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viernes, 11 de febrero de 2011

Chejov, sobre su narrativa y teatro, 4- temas y personajes.

2) TEMAS Y PERSONAJES

Para comprender por que los personajes de Chejov son seres abúlicos, desvalidos, que no hacen más que lamentarse en lugar de actuar;, debemos tener presente la influencia decisiva que la sociedad ejerce en la configuración de la conciencia individual. No se les puede exigir entusiasmo energía, fuerza de voluntad, a quienes han crecido y se han formado en un ambiente como este:

“¡Todo se reducía a un loco jugar a los naipes, a gula, borracheras, a charlas incesantes sobre las mismas cosas!” ("La dama del perrito"). El negocio innecesario, la conversación sobre repetidos temas absorbía la mayor parte del tiempo y las mejores energías, resultando al fin de todo ello una vida absurda, disforme y sin alas, de la que no era posible huir, escapar, como si se estuviera preso en una casa de locos o en un correccional”.

Como vemos, una existencia sin metas, sin desafíos que despierten las energías dormidas del hombre, exigiéndole una entrega total en la que pueda hallar un sentido para su vida. Allí la única aventura es jugar a las cartas. El juego es una compensación, un sustituto de la vida. En él 18 se encuentra lo que en la vida falta: emoción, riesgo, interés, con la deferencia de que en la vida se apuestan sentimientos, ilusiones fe, y en el juego sólo dinero.

Una partida de naipes se realiza a nivel de jugadores, no de personas. La relación que se entabla entre ellos no es espiritual, sino por medio de cosas (naipes, dinero). Hay contacto pero no comunicación, y mucho menos comunión. No es necesario siquiera saber algo acería de los ocasionales compañeros. Es el entretenimiento ideal para una sociedad reacia a toda relación auténtica.

Pero, en Chéjov, la gente no sólo juega, come también, ¡y de qué forma! Las comidas ocupan un lugar preponderante en su existencia. Hay, incluso, un cuento ("Sirena) basado puramente en los ensueños gastronómicos de un funcionario. El placer de comer es equiparado al deleite estético al a voluptuosidad del amor. Por las páginas de Chéjov pululan las figuras obesas, de labios "grasosos y colgante, que apenas pueden respirar por la gordura. El deseo de vivir ha degenerado en grosera voracidad estomacal.' Las copiosas comidas son un sustituto del alimento espiritual que el ambiente no brinda. Se vive para comer y se come para sepultar bajo gruesas capas de grasa los ideales que no se puede siquiera intentar realizar. El cuerpo, tal como lo muestra Chejov en “Ionich”, crece a expensas del alma, el tejido adiposo se nutre de ilusiones frustradas.

Cuando no tienen la boca llena, los personajes de Chejov se dedican a hablar sin descanso, y uno tiene la impresión de que, en definitiva, no dicen nada. En efecto, las conversaciones giran siempre en el entorno a los mismos temas, y no porque no haya otros, sino porque un tema discutido hasta el cansancio resulta tranquilizador; no hay obligación de decir nada nuevo, basta con repetir lo mismo de siempre. De ésta manera, se cumple con las convenciones sociales sin necesidad de ponerse a pensar ni de comprometer una opinión personal. Los diálogos, en las narraciones de Chéjov, son a menudo un punto muerto; un palabrerío inútil til, pues los personajes no tienen nada que decirse (y los pocos que podrían decir mucho callan, en general sabiendo que no serían comprendidos). Ninguno de ellos está dispuesto a la apertura que implica un diálogo. Todos temen revelar lo que realmente son, pero más temen todavía que el otro los involucre en sus propios problemas. Justamente, las charlas triviales, los objetos corrientes las jerarquías burocráticas, sirven de barrera protectora, tras la que cada uno se escuda para mantener a los demás a una prudente distancia afectiva. Todo lo que sea humano y vital los intimida. Así, cuando Verochka le confiesa su amor a Ognev, este siente "tras la turbación, una impresión de susto. Del mismo modo, el dolor de Anna por ceder al adulterio irrita a Gurov: "Le molestaba aquel tono ingenuo, aquel arrepentimiento tan inesperado e impropio" ("La dama del perrito"). Le parece impropio porque no es eso lo convenido porque lo está haciendo partícipe de un problema personal con el cual no quiere tener nada que ver. Es significativo, además, que tanto a Ognev como a Gurov, la espontánea manifestación de sus sentimientos por parte de ambas mujeres, les parezca ''fingido y poco serio". En ese medio, donde la sinceridad es una inconveniencia, las personas "serias” son aquellas que saben disimular lo que sienten. Acostumbrados a la hipocresía, cuando se encuentran con la verdad les resulta difícil creer en ella. Como dice Balzac a propósito de Mme. Vauquer: “Una de las costumbres más detestables de los espíritus liliputienses estriba en suponer sus pequeñeces en los demás".

Espíritus pequeños son la mayoría de los seres que Chéjcv nos presenta en sus cuentos, lo cual no puede sorprendernos después de lo que sabemos acerca de la sociedad de su época. Espíritus pequeños, pero no malvados. Aun en aquellos que resultan más desagradables. Chéjov se preocupa por señalarnos los atenuantes de su conducta. Así, por ejemplo, en "El marido", luego de habernos relatado como el protagonista, un personaje innegablemente antipático, se lleva a su esposa de una fiesta porque no puede soportar verla, tan feliz. Chéjov nos acota que ese hombre deseaba volver al club para hacerles saber a todos "cuan nula es la vida cuando se camina en la oscuridad por la calle, oyendo sollozar al barro bajo los pies y sabiendo que al despertar otra vez a la mañana siguiente no ha de haber ante sí más que vodka y naipes". Pero habitualmente, estos casos límites (en al sentido que bordea la maldad) no apa¬recen en Chejov. Se siente más atraído por los "espíritus pequeños" y por los ''espíritus apocares, denominaciones arbitrarias que utilizamos pera designar las dos categorías más nítidas y numerosas da personajes chejovianos.

Llamamos "espíritus pequeños" a toda esa galería de seres totalmente sometidos a los convencionalismos del grupo, verdaderos autómatas, sin iniciativa propia, que piensan y actúan en base a un patrón de valores, palabras y gestos establecido por la comunidad, sin que, en ningún momento les pase por la mente siquiera la idea de cuestionario. Este tipo de personajes protagoniza sobre todo las narraciones de Chéjov anteriores a 1886. Es la etapa del humorismo fresco, juguetón; exento de la melancolía reflexiva que lo acompañara y lo nublará después sin llegar a hacerlo desaparecer nunca. Chéjov v desnuda los tics, las torpezas, los temores ridículos, las paupérrimas ambiciones de esta gente pero su risa es pudorosa, no llega nunca al sarcasmo. No olvida» ni nos deja olvidar,, que a pesar de su absurdo comportamiento son seres humanos, víctimas de un ambiente que le ha castrado la personalidad.

Pertenecen a éste período como “El gordo y el flaco” donde vemos como la espontánea alegría de dos amigos que se reencuentran después de muchos años es aniquilada cuando uno de ellos descubre que el otro, es su superior jerárquico y comienza a tratarlo como tal, con un servilismo que asquea y ahuyenta al amigo. Otro ejemplar típico es Cherviakov ("La muerte de un funcionario") oscuro funcionario de un ministerio que muere de angustia angustia pensando que un general, al que involuntariamente salpicó con un estornudo, lo haya considerado intencional. No son simples casos particulares, aislados, sino ejemplos individuales de un fenómeno social. Quien no se conforme solamente con reír podrá meditar acerca de un medio ambiente que origina especímenes tan penosos. De todas maneras, la risa se mantiene en primer- plano. Y se comprende; no puede haber drama donde no hay conciencia.

A partir de 1886, el tono de Chéjov se ensombrece progresivamente, la risa se retrae, se vuelve sonrisa, piadosa sonrisa. Mucho se ha especulado sobre este cambio. Numerosas fueron las explicaciones propuestas. Algunos hasta se acaloraron y levantaron la voz, para afirmar o para refutar. A Chéjov le hubiera divertido. Tenía la virtud de no tomar en serio las discusiones superfluas. Hagamos como él. Todavía conocemos demasiado mal su personalidad como para que echemos más leña a un fuego que, de todos modos, no da calor. Lo importante es saber que Chéjov cambió y descubrir de que manera se reflejó ese cambio en su obra.

Chejov, sobre su narrativa y teatro, 3- época.

LA EPOCA

La cita es extensa pero vale la pena, pues nos permitirá comprender de dónde provienen los rasgos esenciales de la obra de Chéjov.

La sociedad rusa de los ochenta (1800), época en que Chéjov comienza su producción literaria, vegeta en medio de la atmósfera sofocante de tedio y mal gusto que caracterizó el reinado del nuevo Zar, Alejandro III (1881-1894). Conservador inflexible, el flamante soberano desconfiaba de la ciencia y la razón, creía en la "fuerza de la inercia" y no encontró mejor modo de imponerla que la represión y el terror. Su acción dio el golpe de gracia a las ya moribundas esperanzas de cambio nacidas de las tibias reformas realizadas por su antecesor, el zar Alejandro II (1856-1881). No es de extrañar que el miedo del ya mencionado Belikov a todo lo que esta permitido, es decir, el miedo a la libertad, se convierta en un rasgo distintivo de la sociedad rusa del momento. Autores de este período lo definen como una "época de terror" y de embrutecimiento casi general".

El movimiento revolucionario, muy castigado, atraviesa un período de desorganización y desorientación. Los grupos terroristas, después del asesinato de Alejandro II, han sido casi totalmente desbaratados. El impulso de "ir al pueblo", realizado por los intelectuales de los años setenta, ha culminado en un completo fracaso. Su esfuerzo por adaptarse al ambiente y las costumbres rurales, para ganar la confianza de los campesinos y poder instruirlos para la acción no fue comprendido por estos. El foso que separaba a los intelectuales del pueblo no pudo ser cerrado. La suma de tantos fracasos explica la desilusión que abruma a la generación del ochenta.

“¿En qué debemos poner nuestra esperanza? ¿Qué debemos creer? ¿Qué debemos desear? ¿Hacia dónde debemos orientar nuestros esfuerzos? Todo lo que nos rodea está pulverizado”, se lamenta Míjailovski (1). Angustiosas preguntas, que la mayor parte de la sociedad rusa no se plantea, por ignorancia o comodidad: “Esta generación no podía estar dominada por los ideales de padres y abuelos. No experimenta ningún odio ni abriga ningún desprecio hacia la vulgaridad de la vida cotidiana; no cree que los hombres tengan la obligación de convertirse en héroes, por la sencilla razón de que no cree en la existencia del hombre ideal.(2)

En esa sociedad que está desprovista de todos sus ideales, porque no quiere correr el riesgo de otra dolorosa decepción, ya no interesa más que lo material y utilitario, aquello que se puede conseguir sin necesidad de una entrega total come ser humano y asegura una existencia sin sobresaltos; el cargo burocrático, la posición económica, la buena mesa, una familia sin amor pero de apariencia respetable. Una vez alcanzadas esas pobres metas, todos se atrincheran tras ellas, para defenderse de todo aquello que pueda exigirles un compromiso interior, una entrega profunda.

Los titanes rebeldes a lo Rasicolnikov, a lo Ivan Karamazov, ya no son posibles en un medio como ese. Héroes que han llegado a la convicción de que todo está permitido no pueden surgir en una suciedad donde todo lo permitido, que es muy poco inspira temor. La exasperada, necesidad de autoafirmación que caracteriza a los personajes de Dostoyevski; agoniza en el blando deseo de plenitud de las criaturas chejovianas. De igual modo, la imponente visión épica de la sociedad rusa, tal como aparece en "La guerra y la paz" de Tolstoi, se fragmenta en las breves narraciones de Chéjov, con sus dramas asordinados y su enfoque indirecto de la sociedad. No en vano Gorki, a raíz de la publicación de !'La dama del perrito", le escribió: "¿Sabe usted lo que está haciendo? Usted está matando al realismo.” Y, sin embargo, su observación, tan acertada desde un punto de vista estrictamente literario, es válida sólo en parte, porque no es Chéjov quien mata al realismo, sino la misma sociedad rusa, al ahogar dentro suyo las condiciones que propiciaron su desarrollo.

El realismo ruso había sido producto de un clima vital muy particular en el que, a una clara conciencia de los graves males que aquejaban a la sociedad, se sumaba la firme decisión de superarlos y la íntima convicción de que ello era posible. Decía León Chestov: “Fueron los escritores rusos, no los occidentales, quienes supieron descubrir en la vida los elementos susceptibles de reconciliar la injusticia visible de la vida real con el ideal invisible que cada hombre conserva en su alma”. Los realistas franceses, como Flaubert no tenían ningún ideal, visible o no (lo habían perdido después de la Comuna) (3) y, por lo tanto, se hallaban inermes ante el egoísmo, el mal gusto y del conformismo dominantes en la sociedad francesa del Segundo Imperio (4). De allí la impersonalidad de su relato, como expresión del íntimo desagrado que les produce la realidad que reflejan y de su voluntaria no participación en ella, Semejante actitud no podía aclimatarse en la Rusia de los años sesenta y setenta, donde el papel de los escritores era similar al que desempeñaron los filósofos franceses del siglo XVIII; ser guías y portavoces (a pesar de la censura) de los sectores progresistas que deseaban un cambio profundo en la sociedad. Lo que distingue al realismo ruso del francés es, precisamente, su optimismo y su compromiso militante con el Hombre, antes que con una ideología coherente.

La intelectualidad rusa de la época no ha experimentado aun el fracaso de sus ideales. Los horrores que descubre a su alrededor la indignan pero no quiebran su fe. Son muchas las inquietudes, las rebeldías los fermentos que perciben en la sociedad como para que dejen de creer que el cambio es posible, que la vida tiene un sentido profundo.

Pero en los años ochenta, tal como lo señalamos anteriormente la situación cambia, la fe se resquebraja. Un sentimiento de frustración se apodera da los sectores progresistas. Pronto se difundirán teorías esteticistas (fenómeno insólito en la literatura rusa) que, en la década siguiente, ya han dominado la poesía con su culto obsesivo por la forma y su rechazo tajante a todo compromiso de la literatura con la realidad social, Detrás de las bonitas disquisiciones acerca de la autonomía del arte se oculta, sin embargo, un profundo desagrado y un vehemente deseo de evadirse de una realidad que ha probado ser más fuerte que los ideales y los sueños. El realismo, por su parte, parece agotado. Ha perdido su capacidad abarcadora. 

Huérfano de los estímulos que un ambiente apático ya no pueda brindarle y oprimido por una censura cada vez más rígida se diluye, pierde su interés apasionado por la relación hombre-sociedad, ceja en su atormentada indagación de la conciencia individual, en su obstinada búsqueda de un sentido profundo para la existencia. A los continuadores los llamados "epígonos del realismo", come Korolenkc y Carshiri, no les queda otro camino que captar en breves relatos los estertores de la vitalidad pasada. Es en este clima tan deprimente que Chéjov produce su obra:

"A menudo me reprochan, lo ha hecho hasta Tolstoi, que no presento personajes positivos… Pero ¿de dónde voy a sacarlos?...Mi sólo afán cconsiste en decir a todos: Miraos bien y vereis que vida tan sórdida y triste es la vuestra. Lo que importa es que lo comprendan así; una vez que lo hayan comprendido, crearán una vida distinta, mejor que la actual”.

Estas palabras de Chejov apuntan a tres aspectos de su obra que tendremos ocasión de estudiar:
1) el tan debatido asunto de su pesimismo;
2) su interés por la vida cotidiana, donde ni las personas ni los acontecimientos parecen tener nada de memorables;
3) la aparente ausencia de un "mensaje", que motivó, sobre todo entre sus contemporáneos, agrias críticas.
Nos ocuparemos primero del punto 2, que es el que nos permitirá entrar a discernir los temas fundamentales de la narrativa de Chejov. Las dos cuestiones restantes se plantean, precisamente, como consecuencia de esos temas y del particular enfoque que Chejov les da.

jueves, 10 de febrero de 2011

Chejov, sobre su narrativa y teatro, 2- época y tendencias

CHEJOV  NARRADOR

1) ÉPOCA Y TENDENCIAS

"|No soporto ya esta calma permanente y esta vida sin objeto! ... |No soporto a nuestras pálidas y descolorídas gentes que se parecen las unas a las otras como dos gotas de agua! ... Todos son entrañables y bondadosos porque viven satisfechos! ...".

De esta manera clama Verochka, la encantadora protagonista del cuento homónimo y su grito sería igualmente auténtico en boca de casi todos los personajes chejovianos. Empantanados en el tedio absurdo de una sociedad conformista, que sofoca toda ilusión, todo impulso hacia un ideal, donde la vida no es más que una lenta muerte, incapaces de actuar y de rebelarse, los hombres y mujeres de Chéjov no pueden hacer otra cosa que gritar su impotencia y soñar con una liberación que nunca llega. ''La verdad y la libertad son actitudes del espíritu", afirma uno de los personajes de "Otras voces, otros ámbitos", la poética novela de Truman Capote. Es esa actitud, esa aspiración hecha voluntad, la que les falta a los personajes de Chéjov. Por eso fracasan, por eso se rinden tan fácilmente cuando la solución parece tan próxima y accesible. Sin embargo, estos eternos indecisos, estos soldados derrotados en batallas que nunca pelearon, no inspiran desprecio, sino piedad.


Allí radica, precisamente, uno de los grandes méritos de Chéjov: el hacernos comprender que esas lastimosas criaturas no son culpables de su suerte, que sólo son víctimas, pobres víctimas de una sociedad que ha hecho de la mediocridad un valor. Cerno Belikov, el extravagante protagonista de “Hombre enfundado”, que aun con buen tiempo lleva abrigo, paraguas y chanclos, que siente repugnancia por la realidad, que sólo cree en reglamentos y prohibiciones y teme cualquier cosa permitida, porque según su lema; “Todo esto será maravilloso, pero pudiera ocurrir que..."; así la sociedad rusa de la época procura inmunizarse contra todo lo que sea auténtico y espontáneo, enfundando los ideales mas elevados, los impulsos más generosos, en estériles apariencias de bienestar y respetabilidad. Dejemos que el propio Chéjov lo diga a través del invalorable testimonio de Gorki; “El hombre ruso es un ser extraño; mientras es joven se apropia con avidez a todo lo que le llega , pero después de los treinta años se deposita en él una especie de légamo grisáceo ¡Para vivir bien, los hombres necesitan trabajar! Trabajar con amor, con fe.Entre nosotros, no saben hacerlo. Un arquitecto, después de haber construido dos o tres casas decorosas, se pone a jugar a las cartas y jugará toda su vida, o bien se radicará en los camarines de un teatro. Un médico, si tiene paciencia, deja de seguir el curso de la ciencia, no lee más que “las novedades de la terapia” y a los cuarenta años está seriamente convencido de que todas las enfermedades provienen del enfriamiento… toda Rusia es un país de gente hambrienta y ávida: todos comen enormes cantidades de comida, beben, duermen de buena gana durante el día y roncan, se casan para tener la casa ordenada, y toman amantes para conquistar prestigio en sociedad”.

Fuente: G. Maertinez - A. Fressia - R. Appratto.

Chejov, sobre su narrativa y teatro, 1- Cronología

CHEJOV

Introducción:

La obra de Antón Chéjov sufre en nuestro medio la carencia de textos preservativos accesibles. La finalidad del presente trabajo consiste en atenuar esta dificultad, a la vez que motivar un acercamiento más profundo al autor. Se pretendió hacer un relebamiento de los caracteres generales de la obra de Chéjov, atendiendo como criterio la época de su producción y las tendencias literarias que se desarrollan en ella. Como esos rasgos se manifiestan de un modo peculiar en cada uno de los dos géneros que el autor frecuenta, narrativa y teatro, se encaró su estudio respetando ese deslinde genérico. El análisis de los textos escogidos responde a la necesidad metodológica insoslayable de ilustrar lo expuesto en términos generales mediante su confrontación con aquello que, en última instancia lo nutre y legitima: la obra misma.

Coherentemente con lo ya expresado, la bibliografía que se adjunta incluye diversas perspectivas críticas y temáticas. Asimismo, teniendo en cuenta el carácter de este trabajo, y sin desmedro de una elemental exigencia de calidad, se han manejado las versiones españolas más conocidas. Para narrativa se ha preferido la versión de la Ed. Aguilar y, para teatro, la versión de la Ed. Losada.


CRONOLOGÍA

1860.- 17 de enero; nacimiento de Antón Pavlovich Chejov en Taganrog (Crimea).

1876.- La familia Chéjov se traslada a Moscú, a excepción de Antón, que permanece en Taganrog.

1879.- Antón termina el Bachillerato. 1880.- Se une a su familia en Moscú.

1881.- Comienza estudios de medicina.

Primeras colaboraciones en periódicos humorísticos. Escribe PLATCNOV, primera obra de teatro.

1882.- Publicaciones humorísticas firmadas por Antccha Chekonté. Primeros cuentos; La cerilla sueca, La ofensa.

1883/1884.- Escribe cuentes que serán reunidos baje el título Las leyendas de Melpomene; El gordo y el flaco, Una calumnia, En las oficinas de correos, La muerte de un funcionario. El espejo deformante, SI muchacho malo, Vannka, El álbum, El camaleón, De mal humor, Terpetuum mobile, El examen para el rango, De mal en peor, entre los más importantes.

1884, Fin de la carrera de medicina. Escribe dos actos únicos: En el camino real y Una petición de matrimonio.

1885. Nueva obra de teatro: UN DRAMA DE LA CAZA. Cuentos que se publicarán en dos volúmenes (Cuentos multicolores y En el crepúsculo) entre 1886 y 1887: El empresario bajo el diván, La medida excedida, El último mohicano. La lotería, El signo de admiración, El escritor. El padre de familia, Vejez, El cadáver, Bagatelas de la existencia, Sensaciones fuertes, Ániuta, La desgracia, Gentes honradas, Simple encuentro, Una venganza, Un hombre feliz, La obra de arte, El acontecimiento, Fracasado, La oportunidad femenina. El fin de un actor, Réquiem y muchos otros.

1886 „- Inicio de la colaboración en t!Novoie Vremia" y de la amistad con Suvorin. Pasa el verano en Babkino,

1887.- Nuevo volumen de cuentos, con el título de Refiexiones inocentes. Los más importantes: Gente sobrante, Un encuentro, El beso, Kachtannka, La broma, La mala acción, El padre, El viaje, Un problema, Una infidelidad, Fastidios de la existencias, El consejero privado, En el tribunal, Tinieblas, El mendigo. Champaña, Una criatura sin defensa, La vieja casa, El misterio., Primeros cuidados, La carta, La mala acción.

1888.- Escribe IVANOV, obra de teatro. Vacaciones en Ucrania. Más cuentos: Los fuegos, Un disgusto, Un día de fiesta, El deseo de dormir, Bellezas.

1889.- Obras de teatro: LA ESTEPA, UNA HISTORIA VULGAR, EL OSO. Cuentos: La apuesta, La lengua demasiado larga, La princesa. Éxito de Ivanov en Petersburgo, Muerte de Nicolás, su hermano.

1890.- Viaje a Sajalín. Escribe un acto único (UNA BODA) y un cuento (Los ladrones).

1891.- Primer viaje por Europa. Un cuento (Las comadres) y una obra de teatro (EL DESAFIO).

1892. Lucha contra el hambre y la cólera. Termina su colaboración en "Novoie Vremia". Dos obras de teatro: EL ANIVERSARIO y MI MUJER; cinco cuentos: El choque, La corista, Los relegados, El pardillo, Vecinos; primara novela: Sala 6.

1893.- Vida en Melikhovo. Construcción de escuelas. Escribe dos novelas: La isla de Sajalín y Retrato de un desconocido; una obra de teatro, el acto único EL TRÁGICO A PESAR SUYO, y un cuento: Volodia el grande y Volodia el pequeño.

1894.- Segundo viaje a Europa con Suvorin. Evolución de su tuberculosis. Nuevos cuentos: El jardinero jefe, El monje negro, El profesor de buenas letras, El estudiante.

1895.- Escribe TRES AÑOS, Cabeza blanca, Un asesinato.

1896.- Viaje a Crimea y al Cáucaso. Escribe LA GAVIOTA, que fracasa ese mismo año en Teatro Aleksandrinski MI VIDA y La casa en Mezzanín.

1897.- Grave hemoptisis; ingreso en una clínica. Visita Tolstoi. Tercer viaje a Europa (Niza y Biarritz), EL CANTO DEL CISNE y TÍO VANIA, además de Los mujiks, En el país natal, El carro.

1898.- Muere el padre de Chejov. Compra un terreno en Yalta y construye una casa. Éxito de LA GAVIOTA con el Teatro de Arte de Moscú» Encuentro con Olga Knippeía Nuevos cuentos; Ionich, El hombre del estuche, Del amor, Un caso de práctica médica, Un hombre extraordinario.

1899.- Venta de la finca en Melikhovc e instalación en Yalta. Amistad con Gorki, Más cuentos: El zapatero y el mal espíritu, La dama del perrito, El marido, El nuevo campo.

1900.- Cuarto viaje a Europa. Los cuentos: La semana santa y En el barranco.

1901.- Matrimonio con Olga Knípper. Tuberculosis, Escribe TRES HERMANAS, Ariane y El horror.

1902/03.- Vive en YalLa: escribe El obispo y la novia.

1904.- Escribe EL JARDÍN DE LOS CEREZOS. Muere en Badenviler, el 2 de julio de 1904.

lunes, 7 de febrero de 2011

Desarrollo psicomotor, el recién nacido, secuencias de desarrollo.

LAS FASES DEL DESARROLLO

En las páginas precedentes hemos intentado describir con la máxima precisión posible varias secuencias del desarrollo. Pasamos a considerar ahora cómo se conduce realmente el niño en diversas edades.
A. Gesell (1940, 1947) ha intentado individualizar unas tablas seleccionadas basándose únicamente en el dato cronológico. Describe, sucesivamente, al niño de cuatro, dieciséis, veintiocho, cuarenta semanas, de un a"no, de dieciocho meses y de dos años. Dicho en otros términos, resalta los petíodos artificialmente, aunque no sin reconocer que esas fechas no constituyen momentos cruciales, decisivos.

En la obra de H. Wallon (1925, 1947) encontramos una concepción totalmente distinta.

Dice, por ejemplo (1947):

Existe, según 'diversos autores, una continuidad en el desarrollo ps'quico a partir de ciertos antecedentes elementales: sensaciones o esquemas motores, por ejemplo... Existe, pues, una coincidencia exacta entre el nivel de evolución y la edad del sujeto. Cada momento de la infancia es un momento de la adición que día tras día va prosiguiendo.

Por el contrario:

Para otros autores, los sistemas de la vida psíquica no son fundamentos que se sobrepongan sencillamente entre sí. Existen momentos de la evolución psíquica en que las condiciones son tales que se hace posible un nuevo orden de hechos... Desde luego son indispensables las incitaciones del medio para que (estas revoluciones de edad en edad) se manifiesten, y cuanto más se eleva el nivel de la función, mejor soporta las determinaciones... No obstante, la variabilidad del contenido, según el ambiente, es la mejor demostración de la identidad de la función, que no existiría sin un conjunto de condiciones de las que el organismo es el sostén. Así, pues, el momento de las grandes mutaciones psíquicas está señalado en el niño por el desarrollo de las etapas biológicas.

H. Wallon distingue una primera fase dominada bioló¬gicamente por la alternancia del sueño y la necesidad alimenticia. Debido al carácter incontrastable de la motilidad, la ha denominado en otro lugar (1925) «la fase impulsiva». A este particular ha de observarse que el esquema de Wallon está más o menos fundado en una explicación de lo normal por lo patológico. Las diversas variedades de oli-gofrénicos representan, en el pensamiento del autor, una detención en la evolución normal. Así, los oligofrénicos impulsivos, capaces de ua actividad puramente motriz, se detuvieron en la fase más baja.

La fase siguiente es la emotiva:

El aparato de que el niño dispone'a los seis meses para traducir sus emociones es lo suficientemente variado para formar una amplia superficie de osmosis con el ambiente humano. Se adhiere áerta eficacia a sus gestos a través de los demás, y prevé los de los demás. Pero, momentáneamente, esta reciprocidad es una amalgama completa; una participación total en la que más tarde deberá delimitar su persona, profundamente fecundada por esta primera absorción en los demás.

La tercera fase es la sensoriomotriz (último tercio del primer año):

Las impresiones propioceptivas y sensoriales aprenden a corresponderse en todos sus matices. La voz afina el oído y el oído flexibiliza la voz. La mano que el niño desplaza, para seguirla con la vista en la fantasía de sus arabescos, distribuye los primeros jalones del campo visual.

Y he aquí, por último, la gran metamorfosis:

Pero la marcha y más tarde el lenguaje, que se desarrollan durante el segundo año derriban, una vez más, el equilibrio del comportamiento. En otro plano la independencia que concede al niño poder ir y venir por sí mismo, la mayor diversidad de relaciones con los que le rodean, que le asegura la palabra, hace posible una afirmación más tajante de su personalidad. La crisis de oposición se inicia a los ir es años...

Sea cual fuere la importancia que Wallon concede al ambiente, afirma, por último, la primacía de lo biológico, y reconocer esta primacía es admitir, hasta cierto punto, una dicotomía. En cambio, en la obra de Stern (citada por M. Bergeron, 1952) se puede encontrar una concepción más global y, por ende, más viviente. Stern la limita al espacio físico. El niño, según él, pasa del espacio bucal al espacio contiguo (espacio que puede ser aprehendido por el niño que aún no camina), y de éste, al espacio locomotor. En lo que se refiere a lo que podíamos llamar «espacio socioafectivo», cabe describir en términos analíticos una evolución análoga.

No seguiremos aquí la distinción clásica en fases oral, anal y fálica, sino la propuesta por M. Klein de las fases pregenitales y de la fase genital o edipiana. En realidad, de la obra de este autor, eminentemente criticable desde otros puntos de vista, emerge otro concepto: el de un verdadero espacio maternal. Al principio la madre está indisolublemente unida al niño y, al propio tiempo, representa el Universo para él. Es igualmente lo que R. A. Spitz llama la fase diádica. En el seno de esta fase diádica prosigue un incesante trabajo de investigación y delimitación que I. Hendrick llamó identificación parcial. La fase siguiente es, según la terminología de Spitz, una jase triádica, en realidad la de la familia ampliada. En este período las re'.aciones cesan de hacerse por contacto, pues existe la aportación de la marcha. Al sistema de señales sensoriomotor se suma, al final del segundo año, el del lenguaje.

He aquí cómo, teniendo en consideración estos dos modos de pensar, nos proponemos esquematizar la historia natural del niño.

Primera fase o fase neonatal:
Es la fase del espacio visceral y del espacio externo al contacto. Hemos visto cómo en el recién nacido la sensibilidad visceroceptiva se hallaba muy desarrollada, encontrándose sin duda en la base de una primera organización afectiva (sensaciones agradables y desagradables). En cuanto al mundo exterior, todas las relaciones se hacen por contacto, sea mediante la boca (precesión de la fase oral), sea por la piel, sea mediante la sensibilidad profunda propioceptiva. Aquí encontramos la noción de espacio materno; el seno materno (o el biberón sostenido por la madre), el cuerpo materno contra el que se apoya el pequeñito, representan los acontecimientos más definidos del mundo exterior. Debe añadirse una primera representación, en verdad muy elemental, del tiempo, unida a la repetición de las rutinas (comidas, pañales, aseo); aquí también la madre, dispensadora del bienestar, es quien preside el establecimiento de estos jalones.

Desde el punto de vista neurológico, esta fase se encuentra regida por los reflejos arcaicos y por una distribución neonatal, o mejor dicho, fetal del tono.

Este período se extiende de las cuatro a las seis primeras semanas, luego los reflejos arcaicos empiezan a apagarse y se esbozan nuevas aptitudes, ya definitivas. De ahí la segunda fase.

Segunda fase: el espacio visual:
Conviene limitar esta fase por el fin del período neonatal y los inicios de la prensión voluntaria, es decir, entre las edades de dos y cuatro o cinco meses.

Recordemos los principales acontecimientos de este período. Al finalizar esta fase, el niño domina su cabeza, pero a partir del tercer mes el niño puede ya, cuando se halla en posición vertical, mantenerla derecha, lo que es de capital importancia para la utilización de los ojos. Se interrumpe la tiranía de los automatismos propioceptivos del cuello y se halla en libertad de girar la cabeza a su antojo, brindándosele la posibilidad de observar el mundo que le circunda. Además, a los tres meses, los músculos motores oculares se han desarrollado, por lo que puede abarcar todo el espacio.

Se produce un fenómeno capital en el ámbito de la vida afectiva: el niño sonríe ante un rostro humano. Ya hemos analizado antes la sutil y profunda monografía que R. A. Spitz (1946, b) le consagró. Por tanto, no necesitatomos repetirnos. Recordemos solamente que existe una gran diferencia entre la sonrisa no motivada por el mundo exterior, la sonrisa propioceptiva y visceroceptiva y la sonrisa «provocada». La primera puede aparecer incluso muy pronto en los niños oligofrénicos. No tiene el significado de la segunda. Lógicamente debe admitirse que el significado de la sonrisa en respuesta a la voz humana tiene un sentido intermedio. Recordemos, además, que la sonrisa de un niño de dos meses conserva las características de una actividad mecánica, refleja, y que no debe considerarse nunca como señal de una organización intelectual superior. Finalmente, a propósito de la sonrisa, mereee señalarse un hecho evidente: el niño que sonríe, el niño «gracioso» recibe más atenciones, más afecto de los que le rodean. Hemos comprobado repetidamente que de esta manera se favorecen los progresos ulteriores.

El juego con las manos es una de las actividades que marcan esta fase. Ya dejamos dicho que en esta actividad, por el hecho de su repetición, coexisten, como en germen, el elemento cognoscitivo y el elemento libidinal del juego ulterior. Sirve igualmente de transición entre la fase visual y la fase siguiente.

Los hitos principales de esta fase serían:
— la desaparición progresiva de los reflejos primarios;
— el dominio de la cabeza;
— la actitud centrada de la cabeza y simétrica de los miem-
bros (fase especular);
— la abertura progresiva de la mano;
— la persecución ocular y la convergencia (M. B. McGraw);
— la sonrisa;
— el gorjeo.

Tercera fase: el espacio manual estático
Las dos fases precedentes son esencialmente pasivas. Este hecho es indiscutible en la primera, pero hasta durante la segunda, el niño no puede captar con la vista más que lo que se le presenta, lo que se halla en su campo visual; no puede actuar sobre este medio exterior, en nada puede influir en él. A partir del momento en que es capaz de utilizar las manos para coger objetos, empieza a imponer su dominio a ese mundo exterior.

Apreciando la situación desde esta perspectiva, el resultado de esta fase, que, siempre aproximadamente, se extiende del quinto mes al final del primer año, son tres grandes victorias:
a) Victoria contra la gravedad, que, a decir verdad, no hace más que desarrollar la primera adquisición, que es el dominio de la cabeza, hasta el de la posición sentada. Su conquista significa:
— integración de un espacio en tres dimensiones que comporta una profundidad; es un espacio aún estático, pues el niño permanece en el sitio, pero puede ser activamente explorado y vivido con ayuda de los movimientos de las manos;
— mayor facilidad de prensión: ya hemos visto que la posición del tronco era importante en la prensión;

— mayor participación en la vida familiar. El niño sentado deja de ser prisionero de la cuna y puede ocupar su sitio en el «círculo de familia».
b) Inicio de posesión del mundo exterior merced a la mano. No volveremos sobre las diversas fases del desarrollo de la prensión. Recordemos solamente que, al principio, la mano es un gancho al extremo de una grúa, que no hace más que permitir el análisis visual o bucal. Al final del primer año, la mano se convierte en instrumento de análisis, para llegar a ser, al próximo año, un portaherramientas perfeccionado.
c) Victoria sobre las cuerdas vocales. Hemos visto que en la mitad de esta fase el niño es capaz, según toda verosimilitud, de emitir a voluntad ciertos sonidos silábicos.

Recordemos ahora los principales jalones de esta fase.
En el terreno de la postura: la rectitud de espalda hacia los 8 ó 9 meses; la instalación de una lordosis lumbar a los 10-11 meses, preliminar a la posición de pie.

En la mano:
— el creciente uso del pulgar;
— el aflojamiento voluntario
En la manipulación y el juego:
— el «sequential play»;
— la combinación de dos objetos.
En «el ámbito sensorial: volver la cabeza hacia el origen del sonido.
En el ámbito fonético: la producción de sonidos silábicos.
En el de la comprensión: el adiestramiento a las órdenes rítmicas: aplaude, da las gracias, hace la marioneta (final del primer año).
Por último, en el terreno socioafectivo, el niño distingue entre extraños y familiares, sabe nombrar a su padre y a se madre, conoce su nombre, la línea de separación entre el Yo y el No-Yo.

Cuarta fase:
a) Aspecto motor: el espacio cinético
El andar produce en el niño una verdadera revolución a partir del primer año. Aquí sólo consideraremos los aspectos motor y cognoscitivo, reservándonos aludir al final del capítulo a la repercusión afectiva y social.

Desde el punto de vista motor, la instalación de la marcha significa que el niño se ha desembarazado definitivamente de la influencia de los reflejos arcaicos y que, de ahora en adelante, elaborará, perfeccionará y pondrá a punto automatismos secundarios o corticales que le servirán toda la vida. La marcha es un movimiento alternativo complejo, que pone en juego la motilidad de los miembros inferiores y superiores del tronco y de la cabeza y utiliza las informaciones propioceptivas, vestibulares y visuales que afluyen sin cesar. La marcha es el prototipo de estos automatisos secundarios. Evidentemente, requiere un aprendizaje; no hay más que ver con qué aplicación el pequeñito de 14 meses da los primeros pasos y con qué intrepidez se levanta después del inevitable porrazo, listo para reanudar en seguida el duro entrenamiento. Hemos señalado antes que esta momentáneamente sus progresos en otros terrenos.

Y desde el punto de vista cognitivo, aprende literalmente ese mundo exterior que, de ahora en adelante, puede invadir. Ya no está confinado en la cuna, en la silla o el parque. Almacena la estructura del espacio que le rodea, mediante continuos engramas propioceptivos, lo descubre actitud le absorbía completamente, al extremo de detener bajo su aspecto real de marco de la vida. Y he aquí por qué el pequeñín que vive en una guardería y el inválido motor están tan tremendamente desfavorecidos en comparación con el niño criado en una familia, por modesta que sea.

b) Aspecto intelectual: la fase del lenguaje.
Puede afirmarse que el lenguaje se convierte en un factor importante al principio del segundo año. El niño dispone en ese momento de un promedio de tres palabras, una de las cuales es una palabra clave con múltiples significados. Al mismo tiempo acostumbra a empezar a charlotear en su jerigonza. La creciente comprensión hará del lenguaje la fuente más importante de información ¡A partir del segundo año y podrá apreciarse la neta influencia de los factores socioeconómicos y culturales en el ritmo del desarrollo. El hecho de que el niño comprenda y aprenda el nombre de los objetos significa que acepta un modo simbólico de representación. Puede concederse idéntico significado a su interés por las imágenes. Más tarde, alrededor del segundo cumpleaños, el lenguaje le dará la posibilidad, naturalmente todavía rudimentaria, de expresarse.

c) Aspecto social: la crisis.
Hemos visto, analizando los trabajos de M. Klein y de I. Hendrick y siguiendo paso a paso los avatares del niño de pecho en la escala de Gesell, que durante el segundo año se dibujaba claramente la separación entre el Yo y el No-Yo. Abundan pruebas de ello: el niño se llama por su nombre, se reconoce en el espejo y se pavonea, se reconoce   y reconoce a los suyos en fotografía. Este Yo es fuerte, poderoso. A imagen de los adultos-dioses, el niño de finales del segunda año camina, es hábil con las manos, sabe hacer algunas cosas, frecuentemente pretende hacerlo todo solo. Pero al propio tiempo es infantil, débil y está desarmado: todavía depende estrechamente de los adultos para su bienestar, todavía está gobernado por el «Lust Prinzip» y se le imponen reglas de conducta. Esto es cierto en particular en lo referente al sueño, la alimentación y la limpieza esfinteriana, pero en realidad las cóleras del niño pueden estallar con motivo de cualquier contrariedad. Puede ser un juguete que se resiste a sus propósitos, y es bien sabido que hay niños que cuando se enfadan se quedan sin aliento y a veces se desmayan. La violencia es la fuerza de los débiles. El niño tiene otra debilidad, el miedo al mundo imaginario que se crea en su mente; desde ese momento, tendrá en particular terrores nocturnos y es probable que empiece a tener sueños agitados.

Entre esos temores, el de la pérdida de la madre, verdadero derrumbamiento del universo en que vTve, es uno de los más frecuentes, uno de los más torturadores, que encierra en potencia a todos los demás.

Se opone a los deseos del niño el formidable poderío de los adultos. Éstos saben demasiado hasta qué punto el niño es todavía débil, olvidan los progresos que ha realizado. O, por el contrario, se inclinan a darle un trato de persona mayor, no se acuerdan que hace un año todavía se alimentaba con biberón. Se encuentra entre estos dos mundos: el de la cuna, del primer año, y el del jardín de infancia del tercero. Pertenecerá ya a uno, ya a otro. Entre los padres, a los que cuesta seguir este complejo desarrollo y que quieren a toda costa que coincida con el que se describe en los manuales, y el niño, que «come con los ojos», estalla la crisis, Al principio se trata de una crisis de negativisrr.o (es sabido que la palabra «no» es la más utilizada durante el segundo año), luego se convierte en una franca crisis de oposición, que concluye a la edad de oro de los cinco años (en los casos normales). Más tarde, al pasar del estado de niño escolar impúber al de joven adulto, el adolescente conocerá a su vez una rebelión absurda, magnífica y fecunda.

La crisis de los dos años presenta un aspecto propio y que, lo que es más, la alimenta: la extraordinaria, la obsesionante tendencia a la repetición, ya señalada por I. Hen-drick. El niño es a esta edad un maniático en exceso, como suele decirse. Empezará de nuevo diez, veinte veces el mismo gesto. Hendrick ha demostrado el valor del aprendizaje de esta tendencia. La determinación, desde luego ciega, de imponer su voluntad a un universo humano y panteísta, con el cual las relaciones son mágicas y no lógicas, no es menos importante. Finalmente, algunos de sus comportamientos son residuos de automatismos caducos (como el balanceo), otros poseen, probablemente, "Tin valor conjuratorio.

Así es cómo aparece el niño, en su complejidad, en su riqueza, al final del segundo año. Ya no es la estructura subcortical que vio la luz dos años antes; todavía no es el homo sapiens. Su corteza es un continente nuevo, aún por colonizar; tribus primitivas se rebelan aquí y allá. Que no se le exija la sabiduría, el equilibrio y la mesura de una vieja nación, pero que no se le trate tampoco como a un salvaje. En él todo es porvenir.

¿POR QUE?

Quizá el lector se pregunte: «¿Por qué tal lujo de detalles, por qué estas incursiones en terrenos tan diversos?»

La respuesta puede parecer ambiciosa. Procede de cierta concepción de la medicina y de su función en el mundo moderno. Uno de los problemas esenciales que plantea este mundo es el creciente número de individuos mal adaptados, abrumados por los imperativos sociales, dicho en otros términos: el extraordinario aumento de los neuróticos. Si se admite que estas neurosis son traducción de un estado constitucional, no hay más que cruzarse de brazos. Si, por el contrario, se piensa, con nosotros, que son resultado de una mala preparación para la vida, entonces nace la esperanza de poder limitar su número y gravedad. Pero es ilusorio pensar que un día podrán tratarse psicoterapéuticamente todos los casos que lo necesiten. Lo mismo que en los demás terrenos médicos, el esfuerzo que da resultado es la prevención, y ésta debe empezar lo antes posible, probablemente desde el embarazo. Por una parte, esa prevención se dedicará a eliminar los factores patológicos, tanto físicos como psicológicos; por otra, adaptando a cada edad el aprendizaje a las posibilidades que brinda la maduración, permitirá ayudar al niño a salvar en las mejores condiciones las pruebas que le esperan. Cada una de estas victorias refuerza el Yo del niño y le arman para luchas futuras.

Por último, el conocimiento del niño en etapas sucesivas de su desarrollo debe permitir limitar el esfuerzo de prevención a los casos que puedan salir beneficiados. Un tumor cerebral puede ir acompañado de trastornos psíquicos; a nadie se le ocurrirá tratarlos por psicoterapia. Los niños que sufren alguna lesión cerebral o una anomalía de desarrollo que compromete definitivamente su inteligencia, no deben ser tratados como los normales y los que tienen posibilidad de mejora, pues con ellos ha de seguirse una conducta totalmente distinta. En los encefalópatas, dipléjicos y mogólicos, la partida está perdida de antemano y hay que tomar la decisión de internarlos, tarde o temprano; su presencia en el hogar vicia la atmósfera familiar, crea un clima de vergüenza y de culpabilidad, que no por infundado es menos malsano.

Otros encefalópatas motores, hemipléjicos o atetósicos, son normales desde el punto de vista intelectual o, por lo menos, educables, y saldrían beneficiados con una temprana educación sensoriomotriz. Asimismo se ha de beneficiar a los sordos en edad temprana, consagrándoles un adecuado esfuerzo pedagógico y proveyéndoles, si es necesario, de aparatos acústicos apropiados.

Hay otros que pueden ser atendidos precozmente; nos referimos en particular a las mixedemas congénitas.
Queda una categoría de niños subnormales. Pueden ser simplemente lentos en su desarrollo; en ocasiones la vida en colectividad los ha helado en toda la extensión de la pa¬labra. Algunos reaccionan a su manera a la tensión psico¬lógica del ambiente; de ahí que puedan considerarse equi¬vocadamente anormales e insomníacos, coléricos, ansiosos anorécticos. Un examen cuidadoso y objetivo que levante la injustificada hipoteca de la tara, llevará el problema a su verdadero terreno: el de las relaciones intrafamiliares, lo que permitirá una acción eficaz, precoz, más rápida y menos costosa que la interminable psicoterapia curativa de los años futuros.

La higiene mental empieza en la cuna.


Fuente G. HEUYER - P. JOULIA


sábado, 5 de febrero de 2011

Desarrollo psicomotor, el recién nacido, secuencias de desarrollo: las secuencias intelectuales.

Las secuencias intelectuales.

I. Evolución del juego en el niño durante los dos primeros años de su vida.

Muchos opinarán, sin el menor género de duda, que es indigno de un médico interesarse por los juegos de un pequeñín. Otros extrañarán que se hable del juego de los niños de pecho. Desafiaremos el desdén de unos y la incredulidad de los demás. Probablemente hay pocas actividades tan profundas y reveladoras como el juego de un pequeñín, y desde el punto de vista psicológico no existe ninguna que sea más útil y formativa.

No nos proponemos hablar de las diversas teorías explicativas de la constancia del juego en el niño a través de las épocas y las culturas. De nada sirve decir que el juego es utilizador de energía y nos parece más útil definir su importancia, que es doble. Por una parte, al jugar, el niño ejercita sus facultades recientemente adquiridas: visión, precisión de la prensión, posibilidad de, saltar y arrojar, andar, correr, el sentido del equilibrio. Aprende a coordinar diversos antecedentes, en particular los óculomanuales a que hemos aludido en dos ocasiones. Jugando, llena el mundo de movimiento, presta vida a los objetos inanimados (tal como el gato que juega con una bola de papel, la acecha, se abalanza, la muerde, la vuelve a tirar). El juego se convierte en la repetición de la vida y veremos cómo al correr del segundo año el juego impulsa al niño a los mecanismos de identificación y proyección que se hallan en la base de sus relaciones personales. Mediante el juego, realiza el aprendizaje de su cuerpo, luego, el del mundo de los objetos, finalmente el de las personas; la repetición incesante, tan propia del niño, posee también ese valor de training,. Por último, el juego es una actividad natural. Ver jugar al niño nos ilustra sobre su psiquismo, de igual forma que verle caminar o coger nos informa sobre su estado neurológico. Ya hemos dicho que el niño, antes de los cuatro-cinco meses, no tenía ninguna posibilidad de acción sobre el mundo exterior, y de ahí que juegue con su cuerpo. El lactante se complacerá en esa motilidad rápida de los miembros inferiores, el movimiento de pedaleo ya señalado. Juega también con la voz, sea porque grite por gusto, sea porque gorjee; luego sus ojos descubren sus manos. Ésta es una fecha señalada, el verdadero inicio de esas imbricaciones visuales y propioceptivas que le permiten crear el mundo. Se mira las manos, paseándolas lentamente delante de los ojos, como si se tratara de un objeto exterior. Este tipo de juego, que suele presentarse hacia los tres-cuatro meses, lo veremos desaparecer rápidamente en el niño normal, pronto atraído por otros objetos; por el contrario, persistirá en el niño criado en colectividad y en el esquizofrénico. Lo veremos asimismo aparecer en el gran oligofrénico a una edad mucho más tardía.

Luego, el juego se centra en la prensión. La mano fue en el pequeñito una simple parte de su cuerpo; luego, a causa de su movilidad, le concedió un interés particular y, por último, llega a su función definitiva: la de herramienta de prensión. Le servirá, además, para jugar y al jugar, para descubrir el resto del cuerpo. A. Gesell señala atinadamente que a las veinticuatro semanas el niño sabe cogerse el pie; un mes más tarde se lo lleva a la boca. El niñito descubre, casi al mismo tiempo, su miembro genital y tira del prepucio. Es el inicio de una masturbación primaria sin gran significado genital y a la que E. Pichón (1936) dio el nombre de peotilomanía.


Entre los seis y los siete meses puede situarse el principio de un verdadero juego con los objetos; en ese momento aparece el banging o" golpeo. El niño siente un placer extraordinario en golpear violentamente contra la mesa el objeto que tiene. El hecho de sacudir el sonajero posee, probablemente, el mismo significado y parece que su indigencia motriz le inclina a este tipo de juego estereotipado. Aquí, como en el caso del juego con las manos, veremos persistencias anormales en niños criados en colectividad, esquizofrénicos y oligofrénicos.

Durante el último semestre, el juego se amplía y enriquece, se hará menos motor, aparecen combinaciones de objetos. El niño empuja un objeto con otro — ocho, nueve meses—, analiza un objeto complejo, como la campanilla, la palpa sacudiéndola, la agita a fin de hacerla sonar, busca combinar el continente y el contenido (cubo y taza). Por último, tiende a extender su juego en superficie: girando sobre sí mismo puede colocar un objeto bastante lejos y es capaz de soltarlo voluntariamente. Recordará, asimismo, el lugar donde puso el objeto. En este período aparece lo que Gesell llama sequenüal play: el niño juega con una serie de objetos disponiéndolos unos detrás de otros, aunque sin coordinarlos de forma organizada como hará más tarde. Finalmente, en este momento es cuando se le ve tender un juguete al adulto, a reserva de quitárselo más tarde, primera manifestación del aspecto social del juego. Todos estos as¬pectos del juego han sido admirablemente estudiados por A. Gesell. Sin embargo, no parece que haya sentido la ne¬cesidad de jerarquizar e interpretar sus comprobaciones.

Hacia la edad de un año el tipo dominante de juego es el arrojar. De igual manera que el niño de 7-8 meses golpea de forma compulsiva, repitiendo incesantemente el mismo gesto, el de un año se divertirá en coger un objeto, llevarlo a un lado, luego tirarlo para volver a empezar con el siguiente. Un poco más tarde, mira o arroja. Esta forma de juego persistirá bastante tiempo, y es verosímil que poco a poco sea inhibido por I03 incesantes esfuerzos de los que le rodean, que temen, a justo título, la ampliación de esta diversión a todo cuanto es frágil. Este gesto de arrojar traduce ya una coordinación funcional de los músculos del miembro superior, la posibilidad del aflojamiento y cierto sentido de la dirección. Según Gesell, sólo será perfecto a los cinco años. Se encuentra en la base de la mayoría de deportes relacionados con el balón.
Persistirá a título de estereotipia en los oligofrénicos y en algunos encefalópatas lesiónales.

Muchas veces, en ese mismo momento, el niño empieza a rasgar sistemáticamente los papeles, tal como podremos ver en ocasión de otra secuencia.

En el curso del segundo año se enriquece el aspecto intelectual o cognoscitivo del juego. El niño empieza a edificar torres, cada vez más altas, se divierte enormemente en meter objetos en las cajas, saca las tapas y los corchos, a veces intenta desatornillarlos. Garabatea, primero torpe¬mente, luego con más y más ardor, pero el dibujo todavía se encuentra en la fase puramente motriz. Sólo le veremos emerger de ésta a los tres años.

Juego animista. — La gran revolución es en realidad el hecho del juego animista. Hasta la edad de un año el niño tratará a una muñeca o un animal de felpa como a cualquier otro objeto; luego se produce, inconstante por otra parte, una corta fase de temor y, finalmente, el milagro. La muñeca, el oso se convierten en un compañero, y más aún: en un alter ego. El niño se niega frecuentemente, a partir de esta edad, a dormir sin su oso.

No es cuestión dudosa suponer que se establecen verdaderas relaciones personales entre el niño y la muñeca o el oso.
Además, en el juego con la muñeca se pueden hallar tendencias investigadoras o destructoras. ¡Cuántas muñecas con los ojos saltados, la cabeza o los miembros arrancados!

Este juego se vuelve «dramático» sólo después de los dos años. Coexisten numerosas muñecas que representan diferentes papeles, se les hace la comida, a menudo se les quitan los calzones, intentando ya resolver un misterio que ha cobrado actualidad.

Otro tipo de juego «inteligente», patrimonio a la vez de nuestra época y, de forma predominante, de los muchachos, son los automóviles de juguete. Quizá en esto deba verse ya un inicio de identificación con el padre. Nos parece aven¬turado afirmarlo con certeza.


Por último, Gesell ha destacado una característica muy particular del juego antes de los tres años. Se trata, cuando se hallan presentes varios niños de esta edad, del juego paralelo: cada uno se ocupa de lo suyo y sin interesarse en los demás como no sea para arrebatarle los juguetes.

Este signo del juego animista nos ha parecido, en nuestra práctica, uno de los más fieles en cuanto a la evaluación de potencialidades intelectuales. El hecho resulta impresionante en ciertos lesiónales no oligofrénicos que, desde muy pronto, traban relaciones personales con un oso, fiel compañero de su inmovilidad. Cuando le ven se les ilumina el semblante, reclaman su presencia. Por el contrario, debe hacerse notar que, en ciertos niños normales, este tipo de interés sólo aparece al final del segundo año' y que en otros, tal vez debido a la actitud educativa de los padres, tal vez enlazado con los rasgos profundos de la personalidad, no se manifiesta casi nunca. Pero sea como fuere, no existe prácticamente ejemplo de que un niño muy anormal, oligofrénico o esquizofrénico, se interese en hora tan temprano por semejante símbolo. Por lo general lo tratan como a los demás, es decir, lo ignoran, lo tiran o destruyen. Algunos llegan a comérselo.


II. El niño y las imágenes.

Hasta el final del primer año, el niño no realiza la menor distinción entre una vulgar hoja de papel y una imagen. Hacia un año, distingue manifiestamente los colores. En ese momento siente un interés global y difuso por las imágenes. A los quince meses (según A. Gesell) las toca con la mano y pronto es capaz de señalarlas con el dedo si se le pide (¿dónde está el michino, dónde está el niñito?). Poco más tarde, una vez ha aprendido bien la lección, nombrará una, luego varias, según su vocabulario. Esta evolución se halla, evidentemente, en función del esfuerzo educativo del ambiente y en este terreno, como en el del lenguaje, las diferencias culturales desempeñan un papel preponderante. Pero lo importante es que este interés, que raya en el embeleso, señala un paso decisivo que separa al hombre del animal y que, como el juego animista, nos permite apreciar cierto nivel de organización del psiquismo.
Se le puede parangonar con un fenómeno divertido que igualmente cabe observar a mediados del segundo año: el niño simula leer el periódico.

III. La evolución del lenguaje.

Teniendo en cuenta nuestra formación y el espíritu de esta obra, nos ha parecido imposible presentar un estudio completo, fonético y semántico del lenguaje: de ahí que hayamos adoptado una actitud meramente descriptiva, basándonos esencialmente en los estudios normativos de M. Shir-ley (1931), de N. Bayley (1933), de Ch. Buehler (1930), de A. Gesell y sus colaboradores (1940). Los antecedentes fonéticos han sido extraídos en gran parte de O. Irwin (1941, 1952) y de Lewis (1936). Por último, hemos recurrido constantemente a la monografía muy documentada de D. Mc-Carthy en la obra de L. Carmichael (1946, 1949).

El lenguaje es en realidad una actividad extraordinariamente compleja, heterogénea en sus componentes, denlos que algunos son intrínsecos, los otros aportados por el ambiente, y difícilmente disociables del conjunto del desarrollo.

Estudiaremos: (1)

1.° La maduración de las aptitudes fonéticas consideradas en forma analítica.
2.° El mecanismo que conduce del sonido al lenguaje.
3.° Los diversos niveles del lenguaje según la edad y las relaciones entre el desarrollo del lenguaje y el de las funciones motrices y de la inteligencia.
4.° Los retrasos de lenguaje y los problemas planteados por su no-aparición durante los dos primeros años..

1. La maduración fonética

Este aspecto del desarrollo ha sido estudiado por innumerables autores. En realidad, tal como observa D. Mc-Carthy (1946), la mayoría peca por su desconocimiento de los principios de fonética. De ahí que nos refiramos, en particular, a los estudios de O. Irwin (1952) y sus colaboradores, y a los de M. M. Lewis (1936).

O. Irwin ha podido establecer dos leyes. La primera dice que el número de fonemas utilizados por el niño aumenta de siete en el recién nacido a veintisiete poco después de los dos años; el ritmo de este enriquecimiento disminuye lentamente. La frecuencia de los fonemas, que también aumenta, sigue, por el contrario, un ritmo de aceleración ascendente.

Dicho en otros términos; el enriquecimiento en el segundo año es sobre todo el resultado de la utilización cada vez más copiosa de los fonemas ya existentes.

Existe, asimismo, una coincidencia en la precedencia de las vocales sobre las consonantes. El esquema habitual en cuanto a estas últimas es el siguiente: el grupo MN, luego PB, luego KG, finalmente TD. La coincidencia es menos deinida en lo referente a la L y la R. Pichón insiste en que las primeras R son diferentes de la R corrientemente utilizada. Por último, las S, F y V son situadas, por los autores, en diferentes momentos.

Por el contrario, O. Irwin y Curry (1941) estiman: - que las vocales anteriores (producidas por la parte anteior de la cavidad bucal) son las primeras en aparecer (primer trimestre), seguidas de las vocales posteriores (segundo trimestre); — en las consonantes el ritmo es inverso, las primeras son las posteriores (GK) y H o KH frecuentemente interpretadas como R (Arreu). De esta forma las consonantes labiales serían por el contrario las últimas en aparecer. M. M. Lewis (1936) comparte este punto de vista y pretende explicarlo por las relaciones existentes entre los fonemas y el estado de satisfacción alimenticia del niño. Las consonantes posteriores se hallan unidas a los movimientos de deglución y eructo que siguen a la alimentación, en tanto que las MPB se refieren a los movimientos de los labios que preceden a ésta. Admite, asimismo, con C. y W. Stern (1907) que las nasales (M y N) tienen un valor negativo (expresión de incomodidad).

Finalmente, según O. Irwin (1952):

— las vocales son más frecuentes en el primer año, y menos frecuentes en el segundo año;
— las consonantes iniciales (en la palabra pan, la «p» es la inicial y la «n» la final) son más frecuentes; en cambio las finales son raras, y por decirlo así inexistentes en el primer año y ganan frecuencia en el segundo (sin nunca igualar a las iniciales). Este hecho confirma la frecuente amputación de las palabras realizadas por el niño pequeño, destacada por la mayoría de autores, y en particular por E. Pichón.

2. Mecanismo del lenguaje.

Se pueden describir esquemáticamente los siguientes meanismos:
1° Valor afectivo de las vocalizaciones.

Las vocalizaciones poseen muy rápidamente una carga afectiva. A. C. Aldrich y sus colaboradores han descrito diversas variedades de gritos de recién nacidos. A partir del segundo mes, el niño juega con sus
vocalizaciones (esencialmente las que tienen valor positivo).

2° Asimismo, en este período el niño se vuelve sensible a la carga afectiva de la voz que oye.

3° Hacia el quinto o sexto mes, se vuelve sensible a determinados gestos (Ch. Buehler (1930) ha demostrado que este fenómeno era posterior a la sensibilidad ante las entonaciones).

4° A partir del sexto mes, se establece lo que S. M. Baldwin (1895) ha llamado el «reflejo circular». El niño selecciona algunos de sus fonemas y se adiestra en repetirlos. (Esta actividad repetitiva, casi compulsional, es un fenómeno general a partir de esta edad. Como hemos.visto con respecto al golpeteo, representa una forma elemental de aprendizaje.) Los fonemas así seleccionados son sílabas que utilizan una consonante anterior, MA, PA, TA.

Esta sílaba:
— es repetida por el niño (monosílaba doble);
— es repetida por los que le rodean, y ese auténtico eco
reafirma al niño en su polarización. Por otra parte, y de forma incesante, este monosílabo repetido es «unidor, por los que le rodean, a su objeto. Así nace lo que para algunos constituye la primera palabra (papá, mamá).

Este mecanismo nos parece capital debido a la intrincación de la maduración y el aprendizaje. En efecto, con esta fase tropiezan los sordos, pues gorjean y emiten sonidos silábicos pero no los «unen», probablemente porque no oyen sus propios fonemas, ni el refuerzo en eco de los que le rodean.

5° La relación de este monosílabo repetido a su objeto señala la primera utilización simbólica del lenguaje. De ahí que I. Pavlov tuviera razón al llamar al lenguaje el «segundo sistema de señales» (por oposición al primero, sensorio motor). Una vez franqueado este paso, asistiremos a una creciente comprensión del lenguaje hablado por otros, es decir, a la creación de lazos condicionales definitivos entre ciertas palabras y ciertos objetos o situaciones. Hemos visto que, con anterioridad, el niño era sensible, de una parte, a las entonaciones, y de otra, a los gestos. La palabra será asociada a este doble condicionamiento. Al final del primer año, el niño comprende cuando se le pregunta: «¿Dónde está papá?», añadiendo al principio la entonación interrogativa amable y el gesto señalando al padre. Un poco más tarde, un condicionamiento semejante le permite aprender a gesticular, a aplaudir (en este caso, no sólo retiene el gesto, sino que se halla contagiado por el ritmo), a decir adiós con las manos.

Un condicionamiento análogo le hace comprender el nombre de los objetos usuales y la relación entre imagen y nombre. Como hemos visto, señala con el dedo una imagen antes de nombrarla («Enseña dónde está el bebé, dónde está el gatito, etc.»).

6° El enriquecimiento de su equipo fonético va a la par con el creciente deseo de utilizar ese segundo «sistema de señales». A mediados del segundo año tomará la iniciativa para preguntar el nombre de los objetos. Por lo general, señala incansablemente y dice «eso», luego intenta repetir el sustantivo. En efecto, durante la primera mitad del segundo año, sólo se sirve de sustantivos o de interjecciones, y éstos poseen el significado de palabras-frase. E. Pichón ha descrito bien este fenómeno de propagación del significado de las palabras.
Esta fase del lenguaje es llamada, por E. Pichón, locutiva, y sólo cuando el niño llega a la frase verdadera aborda la frase delocutiva (de relato y no de interjección).

7.° Esta fase del lenguaje, la del uso de los verbos, luego de las preposiciones y los adverbios y, por último, de los pronombres personales, señala un auténtico momento crucial: el niño ha comprendido el mecanismo del lenguaje. No iremos más allá, pues el final del segundo año señala el término de nuestro estudio.


3. Niveles de lenguaje.

Recordaremos ahora la evolución del lenguaje combinando los antecedentes fonéticos y los perfeccionamientos intelectuales.

a) La primera fase es la del vagido. Se le niega, por regla general, valor de lenguaje; en realidad se halla señalado por la expresión fonética (y hemos visto que ésta era relativamente variada) de los estados positivos y negativos del niño pequeño. Hemos visto, asimismo, que, muy rápidamente, el niño de algunas semanas era sensible a la voz humana.

b) La segunda es la del gorjeo, que se inicia, más o menos, al segundo o tercer mes. Hemos visto su contenido fonético. Tiene un doble significado: es un juego vocal que permite al niño ejercitar su aparato de fonación; pero, en tanto que juego, traduce un estado de contento y facilita las relaciones del niño de pecho con los que le rodean.

c) El tercer período se inicia a los seis meses y está señalado por el aislamiento de sonidos silábicos en el seno del gorjeo. Un doble fenómeno los promoverá a la dignidad de palabras: el niño de pecho los oye y reproduce, frecuentemente doblándolos (reflejo circular). Son tomados, amplificados, utilizados por los que le rodean.
Un poco más tarde sucede, a la comprensión de las entonaciones y gestos, la de ciertas palabras.

d) A partir de principios del segundo año aparece la jerga, que formará la verdadera trama fonética del lenguaje.
La mejor comparación que cabe hacer es equipararla a una lengua extranjera, pues si los términos son (y con razón) incomprensibles, el conjunto ofrece una impresión de por parte, a las entonaciones, y de otra, a los gestos. La palabra será asociada a este doble condicionamiento. Al final del primer año, el niño comprende cuando se le pregunta: «¿Dónde está papá?», añadiendo al principio la entonación interrogativa amable y el gesto señalando al padre. Un poco más tarde, un condicionamiento semejante le permite aprender a gesticular, a aplaudir (en este caso, no sólo retiene el gesto, sino que se halla contagiado por el ritmo), a decir adiós con las manos.

Un condicionamiento análogo le hace comprender el nombre de los objetos usuales y la relación entre imagen y nombre. Como hemos visto, señala con el dedo una imagen antes de nombrarla («Enseña dónde está el bebé, dónde está el gatito, etc.»).

6.° El enriquecimiento de su equipo fonético va a la par con el creciente deseo de utilizar ese segundo «sistema de señales». A mediados del segundo año tomará la iniciativa para preguntar el nombre de los objetos. Por lo general, señala incansablemente y dice «eso», luego intenta repetir el sustantivo. En efecto, durante la prffinera mitad del segundo año, sólo se sirve de sustantivos o de interjecciones, y éstos poseen el significado de palabras-frase. E. Pichón ha descrito bien este fenómeno de propagación del significado de las palabras.

Esta fase del lenguaje es llamada, por E. Pichón, locu-tiva, y sólo cuando el niño llega a la frase verdadera aborda la frase delocutiva (de relato y no de interjección).
7.° Esta fase del lenguaje, la del uso de los verbos, luego de las preposiciones y los adverbios y, por último, de los pronombres personales, señala un auténtico momento crucial: el niño ha comprendido el mecanismo del lenguaje. No iremos más allá, pues el final del segundo año señala el término de nuestro estudio.

3. Niveles de lenguaje.

Recordaremos ahora la evolución del lenguaje combinando los antecedentes fonéticos y los perfeccionamientos intelectuales.

a) La primera fase es la del vagido. Se le niega, por regla general, valor de lenguaje; en realidad se halla señalado por la expresión fonética (y hemos visto que ésta era relativamente variada) de los estados positivos y negativos del niño pequeño. Hemos visto, asimismo, que, muy rápidamente, el niño de algunas semanas era sensible a la voz humana.

b) La segunda es la del gorjeo, que se inicia, más o menos, al segundo o tercer mes. Hemos visto su contenido fonético. Tiene un doble significado: es un juego vocal que permite al niño ejercitar su aparato de fonación; pero, en tanto que juego, traduce un estado de contento y facilita las relaciones del niño de pecho con los que le rodean.

c) El tercer período se inicia a los seis meses y está señalado por el aislamiento de sonidos silábicos en el seno del gorjeo. Un doble fenómeno los promoverá a la dignidad de palabras: el niño de pecho los oye y reproduce, frecuentemente doblándolos (reflejo circular). Son tomados, amplificados, utilizados por los que le rodean.
Un poco más tarde sucede, a la comprensión de las entonaciones y gestos, la de ciertas palabras.

d) A partir de principios del segundo año aparece la jerga, que formará la verdadera trama fonética del lenguaje. La mejor comparación que cabe hacer es equipararla a una lengua extranjera, pues si los términos son (y con razón) incomprensibles, el conjunto ofrece una impresión de propiedad. E. Pichón niega su importancia. Por el contrario, nosotros creemos que se trata de una fase, si no constante, por lo menos capital. Se halla ausente en los sordos, aparece tardíamente en los débiles mentales. Parece el resultado de una imitación del ritmo de la frase adulta. Es un juego y un ensayo como el gorjeo, si bien con un valor de intercambio social muy superior.

é) El acrecentamiento del vocabulario. — Los diversos autores se hallan muy lejos de coincidir por completo en lo referente al número de palabras a una edad determinada.
En efecto, es sumamente difícil fijar el número de palabras ue posee un niño:

1.° Porque se tendría que estar de acuerdo con lo que se considera palabra.
2.° Porque de basarse en el testimonio de la madre, el número tenderá a ser exagerado; por el contrario, si sólo se retienen las palabras pronunciadas durante el examen psicológico, el número será subestimado.
He aquí, a título indicativo, la progresión señalada por M. E. Smith (1926):





Gesell y sus colaboradores (1940) (en particular, Castner) se inclinan a considerar que el grupo estudiado era superior a lo normal y que el promedio a los dieciocho meses se establece alrededor de diez. Sin embargo, es interesante destacar que en todos los estudios persiste la noción de una escasa ganancia antes de los dieciocho meses. Una explicación clásica es la interferencia con el aprendizaje del andar. Parece como si se diese un verdadero equilibrio entre los progresos motores y los lingüísticos. También la mayoría de autores confirman la noción de una prodigiosa aceleración entre los veintiún y veinticinco meses.

Palabras asociadas y frases. — Hacia los veinte meses, por término medio, el niño empieza a desmantelar
sus palabras-frases. Dicho en otros términos, piensa, para mejor expresar su pensamiento, en servirse de dos palabras de valor distinto cada una. Así es como dice «nene pupa» o «papá ido» o «ua, ua, feo». Esta fase es relativamente corta en ciertos niños, que pasan rápidamente a la siguiente, la de la frase. De todas maneras, es necesario ponerse de acuerdo sobre lo que se denomina «frasA». La primera frase se caracteriza por el empleo de un verbo, generalmente en infinitivo. Es un hecho corrientemente admitido que la fecha de aparición de las frases posee cierto valor pronóstico en lo que se refiere a la futura inteligencia
(M. E. Smith, 1926).

Debe saberse que ciertas asociaciones de palabras, hasta ciertas frases, no tienen el valor de una creación sintáctica, sino que son aprendidas en bloque.
En cuanto al orden de aparición de los diversos elementos de la frase, según A. Gesell (1940), primero aparecen los sustantivos (si no se cuenta las interjecciones y los nombres propios), luego los verbos, más tarde los adjetivos. Los pronombres personales, las preposiciones, los adverbios sólo hacen su aparición durante el tercer año.


4. Retrasos del lenguaje.

Sólo podemos dar un corto resumen de los problemas presentados por el retraso del lenguaje en los dos primeros años.
De forma esquemática se puede distinguir seis categorías:
1.° Los oligofrénicos, cuyo nivel de desarrolla es tan bajo que les sitúa debajo de la zona del lenguaje. El oligofrénico no sólo no habla, sino que no comprende lo que se le dice, no se interesa en lo que le rodea, no juega con los objetos.

2.° Los sordos. Hemos visto que el sordo estaba detenido en el nivel de los sonidos silábicos. No habla jerigonza, no comprende el lenguaje hablado; pero su comportamiento manipulativo es normal, comprende muy pronto los gestos y él mismo recurre a ellos. Suele ser a veces, como dice O. Kantzer (1950), «mariposa», incapaz de concentración.

3.° El encefalópata no oligofrénico, que no puede producir-sonidos, como el atetósico.

4.° El afásico congénito. Esta categoría retiene la atención de los especialistas, en particular Karlin (1951), Brisset (1952), y Sugar (1952). Estos niños tienen un trastorno de palabra intermedio entre el oligofrénico global y el atetósico. Son agnósticos o apráxicos del lenguaje. Su caso no puede asimilarse al de los afásicos adultos. A decir verdad, este problema únicamente empieza a plantearse al final del segundo año. Es imprevisible antes de esta época.

5.° El esquizofrénico infantil, niño que no es ni oligofrénico ni sordo, sino que, debido a la falta absoluta de contacto con su ambiente social, se conduce como si lo fuera. En este caso es imprudente evocar este diagnóstico antes del tercer año.

6° El retraso sencillo del lenguaje. Este retraso, a condición de que no entre en .ninguna de las categorías antes indicadas, no posee valor peyorativo per se. A menudo viene de familia, y esto autoriza cierto optimismo. Puede ir acompañado de un retraso motor análogo, es decir, sin caracteres patológicos, y puede ser aislado. Por último, es corriente en el niño criado en colectividad y, generalizando, en el que no ha recibido el necesario estímulo de su ambiente.

IV. La mímica facial.

En el recién nacido existen movimientos de los músculos del semblante, pero no existe la mímica, pues la cara ca¬rece de poder expresivo. Estos movimientos forman parte-frecuentemente de movimientos globales (a menos que no los despierte un estímulo preciso). Al patecer el mismo movimiento de la sonrisa existe antes de la edad de 4-6 semanas (citado por R. A. Spitz (1940), Watson, Dearborne, Buehler) aunque sin carga afectiva real.

Más tarde, en un momento dado, el niño sonríe al rostro humano. Este fenómeno, que es capital desde el punto de vista doctrinal, ha sido admirablemente estudiado por R. A. Spitz (1946 b). Las cifras que da sólo las tomaremos a título informativo. Afirma que en el 98 por 100 de los casos, la sonrisa no aparece antes del final del segundo mes. Según el estudio de R. A. Spitz, la sonrisa aparece más o menos al mismo momento, sea cual fuere la extracción o el ambiente (familia o guardería). La fecha de aparición más frecuente se sitúa entre los 2 y 6 meses. Spitz insiste mucho en el carácter mecánico e impersonal de esta sonrisa. De muestra, con ayuda de un ingenioso experimento, que el niño pequeño responde con la sonrisa a un conjunto constituido por un rostro humano, visto de frente, con sus ojos, su nariz y su boca, y animado de movimientos, cualquiera que sea la carga afectiva de esta mímica. Obtuvo la misma respuesta tapándose la cabeza con una máscara, a condición de que la máscara estuviese animada de movimiento. Por último, en su tercera experiencia, substituyó la cabeza humana por la de una marioneta, obteniendo nuevamente la sonrisa. Constituye un hecho interesante el que esta sonrisa, casi refleja para todo lo que se parezca a un rostro humano, desaparezca a los seis meses; a partir de los ocho meses, el niño sólo sonreirá a ciertos rostros, que conoce o admite. Aquí encontramos esa secuencia bien subrayada por M. B. McGraw y que lleva del acto reflejo al acto comprobado.

Ahora bien, es exacto que la mímica se vuelve voluntaria al final del primer año. El niño empieza a jugar con sus expresiones. Hacia la edad de un año es capaz de hacer el payaso, sabe hacer ciertas muecas que divertirán automáticamente a los que le rodean (el automatismo ha cambiado de sampo). Pronto será capaz de imitar ciertas mímicas. Su mímica traduce su estado afectivo. Si está con un extraño, se le hiela la cara, pequeños estremecimientos indican la proximidad del llanto. En cuanto el extraño ha ganado su confianza, una discreta sonrisa anima sus labios. Si su madre le deja, hele aquí enfurruñado, lleno de tensión dolorosa. Como lenguaje directo, comprobado, la mímica seguirá siendo la misma toda la vida. ¿Quién no ha tenido la impresión de que los sollozos o la risa eran a veces de naturaleza subcortical? Sin embargo, cualquier comediante — profesio¬nal o aficionado — es capaz de imitarlos. Hemos visto, al estudiar los miembros superiores, que la expresión gesticular aparecía más tarde, durante el segundo año. Estos dos medios de expresión adquieren particular elocuencia en el niño privado de lenguaje, retrasado o sordo.

Por último, nos quedan por estudiar trastornos de la mímica en patología. Se impone una primera comprobación: la fecha de aparición de la primera sonrisa no constituye un valioso dato de inteligencia futura. Hemos visto aparecer la sonrisa precozmente en grandes atrasados. El retraso de la aparición de la sonrisa plantea el problema inverso. El niño que no sonríe a los tres o cuatro meses es ciertamente sospechoso, pero aquí también se formularán reservas; es muy aventurado hacer predicciones a esa edad. Pero a medida que la edad avanza, la mímica adquiere mayor importancia. En el oligofrénico suele ser mucho tiempo, si no siempre, mecánica, refleja. No es ni discriminad va, ni variada. Debe saberse, no obstante, que ciertos débiles impresionan por la vivacidad de su mímica, pero no está adaptada, no da impresión de propiedad.

El niño educado en colectividad sonríe «oiás o menos a la misma edad que el niño criado en su familia, si bien durante mucho más tiempo que en este último la sonrisa conservará sus características primeras. Hemos observado, en particular, que el rostro humano conservaba largo tiempo un poder de fascinación sobre estos niños. Tal fascinación es habitual en el niño normal hacia la edad de tres meses, luego desaparece y al desaparecer es cuando la sonrisa cesa de producirse de forma refleja. La ausencia de personas, de relaciones «frente a frente», explica, sin duda, que estos niños no aprendan a enriquecer su mímica y que ésta se halle más orientada hacia el modo menor.

La mímica de los encefalópatas puede estar muy trastornada. A. Gesell y C. S. Amatruda (1947) insisten sobre su «facies lisa». Pueden intervenir trastornos de la serie ate tósica. Hemos observado con S. Buhot (1952), a título de único trastorno en un niño de tres meses, atacado de icteri¬cia nuclear, una hipertonía del elevador del párpado superior, que le daba un aire de perpetuo asombro. Entre los pequeños atetósicos el intento de motilidad voluntaria va acompañado, en muchas ocasiones, de una abertura voluntaria «oblicua, ovalada», de la boca. Finalmente, estos sujetos tienen con frecuencia un retraso considerable de la puesta en movimiento de los músculos faciales. Por eso debe saberse que la mímica no es la traducción absoluta del psiquismo y que en estos sujetos resulta engañadora porque su inteligencia puede estar completamente preservada.

Sólo diremos una palabra sobre las psicosis infantiles. Los niños que las padecen tienen, al igual que los esquizofrénicos adultos, una mímica inadecuada, deslabazada.
La observación de la mímica, con las reservas que hemos enunciado, absorbe un tiempo capital en el examen del niño pequeño. Puede servir, además, para dar flexibilidad al ritmo del test; en cuanto se vea aparecer una expresión de disgusto, hay que modificar la táctica, pero si la carita se ilumina con una sonrisa, se ha ganado la partida.

Podrían presentarse numerosos ejemplos más sobre esta evolución que conduce del reflejo a lo cortical. Así se establece, en particular, la limpieza esfinteriana. La limpieza que hay que desear no es la de un autómata condicionado al orinal, sino la del niño que siente la incitación vesical, puede inhibirla y lo desea. Estudiando ía fase de oposición veremos hasta qué punto este problema que parece limitado es, en realidad, representativo de la posición del niño en su conjunto.