

Entre el realismo de Antoine y las "convenciones teatrales" de los que lo han seguido y combatido, queda lugar para un teatro de efectos simples, sin intenciones, familiares a todos. Lo que no quiere decir que el decorado deba ser despreciado, que el traje no haya de estudiarse cuidadosamente o que el gesto del actor deba ser el de todo el mundo. ¡Muy al contrario!

Algunos de nuestros antepasados en el teatro que vivieron en la pobreza, escucharían sorprendidos que sus realizaciones pertenecen, sin embargo, a un arte refinado del espectáculo. En efecto, ellos tomaron a menudo de ciertas artes mayores o menores (arquitectura, escultura, decoración, cinematógrafo, música, alta costura, etc.), el sobrante más sutil de sus prácticas. Es necesario volver resueltamente la espalda a esta concepción del teatro. Creo, por otra parte, que un pueblo a quien la guerra ha hecho reencontrar no solamente las necesidades primarias de la vida sino, acaso también, una conciencia más clara de la existencia, reclamará de nosotros algo más que una presentación dorada, refinada, del espectáculo. Aquí tendrán la palabra los comediantes improvisados de los teatros vocacionales.
Se trata, además, de saber si tendremos suficiente penetración o constancia para imponer al público lo que éste desea oscuramente. Será nuestro combate. Y sobrepasa, en verdad, el papel de director propiamente dicho.

¿Cuáles son, en general, las escuelas extran~ jeras que han influido en la puesta en escena francesa? ¿Y en lo que a usted concierne? ¿De qué manera?

Esta pregunta —como, por otra parte, las que preceden— está planteada en términos tales que, a decir verdad, usted pretende de nosotros todo un curso de la historia de dirección teatral. Aun admitiendo que estemos suficientemente documentados para responder, no bastarían unas pocos páginas. Sin embargo, intentemos una respuesta.

En la medida en que conozco los trabajos de nuestros ilustres mayores, veo la influencia de dos escuelas extranjeras en el arte de la escena (digamos lo menos posible puesta en escena, si me permite): la escuela alemana y la escuela rusa. Y, en otra medida, el teatro japonés. Y no olvidemos la Commedia dell'Arte. Pero, ¿qué quiere decir escuela rusa, por ejemplo? ¿Stanislavski, Meyerhold, teatro Kamerny, los ballets rusos? En el prefacio al libro de Stanislavski, escribe Copeau: "Si el relato de Mi Vida en el Arte hubiera aparecido algunos años antes, si me hubiera sido dado conocerlo antes de conocer al fundador del Teatro de Arte de Moscú, ¡cómo hubiera buscado acercarme a él! De igual manera, si en aquellas pocas pláticas de París, se hubiera dignado tomarme por confidente de su experiencia, sin duda hubiera yo abordado con espíritu más claro y avisado, los problemas que se me planteaban entonces y me aislaban entre mis compañeros".

Creo que en estas pocas líneas está todo dicho acerca de las relaciones entre los directores franceses y extranjeros, las cuales no fueron, frecuentemente, sino citas frustradas.
No quiero extenderme más sobre el tema sin antes remitirle a los libros y prefacios de Copeau, a las Conversaciones con Gémier recogidas por Paul Gsell, a las obras y artículos de Baty...
Me permito recordarle la influencia considerable de un técnico francés sobre el teatro europeo. Me refiero a Antoine. Sin embargo, en una carta escrita a Sarcey en 1888, un año después, por consiguiente, del nacimiento del Théátre-Libre, Antoine detalla con una minuciosidad admirable varios espectáculos de la célebre compañía del gran duque de Saxe-Meiningen, de paso para Bruselas, la misma que conmovió pro¬fundamente a Stanislavski. Hablando con propiedad creo, pues, que no ha habido influencia de tal escuela extranjera sobre tal otra escuela francesa, sino una suerte de interferencia entre las diversas escuelas, a veces imperceptible para los mismos técnicos. Por otra parte, si se considera históricamente la obra realizada respectivamente por Antoine, Lugné-Poe, Copeau, Gémier y los cuatro del Cartel, tendremos que admitir la originalidad de su trabajo, más aún por cuanto la influencia de las escuelas extranjeras no llegará a percibirse en él. Personalmente, y para responder a la última parte de su pregunta, debo decir que he seguido y escuchado con verdadera atención las indicaciones para la escena dadas por Wladimir Sokoloff y su paciente método de trabajo. Y, finalmente, al contacto con Charles Dullin, he comprendido que sin la emoción, sin la sinceridad profunda y generosa del intérprete, nuestro oficio no es nada, no es más que artificio. Pero, sobre todo, he trabajado solo.

¿Cuál es el papel del director o animador? ¿Cuál de estos dos términos le parece más apropiado?

¿El papel de director de escena? ¡Hm!, no sé nada de ello, no siéndolo yo.

¿Animador o director de escena? Ninguno de estos dos términos es exacto. Son palabras, como tantas otras en arte, que carecen de significación real. Después de todo, la palabra tégisseut que emplean los alemanes, y creo que también los ingleses, me parece más justa. Tiene, además, el atractivo de poseer títulos de nobleza más antiguos. Pero, ¿es realmente importante la última parte de su pregunta?

¿Qué lugar asigna usted a los clásicos en su repertorio? ¿Preferiría otro? ¿Y por qué razones?
Algunas de sus preguntas están formuladas en términos tales que, si no respondiera con una reserva inicial, se pensaría que hacemos lo que queremos.

Ahora bien, desdichadamente, no es ésa nuestra situación. Si fuéramos ayudados por el Estado o por las empresas privadas o públicas, como lo son los artistas de las tablas en Rusia, podríamos establecer un empleo regular del tiempo: no se olvide que, en efecto, este teatro exige de los comediantes una práctica cotidiana. Sus personajes, si no son frecuentados asiduamente, se mofan de usted con una desenvoltura de aristócratas, por la razón muy simple de que obligan a un conocimiento íntimo y dedicado de los medios vocales y plásticos. Se pueden soslayar las dificultades con un personaje de Becque, de Musset, de Claudel. Esto es imposible con Argos, Alcestes, Nerón, Hermión, con Andrómaco, el Cid, Polieuto. Todos ellos reclaman algo más que un generoso temperamento de comediante o de trágico; es necesario haber asimilado, haber hecho suya esa sintaxis y ese ritmo a la vez múltiples y estrictos. Es necesario hacer verosímil lo que es ficticio. En este aspecto, una buena parte de la superioridad de los comediantes del Théátre-Francais sobre sus camaradas, proviene de esa frecuentación permanente de las obras clásicas, de la cual el Conservatorio y la Comedia han hecho una norma. Esta frecuentación obligatoria, este agradable "matrimonio forzoso" se me antoja, por lo demás, el rostro familiar de la tradición. Si, a veces, se muestra mucha negligencia frente a la obra clásica en ensayo, al menos el tono general de la obra es audible y se respeta un cierto mecanismo de la interpretación, lo que antes se llamaba el arte de la declamación. O así era hasta 1942, poco más o menos.

Para volver a su pregunta, si el Estado o las empresas privadas quisieran tomarnos a su cargo y darnos así los medios —controlándonos financieramente, por supuesto— de utilizar un programa general, el estudio y la realización de las piezas clásicas sería nuestra tarea fundamental. No creo que mis colegas puedan pensar de otra manera. El olvido —o el desprecio— a este propósito indica, a mi entender, la importancia de la obra realizada. En todos los casos, para una escuela de arte dramático francés, célula inicial de la compañía, el repertorio clásico francés es el alfa y omega del aprendizaje.
Acaso la importancia de Jacques Copeau en Francia y otros países, se deba al hecho de haber sido el primero en restituir su plena claridad y su virtud de conmover, al repertorio de su raza.

¿Cómo ve usted la realización de la tragedia clásica y bajo qué condiciones (formación de los actores, gusto del público, etc.)?
¿Sabe usted que esta pregunta tan simple en apariencia sería tema para un libro y que nunca leeremos ese libro puesto que ni Taima ni Copeau lo han escrito? ¿Advierte el apuro en que ha puesto a su paciente? Aun cuando indicase —no exento de pedantería—', las condiciones necesarias, ¿cree que avanzaríamos un paso? No olvide que únicamente el escenario determina, por el éxito o el fracaso, las concepciones y las teorías teatrales. Particularmente las que conciernen a la tragedia clásica. ¡Ya lo creo! Y me permito recordarle mi respuesta a su precedente pregunta: la reali¬zación de una tragedia clásica no se improvisa en unos meses. En el Théátre-Francais como en cualquier otra parte. A menos de considerarla como una pieza para solistas. Lo que, por lo demás, ha sido frecuentemente el caso. Cuando el papel de Paulina está bien interpretado, el de Polieuto no lo está. Cuando hay un Pirro afligido, Hermión es asfixiante. ¿No ha sido así en todos los tiempos? Le planteo la cuestión. Recuerde el pasaje de Proust sobre la Berma, tan significativo de lo que el público de la época de los grandes trágicos (Sarah Bernhardt, de Max, Mounet-Sully, Mme. Bartet, etc.) iba a escuchar al teatro: el solo.
Ahora bien, esto no es la tragedia clásica. Y es una perogrullada observar que la tragedia es —al menos considerada en su conjunto— un cuarteto, un quinteto, un sexteto, etc., dentro del cual no está permitido al primer violín ejecutar como si interpretase un concierto o al fagot considerarse una voz inferior.

Tal vez seré más preciso afirmando que debería aplicarse a la tragedia un método de trabajo tan riguroso como el que Capet impuso a su cuarteto. Y, así como aquél compuso un Arte del Arco, sería necesario escribir (y volvemos al libro que no han escrito ni Taima, ni Copeau) un "mecanismo de la tragedia" para los que se consagren a este supremo arte.
Llevar a la escena una tragedia clásica es, desdichadamente, una tarea a la cual las jóvenes compañías francesas no podrán entregarse sin riesgo de fracaso (y aquí, verdaderamente, el éxito fácil es repugnante). Digamos, mejor, sin fracasar, pues es necesario un largo aprendizaje del equipo entero, y esto exige dinero puesto que demanda tiempo. Y dando por sentado que el cabeza de compañía dispone de sensibilidades emotivas o fuertes. Y admitiendo también que él mismo tenga un mínimo de delicadeza y sentido del pudor.

¿Qué lugar asigna usted al teatro extranjero?

Vuelta la paz, esperemos que se nos permita interpretar tantas obras extranjeras como deseamos. Le señalo que la Sociedad de Autores nos prohibe, en efecto, representar más de una pieza de autor extranjero sobre cuatro. Medida liberal, ¿no cree usted?

Esperemos también, que algunos de entre nosotros puedan —terminada la guerra— actuar no importa dónde en el mundo y que tengamos un espíritu suficientemente amplio y curioso para acoger a las nuevas compañías de arte dramático rusas, alemanas, inglesas y judías, si el teatro idish existe todavía.
Querríamos saber también lo que han hecho desde 1930, el "Teatro Guild", los "Provincetown Players", los "Little Theatre" y la sección dramática del Instituto de Pittsburg.
Creo que no llegaremos a realizar una obra a la vez actual y duradera sino en la medida en que estemos en relación los unos con los otros, en que podamos intercambiar proyectos, ideas, autores, necesidades y comparar nuestros fracasos.

. . .¿Y a los autores jóvenes?

La primera preocupación del director de una compañía teatral debería ser representar a los autores de su generación. Pero también haría falta que éstos tuvieran en cuenta que el arte dramático exige de ellos algo más que una atención pasajera de algunos meses. Que es un arte exigente y celoso. Por lo demás, el nú¬mero de los autores dramáticos de una época dada es reducido. Descubrirlos e interpretarlos es nuestra difícil, ingrata tarea. Solamente gracias a ellos, nuestra existencia de comediante de tal país y tal época no es vana, no es enteramente absurda y nos ofrece al menos nuestra profunda alegría de hombre. Pero esas autores nos huyen a veces y van a hacerse presentar en otra parte. Y tanto peor para nosotros y, a veces, para ellos.

¿Qué piensa de la crítica? ¿Qué aporta de efectivo al director de un teatro? ¿Cumple realmente su función de guía frente al público y frente al teatro?

Se pueden contar uno o dos, sin riesgo de exceder la cifra, si se quiere indicar el número de críticos auténticos en una generación, al menos si damos una significación a esta palabra y la tomamos en la acepción imperiosa pero necesaria de Jacques Copeau: "Exijo que sea sincero, grave, profundo, consciente de su función creadora respecto del autor, digno de colaborar en la misma tarea y de llevar, como él, la responsabilidad de la cultura". Qué admirable definición, ¿no es cierto?

Copeau fue, por lo demás, el primer crítico de arte dramático de su época. Relea sus estudios sobre Becque, Mirabeau, Renard, Rostand, Capus, etc. Zola escribió también excelentes cuadernos en Le Bien Public y Le Voltaire. La dramaturgia de Hambourg, de Lesing, es también obra de un verdadero crítico.
Citándole, a falta de otros, esos tres nombres de escritores que fueron además creadores, no crea que me aparto de su pregunta. Aunque se refieren a obras dramáticas de otra época, las páginas críticas de Lessing, de Zola y de Copeau, son para nosotros "una guía", para emplear su propia expresión. El tiempo ha consagrado la exactitud de los juicios que ellas proponían (kritein: discernir). Hay allí una labor creadora.

Pero, ¿las gacetillas, dirá usted? En la medida en que es inteligente y estudiosa, digámoslo así, la crítica es preciosa. En la situación actual del teatro, no es caprichoso asegurar que su función es tan importante como la de los directores. Ninguna tarea pública, eficaz y de largos alcances puede ser realizada sin su discernimiento y su generosidad.

En cuanto a su papel de guía frente al público, no tengo suficiente experiencia para juzgarlo con precisión.

¿Qué influencia —positiva o negativa— atri¬buye al público? ¿Es el público actual —en su totalidad o parcialmente — refractario a ciertas formas de teatro? ¿Cuáles son éstas? ¿Y por qué motivos?

Un director de teatro enojado, a quien, a propó¬sito del Calígula de Albert Camus, decía yo un poco ligeramente: "Pero el público desea, espera esto", me respondió: "¿Cree, pues, que el público quiere cualquier cosa?"

A riesgo de parecer prematuramente desengañado, me permito responder a esta pregunta. Sí, creo que el público es capaz de aceptarlo todo. Aun la belleza. Al menos el público que viene a nuestras salas de espectáculo, donde todo es ordenado, rotulado y de pago: el asiento, el vestuario, el bar, el programa, la orientación general, los lavabos, etc. Es decir, lo contrario de una fiesta.1

1 Me permito recordar que estas líneas fueron escritas varios años antes de Avignon y de mi nombramiento en el Teatro Nacional Popular.

En el momento de la creación de una pieza, ¿se esfuerza usted en subordinar los elementos necesarios a la idea de conjunto o bien modifica su concepción según los elementos de que dispone?
La realización escénica de una pieza es siempre el resultado de un compromiso. Compromiso, al menos, entre la imaginación visual y auditiva del director y la realidad viviente, anárquica, que son los actores. Por mi parte, nada definitivo, nada preciso ha sido fijado antes de los primeros ensayos. Nada de papeles, nada de notas, de plan escrito. Nada en las manos, en los bolsillos, todo en el cuerpo y en el alma de los otros. Del otro lado, el comediante.
Sí, obligar a una voz o a un cuerpo de intérprete, a integrarse en una armonía o en un juego plástico fijados previamente, parece amaestramiento. El comediante es algo muy distinto de un animal amaestrado o de un robot. Entre él y yo se crea, lentamente, pacientemente, una especie de familiaridad física que hace que nos comprendamos con pocas palabras. Necesito conocerle bien y, aun tratándose de alguien poco amable, necesito estimarle. No es posible realizar eficazmente una obra cuya suerte depende de tantas buenas voluntades; no es posible dirigir con acierto una pieza de teatro, con el concurso de gentes que no se profesan afecto. Amar el teatro no quiere decir nada, amar a quien lo practica es tal vez menos "de artista", pero de resultados más seguros. Sin embargo, si no me esfuerzo en subordinar —para emplear sus propios términos— los elementos necesarios a uña idea de conjunto, no es menos cierto que, después de cierto número de ensayos, me veo obligado, a veces, a llevar sutilmente a ciertos intérpretes no siempre es útil que tengan conciencia de ello—' a una idea de conjunto, a un cierto diapasón que no es escogido deliberadamente por el director, por cierto que no, sino que nace del contacto poligámico de las voces, de los cuerpos, del alma de los demás intérpretes y del texto. Llegados a este punto es necesario detenerse. A través de las idas y venidas, de los ruidos y de los incidentes menudos de los ensayos, ha llegado el momento misterioso en que se juega la suerte de la realización. No siempre el comediante se da cuenta de ello. Y tanto mejor así, porque fijaría lo que debe ser siempre espontáneo. Sea lo que sea, el director percibe entonces claramente lo que puede "dar" tal intérprete. Percibe, a veces, muchas otras cosas todavía y, por ejemplo, la importancia contra-puntística de un papel juzgado secundario hasta entonces.1 

A su sueño impreciso de lector enamorado de la pieza, han sucedido la visión plástica y la audición sinfónica de la obra por intermedio de las señoritas X o Y, de las señoras Z o W. La obra dramática acaba de nacer. Al menos para el director.

Es entonces cuando las cualidades de este autócrata paciente y suave arriesgan falsear el sentido de la pieza, es decir, arriesgan dar nacimiento a una pieza que el autor no ha querido o no ha escrito.

Es necesario volver nuevamente al autor. Escucharlo. Seguirlo. Desconfiar, en consecuencia, de los defectos de pequeño dictador a los cuales un director tiene siempre tendencia a ceder. Pero es necesario también instar al autor a no cerrarse a las quejas o a las sugestiones —a menudo mal expresadas— de un intérprete o de los intérpretes. Apeles escuchaba, al menos, al zapatero que criticaba el aspecto del zapato que había pintado. Por grande que sea un autor, si desprecia deliberadamente al comediante, debe ser expulsado del teatro.

Creo inútil describir más largamente la serie de ensayos. Si he logrado hacer algo de luz sobre ese compromiso del que hablaba más arriba, habré respondido a su pregunta sobre el director. Para terminar, tengo que censurarle por identificar al comediante, al director y al autor con los "elementos necesarios". Pase para el decorado, el dispositivo eléctrico y las dimensiones del escenario que, acaso, designaba su pregunta. Pero, ¿debo recordarle que esos elementos inanimados (sin alma) no son precisamente necesarios?


1 Tomemos, como ejemplo clásico, el papel de Don Sancho (Le Cid, de Fierre Corneille).

¿Atribuye usted superioridad a uno de los elementos* (texto, decorado, interpretación) en la realización del espectáculo?
¿A qué otros elementos que el texto y los intérpretes podría atribuir una superioridad? Mucho me temo que aquellos que tienen la obsesión del decorado —como otros la manía de la persecución— respondan de muy distinta manera.

¿Considera el desarrollo de la maquinaria en el teatro como un progreso o como un obstáculo?
¿Por qué un progreso?
¿Y por qué un obstáculo?
No hay progreso en arte, ¿no es así?
Y no debe haber obstáculo.
¿Estima posibles y bajo qué condiciones- los espectáculos que tiendan a reconstituir ciertas fórmulas teatrales del pasado, por ejemplo: teatro isábelino, teatro antiguo, teatro medieval, comedia italiana?

Usted me pregunta "si estimo posibles los espectáculos, etc...." No le he interpretado bien. ¿Desea saber si es posible que esas reconstituciones sean fieles a la presentación dada en vida del autor? ¿Y si, en caso de hacerlas, tienen algún interés artístico? ¿Si estas fórmulas escénicas tienen probabilidades de seducir al público de nuestros días? Respondamos grosso modo. Un trabajo tal, escrupulosamente realizado, siempre tiene interés, al menos para los artesanos del teatro. Pero dudo que se tengan los medios, por ejemplo, de hacer asequible a un público contemporáneo, la explosiva Comedia Italiana, sus burlas, sus temas. Era un arte de cómicos y especializados. Un arte que desapareció con ellos. Estaba hecho de tradiciones cuya transmisión oral (aprendizaje, experiencias, rutinas, etc.) paréceme haber sido capital y mucho más instructiva que la transmisión escrita (obras de Gherardi, etc.).

En resumen, para que una tradición popular se mantenga viva, no puede ser interrumpida sin peligro mortal.
En cuanto a los teatros isabelino y antiguo son, ante todo, teatros de autores. ¡Y qué autores! Todas las épocas han acudido a ellos. El Ricardo III interpretado por Irving o Garrick, el Volpone que interpretó Dullin, la Noche de Reyes realizada por Copeau tiene tanta importancia en la historia del teatro y de una sociedad, como las representaciones que sus creadores dieron de ellas sobre el Támesis hacia 1600. Por otra parte, si es en verdad cautivante asistir a una representación que se ha querido lo más fiel posible a la originaria, ¿qué comediante o qué director podrá asegurarnos sin forzar nuestra buena voluntad, que Burbage interpretaba Hamlet de tal o cual manera? . . . En definitiva, reconstitución y teatro me parecen hermanos enemigos.

¿Convendría —para ciertos espectáculos buscar nuevas fórmulas de arquitectura teatral?

Me inclino a responder de muchas maneras a su pregunta concerniente a la arquitectura teatral, lo cual es señal de ignorancia o de profunda indiferencia. Aquí convendría, quizá, recordar el adagio de Lope de Vega: "Tres cuadros, dos personajes, una pasión", al que se apela frecuentemente, sin obedecerle jamás.

¿Cuáles son los fracasos que ha preferido a los éxitos, y por qué?
¡Ahora sí que es indiscreto! Nos obligaría a mostrar demasiada seguridad en el resultado de nuestro trabajo si tuviéramos empeño en responder, si tuviéramos que afirmar que una determinada realización ha sido un éxito. No estamos frecuentemente de acuerdo con el público y aun nos hace falta admitir que el público siempre tiene razón. Porque el teatro es un arte público, ¿no es cierto? Pero, ¿amamos siempre lo que éste ha consagrado como un éxito? Lamento decirlo, pero su pregunta me es insoportable. Todavía soy joven. No tengo mi pasado ante mí. Jamás pienso en él. "Cuando empuñes el arado —prescribe el Evangelio— no dirijas nunca la mirada atrás". Le aseguro que no tengo ninguna dificultad en seguir este consejo.

¿Considera que el teatro ha sido perjudicado por la amplitud del desarrollo cinematográfico y, por ende, está destinado a sufrir una modificación profunda para poder subsistir, o que debe resolverse a no pertenecer más que a una minoría?

' Para responder eficazmente a su pregunta haría falta informarse en los servicios de la Administración Pública: ¿ha perjudicado el desarrollo de la industria cinematográfica a las recetas del teatro comercial, entre 1920 y 1929? Pues el primer enemigo dej teatro de arte no es el cinematógrafo, sino el espectáculo para tenderos, aquel donde todo se combina  en la sola preocupación por la fórmula, por la fórmula máxima. Como usted sabe, este género de espectáculo se manifiesta tanto en la escena como en las salas de proyección. ¿Es necesario agregar que una película de calidad pertenece a nuestro patrimonio o, cuando menos, a nuestra cultura, tanto como una buena novela o un cuadro de un maestro contemporáneo? El cine no puede, pues, combatir al arte del teatro. Muy al contrario, en la medida en que es agresivo y original, nos ayuda a mantener despiertos la curiosidad y el fervor del público.
No fueron las películas de Charlie Chaplin o El gabinete del doctor Caligari quienes condenaron a Jacques Copeau al cierre definitivo del Vieux-Colombier. No fueron tampoco las películas de Rene Clair, no fue Tempestad sobre el Asia o El Acorazado Potemkin o las películas de Murneau quienes provocaron los déficit del presupuesto de Pitoeff, de Jouvet, etc.

No creo, pues, que el desarrollo propiamente dicho de la industria cinematográfica haya provocado o amenace provocar modificaciones profundas en el arte del teatro. Cuando hubo modificaciones, las razones fueron otras, casi siempre de orden interno.

En cuanto a saber si el teatro puede no pertenecer sino a una minoría (y dejar ganancia, ¿no es cierto?), es éste un problema insoluble de nuestros días. Ello fue posible —en cierta medida— en el curso del siglo xvii francés. Y pienso que el bolsillo de los Grandes no era ajeno a ello. A este respecto, siempre me he preguntado cómo pudo Antoine, durante más de diez años, establecer un repertorio tan variado sin representar cada uno de sus espectáculos más que dos o tres veces. . . Queda por decir que, en la hora actual, no podemos construir nuestra casa, nuestro garage, nuestro taller, donde al menos podamos atraer a una minoría fiel y que la crisis actual de la vivienda nos coloca en la imposibilidad de encontrar siquiera una cochera en desuso y que sufrimos la escasez de la madera y de las manufacturas: sillas, sillones, aparatos eléctricos, serruchos, no obstante indispensables a nuestros espectáculos.

Para responderle en forma menos particular, le recordaré que las modificaciones profundas en el arte del teatro en el transcurso de los últimos cincuenta años, cuando menos, han sido casi siempre provocadas por una minoría: algunos comediantes o artistas en lo que concierne a lo práctico, un número reducido pero fiel de aficionados al teatro en lo que concierne al público: en Francia (Antoine, Copeau, el Cartel); en los Estados Unidos (Little Theatre, Provincetown Players); en Rusia, Stanislavski y las primeras compañías de aficionados, a continuación los estudios del Teatro de Arte de Moscú.

No es, pues, el desarrollo de la industria cinema¬tográfica lo que podría relegarnos a pertenecer a un público minoritario. Sería más justo decir que, en nuestro actual estado social y en la medida en que tal compañía provoca una modificación profunda del arte teatral, está condenada, durante todo ese tiempo de creación original, a no pertenecer sino a una minoría. En una sociedad mejor equilibrada, más vastamente organizada, estoy persuadido de que el gran público hará suyas las agresivas formas nuevas del arte. Pero, en cuanto al gran público, no es el elemento sensible de la nación, es decir, los obreros, los ingenieros, los soldados, la juventud estudiosa o desdichada el que concurre a nuestros teatros (el precio de las localidades es demasiado elevado), sino que son, ay, los tripudos magnates del mercado negro y los alegres rentistas. Por mi parte, prefiero representar ante los asientos vacíos y para mi placer, que vérmelas con un público cuya sola virtud es poder pagar por una localidad 90 ó 155 francos.

¿Es la puesta en escena una creación o una interpretación?

En el teatro, el creador es el autor. En la medida en que nos aporta lo esencial. Cuando las virtudes dramáticas y filosóficas- de su obra son tales que no nos permiten ninguna posibilidad de creación personal, cuando después de cada representación, nos sentimos todavía sus deudores. Lo que no significa que la obra sea perfecta. La perfección, por otra parte, es Voltaire dramaturgo.

Dar sentido, por el juego de los cuerpos y de las almas de los intérpretes, a una escena de Shakespeare, por ejemplo, es una tarea que exige del director el empleo de todas sus facultades de artista, pero ello no deja de ser una mera obra de interpretación. Ahí está el texto, abundante en indicaciones escénicas incluidas en las mismas réplicas de los personajes (montaje, reflejos, actitudes, decorados, trajes, etc.). Es necesario tener la sabiduría, de conformarse. Todo lo que puede crearse fuera de estas indicaciones es "puesta en escena" y, por eso mismo, debe ser despreciado. Y rechazado. He tomado el ejemplo de Shakespeare porque cada una de sus obras ofrece al director en exceso imaginativo, la ilusión y las tentaciones de la creación. No es la imaginación del director la que debe imponer aquí la visión de un personaje, esto es insoportable; es el personaje que, al desnudo, debe permanecer "abierto" a la imaginación del público. Esta desnudez, facilitada ya por las raras indicaciones escénicas de Shakespeare, implica, seguramente, un juego plástico ordenado, neto, pero exige del comediante, por el contrario, una sensibilidad siempre vibrante, siempre en contacto con el público.

Me permito agregar que si el director que "ensaya" una obra maestra se considera un creador, yo diría otro tanto de los actores. Y del público también, ¿por qué no? Recuerde aquella humorada de viejos comediantes: "El autor escribe una pieza, el comediante representa otra, el público comprende una tercera". Pero entonces, yo pregunto, ¿quién será el intérprete? Aunque no sea más que para dar un significado preciso a cada palabra de nuestra profesión, sería indispensable atenerse a una distinción razonable en lo que concierne a las nociones de creador y de intérpretes.

Queda, no obstante, un campo cerrado donde el director hambriento de creación puede hallar alimento para su genio devorador: cuando la pieza es nula; cuando, en el implacable correr de los ensayos, no es más que un pretexto, una inevitable ayuda de la memoria. Entre las prácticas del comediante existe, no obstante, un arte auténtico de creación. El arte del Mimo: "Dadle un argumento, y mi cuerpo hablará".

1 ¿Quién ha escrito mejor acerca de nuestro oficio que la bella Clairon? Jouvet me dijo un día: "No ha sido ella quien ha redactado sus Memorias". Yo persisto en creer que estaba equivocado.

Fuente Jean Vilar

domingo, 19 de diciembre de 2010

ASESINATO DEL DIRECTOR DE ESCENA

Algunos argumentos de artesano. — Lecturas a la italiana. — El comediante. — Humildad necesaria del decorado, de la música, de la iluminación. — Saber resumir la obra. — Saber desprenderse de ella. — Conocer a cada uno de los comediantes. — Sugerir, no imponer.

I

Las notas que siguen conciernen a una cierta técnica del arte del teatro, aquella que consiste en transportar una obra escrita del dominio imaginario de la lectura al plan concreto de la escena. Buscar en estas pocas líneas, a menudo voluntariamente ásperas, otra cosa que "medios para interpretar", sería vano.
Cuando tantas teorías, artes poéticas y metafísicas han sido generosamente formuladas respecto de este arte, quizá fuera conveniente exponer, para comenzar, algunos argumentos de artesano.


NECESIDAD DE NUMEROSAS LECTURAS A LA ITALIANA

II

Nunca se lee bastante una obra. El comediante no la lee nunca bastante. Cree haber comprendido la obra porque ha captado más o menos lúcidamente la trama. Es éste un error fundamental.
¿Es demasiado aventurado subrayar el poco caso que se hace de la inteligencia profesional del intérprete en las habituales puestas en escena? Sólo se le pide que sea un cuerpo, un peón nervioso sobre el tablero donde el director dirige el juego.

Luego de leída la pieza, una vez por el director y otra vez a la italiana, se manda al intérprete a escena. ¿Qué resulta de ello? Librado demasiado pronto a las exigencias de la plástica, el comediante se abandona a sus habituales reacciones conformistas y crea arbitraria y convencionalmente su personaje sin que su inteligencia profesional y su sensibilidad hayan podido adivinar a dónde se iba a conducirlo. ¡De ahí tantas vulgaridades de juego!

Porque hay una vulgaridad de juego en el comediante más sensible, como hay una vulgaridad de retórica en el escritor cuando se le apura o cuando está apurado. ¡Cuántos intérpretes —y de los mejores-nos susurran desde hace veinte años, con la misma voz, valiéndose del mismo comportamiento y de las mismas reacciones, haciendo vibrar el mismo timbre de sensibilidad, los personajes más opuestos!
De aquí la necesidad de numerosas "italianas". Alrededor de la tercera parte del número total de las repeticiones. Por lo menos. Manuscrito en mano. Bien sentados. El cuerpo en reposo. Y la sensibilidad profunda acercándose poco a poco al diapasón requerido, cuando el intérprete ha comprendido (o sentido) por fin, ese nuevo personaje que un día será él.


III

Todo personaje debe ser compuesto. No hay buen comediante sino composición. No existe papel que no sea de composición.

IV

La composición del personaje es el juego de la creación; sólo ella emparenta el oficio del comedian¬te con el artista. Pues componer un personaje implica elección, observación, búsqueda, inspiración, control.

V

DE LA ELECCIÓN

El comediante escoge dentro de sí y a su alrededor.
A su alrededor, porque la naturaleza que tiene ante sus ojos ofrece a su atención, digamos mejor a su contemplación, los tipos más diversos, más señalados.

Dentro de sí, porque si el comediante no observa bastante la vida que bulle a su lado, con frecuencia tampoco deja explayarse su sensibilidad a su contacto.

En suma, un comediante tiene que conservar en su memoria visual un tipo de hombre que haya llamado su atención, así como tiene que conservar en su memoria simpática (o sensible) las heridas recibidas, los sufrimientos morales sufridos. Debe saber usar de esta memoria y, mejor aún, cuidarla.

VI

DE LA MARCACIÓN

Aquí se trata de simplificar, de desnudar. Al con¬trario de muchas puestas en escena, no se requiere explotar el espacio, sino, más bien, desdeñar ese es¬pacio o ignorarlo.
Para que una realización posea pleno poder de sugestión, no es necesario que tal escena considerada de movimiento, tenga movimiento (con trenzados, boxeo, riñas, persecuciones más o menos simbólicas). Bastan uno o dos gestos y el texto. Pero es necesario que texto y gesto sean exactos.

VII

El trabajo del montaje y de la expresión debe ser realizado con bastante rapidez por un buen comediante profesional. Alrededor de quince ensayos sobre cuarenta.

VIII

DE LA EXPRESIÓN DE LOS SENTIMIENTOS

El talento del comediante —y del realizador— no reside necesariamente en la potencialidad de sus medios, en su multiplicidad (es éste un don del cielo bastante desdeñable), sino en el renunciamiento de su fuerza, en el rigorismo de su elección, en su voluntario empobrecimiento.

IX

TEATRO-MUSIC-HALL

Un gran actor, un traje suntuoso, un decorado extraordinario, una música en la que el genio desborda, una iluminación notablemente viva.

X

El comediante digno de este nombre no se impone al texto. Le sirve. Y servilmente. Que el electricista, el músico y el decorador sean, pues, más humildes aún que este cabal intérprete.

XI

EL PERSONAJE Y EL COMEDIANTE

Luego de estudiado discretamente el texto y presentidos los personajes hasta en sus más lejanas prolongaciones, en el curso de quince o veinte "italianas", el realizador se entrega ahora al juego propicio del montaje, lo regula y vuelve a la lucha con esos monstruos escurridizos que son los personajes. Esto es sabido por todos los intérpretes. Personaje y actor hacen dos. Durante días y días, el primero escapa al segundo con una soltura demoníaca. Lo peor, entonces, es querer luchar con ese fantasma, forzarlo a ser vuestro. Si queréis que venga dócilmente a integrarse en vuestro cuerpo y en vuestra alma, olvidadle. En esta persecución por ósmosis de la que es testigo avisado


XII

El director debe realizar la maqueta del decorador. O bien hace falta un director-constructor, brazo derecho del director de escena, y que tenga todos los derechos sobre el escenario. Hombre de buen gusto, dedicado a su tarea, cultivado. Duro oficio.

XIII

DEL TRAJE

En el teatro, a veces el hábito hace al monje.

XIV

¿DE QUÉ SE TRATA?

El programa exige un análisis de la pieza repre¬sentada. El director de la obra debe redactarlo y no menospreciar ese trabajo ingrato. La redacción de este análisis le impone el claro y riguroso conocimiento de la obra que ensaya.



XV

La cuestión está planteada: ¿Puede traducirse lo que no se comprende?

XVI

BREVE CONTINUACIÓN DE "¿DE QUÉ SE TRATA?"

Y, por otra parte, ¡cuántos autores serían incapaces de someterse a un análisis preciso de su pieza! ¡De la trama!

XVII

Un director que no sepa desprenderse de su trabajo en el curso de los últimos ensayos, cuando parecería que exige de él la más vehemente dedicación, no es más que un artesano laborioso. Se ciega y comete, por consiguiente, la más grave de las faltas. Olvida, el muy necio, que el teatro es un juego donde la inspiración y el arrebato infantil tienen más razón de ser que el sudor y el rictus colérico.
Saber desprenderse es, por otra parte, tan difícil, que no sorprende enterarse de que pocos directores lo desean o consiguen.

XVIII

Exactamente lo mismo que la sensibilidad y el ins¬tinto, hay una facultad necesaria al comediante en



XIX

El comediante no es una máquina. Esta perogrullada debe gritarse a voz en cuello. El comediante no es un peón, un robot. El realizador debe acordarle a priori todo el talento que debe poseer.

XX

ENTREACTO

"La ociosidad del artista es un trabajo, y su trabajo, un reposo" (firmado: Balzac).

XXI

El director peca a veces por olvidar que un personaje es, frecuentemente, ignorado por el intérprete hasta la víspera de la presentación.

XXII

No existe una técnica de la interpretación sino prácticas, técnicas. Todo es experiencia personal. Todo es empirismo personal.


XXIII

Para el director del espectáculo, cada comediante es un nuevo caso. Esto le impone conocer bien a cada uno de sus intérpretes; conocer su trabajo, es cierto, pero más todavía su persona, hasta el umbral mismo donde comienza su vida íntima, Y quizás fuera necesario franquearlo.

XXIV


DEL REALIZADOR Y DEL INTERPRETE

El arte del realizador es, frente al intérprete, un arte de sugestión. No impone, sugiere. Y, sobre todo, no debe ser brutal. El alma del actor no es una palabra vana. Su vigencia es más necesaria aún que en el caso del poeta. Ahora bien, no se maltrata a un ser para obtener su alma. Porque más todavía que de su sensibilidad, es del alma del comediante de lo que la obra necesita.

XXV

DE LA SELECCIÓN

Tres referencias:

1º) Shakespeare-Hamlet: "Te ruego que recites este pasaje tal como lo he declamado yo, con soltura y naturalidad, pues si lo haces a voz en grito, como acostumbran muchos de nuestros actores, valdría más

que diera mis versos a que los voceara el pregonero.. . No seas tampoco demasiado tímido en esto, tu propia discreción debe guiarte. .. etc. . ." y lo restante de ese pasaje célebre.

2º) Moliere: El Impromptu de Versátiles.

3º) Talma-Lekain: "Lekain rechazó ese amor por los aplausos que atormenta a la mayor parte de los actores y les hace extraviarse frecuentemente; no quiso complacer sino a la parte sana del público. Desechó toda esa charlatanería del oficio y, para producir un verdadero efecto, no apuntó a los efectos... Supo establecer una justa economía de los movimientos y de los gestos; consideraba ese aspecto del arte como algo esencial, pues su multiplicidad destruye la nobleza del porte." (Taima).

XXVI

Reducir el espectáculo a su más simple y difícil expresión, esto es, el juego escénico, o más exactamente, el juego de los actores. Y, por tanto, evitar hacer de la escena una encrucijada donde se encuentren todas las artes mayores y menores (pintura, arquitectura, electromanía, musicomanía, maquinaria, etc... .).
Reintegrar el decorador a su tarea específica, que es la de resolver el problema de los espacios, de las bambalinas y de realizar la construcción de los elementos escénicos (muebles o accesorios) estrictamente indispensables al juego de los actores.1

1 Su tarea principal es hallar la unidad de carácter del decorado, si éste hace falta.



Dejar al music-hall y al circo la utilización inmoderada de los proyectores, de las fanfarrias y del mercurio.
Dar a la parte musical el papel exclusivo de obertura o de eslabón entre dos cuadros. No utilizarla más que en los únicos lugares en que el texto indique formalmente la intervención de una música próxima o lejana, de una canción, de un intermedio musical.
En suma, eliminar todos los medios de expresión que son externos a las leyes puras y espartanas de la escena, y reducir el espectáculo a la expresión del cuerpo y del alma del actor.

viernes, 17 de diciembre de 2010

DE LA TRADICION TEATRAL

DE LA TRADICIÓN TEATRAL

Fuente Jean Vilar.


1-

CIEN AÑOS DE TEATRO



El Segundo Imperio; su teatro prefectorial sala, decorado, técnicas. — De Antoine a Jouvet, las revoluciones teatrales se insertan en una crisis violenta de la cultura. — Fin del teatro de feria, desaparición del poeta y del gran público.

Cuando Napoleón III tomó el poder, hace un siglo, encontró un arte teatral que, de haberle interesado, le hubiera dado la ilusión de lo bello, y aun de lo grandioso y lo perfecto.

Si la inspiración dramática, desviada hacía mucho tiempo de sus fuentes originales, toma de la caricatura los gestos o los tics del melodrama, o da, con Scribe o Labiche particularmente, un testimonio paródico de la más grosera de las sociedades burguesas, la artesanía de la escena, por el contrario, alcanza en el modelado, la ilustración y el montaje del decorado, un grado de perfección que el porvenir no podrá sobrepasar. La Ópera Nacional, al igual que todas las escenas líricas del mundo —comprendido el Bayreuth anterior a Wieland Wagner— conservarán ese estilo basta nuestros días. Los descubrimientos mecánicos y eléctricos de los últimos cien años, aun cuando se adapten a él, no parece que puedan aportar al arte de la escena una renovación fructuosa, pues el arte del teatro, de más de veinticinco siglos de antigüedad en Occidente, rechaza una vez más el progreso. A partir de 1914 rechaza el material moderno, pues los teatros construidos con cemento armado en reemplazo de los sillares y de la madera carecen de alma, por más hermosa que sea su apariencia.

Por consiguiente, tanto Scribe como Meyerbeer, Wagner como Debussy, Becque igual que D'Annunzio y Rostand como Ibsen, se encierran en esta prisión convencional, perfectamente dispuesta y engastada en todos los encantos miliflores del telón pintado con la más extrema minuciosidad, obediente a las sacrosantas leyes de la "prospectiva" y servida por el arte complicado e industrioso de la maquinaria. Los grandes escenógrafos entre 1852 y 1900 no son Degas, Manet, Cézanne, Renoir, etc., sino que son especialistas minuciosos y honestos que arman y pintan bastidores y telones de fondo, según un arte de la decoración teatral que ya no tiene nada en común con sus orígenes italianos y al cual estos escrupulosos proveedores creen no obstante perfeccionar. Estos "decoradores" pintarrajean, pues, sobre lienzos, las vistas en profundidad de una calle, de una plaza, hasta de un pueblo íntegro; lienzos que algunos de nuestros Teatros Nacionales poseen todavía; gastados telones de fondo delante de los cuales aparecieron por primera vez, hace menos de un siglo, Chantecler, Ibsen, Bernard Shaw, Synge, y aun Pirandello y Strindberg, Margarita, Fausto, Tristán e Isolda, La Mujer Desnuda, El Hombre de la Rosa, Los Hugonotes, La Virgen Loca.

El teatro que, por muchos lazos esenciales a su vida, pertenece a las artes plásticas, no podía dejar de sufrir este modo de concebir la escena. Aunque para su uso personal D'Annunzio y Maeterlinck construyen moradas principescas que miran al cielo, al mar y a la piedra verdadera, aceptan ver sus obras representadas en un departamento de dos piezas: la escena-sala. Pero los grandes aventureros de la literatura vuelven, por cierto, la espalda a este baratillo burgués. La novela, gracias a Dostoievski, Tolstoi, Hugo a partir de 1850, Zola, Proust, Joyce, etc., se convierte en el arte del siglo. Los que como Strind-berg o Pirandello o Claudel, no pueden prescindir de la escena, intentarán, solitarios, una aventura difícil. Sin embargo, esta técnica teatral enriquece año tras año sus grotescos ornamentos. Todo le sirve, verdaderamente: la facilidad de la inspiración (Labiche, Augier, Sardou, etc.), y el progresismo de esos buenos burgueses que van a levantar la inverosímil exposición de 1889, a admirar el estilo-metro, a vivir entre el neogótico y a respirar el aire de las cumbres con Richepin y Rostand.

Según parece, este estado de cosas había sido provocado por el abstencionismo del Segundo Imperio. Prefectos y alcaldes de Napoleón III —más policías que príncipes— habían centralizado hasta el último grado, y no necesariamente por mandato, el funcionamiento administrativo y, por consiguiente, cultural del país. A los gobernadores de provincia de los siglos XVI, xvii y xviii y aun a los arrendatarios generales que habían acogido en nuestras capitales de provincia, a veces antes de París, el arte vivo, estruendoso o encantador de los italianos, a ese mecenazgo desenvuelto que a menudo había provocado el nacimiento de obras adorables y aun de las primeras manifestaciones del genio (Moliere en provincias), a estos grandes aficionados a las fiestas —no siempre galantes— sucedía un mecanismo prefectorial. París reina por todos los medios. Y París va a reinar largo tiempo. Este aparato al servicio ya del Emperador, ya de lo que la Tercera República llamará progreso, nos constriñe a la imitación más estéril. Por un Mérimée, ¡cuántos Viollet-le-Duc! Los bailes imperiales son la suprema atracción. Mientras Hussmann hace escuela, se destruyen Avignon y tantos otros lugares. El progreso se considera enemigo del pasado. El ferrocarril Séte-Bordeaux pasa a través de la abadía de Moissac. Y se construyen también muchos teatros, a fe mía. Treinta años después, la mayor parte de estas salas serán, en la mayoría de las ciudades, inutilizadas o inutilizables. En verdad, un arte tradicional se ha perdido. Y todas las deformaciones se suceden. Vivimos en la época de las hazañas. Se escribe Aída, se componen Tannhauser marsellesas. La puesta en escena espectacular, método tan poco francés com sea posible imaginar, nace y resplandece. Hasta los mejores realizadores se someten al gusto imperante, que termina por embriagarlos. El mal del siglo no es sino esta confusión entre lo grandioso y lo verdadero. Ya no se representa una obra del pasado, se hace de ella una hazaña. La tragedia del repertorio se convierte en el pretexto para actuaciones casi deportivas de grandes comediantes no siempre en buena forma física.

Es, pues, en el Segundo Imperio cuando el arte de la escena, el placer del teatro, la afición popular a ver representar o a representar, cambia de sentido y de orientación. Es entonces cuando se descarga tam bien de sus crueles verdades. Se cree que el teatro conserva su rango porque la Comedia Francesa y Cherubini resplandecen sobre el mundo. Y a esta dramaturgia hinchada corresponde un arte monumental también monstruoso.

A pesar de todo, el público continúa ávido de espectáculos. Rostand y los autores del bulevard sacarán partido de esta inclinación y esta necesidad eternas. La pequeña burguesía y las clases medias irán siempre al teatro, cualquiera sea su calidad, como se va a una fiesta. No obstante, uno y otros se instruyen como pueden. Se ha hecho mofa de las infectivas de Víctor Hugo, de sus quejas y lamentaciones a propósito de Los Miserables. Hugo no exagera. La preocupación por lo bello o por el saber, la pasión por los libros, por el genio, por el teatro, animan a esa clase media que no va al Élysée, que no es invitada a los bailes de la Ópera y para la cual instruirse es un lujo. El siglo xix vive intelectualmente un poco a la manera de esos principados italianos que Stendhal describe en su Cartuja. Los autodidactos-abundan. Se lee todo lo que se encuentra. Nacen numerosas publicaciones populares de obras maestras. Se aprende a tocar un instrumento de música por sí mismo. Esta corriente desborda, con mucho, a los que la dirigen. La Tercera República ha puesto aludía e intentado ordenar esas aficiones y esos anhelos cotidianos de saber que el burocratismo imperial ignoraba o menospreciaba.

Puede resultar significativo que la primera revolución teatral desde Le Cid haya sido provocada por un bien de sus crueles verdades. Se cree que*el teatro conserva su rango porque la Comedia Francesa y Cherubini resplandecen sobre el mundo. Y a esta dramaturgia hinchada corresponde un arte monumental también monstruoso.

A pesar de todo, el público continúa ávido de espectáculos. Rostand y los autores del bulevard sacarán partido de esta inclinación y esta necesidad eternas. La pequeña burguesía y las clases medias irán siempre al teatro, cualquiera sea su calidad, como se va a una fiesta. No obstante, uno y otros se instruyen como pueden. Se ha hecho mofa de las infectivas de Víctor Hugo, de sus quejas y lamentaciones a propósito de 

Los Miserables. Hugo no exagera. La preocupación por lo bello o por el saber, la pasión por los libros, por el genio, por el teatro, animan a esa clase media que no va al Élysée, que no es invitada a los bailes de la Ópera y para la cual instruirse es un lujo. El siglo xix vive intelectualmente un poco a la manera de esos principados italianos que Stendhal describe en su Cartuja. Los autodidactos-abundan. Se lee todo lo que se encuentra. Nacen numerosas publicaciones populares de obras maestras. Se aprende a tocar un instrumento de música por sí mismo. Esta corriente desborda, con mucho, a los que la dirigen. La Tercera República ha puesto aludía e intentado ordenar esas aficiones y esos anhelos cotidianos de saber que el burocratismo imperial ignoraba o menospreciaba.

Puede resultar significativo que la primera revolución teatral desde Le Cid haya sido provocada por unmodestó empleado del Gas de París * y que haya tenido lugar durante los primeros años de la Tercera República. Parece también significativo que el teatro de Musset, que hubiera podido provocar, después de 1830, una sana polémica, no haya servido a nadie, ni siquiera al mismo Musset, bajo la ignorante monarquía de Luis Felipe y bajo el imperio. Las revoluciones teatrales, tanto la de Gémier como la de Copeau, van a insertarse, cualquiera sea el espíritu que las provoca o las conduce, en una crisis violenta de la cultura. Y los altos funcionarios del Estado lo saben. Es Briand quien crea el Teatro Nacional Popular Francés. Blum es un autorizado crítico teatral. Clemenceau escribe una pieza cuyo tema Synge retomará luego. De Herriot a Daudet, son numerosos los políticos que conocen mejor a Shakespeare que a Francisque Sarcey. Cuando los normalistas toman el poder en Francia, artistas de sólida cultura profesional sirven al teatro y se afanan por reencontrar el arte ingenuo del espectáculo: Gémier, Laugné-Poe, Copeau, los Cuatro del Cartel. De Antoine a Jouvet, una conciencia profesional de los nuevos imperativos se crea y vence después de setenta años de lucha. Jouvet no es un obrero de la escena; sus preocupaciones esenciales son —si se las mira bien— las de la educación y de la cultura: belleza y defensa del lenguaje; inquietud por la composición dramática, frecuentación cotidiana y resurgimiento de las obras maestras antiguas o extranjeras.

El arte del teatro, a partir de Copeau, reacciona menos contra la inmoralidad tan desdichadamente vi tuperada, que contra la forma. A fe mía, que Rostand es, a su manera, un revolucionario. Un poco demasiado perfumado, sin duda. Y puede que Copeau haya errado (en La Revue Blanche) al aplastarlo con su cortés ironía. Acabado producto de la caja escénica tridimensional, intenta, sin embargo, algo nuevo.

Y nace el alejandrino acrobático. Y Chantecler. Pero transcribir La Marsellesa para la escena no es sino un acto piadoso. En verdad, para Rostand y los demás existen a lo sumo problemas de fonía particular. Ninguno de ellos, al igual que Esquilo o Moliere, se cuida del lugar escénico. La escena no es otra cosa que un reducto, una alcoba; no requiere más que el lecho. Feydeau, mecánico de la risa, más dotado que Becque, más observador que Rostand, que Ibsen, que D'Annunzio, que Maeterlink, Feydeau, escritor torrentoso, se sirve con talento de este espacio cerrado. Antoine, por su parte, cierra también la caja.

Y nace el teatro naturalista. Es el actor que vuelve la espalda al público. Es el cuarto sangrante de la res. Es la realidad cruda. Es la técnica perfectamente desbastada del Gran Guiñol. La actuación de Antoine, escrupulosa hasta el absurdo, niega siete siglos y medio de teatro de feria francés.

Del atrio al aire libre donde se representaban misterios y farsas a la manera de La Hija Elisa, apenas nos ha quedado el manejo del telón, los tres bastonazos, la iluminación por haces eléctricos que inundan un lugar que el autor quiere, no obstante, secreto. El arte del teatro va a exigir un equipo siempre mayor de maquinistas veloces, de elementos eléctricos, de circuitos más y más numerosos. El decorado natural alegórico del medioevo, el decorado natural o único y esquematizado de Corneille, de Moliere, o de Racine (las representaciones de Chambord, de Versailles y el documento de Mahelot), el decorado único de los italianos y de Marivaux, las divertidas acrobacias con la maquinaria a la vista de las óperas de los siglos XVII y xvm, están definitivamente olvidados para la industriosa locura de iluminación, de los decorados movibles y, no obstante, realistas y pesados. Se rehace el Palládio, pero sobre el lienzo. Y esos falsos Palladios se deslizan alegremente por entre los arcos y las puertas falsas. La mecánica usa de sus poderes hasta la fealdad y el absurdo. Y, hecho paradójico, el autor cree dirigir.

No obstante, verdaderos creadores del teatro mueren, desde hace más de un siglo, desconocidos del público: Büchner y Keist en Alemania, Monnier, Musset y Becque en Francia. Otros hay que ven sólo tardíamente representar sus obras (Claudel). La carrera de dramaturgo comienza alrededor de los cincuenta años. Uno la abandona: Jules Renard. ¿Los otros? Strindberg muere y es a Ibsen a quien se consagra. Bernanos no imagina que pueda escribir para el teatro. Giraudoux encuentra felizmente a Jouvet: tiene cuarenta y cinco años en ese momento.

Por primera vez, después de varios siglos en la historia del teatro occidental, el arte escénico tiende a rechazar de su campo al poeta y al gran público.

La gloria, en el teatro, deviene postuma.
1 Antoine.



miércoles, 15 de diciembre de 2010

J. Hessen y la Teoría del Conocimiento 15.

CONCLUSIÓN LA FE Y EL SABER.

El fin de nuestros esfuerzos era profundizar y fundamentar filosóficamente el saber humano. Hemos visto que el conocimiento humano no se limita al mundo fenoménico, sino que avanza más allá, hasta la esfera metafísica, para llegar a una visión filosófica del universo. Pero también la fe religiosa da una interpretación del sentido del universo. Cabe preguntarse, pues, cómo se relacionan entre sí la religión y la filosofía, la fe religiosa y el conocimiento filosófico, la fe y el saber.

Esta relación ha sido definida muy diversamente en el curso de la historia de la filosofía. Pueden distinguirse cuatro tipos principales de definición de la misma. Los dos primeros sostienen una identidad esencial; los dos últimos, una diferencia esencial entre la religión y la filosofía, la fe y el saber. Aquella identidad puede en primer término ser total. La fórmula dice entonces, o que la religión es filosofía, o que la filosofía es religión, esto es, o se reduce la religión a la filosofía, o a la inversa, la filosofía a la religión. En el primer caso se puede hablar de un sistema gnóstico de la identidad. La religión y la filosofía son lo mismo según él. Ambas quieren conocer; se trata para ambas de alcanzar una gnosis. Un mismo impulso hacia el conocimiento filosófico se agita en ellas. La única diferencia consiste en que la religión es un grado inferior del conocimiento filosófico, puesto que no habla en conceptos abstractos, sino en representaciones concretas. Esta concepción se encuentra en la antigüedad, principalmente en él budismo, en el neoplatonismo y en el gnosticismo; en la Edad Moderna, en Spinoza, Ficbte, Schelling, Hegel y von Hartmann. En el segundo caso resulta el sistema tradicionalista de la identidad. Según él toda filosofía se reduce a la religión. Los filósofos han bebido sus ideas en la tradición religiosa. La filosofía no es, por tanto, nada independiente junto a la religión, sino que en el fondo coincide con ésta. Esta concepción ha sido defendida particularmente por los filósofos y teólogos franceses De Maistre, De Bonald y Lamennais.
Puede sostenerse también una identidad parcial entre la religión y la filosofía, en lugar de una total. Ambas se identifican parcialmente, porque tienen determinada esfera común. Esta esfera común es la "teología natural" (Escolástica) o la "teología racional" (filosofía de la Ilustración). La misión de esta teología consiste en demostrar la existencia de Dios y definir su esencia mediante las fuerzas naturales de la razón. 

Haciendo esto, pone la base para la fe sobrenatural. Ésta tiene, pues, un fundamento racional. La religión reposa materialmente en la filosofía; la fe, en el saber. Santo Tomás de Aquino y la teología y filosofía orientadas por él, son las que principalmente han definido en este sentido la relación entre la fe y el saber.

A los sistemas de la identidad se oponen los sistemas dualistas. Puede tratarse de un dualismo extremo o de un dualismo moderado. El primero separa completamente ambas esferas. La esfera del saber es el mundo fenoménico; la esfera de la fe, el mundo suprasensible. No hay un saber de este último. La metafísica es imposible como ciencia. El fundador de esta concepción es Kant. La teología protestante del siglo XIX está dominada por ella en su mayor parte. Así sucede principalmente con Ritschl y su escuela. 

Según el dualismo moderado, la religión y la filosofía son dos esferas esencialmente distintas, que se tocan, empero, en un punto. Ese punto de contacto es la idea de lo absoluto. Según la concepción del dualismo moderado, la metafísica es posible como ciencia y esta ciencia puede llevarnos hasta lo absoluto, hasta el principio del universo. Éste constituye, por ende, el objeto común de la religión y la filosofía. Pero ambas lo definen desde puntos de vista enteramente distintos; la filosofía, desde un punto de vista cosmológico-racional; la religión, desde un punto de vista ético-religioso. En aquélla, el resultado es la idea de un principio espiritual del universo; en ésta, la idea de un Dios personal. Esta concepción ha sido defendida varias veces en la filosofía moderna, y Últimamente, de un modo consciente y sistemático, por Schéler, que ha encontrado para ella el nombre de "Sistema de la conformidad".

Si tomamos posición crítica respecto a las diversas definiciones de la relación, habremos de asentir a lo que Scheler indica contra los sistemas de la identidad: "Hoy que las posiciones religiosas difieren más profundamente que nunca, no hay nada admitido con mayor unanimidad y seguridad por todos los que se ocupan de un modo inteligente de la religión, que esto: oue el origen de la religión en él espíritu humano es radical y esencialmente distinto de la filosofía y la metafísica; que los fundadores de religiones, los grandes homines religiosi, han sido tipos del espíritu humano completamente distintos de los metafísicos y los filósofos; y que las grandes transformaciones históricas a ellos debidas no han tenido lugar nunca ni en parte alguna por virtud de una nueva metafísica, sino de un modo radicalmente distinto" (De lo eterno en el hombre, 327). Con esto queda mostrada la inexactitud, no sólo del sistema de la identidad total, sino también parcial. Este último descansa igualmente en un desconocimiento de la diferencia entre la religión y la metafísica, a que ya nos hemos referido anteriormente. Cuando los defensores de la teología natural o racional creen poder llegar hasta el objeto de la religión, lo Divine, por el cam'tto de las demostraciones metafísico-racionales, no ven que la religión y la metafísica son esferas esencialmente distintas y que, por ende, es imposible el tránsito de la una a la otra. También hemos podido mostrar que el principal medio de que se sirven los defensores de la teología natural, el principio de causalidad, no tiene el carácter lógico y epistemológico que debería tener para cumplir el fin que se le encomienda. Finalmente, puede mostrarse sin dificultad que las supuestas demostraciones metafísicas puramente racionales nacen, en realidad, de una actitud religiosa, de tal suerte que se puede decir con Scheler que tales razonamientos y demostraciones no sirven de base a la religión; sino a la inversa, se basan en la religión. Esto explica el hecho psicológico, en otra forma completamente incomprensible, de que las pruebas de la existencia de Dios, disputadas por tan rigurosas, sólo hagan impresión sobre aquellos que ya son creyentes y se encuentran en actitud religiosa, mientras fracasan justamente en aquellos que están en actitud puramente racional y crítica. Esta peculiar psicología de las pruebas de la existencia de Dios arroja una clara luz sobre su carácter lógico y epistemológico.

Frente a todos los intentos de confundir la religión y la filosofía, la fe y el saber, debemos insistir con toda energía en que la religión es una esfera del valor completamente autónoma. No reposa en otra esfera del valor, sino que descansa íntegramente sobre propias bases. No tiene el fundamento de su validez en la filosofía, ni en la metafísica, sino en sí misma, en la certeza inmediata peculiar al conocimiento religioso. El reconocimiento de la autonomía epistemológica de la religión depende, pues, de que se admita un conocimiento religioso especial. Cuando, al tratar el problema de la intuición, pusimos de manifiesto este conocimiento que caracterizamos más concretamente como un conocimiento inmediato, intuitivo, sentamos la base teórica de la autonomía de la religión, que afirmamos y defendemos ahora.

Scheler replica con razón a los filósofos y teólogos que se resisten a fundar la religión sobre sus propias bases: "¿Es que puede la religión, subjetivamente, la de raíces más profundas entre todas las disposiciones y potencias del espíritu humano, asentarse sobre una base más firme que sobre sí misma, sobre su esencia?... Cuan extraña es la desconfianza en el poder y evidencia propios de la conciencia religiosa, que se revela en el intento de "fundar" sus primeras y más evidentes afirmaciones sobre otra cosa que el contenido esencial de los objetos de esta misma conciencia" (De lo eterno en el hombre, 582).

Esta desconfianza tiene su raíz más profunda en aquella confusión de la objetividad y la validez universal que ya mencionamos anteriormente. Se opina que un juicio que no sea demostrable de un modo universalmente válido, esto es, lógicamente convincente, no puede tener aspiración alguna a la objetividad. 

En la admisión de una forma especial de conocimiento y certeza religiosos no se ve, por ende, nada más que subjetivismo, mientras en realidad un juicio puede poseer una absoluta objetividad, sin ser por ello universalmente válido, como se demostró anteriormente. La mayoría de las objeciones que August Messer hace en la conclusión de su "Introducción a la teoría, del conocimiento" contra la definición dualista de la relación entre la fe y el saber, descansan en la insuficiente distinción entre objetividad y validez universal. 

La razón más profunda de esta deficiente distinción reside en esa forma intelectualista de pensar que sólo reconoce lo que puede apoyarse en fundamentos racionales, dicho brevemente, lo que puede demostrarse.
Muchos filósofos opinan que la filosofía presta a la religión el mayor de los servicios, asegurando su verdad mediante razonamientos metafísicos. Pero estos filósofos pasan por alto que la concepción de la relación entre la religión y la filosofía, defendida por ellos, sólo es de provecho cuando y en tanto el conocimiento filosófico se mueve en las vías de un sistema acabado e incorporado en cierto modo a la religión. Por el contrario, tan pronto como el impulso hacia el conocimiento filosófico se apoya sobre sus propias bases y conmueve las bases del sistema recibido, existe el peligro de que también la religión misma se torne problemática con el fundamento filosófico, y que la supuesta piedra fundamental de la religión se convierta en la piedra de molino que la arrastre al abismo del escepticismo. Libros como La fe y el saber, de August Messer, o El hombre religioso y sus problemas, de Johann María Veriveyen, iluminan vivamente el peligro que existe aquí para la religión. El abandono de la fe religiosa depende últimamente, lo mismo en un autor que en otro, de la confusión entre la religión y la filosofía y el intelectualismo religioso consiguiente a ella.

Señalemos brevemente, por último, una consecuencia pedagógica práctica que resulta de nuestra concepción de la relación entre la religión y la filosofía, la fe y el saber. Si hay una esfera propia, religiosa, del valor, y consiguientemente un conocimiento religioso especial, o sea, en cierto modo un órgano religioso especial, se sigue que el cultivo de la religión sólo puede tener lugar por medios religiosos. No nos hacemos religiosos mediante una actividad intelectual, ni mediante las reflexiones filosóficas, ni mediante estudios y lucubraciones teológicos, sino sólo desenvolviendo y desplegando el fondo religioso recibido de Dios, quizá menoscabado por una errónea educación y enseñanza religiosa; tratando de afinar y desarrollar, por decirlo así, el órgano religioso. Así como no se aprende a ver ni a sentir artísticamente con el estudio de estéticas, tampoco se hace nadie realmente religioso con el estudio de obras teológicas o sobre filosofía de la religión. En un caso lo mismo que en el otro se trata más bien de poner en actividad las disposiciones recibidas, desarrollándolas y desplegándolas. Si se hace esto, el mundo de los valores religiosos penetra cada vez más viva y poderosamente en la conciencia del hombre. Hasta que llega finalmente, en el terreno religioso, a vivir por entero en lo divino, recibiendo de este modo certidumbres siempre renovadas, que le hacen triunfar con santa sonrisa de todas las angustias críticas del intelecto oprimido por los problemas.

Concluyo con un pasaje del Microcosmos, de Lotze (III, 18(54,243 y sig.), que encierra todo un programa filosófico.

"La esencia de las cosas no consiste en ideas y el pensamiento no es capaz de comprenderla; mas el espíritu entero vive acaso en otras formas de su actividad y de su emotiva dad el sentido esencial de todo ser y obrar; el pensamiento le sirve como un medio de poner lo vivido en aquel orden que exige su naturaleza y de vivirlo más intensamente en la medida en que se hace dueño de este orden. Son errores muy antiguos los que se oponen a esta concepción. La sombra de la antigüedad, su nefasta sobrevaloracion del logos, se extiende aún vastamente sobre nosotros y no nos deja ver, ni en lo real, ni en lo ideal, aquello por lo que ambos son algo más que toda razón."