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martes, 15 de febrero de 2011

Anécdotas de la buena memoria

WELTHY HONSINGER FISHER
Nacida en 1879, tenía apenas 68 años cuando Mohandas Gandhi le dijo que debía dedicarse a enseñar a leer y a escribir a los analfabetos de las aldeas indias. De primer momento la señora Fisher objetó, diciendo que resultaría humillante para los orgullosos aldeanos, de uno y otro sexo, presentarle las simplezas de las cartillas de lectura para niños.

Pero Gandhi le explicó: "Si es una aldea que vive del cultivo del algodón, se les enseñará primero a escribir la palabra algodón, y, más adelante: Este es buen algodón. Después aprenderán: La tierra buena da buen algodón. La tierra mala da mal algodón".
El programa de alfabetización de adultos de la señora Fisher ha sido uno de los más fecundos en la India y actualmente se utiliza también en otros 17 países.

lunes, 14 de febrero de 2011

Chejov, sobre su narrativa y teatro, 6- el estilo

3) EL ESTILO.

Hasta aquí, hemos analizado los aspectos más salientes de la temática y de los personajes chejovianos. Veamos ahora de qué procedimientos se vale el autor para estructurar y comunicar ese material.

Lo primero que debemos señalar, aunque resulte obvio, -es el predominio abrumador del cuento sobre la novela. Incluso, si comparamos sus narraciones más largas con las obras monumentales de Tolstoi y Dcstoyevski, llamarlas novelas parece una exageración escandalosa» Chejcv da la impresión de hallarse más a gusto en los relates breves y es a ellos que debe, sobre todo, el sitial destacado que ocupa dentro de la narrativa moderna. ¿Cuestión de temperamento? Indudablemente, pero no sólo eso. La elección del genero literario y de los procedimientos a utilizar es, antes que nada, en Chéjov y en cualquier autor, consecuencia de una determinada visión del mundo, sea el escritor consciente o no de ella. Chéjov tiene la concepción atomizada de la realidad que caracteriza a los impresionistas. Pero dicha concepción no nace de una influencia innecesaria ni de una adhesión consciente de Chéjov a una determinada corriente, sino que es consecuencia de la sociedad en la qua vive y a la que refleja en su obra. En un ambiente paralizado, donde no hay, por lo menos a la vista, grandes proce sos en marcha, solo se pueden percibir momentos aislados, sin referencia posible a un todo orgánico. Para alcalizar su plena significación, estos instantes únicos necesitan de un género que sea capaz de captarlos en lo que tienen de singular e irrepetible. La novela, con su técnica acumulativa y episódica,, no se presta para ello. El cuento, en cambio, es especialmente apto para atrapar las situaciones y atmósferas más evanescentes. Pero lo es gracias a la labor renovadora de Chéjov. Fue él quien lo libere de la rigidez excesiva que Poe le había dado. El gran escritor norteamericano, creador del cuento moderno, había sido el primero en señalar, como rasgo esencial del género la necesaria concurrencia de todos les elementos al logro de un efecto unitario. Pero en la practica, su interés por lo morboso y lo fantástico, originó un modelo demasiado estrecho y muy poco flexible, qué bloqueaba la posibilidad de incorporar seres y acontecimientos de la vida corriente. Chéjov será el encargado de realizar esta apertura a lo cotidiano, que tan decisiva influencia tendrá en la evolución del cuento contemporah.eo.Las Historias que narra son tan minúsculas, tan insignificantes, que no puede esperar que se impongan al lector por el carácter excepcional de la trama (prácticamente inexistente) ni por el efecto "detonante" (para utilizar la terminología de Eijenbaum) que estremece con un final aterrador o inesperado.

Chéjov es uno da los ejemplos mas nítidos y reveladores,  sobre todo para aquellos que recién se acercan a la Literatura, de que aun con el material más humilde y, en apariencia, menos literario, un verdadero artista puede crear   obras universalmente válidas. La Literatura no es, como lamentablemente cree la mayoría de los estudiantes secundarios, lenguaje adornado más énfasis. Con frecusncia, en los mejores escritores, es sencillez más silencio. Nada más sobrio y, sin embargo, más conmovedor que ese último gesto que Homero atribuye a guerreros desconocidos en el momento de morir: "Y Diorés cayó de espaldas en el polvo, tendiendo sus brazos hacia sus camaradas". Una simple acotación, pero nos abre las profundidades da un corazón humano que, en definitiva, es el de todos. Lo mismo sucede con Chéjov. Sus cuentos no producen un impacto, sino una impresión "flotante" (continúo empleando los términos de -Eijenbaum). 

Sus relatos no son un mecanismo cuidadosamente regulado al que el desenlace completa y cierra. Por el con trario, el final de cada uno de sus cuentos no es una culminación, sino un punto de partida. Cuando el cuento termina, empieza la reflexión del lector. El narrador se retira entonces, dejándonos a solas y en silencio con la historia y con la vaga sensación que ella ha hecho nacer en nosotros. Chéjov exige de su lector una mayor entrega que Poe, sin que esto implique sugerir siquiera la superioridad de uno sobre otro. Ambos son excelentes, cada cual en su estío. Pero mientras en Poe asistimos, deslumhrados como niños, al ensarnolaiaiento progresivo de cada una de las piezas de un mecanismo perfecto y sobrecogedor, en Chéjov, si no leemos con atención, la historia narrada nos parecerá banal e intrascendente. Es preciso estar alertas para influir las hondas implicaciones humanas subyacentes en el relato. En Poe, el impacto del cuento depende casi exclusiva mente del narrador, de su capacidad para fascinamos con las fuerzas tenebrosas que conjura y maneja como-un mago; en Chejov, el narrador entrega al lector una historia vulgar para que áste, mediante la reflexión (no aludimos a una tarea consciente, sino a una apropiación intuitiva de los significados latentes) desentrañe su sentido. Narrador y lector son, en Chéjov, solidarios, se necesitan y se ayudan mutuamente. De aquí que se pueda aplicar a sus relatos la doctrina de Joyos, que consideraba al cuento como una "epifanía. A propósito de este término, ofrece el profesor argentino Jaime Rest la siguiente explicación "...es una exposición verista de sucesos minúsculos que nos permiten descubrir ísignificados secretos y elementales de la existencia".

El cuento es, pues, un género esencialmente apto para expresar la visión impresionista de la realidad como una sucesión de momentos aislados. Pero el impresionismo de Chéjov no se pone de manifiesto sólo en esto sino, sobre todo, en su enfoque y en su técnica. En una carta a su hermano Alexander, fechada el 10 de mayo de 1886, le manifestaba: "En las descripciones de la naturaleza, es necesario adueñarse de los pequeños detalles, para agruparlos de un modo tal que - durante la lectura- uno vea el paisaje evocado con sólo cerrar los ojos... La naturaleza logra animarse si uno no es excesivamente melindroso en el empleo de comparaciones entre sus fenómenos y las actividades humanas ordinarias".




Como podemos apreciar a través de sus palabras, Chéjov desdeña las descripciones realizadas en base a trazos demasiado generales y convencionales. Su interés por los peque ños detalles se explica porque son ellos los que distinguen el paisaje descrito de todos los demás, los que lo singularizan y lo hacen inolvidable. Si no los pone de relieve, no es posible lograr que el lector recrea dentro sju yo la impresión que el artista experimento ante ese paisaje. Al impresionista no le interesa como son las cosas objetivamente, sino que sensación despiertan en él en un determinado momento que no se repetirá. La impresión varia con cada instante pero también con cada espectador porque depende del grado de sensibilidad y del estado de animo de cada uno. El autor impresionista exige, por lo tanto, al lector, una permanente atención, porque lo que despliega ante él no es la realidad, sino la representación de la realidad a través de las sensaciones del narrador o de los personajes. Pero, a la vez, el lector debe poseer un alto grado de ingenuidad, de esa pureza con que el niño se entrega por completo a aquel en quien confía. El artista impresionista parece invitar al lector a confiar en él, en sus personajes, a que se deje penetrar por las sensaciones que ellos experimenta para lograr una íntima comunión, en un mismo estado da ánimo.




"Sobre, la cima de las, montañas había blancas nubes inmóviles, nada agitaba el follaje de los árboles, oíase el canto de la chicharra y de abajo se llegaba el ruido del mar hablando de paz y de ese sueño eterno que  todos nos espera". " ("La dama del perrito")




Lo primero que nos sorprende en esta descripción es la sucesión de detalles tomados como al azar, sin ningún orden lógico. Y es que así como el impresionista "pide" al lector que se abandone a su guía, del mismo modo se entrega él a sus sentidos y no registra mas que aquello que, por vía sensorial, despierta un eco en su alma. En la descripción que transcribimos es evidente que Chéjov no pretende "dibujar" un paisaje. Lo que busca es que el lector pueda recrear dentro suyo la "impresión" que dicho paisaje produjo en Gurov. Con tal fin, solo nos proporciona los detalles que contribuyeron a producir asa impresión. Tan es asís que las sensaciones visuales y auditivas que componen la descripción no valen en cuanto tales, sino en cuanto -ayudan a despertar esa impresión dé paz que conmueve a Gurov y que el autor pretende transmitimos. Para ser más claros: lo que importa no es que las nubes sean blancas, no su inmovilidad, por todo lo que ésta sugiere acerca de la calma que reina en la naturaleza.





El impresionismo chejoviano alcanza también a los personajes. En la ya citada carta a su hermano Aiexander manifestaba:  "En ámbito psicológico, el asunto también radica en los los detalles. que Dios nos libre de los lugares comunes. Lo mejor es rehuir la pinturaa de los  estados mentales; debemos tratar de esclarecerlos mediante los  actos mismos del protagonistas.

El individuo ha dejado de ser un tormentoso has de fuerzas en lucha con una sociedad hostil, ante la que reivindica su libertad de existir y da realizarse. Los héroes de Dostoyevski luchaban furiosamente por imponer sus ideas al mundo. Los personajes de Chajov, en cambio, son seres "hechos a imagen y semejanza" del mundo. Si el narrador renuncia  a bucear en el interior de sus personajes es porque no espera encontrar mucho allí. El hombre ya no es él mismo un mundo. Es, a lo más, un reflejo del mundo„ Por otra parte, con esa confianza ilimitada del impresionista en sus sentidos y ese interés por todo lo singular y momentáneo (en desmedro da lo general, que le parece sospechoso de ser un lugar común) más lógico que se atenga solo a los actos, es decir, en definitiva, a lo que sus sentidos pueden percibir. Esta característica as la que ha hecho.a Hauser  decir: "La narración se reduce a meras situaciones. Todo se vuelve episodio, o periferia de una vida que carece de centro".



Por último, es importante saber qué opina Chéjov acerca de la actitud del narrador ante lo que cuenta, pues es en sus percepciones que se nos invita a confiar. Chéjov se refiere a esta cuestión en carta dirigida a Gorki; "No se refrena ustéd bastante. Es como un espectador en el teatro, que expresa sus emociones con tan poca reserva que asimismo se impide, e impide a los demás, escuchar la palabra".

Evidentemente,una concepción que Balzac no suscribiría. El autor no debe entrometerse y el narrador es un espectador. Debe escuchar la obra y dejar que los damas la escuchen, ¡pero atención!  la escuchan través de é. El lector sólo tiene acceso a la historia a través del narrador. Este no es, no debe ser según Chejov, el centro de la atención, sino el medio por el que la historia llega a los demás, No puede sorprendernos asta concepción. Si las personas en la vida real y los personajes en la ficción asumían una actitud pasiva frente a la vida, resignándose con el papel de meros espectadores, ¿qué otro camino le queda al narrador que ser el mismo un espectador?

Fuente: Martinez- Fressia- Appratto.

Chejov, sobre su narrativa y teatro, 6- el estilo

3) EL ESTILO.

Hasta aquí, hemos analizado los aspectos más salientes de la temática y de los personajes chejovianos. Veamos ahora de qué procedimientos se vale el autor para estructurar y comunicar ese material.

Lo primero que debemos señalar, aunque resulte obvio, -es el predominio abrumador del cuento sobre la novela. Incluso, si comparamos sus narraciones más largas con las obras monumentales de Tolstoi y Dcstoyevski, llamarlas novelas parece una exageración escandalosa» Chejcv da la impresión de hallarse más a gusto en los relates breves y es a ellos que debe, sobre todo, el sitial destacado que ocupa dentro de la narrativa moderna. ¿Cuestión de temperamento? Indudablemente, pero no sólo eso. La elección del genero literario y de los procedimientos a utilizar es, antes que nada, en Chéjov y en cualquier autor, consecuencia de una determinada visión del mundo, sea el escritor consciente o no de ella. Chéjov tiene la concepción atomizada de la realidad que caracteriza a los impresionistas. Pero dicha concepción no nace de una influencia innecesaria ni de una adhesión consciente de Chéjov a una determinada corriente, sino que es consecuencia de la sociedad en la qua vive y a la que refleja en su obra. En un ambiente paralizado, donde no hay, por lo menos a la vista, grandes proce sos en marcha, solo se pueden percibir momentos aislados, sin referencia posible a un todo orgánico. Para alcalizar su plena significación, estos instantes únicos necesitan de un género que sea capaz de captarlos en lo que tienen de singular e irrepetible. La novela, con su técnica acumulativa y episódica,, no se presta para ello. El cuento, en cambio, es especialmente apto para atrapar las situaciones y atmósferas más evanescentes. Pero lo es gracias a la labor renovadora de Chéjov. Fue él quien lo libere de la rigidez excesiva que Poe le había dado. El gran escritor norteamericano, creador del cuento moderno, había sido el primero en señalar, como rasgo esencial del género la necesaria concurrencia de todos les elementos al logro de un efecto unitario. Pero en la practica, su interés por lo morboso y lo fantástico, originó un modelo demasiado estrecho y muy poco flexible, qué bloqueaba la posibilidad de incorporar seres y acontecimientos de la vida corriente. Chéjov será el encargado de realizar esta apertura a lo cotidiano, que tan decisiva influencia tendrá en la evolución del cuento contemporah.eo.Las Historias que narra son tan minúsculas, tan insignificantes, que no puede esperar que se impongan al lector por el carácter excepcional de la trama (prácticamente inexistente) ni por el efecto "detonante" (para utilizar la terminología de Eijenbaum) que estremece con un final aterrador o inesperado.

Chéjov es uno da los ejemplos mas nítidos y reveladores,  sobre todo para aquellos que recién se acercan a la Literatura, de que aun con el material más humilde y, en apariencia, menos literario, un verdadero artista puede crear   obras universalmente válidas. La Literatura no es, como lamentablemente cree la mayoría de los estudiantes secundarios, lenguaje adornado más énfasis. Con frecusncia, en los mejores escritores, es sencillez más silencio. Nada más sobrio y, sin embargo, más conmovedor que ese último gesto que Homero atribuye a guerreros desconocidos en el momento de morir: "Y Diorés cayó de espaldas en el polvo, tendiendo sus brazos hacia sus camaradas". Una simple acotación, pero nos abre las profundidades da un corazón humano que, en definitiva, es el de todos. Lo mismo sucede con Chéjov. Sus cuentos no producen un impacto, sino una impresión "flotante" (continúo empleando los términos de -Eijenbaum). 

Sus relatos no son un mecanismo cuidadosamente regulado al que el desenlace completa y cierra. Por el con trario, el final de cada uno de sus cuentos no es una culminación, sino un punto de partida. Cuando el cuento termina, empieza la reflexión del lector. El narrador se retira entonces, dejándonos a solas y en silencio con la historia y con la vaga sensación que ella ha hecho nacer en nosotros. Chéjov exige de su lector una mayor entrega que Poe, sin que esto implique sugerir siquiera la superioridad de uno sobre otro. Ambos son excelentes, cada cual en su estío. Pero mientras en Poe asistimos, deslumhrados como niños, al ensarnolaiaiento progresivo de cada una de las piezas de un mecanismo perfecto y sobrecogedor, en Chéjov, si no leemos con atención, la historia narrada nos parecerá banal e intrascendente. Es preciso estar alertas para influir las hondas implicaciones humanas subyacentes en el relato. En Poe, el impacto del cuento depende casi exclusiva mente del narrador, de su capacidad para fascinamos con las fuerzas tenebrosas que conjura y maneja como-un mago; en Chejov, el narrador entrega al lector una historia vulgar para que áste, mediante la reflexión (no aludimos a una tarea consciente, sino a una apropiación intuitiva de los significados latentes) desentrañe su sentido. Narrador y lector son, en Chéjov, solidarios, se necesitan y se ayudan mutuamente. De aquí que se pueda aplicar a sus relatos la doctrina de Joyos, que consideraba al cuento como una "epifanía. A propósito de este término, ofrece el profesor argentino Jaime Rest la siguiente explicación "...es una exposición verista de sucesos minúsculos que nos permiten descubrir ísignificados secretos y elementales de la existencia".

El cuento es, pues, un género esencialmente apto para expresar la visión impresionista de la realidad como una sucesión de momentos aislados. Pero el impresionismo de Chéjov no se pone de manifiesto sólo en esto sino, sobre todo, en su enfoque y en su técnica. En una carta a su hermano Alexander, fechada el 10 de mayo de 1886, le manifestaba: "En las descripciones de la naturaleza, es necesario adueñarse de los pequeños detalles, para agruparlos de un modo tal que - durante la lectura- uno vea el paisaje evocado con sólo cerrar los ojos... La naturaleza logra animarse si uno no es excesivamente melindroso en el empleo de comparaciones entre sus fenómenos y las actividades humanas ordinarias".




Como podemos apreciar a través de sus palabras, Chéjov desdeña las descripciones realizadas en base a trazos demasiado generales y convencionales. Su interés por los peque ños detalles se explica porque son ellos los que distinguen el paisaje descrito de todos los demás, los que lo singularizan y lo hacen inolvidable. Si no los pone de relieve, no es posible lograr que el lector recrea dentro sju yo la impresión que el artista experimento ante ese paisaje. Al impresionista no le interesa como son las cosas objetivamente, sino que sensación despiertan en él en un determinado momento que no se repetirá. La impresión varia con cada instante pero también con cada espectador porque depende del grado de sensibilidad y del estado de animo de cada uno. El autor impresionista exige, por lo tanto, al lector, una permanente atención, porque lo que despliega ante él no es la realidad, sino la representación de la realidad a través de las sensaciones del narrador o de los personajes. Pero, a la vez, el lector debe poseer un alto grado de ingenuidad, de esa pureza con que el niño se entrega por completo a aquel en quien confía. El artista impresionista parece invitar al lector a confiar en él, en sus personajes, a que se deje penetrar por las sensaciones que ellos experimenta para lograr una íntima comunión, en un mismo estado da ánimo.



"Sobre, la cima de las, montañas había blancas nubes inmóviles, nada agitaba el follaje de los árboles, oíase el canto de la chicharra y de abajo se llegaba el ruido del mar hablando de paz y de ese sueño eterno que  todos nos espera". " ("La dama del perrito")



Lo primero que nos sorprende en esta descripción es la sucesión de detalles tomados como al azar, sin ningún orden lógico. Y es que así como el impresionista "pide" al lector que se abandone a su guía, del mismo modo se entrega él a sus sentidos y no registra mas que aquello que, por vía sensorial, despierta un eco en su alma. En la descripción que transcribimos es evidente que Chéjov no pretende "dibujar" un paisaje. Lo que busca es que el lector pueda recrear dentro suyo la "impresión" que dicho paisaje produjo en Gurov. Con tal fin, solo nos proporciona los detalles que contribuyeron a producir asa impresión. Tan es asís que las sensaciones visuales y auditivas que componen la descripción no valen en cuanto tales, sino en cuanto -ayudan a despertar esa impresión dé paz que conmueve a Gurov y que el autor pretende transmitimos. Para ser más claros: lo que importa no es que las nubes sean blancas, no su inmovilidad, por todo lo que ésta sugiere acerca de la calma que reina en la naturaleza.





El impresionismo chejoviano alcanza también a los personajes. En la ya citada carta a su hermano Aiexander manifestaba:  "En ámbito psicológico, el asunto también radica en los los detalles. que Dios nos libre de los lugares comunes. Lo mejor es rehuir la pinturaa de los  estados mentales; debemos tratar de esclarecerlos mediante los  actos mismos del protagonistas.

El individuo ha dejado de ser un tormentoso has de fuerzas en lucha con una sociedad hostil, ante la que reivindica su libertad de existir y da realizarse. Los héroes de Dostoyevski luchaban furiosamente por imponer sus ideas al mundo. Los personajes de Chajov, en cambio, son seres "hechos a imagen y semejanza" del mundo. Si el narrador renuncia  a bucear en el interior de sus personajes es porque no espera encontrar mucho allí. El hombre ya no es él mismo un mundo. Es, a lo más, un reflejo del mundo„ Por otra parte, con esa confianza ilimitada del impresionista en sus sentidos y ese interés por todo lo singular y momentáneo (en desmedro da lo general, que le parece sospechoso de ser un lugar común) más lógico que se atenga solo a los actos, es decir, en definitiva, a lo que sus sentidos pueden percibir. Esta característica as la que ha hecho.a Hauser  decir: "La narración se reduce a meras situaciones. Todo se vuelve episodio, o periferia de una vida que carece de centro".



Por último, es importante saber qué opina Chéjov acerca de la actitud del narrador ante lo que cuenta, pues es en sus percepciones que se nos invita a confiar. Chéjov se refiere a esta cuestión en carta dirigida a Gorki; "No se refrena ustéd bastante. Es como un espectador en el teatro, que expresa sus emociones con tan poca reserva que asimismo se impide, e impide a los demás, escuchar la palabra".

Evidentemente,una concepción que Balzac no suscribiría. El autor no debe entrometerse y el narrador es un espectador. Debe escuchar la obra y dejar que los damas la escuchen, ¡pero atención!  la escuchan través de é. El lector sólo tiene acceso a la historia a través del narrador. Este no es, no debe ser según Chejov, el centro de la atención, sino el medio por el que la historia llega a los demás, No puede sorprendernos asta concepción. Si las personas en la vida real y los personajes en la ficción asumían una actitud pasiva frente a la vida, resignándose con el papel de meros espectadores,, ¿qué otro camino le quada al narrador que ser el mismo un espectador?

Fuente: Martinez- Fressia- Appratto.

Chejov, sobre su narrativa y teatro, 5- temas y personajes.

La primera comprobación la más obvia, es que aquellos "espíritus pequeños" de sus relatos humorísticos, limítrofes a veces con la caricatura, pasan a un segundo plano, no por ello menos decisivo, sobre el cual se destacan las figuras dolientes de los "espíritus apocados".


Llamamos así a seres en apariencia mediocres también pero poseedores de una sensibilidad muy superior a la de quienes los rodean. Lo que les falta es energía para romper la inercia propia su ambiente y operar uña transformación decisiva en sus vidas . Carecen de la voluntad y el coraje necesarios para vivir de acuerdo a las aspiraciones generosas de su espíritu, a despecho de la opinión del grupo. En una palabra, no se atreven a ser ellos mismos. Sueñan con la rebelión que les permitirá llevar una vida auténtica, pero capitulan antes de iniciarla, porque desconfían de sus fuerzas. En sus primeros cuentos, Chéjov nos presentaba el producto acabado de esa sociedad frustrantes el autómata, el hombre completamente alienado que ya no es él mismo, sino lo que la sociedad quiere que sea. El "espíritu pequeño" es aquel que, además de someterse, ha renunciado a lo que había de más íntimo en él, a lo que era más suyo; la ilusión, el ansia de belleza.

El "espíritu pequeño' es en definitiva, un “espíritu apocado” que ha renunciado a soñar. Falto de la penetración que da a la madurez, Chéjov captaba, antes de 1886, al hombre cosificado, al eunuco espiritual» pero nada nos decía, aunque nos lo hacía presentir, acerca del largo y penoso, camino recorrido para llegar a tan lamentable resultado. Después de esa fecha, comienza a remontar el camino y encuentra á los seres apocados, soñadores, solitarios en una sociedad que duerme pero no sueña perdidos en un mundo de apariencias sin sustancia habitado por funcionarios no por hombres, anticipo del universo despersonalizado y absurdo de Kafka.

A cada una de estas criaturas desdichadas se le puede aplícar lo que Balzac dice de Victorina Taillefer: "... parecía un arbusto con hojas amarillas, recientemente plantado en terreno contrario".


Almas sensibles, nada encuentran en su medio que aplaque su sed de belleza (que en Chéjov coincide con el amor, la vida, la plenitud), de allí la profunda insatisfacción que los abruma. Insatisfacción de la que no siempre, son conscientes, pero que se percibe a través de su conducta como ocurre con Olga Ivanovna ("La cigarra"), ejemplar típico de snobs que vive a la caza de artistas célebres, olvidándose por ello de atender a su marido, él sí un verdadero talento, que ha hecho de la medicina un apostolado en el que dejará la vida. Nuestro primer impulso es ubicar a Olga entre los "espíritus pequeños", hasta tal punto nos parece superficial y ciega, Pero sería un error. Olga, al igual que muchas de las heroínas de Chejov, tiene un carácter infantil: es ingenua, egoísta y cruel como todos los niños. Vive en un mundo de ficción donde todo es hermoso, donde todos son buenos. Su avidez de conocer celebridades , su afán por incursionar en varias ramas del arte, revelan un deseo inconsciente de huir de la realidad mezquina en la que se halla inmersa. Pero esa realidad acabará por imponerse, cuando la muerte de su marido le haga comprender como ha, derrochado tiempo, energías y sentimientos en seres que no los merecían, sin reparar en el hombre talentoso y abnegado que tenía junto a ella. Y entonces, por primera vez, Olga experimentará un sentimiento adulto y redentor: "De pronto, sintíó una dolorosa piedad por Dimov,por el Infinito amor que le profesaba, por su joven vida y hasta por su huérfana cama, en la que él no dormía desde hacía mucho tiempo. Para esta clase de personajes, por más que vivan engañándose, la posibilidad del despertar, doloroso y turbador, siempre está latente, porque su sensibilidad, aunque reprimida o aturdida, no se les ha embotado.

A menudo, es un acontecimiento nimio el que despierta la conciencia somnolienta de hastío y le hace comprender la inutilidad de una vida sin metas. En "El beso", un oficial llamado Kiabovich, de personalidad tan poco atractiva como su físico, recibe de una dama, en la oscuridad, un beso que estaba destinado para otro. A partir de ese día, su vida cambia, hay en ella una ilusión que la vuelve interesante: "... recordaba que en su vida había algo bueno y calienten. Sueña con regresar al lugar donde fue besado y averiguar quién lo hizo. Mas, cuando, por fin, logra retornar, debe aceptar que no hay forma de identificar a la desconocida "y su vida se le apareció extraordinariamente pobre, miserable e incolora...

La conciencia es una pesada cruz para los personajes de Chéjov. Les hace comprender la mediocridad de sus vidas, los priva del consuelo que el autoengaño les brinda y los enfrentare con su propia debilidad. Y lo peor de todo es que no pueden confiar a nadie su angustia. Primero, porgue no conocen exactamente en que consiste: “Tiene una sensación de ahogo, está aburrida y siente tal desazón que hasta quisiera llorar. ¿Por qué?... No sabría decirlo, pero un nudo en la garganta le oprime constantemente…”. (La mujer del boticario).

Segundo porque están terriblemente solos, rodeados de “espíritus pequeños" que no pueden comprenderlos, por incapacidad antes que por maldad. En “Verochka”,Ognev des cubre que su extraña frialdad ante la declaración de la muchacha, no es la del calculador ni la del ególatra, sino "sencillamente, la de la incapacidad de captar la belleza en toda su profundidad; la de la vejez prematura que le acarreaba su género de educación” Esa incapacidad parece ser consecuencia de “la cordura adquirida en los libros” o del “hábito de la objetividad”. “Cordura” en este medio significa no sobrepasar por ningún motivo, los límites de lo establecido. Ser objetivos, por su parte, no implicaba un esfuerzo por enfocar los acontecimientos con equilibrio e imparcialidad, sino que disimulaba el deseo de no involucrarse con lo subjetivo, esto es con los problemas auténticamente humanos", No puede sorprendemos, entonces, que un infeliz cochero, que ha perdido a su hijo, se vea obligado a confesar a su caballio la pena que lo agobia y que nadie ha querido compartir ("Tristeza").

A los personajes de Chejov, les es negada hasta la posibilidad de alivio y consuelo. "Y de repente rompe a llorar con amarga lágrimas. Y nadie… nadie sabe…” (La mujer del boticario).

La comunicación no es posible porque el grado de sensibilidad, es distinto. Y como estos “espíritus tus apocados" no se atreven a luchar para hacer realidad lo que desean, sólo les queda seguir lamentándose; en medio de la soledad y el hastío, ahogados por la nostalgia de algo perdido que, en la mayoría de los casos, no saben bien lo que es. La ingenuidad de la infancia, tal vez. 0 una oportunidad desperdiciada. Las criaturas chejovianas más representativas tienen siempre una oportunidad que no aprovechan. Si Olga. Ivanovna ("La cigarra") hubiese confesado a Bírnov su adulterio, hubiera podido reconstruir su vida sobre bases auténticas y, por lo tanto sólidas. Si la protagonista de :'Princesa" hubiese convertido los duros reproches del doctor Iván Ilich en un punto de apoyo para rehacer su vida de acuerdo a sentimientos y principios más genuinos, no hubiera continuado flotando en el limbo de una existencia ilusoria, superficial y vacía. Lo que ocurre es que todos estos personajes temen lo que la realidad pueda hacer a sus sueños.

Como dice Hauser: ''La ilusión completa es más querida que la realidad imperfecta”. Si transan con su medio y aceptan llevar una vida contraria a sus más caras aspiraciones, es porque no están dispuestos a transar ni un ápice con la realidad para concretar su ideal. Se sacrifican ellos para no sacrificar a su ilusión. Su pasividad no se debe sólo a su falta de energía sino tambíen a que, en el fondo no creen que valga -la pena luchar por una realización inevitablemente parcial de sus sueños. Es un callejón sin salida y no, como afirma L. Chestov tan a la ligera, porque Chejov se complazca en bloquear sistemáticamente todas las posibles vías de escape. El destino de estos personajes está en su carácter. Aman tanto a su ilusión que no se resignan a sacrificar ni siquiera una mínima parte de ella para realizarla, pero tampoco se rebajan hasta el extremo de matarla, para poder llevar la existencia apacible de los autómatas, Concientes o no, eligen sufrir y, en esa decisión, no deja de haber una cierta grandeza. Renuncian a muchas cosas, pero no a su dignidad.

Por otra parte, cuando algún personaje se muestra dispuesto a no dejar escapar la oportunidad su esfuerzo se frustra por incomprensión de los demás. Todo esto nos explica por qué Chejov nunca se burla de sus personajes, haberlo hecho, hubiese demostrado ser más mezquino que los "espíritus pequeños". Nadie que tenga un mínimo de sensibilidad puede reírse de estos pobres seres atrapados en un medio degradante. Si la inercia de éste no paraliza sus impulsos, la mezquindad ambiental se encargara de asfixiarlos con su indiferencia y su incomprensión, hasta el extremo de hacerles avergonzarse de sus sentimientos, Ionich, protagonista del cuento homónimo, después que Ekaterina ha respondido a su apasionada y sincera declaración con una negativa hecha de lugares comunes y frases tan huecas como grandilocuentes, reacciona de la siguiente manera: "Se sentía un poco avergonzado y ofendido en su amor propio. No esperaba una negativa, por lo que no podía creer que todos sus ensueños y esperanzas hubieran de conducirle a tan necio final, semejante al de la óbrita de una función de aficionados. Se apiadaba de su amor...; se apiadaba tanto que se sentía capaz de echarse a llorar o de golpear con su paraguas las anchas espaldas de Panteleimón". En un ambiente semejante, los buenos sentimientos deben ocultarse, como si fueran vicios o taras, si es que no se quiere pasar vergüenza. Débiles como son, la sociedad se complace todavía en acorralarlos, en no dejarles salida alguna: primero los ha privado de voluntad.

¿Qué les queda sino doblegarse? Los mejor dotados espiritualmente, los de conciencia más alerta e insobornable, se hunden en una angustia sin atenuantes. En el "Relato de la señora N.N.X", una mujer que lo tuvo todo para ser feliz ("Recordé que era libre, sana y noble y que me amaban”) cuenta como todas las ilusiones originadas por esas ventajas parecen víctimas de la inercia, y como la soñada felicidad futura se transforma en un desolado presente:

“…todo es ahora únicamente un recuerdo, y ante mi sólo veo ya el porvenir como una llanura desierta y lisa en la que no hay alma viviente y cuyo horizonte sólo tiene oscuridad y miedo…”

Su inercia, y la de su enamorado, la despojaron de todos sus sueños, dejándola a solas,, por el resto de su vida, con la angustia y la nostalgia de lo perdido:

“Siento lástima de mi misma, de este hombre y deseo apasionadamente cuanto ya ha pasado y ahora nos rehúsa la vida”.

Lo que resulta aun más conmovedor en Chéjov es que lo perdido no es algo que se tuvo, sino algo que se soñó. Ni siquiera un período, por breve que sea, de plenitud, les es concedido a sus personajes.
Algunos de entre ellos carecen de las cualidades morales y espirituales de la señora N.N. por lo que, cuando la decepción los alcanza, aniquila todo lo que hay de sano y generoso en ellos:, precipitándolos en la abyección.

Es el caso de Ionich que después del golpe que significa para el que Ekaterina rechace su amor tan sincero por razones tan falsas} se vuelve progresivamente un espíritu pequeño", preocupado solamente en acumular dinero, que "vive solitario y aburrido y nada le interesa".

La mayoría está a mitad de camino entre Ionich y la señora N.N. No transigen como aquél, hasta el punto de transa formarse en cuerpos sin alma, pero tampoco viven en la lucidez desgarradora de la señora N.N. Prefieren el autoengaño producto siempre de una tradición a sí mismos. Se adaptan exteriormente a la falsedad convenida de la vida social, pero conservando intactas en lo profundo de su ser sus aspiraciones de una vida mejor, más plena y solidaria.

Aburridos e íntimamente desconformes con su existencia prefieren no averiguar las causas de su estado, pero se hallan siempre expuestos a que algún acontecimiento inesperado los enfrente con la mentira de su vida, obligándoles a decidir entre continuar con ella o rebelarse.

En principio, la rebelión, la ruptura con todo y con todos mediante un supremo acto de voluntad, se muestra engañosamente accesible para quienes miramos de afuera. Hasta nos indignamos al ver con qué facilidad se rinden las criaturas de Chéjov, sin haber entablado siquiera la batalla, pero, sabiendo lo que sabemos acerca de la mezquindad del medio en el que crecen y viven (de algún modo hay que decirlo),de la soledad irredimible a la que están condenados por el simple hecho de ver más sensibles y, comprender toda la falsedad y la vileza de una vida sin emociones ni ideales; sabiendo todo eso. ¿es justo exigirles, una acción que está más allá de sus fuerzas?

Esta es la pregunta que Chéjov nos, dirige, invitándonos a responder como el lo hizo: No, no es justo.
Si estos seres fueran simplemente cobardes que no se atreven a luchar por lo que creen y desean entonces tendríamos quizás, derecho a censurarles con aspereza.

Pero es que, en su caso, no se trata de cobardía, sino de debilidad congénita. ¡Son tan frágiles y están tan desamparados! Su falta de voluntad es algo más que un defecto, es una herencia, es un reflejo condicionado. No pueden ser héroes quienes se han formado en una sociedad desilusionada a tal extremo de los impulsos heroicos, que siente hacia ellos una mezcla de aversión y terror.

¿Puede extrañarnos, acaso, que estos "espíritus apocados" que han logrado salvar, no se sabe como un resto de sensibilidad y de fantasía; a la hora de la acción se deshagan en lamentos: "tú. y tu abuela me torturais dijo, volviendo a llorar- ¡Yo quiero vivir! ¡Vivir! –repitió, golpeando dos veces el pecho con su pequeño puño ¡Dadme libertad, pues! Soy joven aún y tengo ganas de vivir…” ("La novia").

No es posible que alguien que ha caído en arenas movédizas se salve por sus propias fuerzas. Los personajes de Chéjov se han criado en medio de esas arenas y no tienen a nadie que les arroje una soga. Para colmo, en las pocas ocasiones que encuentran a otro ser con parecidas inquietudes no les sirve de nada porque invariablemente es tan débil como ellos. La acción es casi imposible en una sociedad donde nadie hace nada, donde el animo y la voluntad no se han templado en sucesivas pruebas. No hay estímulos ni desafíos, porque no hay metas. No hay nada que despierte interés que exige a cada uno emplearse a fondo y, en consecuencia la vida se vuelve monótona. “El tiempo pasa de prisa y, sin embargo, se aburre uno aquí” dice Anna Sergueevna (,!La dama del perrito").

Lo normal;, cuando nos aburrimos, es que los minutos nos parezcan eternos, porqué estamos deseando que pasen de una vez para poder dedicarnos a alguna tarea interesante. Nuestra impaciencia es la que produce el desfasaje entre tiempo objetivo y subjetivo, es decir, entre el tiempo que realmente transcurre y la forma como nosotros vivimos ese transcurso. Pero, como los personajes de Chéjov viven en un hastío uniforme, producto del ocio espiritual y mental, y saben que nada interesante o fuera de lo común va a suceder no pierden la noción del tiempo que pasa. La vida, para estos seres, no es acción, ni placer, ni nada. Sólo es tiempo, tiempo que pasa y los mata, bajo su propia mirada impotente. Se ha dicho de los héroes homéricos que “van a la muerte con los ojos abiertos”f para consumar su vida en el mismo instante supremo en que la pierden. Los personajes de Chéjov en cambio, "ven" como el tiempo los lleva a la muerte, una muerte que no culmina nada, una muerte tan inútil como sus vidas, Incapaces de actuar, no les queda otro camino que lamentarse y soñar. Lo que no pueden hacer, lo sueñan. Pero, además, creen, creen en un futuro mejor donde podrán ser libres y vivir con plenitud. Donde, en definitiva, habrá belleza. Porque estos seres mediocres están sedientos de belleza. Prisioneros de una sociedad utilitaria, donde el dinero y el cargo valen más que el hombre, desean, por compensación, aquello que no sirve para nada, más que para el deleite del espíritu. Sin embargo, las pocas ocasiones en que se encuentran un poco de esa belleza soñada, encarnada generalmente en una mujer, les da pena; “Sentía su belleza de un modo singular. Lo que despertaba Mascha en mí no era deseo, ni entusiasmo, ni deleite, sino una pesada aunque grata tristeza” ¿Por qué? Tal vez porque presentía que "sería pasajera, innecesaria, perecedera como todo lo terreno” (“Beldades”).

La belleza, más en esa sociedad, es algo fugitivo y amenazado. Y quien la contempla lo sabe, de allí su pena. Pero, sobre todo, la belleza presente es, para estos personajes, como un fugaz remordimiento por lo que pudo ser y no fue, como un anticipo de lo que será y no es: ",... el revisor miraba en dirección a la belleza y su rostro caído, borracho, que mostraba una hartura desagradable, no obstante aparecer fatigado por las noches en vela y el traqueteo del vagón, expresba emoción y profundísima tristeza; como si en aquella muchacha contemplara unidas: felicidad, sobriedad, limpieza, mujer e hijos; como si profundamente arrepentido, todo su ser tuviera conciencia de que esa mujer no era suya y que de su torpeza, graciento, fisonomía y prematura vejez, tanto le alejaba de la felicidad vulgar, humana y terrestre, como del cielo” (“Beldades”)

La belleza simboliza, en el fondo, lo que hay de mejor en ellos y han traicionado.
Dice A.M. Ripellinos "A Las criaturas de Chéjov la vida puede quitárselo todo, pero jamás podrá quitarles la liber tad de inventar un futuro". Es, indudablemente, la única libertad da que disponen, por lo que no pierden la oportunidad de ejercerla, máxime teniendo en cuenta que el soñar se aviene muy bien con su carácter pasivo y fantasioso. Sus sueños son, ante todo, un llamado angustioso al futuro para que venga pronto a redimirlos de ese presente estéril en el que sus almas se marchitan.

" ¡Oh, si llegara pronto esta nueva y luminosa vida, en la cual uno podría enfrentar con coraje a su destino, tener conciencia de sus derechos, ser alegre y libre! ¡Tarde o temprano, esta vida ha de llegar! ("La novia").

Pero ese deseo que llama es, también, un acto de fe. Nada hay a su alrededor que pueda servir de alimento a esa fe y, sin embargo, creen, ¿Compensación? Sin duda. Viven. con la imaginación lo que no pueden realizar con la acción. ¿Autoengaño? También. Postergan la lucha en el presente para un futuro ilusorio que la hará innecesaria. Y, no obstante, hay algo más. Ninguno de ello sabrá como se realizará el cambio pero todo están convencidos di que se producirá. Es un presentimiento convertido en certeza por necesidad.

Conscientes de que como hombres, están llamados a un destino superior, se saben débiles para vencer los obstáculos que los separan de él. Pero no pueden olvidarlo ni resignarse a la existencia bovina de sus contemporáneos, contentos sólo con comer mucho y dormir. Han traicionado sus ideales, pero no han caído tan bajo como para traicionar al Hombre que habita dentro de ellos. Y es gracias a esa dignidad que el milagro se produce y la desesperación se transforma en fe. No juzgan a la especie según lo que ellos son. Su derrota no será la del Hombre. Este alcanzará su destino a pasar de los desfallecimientos individuales.

“ Y está permanencia, esta completa indiferenci hacia la vida y la muerte en cada uno de nosotros constituye la base de nuestra eterna salvación, del incesante movimiento de la vida en la tierra, del incesante perfeccionamiento… ("La dama del perrito").

Los personajes de Chejov no creen en Dios, creen en e1 Hombre, y se redimen y se salvan por medio de la especie, A través de ella, encuentran incluso un sentido oculto para sus vidas: sus padecimientos son sólo una etapa en la marcha del Hombre hacia la plenitud, que las generaciones próximas podrán ya disfrutar. Su fracaso individual es el precio que la especie paga para alcanzar la meta. El entusiasmo con que hablan de un futuro feliz que, lo saben, nunca será presente para ellos, nos permite suponer que, en el fondo de su corazón, sienten que es un precio que bien vale la pena ser pagado:

"Ellos (los antepasados), por la noche., dormían profundamente y no discutían, mientras que nuestra generación duerme mal, sufre, habla mucho y discute si tiene o no tiene razón. Para nuestos hijos, esta cuestión de si tienen o no razón estará ya resuelto. Lo verán más claro. La vida buena será dentro de unos cincuenta años. (Un caso profesional).

La obra de Chéjov no es la creación de un morboso que se deleita en registrar paso a paso la bancarrota espiritual del ser humano, como algunos, que en su momento no lo leyeron con la debida atención, creyeron y proclamaron, L. Chestov, por ejemplo, acusaba a Chéjov de matar las ilusiones humanas y sostenía: "Lo que hacía Chéjov se llama crimen en lenguaje ordinario y debe ser severamente castigado. No conforme con esto le reprocha que la gran mayoría de sus personajes sean "gente anormal", olvidando que la normalidad es un criterio mayoritario y que, lo que a él le parece anormal, era lo normal en la sociedad de Chéjov. La dureza de los ataques de Chestov se explica por la admiración que sentía hacia Pushkin, en quien veía el primero que supo "reconciliar la injusticia visible de la vida real con el ideal invisible que cada hombre conserva en su alma". Chestov olvida que Pushkin escribía en y para una sociedad pujante, pletórica de energías espirituales y queda ella proyectada hacia la acción. Cuando Chéjov escribe, el impulso se ha agotado, las expectativas se han transformado en duras decepciones y un sudario de inercia ha envuelto a una sociedad fatigada de sueños. El hecho extraordinario de que, en medio de la abulia reinante, sus personajes conserven la fe en un futuro mejor, desmiente las acusaciones de Chestov. Este incurre en el viejo error de todos los críticos conservadores: censurar al artista por la imagen negativa que presenta de la realidad, olvidando que el mal está en la realidad y no en el ojo que la ve. Como decía Gogol: "Si tienes los morros torcidos, no culpes al espejo". Cuando leemos los relatos de Chéjov sentimos tristeza, piedad también, pero nunca llegamos a desesperar del Hombre. ¿Por habríamos de desesperar si aun en medio derrumbe moral y espiritual oprimidos por la rutina, los convencionalismos el tedio y la soledad, hay seres, débiles como muñecos de trapo, que se obstinan en seguir" siendo hombres, que caen y transan y se humillan, pero no renuncian a soñar y á crear que hay algo mejor que su vida presente. "El hombre –ha dicho William Faulkner- es indestructible debido a su simple voluntad de ser libre. Y los personajes de Chéjov, los más representativos de entre ellos, son libres. Pueden imponerles una determinada conducta, pero no pueden impedirles creer que la vida debe tener un sentido y soñar con que muy pronto lo tendrá. Y, por sobre todo nadie puede arrebatarles la intima convicción de que, a través de la especie, triunfarán sobre la realidad mezquina que frustró sus vidas.

Dos palabras acerca de otro reproche que, en su tiempo fue lanzado contra Chéjov y que la crítica moderna considera, con razón, como carente de fundamento: la afirmación de que sus obras carecen de "mensaje". Ciertamente, es muy raro encontrar en sus obras una crítica directa al régimen zarista. Pero, ¿es qué alguien la necesita? ¿Qué mejor testimonio que el relato de las vidas, frustradas por ese régimen? La misión del artistas no es hacer del artista no es hacer discursos ni proporcionar soluciones, sino dar testimonio del Hombre. Y si es sincero y tiene talento, logrará, por añadidura, mejor que cien discursos brillantes, que el público, conmovido "por las situaciones que le presenta, toma conciencia da todo lo que oprime al Hombre, su prójimo.

viernes, 11 de febrero de 2011

Chejov, sobre su narrativa y teatro, 4- temas y personajes.

2) TEMAS Y PERSONAJES

Para comprender por que los personajes de Chejov son seres abúlicos, desvalidos, que no hacen más que lamentarse en lugar de actuar;, debemos tener presente la influencia decisiva que la sociedad ejerce en la configuración de la conciencia individual. No se les puede exigir entusiasmo energía, fuerza de voluntad, a quienes han crecido y se han formado en un ambiente como este:

“¡Todo se reducía a un loco jugar a los naipes, a gula, borracheras, a charlas incesantes sobre las mismas cosas!” ("La dama del perrito"). El negocio innecesario, la conversación sobre repetidos temas absorbía la mayor parte del tiempo y las mejores energías, resultando al fin de todo ello una vida absurda, disforme y sin alas, de la que no era posible huir, escapar, como si se estuviera preso en una casa de locos o en un correccional”.

Como vemos, una existencia sin metas, sin desafíos que despierten las energías dormidas del hombre, exigiéndole una entrega total en la que pueda hallar un sentido para su vida. Allí la única aventura es jugar a las cartas. El juego es una compensación, un sustituto de la vida. En él 18 se encuentra lo que en la vida falta: emoción, riesgo, interés, con la deferencia de que en la vida se apuestan sentimientos, ilusiones fe, y en el juego sólo dinero.

Una partida de naipes se realiza a nivel de jugadores, no de personas. La relación que se entabla entre ellos no es espiritual, sino por medio de cosas (naipes, dinero). Hay contacto pero no comunicación, y mucho menos comunión. No es necesario siquiera saber algo acería de los ocasionales compañeros. Es el entretenimiento ideal para una sociedad reacia a toda relación auténtica.

Pero, en Chéjov, la gente no sólo juega, come también, ¡y de qué forma! Las comidas ocupan un lugar preponderante en su existencia. Hay, incluso, un cuento ("Sirena) basado puramente en los ensueños gastronómicos de un funcionario. El placer de comer es equiparado al deleite estético al a voluptuosidad del amor. Por las páginas de Chéjov pululan las figuras obesas, de labios "grasosos y colgante, que apenas pueden respirar por la gordura. El deseo de vivir ha degenerado en grosera voracidad estomacal.' Las copiosas comidas son un sustituto del alimento espiritual que el ambiente no brinda. Se vive para comer y se come para sepultar bajo gruesas capas de grasa los ideales que no se puede siquiera intentar realizar. El cuerpo, tal como lo muestra Chejov en “Ionich”, crece a expensas del alma, el tejido adiposo se nutre de ilusiones frustradas.

Cuando no tienen la boca llena, los personajes de Chejov se dedican a hablar sin descanso, y uno tiene la impresión de que, en definitiva, no dicen nada. En efecto, las conversaciones giran siempre en el entorno a los mismos temas, y no porque no haya otros, sino porque un tema discutido hasta el cansancio resulta tranquilizador; no hay obligación de decir nada nuevo, basta con repetir lo mismo de siempre. De ésta manera, se cumple con las convenciones sociales sin necesidad de ponerse a pensar ni de comprometer una opinión personal. Los diálogos, en las narraciones de Chéjov, son a menudo un punto muerto; un palabrerío inútil til, pues los personajes no tienen nada que decirse (y los pocos que podrían decir mucho callan, en general sabiendo que no serían comprendidos). Ninguno de ellos está dispuesto a la apertura que implica un diálogo. Todos temen revelar lo que realmente son, pero más temen todavía que el otro los involucre en sus propios problemas. Justamente, las charlas triviales, los objetos corrientes las jerarquías burocráticas, sirven de barrera protectora, tras la que cada uno se escuda para mantener a los demás a una prudente distancia afectiva. Todo lo que sea humano y vital los intimida. Así, cuando Verochka le confiesa su amor a Ognev, este siente "tras la turbación, una impresión de susto. Del mismo modo, el dolor de Anna por ceder al adulterio irrita a Gurov: "Le molestaba aquel tono ingenuo, aquel arrepentimiento tan inesperado e impropio" ("La dama del perrito"). Le parece impropio porque no es eso lo convenido porque lo está haciendo partícipe de un problema personal con el cual no quiere tener nada que ver. Es significativo, además, que tanto a Ognev como a Gurov, la espontánea manifestación de sus sentimientos por parte de ambas mujeres, les parezca ''fingido y poco serio". En ese medio, donde la sinceridad es una inconveniencia, las personas "serias” son aquellas que saben disimular lo que sienten. Acostumbrados a la hipocresía, cuando se encuentran con la verdad les resulta difícil creer en ella. Como dice Balzac a propósito de Mme. Vauquer: “Una de las costumbres más detestables de los espíritus liliputienses estriba en suponer sus pequeñeces en los demás".

Espíritus pequeños son la mayoría de los seres que Chéjcv nos presenta en sus cuentos, lo cual no puede sorprendernos después de lo que sabemos acerca de la sociedad de su época. Espíritus pequeños, pero no malvados. Aun en aquellos que resultan más desagradables. Chéjov se preocupa por señalarnos los atenuantes de su conducta. Así, por ejemplo, en "El marido", luego de habernos relatado como el protagonista, un personaje innegablemente antipático, se lleva a su esposa de una fiesta porque no puede soportar verla, tan feliz. Chéjov nos acota que ese hombre deseaba volver al club para hacerles saber a todos "cuan nula es la vida cuando se camina en la oscuridad por la calle, oyendo sollozar al barro bajo los pies y sabiendo que al despertar otra vez a la mañana siguiente no ha de haber ante sí más que vodka y naipes". Pero habitualmente, estos casos límites (en al sentido que bordea la maldad) no apa¬recen en Chejov. Se siente más atraído por los "espíritus pequeños" y por los ''espíritus apocares, denominaciones arbitrarias que utilizamos pera designar las dos categorías más nítidas y numerosas da personajes chejovianos.

Llamamos "espíritus pequeños" a toda esa galería de seres totalmente sometidos a los convencionalismos del grupo, verdaderos autómatas, sin iniciativa propia, que piensan y actúan en base a un patrón de valores, palabras y gestos establecido por la comunidad, sin que, en ningún momento les pase por la mente siquiera la idea de cuestionario. Este tipo de personajes protagoniza sobre todo las narraciones de Chéjov anteriores a 1886. Es la etapa del humorismo fresco, juguetón; exento de la melancolía reflexiva que lo acompañara y lo nublará después sin llegar a hacerlo desaparecer nunca. Chéjov v desnuda los tics, las torpezas, los temores ridículos, las paupérrimas ambiciones de esta gente pero su risa es pudorosa, no llega nunca al sarcasmo. No olvida» ni nos deja olvidar,, que a pesar de su absurdo comportamiento son seres humanos, víctimas de un ambiente que le ha castrado la personalidad.

Pertenecen a éste período como “El gordo y el flaco” donde vemos como la espontánea alegría de dos amigos que se reencuentran después de muchos años es aniquilada cuando uno de ellos descubre que el otro, es su superior jerárquico y comienza a tratarlo como tal, con un servilismo que asquea y ahuyenta al amigo. Otro ejemplar típico es Cherviakov ("La muerte de un funcionario") oscuro funcionario de un ministerio que muere de angustia angustia pensando que un general, al que involuntariamente salpicó con un estornudo, lo haya considerado intencional. No son simples casos particulares, aislados, sino ejemplos individuales de un fenómeno social. Quien no se conforme solamente con reír podrá meditar acerca de un medio ambiente que origina especímenes tan penosos. De todas maneras, la risa se mantiene en primer- plano. Y se comprende; no puede haber drama donde no hay conciencia.

A partir de 1886, el tono de Chéjov se ensombrece progresivamente, la risa se retrae, se vuelve sonrisa, piadosa sonrisa. Mucho se ha especulado sobre este cambio. Numerosas fueron las explicaciones propuestas. Algunos hasta se acaloraron y levantaron la voz, para afirmar o para refutar. A Chéjov le hubiera divertido. Tenía la virtud de no tomar en serio las discusiones superfluas. Hagamos como él. Todavía conocemos demasiado mal su personalidad como para que echemos más leña a un fuego que, de todos modos, no da calor. Lo importante es saber que Chéjov cambió y descubrir de que manera se reflejó ese cambio en su obra.

Chejov, sobre su narrativa y teatro, 3- época.

LA EPOCA

La cita es extensa pero vale la pena, pues nos permitirá comprender de dónde provienen los rasgos esenciales de la obra de Chéjov.

La sociedad rusa de los ochenta (1800), época en que Chéjov comienza su producción literaria, vegeta en medio de la atmósfera sofocante de tedio y mal gusto que caracterizó el reinado del nuevo Zar, Alejandro III (1881-1894). Conservador inflexible, el flamante soberano desconfiaba de la ciencia y la razón, creía en la "fuerza de la inercia" y no encontró mejor modo de imponerla que la represión y el terror. Su acción dio el golpe de gracia a las ya moribundas esperanzas de cambio nacidas de las tibias reformas realizadas por su antecesor, el zar Alejandro II (1856-1881). No es de extrañar que el miedo del ya mencionado Belikov a todo lo que esta permitido, es decir, el miedo a la libertad, se convierta en un rasgo distintivo de la sociedad rusa del momento. Autores de este período lo definen como una "época de terror" y de embrutecimiento casi general".

El movimiento revolucionario, muy castigado, atraviesa un período de desorganización y desorientación. Los grupos terroristas, después del asesinato de Alejandro II, han sido casi totalmente desbaratados. El impulso de "ir al pueblo", realizado por los intelectuales de los años setenta, ha culminado en un completo fracaso. Su esfuerzo por adaptarse al ambiente y las costumbres rurales, para ganar la confianza de los campesinos y poder instruirlos para la acción no fue comprendido por estos. El foso que separaba a los intelectuales del pueblo no pudo ser cerrado. La suma de tantos fracasos explica la desilusión que abruma a la generación del ochenta.

“¿En qué debemos poner nuestra esperanza? ¿Qué debemos creer? ¿Qué debemos desear? ¿Hacia dónde debemos orientar nuestros esfuerzos? Todo lo que nos rodea está pulverizado”, se lamenta Míjailovski (1). Angustiosas preguntas, que la mayor parte de la sociedad rusa no se plantea, por ignorancia o comodidad: “Esta generación no podía estar dominada por los ideales de padres y abuelos. No experimenta ningún odio ni abriga ningún desprecio hacia la vulgaridad de la vida cotidiana; no cree que los hombres tengan la obligación de convertirse en héroes, por la sencilla razón de que no cree en la existencia del hombre ideal.(2)

En esa sociedad que está desprovista de todos sus ideales, porque no quiere correr el riesgo de otra dolorosa decepción, ya no interesa más que lo material y utilitario, aquello que se puede conseguir sin necesidad de una entrega total come ser humano y asegura una existencia sin sobresaltos; el cargo burocrático, la posición económica, la buena mesa, una familia sin amor pero de apariencia respetable. Una vez alcanzadas esas pobres metas, todos se atrincheran tras ellas, para defenderse de todo aquello que pueda exigirles un compromiso interior, una entrega profunda.

Los titanes rebeldes a lo Rasicolnikov, a lo Ivan Karamazov, ya no son posibles en un medio como ese. Héroes que han llegado a la convicción de que todo está permitido no pueden surgir en una suciedad donde todo lo permitido, que es muy poco inspira temor. La exasperada, necesidad de autoafirmación que caracteriza a los personajes de Dostoyevski; agoniza en el blando deseo de plenitud de las criaturas chejovianas. De igual modo, la imponente visión épica de la sociedad rusa, tal como aparece en "La guerra y la paz" de Tolstoi, se fragmenta en las breves narraciones de Chéjov, con sus dramas asordinados y su enfoque indirecto de la sociedad. No en vano Gorki, a raíz de la publicación de !'La dama del perrito", le escribió: "¿Sabe usted lo que está haciendo? Usted está matando al realismo.” Y, sin embargo, su observación, tan acertada desde un punto de vista estrictamente literario, es válida sólo en parte, porque no es Chéjov quien mata al realismo, sino la misma sociedad rusa, al ahogar dentro suyo las condiciones que propiciaron su desarrollo.

El realismo ruso había sido producto de un clima vital muy particular en el que, a una clara conciencia de los graves males que aquejaban a la sociedad, se sumaba la firme decisión de superarlos y la íntima convicción de que ello era posible. Decía León Chestov: “Fueron los escritores rusos, no los occidentales, quienes supieron descubrir en la vida los elementos susceptibles de reconciliar la injusticia visible de la vida real con el ideal invisible que cada hombre conserva en su alma”. Los realistas franceses, como Flaubert no tenían ningún ideal, visible o no (lo habían perdido después de la Comuna) (3) y, por lo tanto, se hallaban inermes ante el egoísmo, el mal gusto y del conformismo dominantes en la sociedad francesa del Segundo Imperio (4). De allí la impersonalidad de su relato, como expresión del íntimo desagrado que les produce la realidad que reflejan y de su voluntaria no participación en ella, Semejante actitud no podía aclimatarse en la Rusia de los años sesenta y setenta, donde el papel de los escritores era similar al que desempeñaron los filósofos franceses del siglo XVIII; ser guías y portavoces (a pesar de la censura) de los sectores progresistas que deseaban un cambio profundo en la sociedad. Lo que distingue al realismo ruso del francés es, precisamente, su optimismo y su compromiso militante con el Hombre, antes que con una ideología coherente.

La intelectualidad rusa de la época no ha experimentado aun el fracaso de sus ideales. Los horrores que descubre a su alrededor la indignan pero no quiebran su fe. Son muchas las inquietudes, las rebeldías los fermentos que perciben en la sociedad como para que dejen de creer que el cambio es posible, que la vida tiene un sentido profundo.

Pero en los años ochenta, tal como lo señalamos anteriormente la situación cambia, la fe se resquebraja. Un sentimiento de frustración se apodera da los sectores progresistas. Pronto se difundirán teorías esteticistas (fenómeno insólito en la literatura rusa) que, en la década siguiente, ya han dominado la poesía con su culto obsesivo por la forma y su rechazo tajante a todo compromiso de la literatura con la realidad social, Detrás de las bonitas disquisiciones acerca de la autonomía del arte se oculta, sin embargo, un profundo desagrado y un vehemente deseo de evadirse de una realidad que ha probado ser más fuerte que los ideales y los sueños. El realismo, por su parte, parece agotado. Ha perdido su capacidad abarcadora. 

Huérfano de los estímulos que un ambiente apático ya no pueda brindarle y oprimido por una censura cada vez más rígida se diluye, pierde su interés apasionado por la relación hombre-sociedad, ceja en su atormentada indagación de la conciencia individual, en su obstinada búsqueda de un sentido profundo para la existencia. A los continuadores los llamados "epígonos del realismo", come Korolenkc y Carshiri, no les queda otro camino que captar en breves relatos los estertores de la vitalidad pasada. Es en este clima tan deprimente que Chéjov produce su obra:

"A menudo me reprochan, lo ha hecho hasta Tolstoi, que no presento personajes positivos… Pero ¿de dónde voy a sacarlos?...Mi sólo afán cconsiste en decir a todos: Miraos bien y vereis que vida tan sórdida y triste es la vuestra. Lo que importa es que lo comprendan así; una vez que lo hayan comprendido, crearán una vida distinta, mejor que la actual”.

Estas palabras de Chejov apuntan a tres aspectos de su obra que tendremos ocasión de estudiar:
1) el tan debatido asunto de su pesimismo;
2) su interés por la vida cotidiana, donde ni las personas ni los acontecimientos parecen tener nada de memorables;
3) la aparente ausencia de un "mensaje", que motivó, sobre todo entre sus contemporáneos, agrias críticas.
Nos ocuparemos primero del punto 2, que es el que nos permitirá entrar a discernir los temas fundamentales de la narrativa de Chejov. Las dos cuestiones restantes se plantean, precisamente, como consecuencia de esos temas y del particular enfoque que Chejov les da.