Búsqueda personalizada

TRADUCTOR

lunes, 9 de mayo de 2011

Las Gabarras del Sena.

Las Gabarras del Sena.
(Gabarra, barcaza de piso plano).

Lo que tiene de encantador una gabarra, es que no trata de ser encantadora. Por el valle del Sena, va bogando río abajo, siguiendo su camino, aparte, irradiando indiferencia, soledad, laboriosidad, y esa virtud de no meterse donde no le importa. Por ésta u otra razón, las gabarras o lanchones del Sena han tenido legiones de admiradores, entre los cuales estuvimos durante algún tiempo mi mujer y yo. El verano pasado, al saber que iba a poder disponer de unos cuantos días, al volver a casa después de pronunciar una conferencia en la Unión Soviética, decidimos que había llegado la hora de observar una gabarra más de cerca que como se divisa desde las orillas del Sena. Abandonándonos a este impulso, cuyos lóbregos orígenes dejaremos explorar a otros, escribimos a la Esso Standard Company de París, que explota algunas de las gabarras petroleras más hermosas y les explicamos que éramos admiradores de las gabarras, pero que nunca habíamos estado a bordo de ninguna. Ignoro si el patetismo de esta petición dará resultado a otros, pero a nosotros sí. En menos que canta un gallo, recibimos una cortés misiva del Directeur Marine de la Esso Standard, caballero cuyo nom¬bre nos inspiró confianza: B. L. Bonnefoi.

Claro que sí, decía el señor Bonnefoi, la Esso Standard tendría sumo gusto en permitirnos hacer una excursión a bordo de una de sus unités fluviales. Pero, continuaba diciendo el señor Bonnefoi, las unités fluviales de la Esso Standard habían sido construidas para el transporte de petróleo, no de pasajeros, y se creía en la obligación de advertirnos que las condiciones de comodidad a bordo "corren el peligro de parecerles mediocres a ustedes". Sin embargo, si insistíamos, decía, en nuestro deseo, la Esso Standard haría cuanto estuviese en sus manos por cooperar. Nosotros insistimos, hubo un nuevo intercambio de cartas con algunos subordinados del señor Bonnefoi, quien nos puso en guardia de nuevo contra la mediocridad que nos esperaba; y, finalmente, concertamos una cita.

Todo el tiempo que estuve en Rusia, fue creciendo mi interés por la excursión en gabarra que me esperaba. Nuestros anfitriones soviéticos invitaron a la delegación norteamericana, de la que yo era miembro, a un crucero por el Lago Ladoga en un barco grande y nuevo de placer, fletado especialmente para aquella- ocasión, y rebosante de champaña, vodka, caviar, cantantes de ópera, tocadores de balalaika y un "combo" de jazz. Al día siguiente y al otro, derrocharon esfuerzos parecidos por hacérnoslo pasar bien. Para cuando llegamos a París, yo ya estaba maduro para eutrapelias proletarias, y esperaba con ansiedad que el señor Bonnefoi tuviese razón al calificar de "mediocres" las instalaciones de las unidades fluviales de la Esso Standard.

Pero no iba a ser así. Mi mujer me esperaba en París, y juntos nos fuimos al muelle en que estaba atracada nuestra gabarra, Esso Port Marly. El capitán, hombre de unos cincuenta años, bajo, afable y sonriente, salió de la timonera para saludarnos. Se llamaba Fulbert Hecq, llevaba unos pantalones bien planchados, una camisa blanca y un suéter de lana azul que le sentaba muy bien. Resultó que ponía sus dependencias personales a nuestra disposición. Nos opusimos a ello, pero no dio su brazo a torcer, insistiendo en que tendría mucho gusto en pasar la noche en el sollado de la tripulación, con su marinero y su mecánico, que eran viejos amigos.

Luego nos llevó a la cubierta inferior. Nuestras habitaciones consistían en una gran sala de tertulia, un comedor con su cocina, en la que no faltaba la estufa, el fregadero y el refrigerador, un dormitorio doble, un dormitorio sencillo y un cuarto de baño con su ducha. Las paredes eran de paneles de madera, el linóleo resplandecía, el metal fulguraba. Nos sentimos un poco zarrapastrosos, plantados allí, con el pan y queso que llevábamos para la cena, en las bolsas de cuerda que nos colgaban de las manos.

Me volví hacia el capitán para preguntarle cómo serían las comodidades "superiores", si éstas no pasaban de la categoría de "mediocres", pero me detuve con la palabra en la boca. El Capitán Hecq estaba preguntando a mi mujer, con cierto tono de duda, si se iba a sentir verdaderamente cómoda. Al contestarle ella que sí, que se sentiría de veras muy a gusto, él se encogió de hombros, diciendo:
—Mi esposa cree que faltan algunas cosas.

Se volvió y subió a cubierta para que le siguiésemos. Aquélla era la primera vez, pero no la última, que íbamos a caer en la cuenta de que la gente de las gabarras tienen costumbres distintas de los tipos de tierra como nosotros.

Nos fuimos tras el Capitán Hecq a cubierta y entramos en la timonera, limpiándonos primero cuidadosamente los zapatos en la estera colocada ante la puerta. Nos presentó a su tripulación, Gúy Cool, marinero, hombre moreno y solemne que frisaba en los treinta y cuyos ojos hablaban más que sus palabras, y a Michel Deprick, joven enjuto de unos veinte años, que parecía más poeta que mecánico. Se retiraron para soltar amarras, los motores tomaron velocidad, y nos fuimos separando del malecón.

La Esso Port Marly es ejemplo vivo del aforismo enigmático del filósofo dieciochesco, Obispo Butler, al cual acuden en busca de consuelo muchos filósofos de hoy. "Una cosa", dijo, "es lo que es, y no otra cosa". La Esso Port Marly es una gabarra. Consta de un tanque de petróleo con una pequeña cubierta por delante, y otra pequeña cubierta con una timonera sobre ella, atrás. Bajo la cubierta de delante, están las dependencias de la tripulación; bajo la cubierta de atrás, las del capitán. La gabarra pesa 800 toneladas y tiene 55 metros de longitud.

Consecuencia de sus dimensiones, es que uno experimente ciertas sensaciones peculiares al viajar a bordo de ella. De pie junto al Capitán Hecq, que iba al timón, mientras virábamos para incorporarnos a la circulación del medio del río, observábamos la proa de la gabarra, allá adelante, abriendo la marcha. No parecía que estuviésemos en la misma embarcación. La quilla avanzaba y nosotros avanzábamos, pero no porque la quilla y la popa estuviesen unidas. Era sólo, porque estábamos en el mismo campo de gravitación.

Pero, por fin, dejamos de virar, y nos pareció que nos sentíamos devueltos a la gabarra. Una e indivisible proa y popa surcaban la corriente.

Para ser un río que ha desempeñado un papel tan importante en la imaginación del mundo occidental, el Sena resulta un poco extraño. Como río, es un aburrimiento. No tiene la majestad de los ríos jóvenes que se deslizan entre altas vallas, ni el poder o la espectacularidad de ríos como el Rin o el Ródano, que descienden de elevadas montañas. Entre Ruán y el Havre, las aguas del mar lo agitan un poco, y de cuando en cuando el Sena puede dar qué hacer. Pero hasta Ruán, el Sena. no es sino una corriente plácida, fangosa y lenta de agua que se desvanece en el paisaje campestre, y parece tan domesticada como las vacas que pastan en sus orillas. No le cabe a uno en la cabeza que nadie pudiera escribir un libro sobre la vida en el Sena, en que el río fuese la fuerza impulsora central, como el Misisipí en Huckleberry Film. El Sena no tiene suficiente energía de carácter.

En realidad, se caracteriza por su indecisión. Se ve serpentear por todo el mapa. Deslizándose sinuosamente a lo largo del Sena a veinte kilómetros por hora —la gente de las gabarras sólo habla de "nudos" cuando se van acercando al océano—, nos llevó dos horas el viaje de París a las esclusas de Bougival. Por carretera, están a dieciocho kilómetros, y quince minutos, de París. La distancia que, desde el punto al oeste de Dijon, Borgoña, donde nace el Sena, hasta el Havre, donde desemboca en el mar, recorre un cuervo en su vuelo es de unos 400 kilómetros. La que recorre el Sena en su curso vago, es de 800. Dizque el nombre latino del río, "Sequana", derivado de la palabra celta "squan", significaba "tortuga".

Pero precisamente éstas sus características, que le quitan interés físico, son las que han dado al Sena su importancia en la historia de París y de Francia. Es un río domesticado y bien, educadito. Va bajando larga y suavemente hasta el nivel del mar. Y sus meandros tortuosos, que no dificultan su uso para fines comerciales pacíficos, hacen imposible una invasión, porque aminoran la marcha del enemigo y dan a los defensores oportunidad de cortar sus líneas de comunicación con la reta¬guardia. El Rey de Francia, instalado en París, en el centro del laberinto formado por el Sena, pudo detener a los bravos noruegos lo suficiente para obligarlos a fincar en Normandía y aprender francés, cuando resultó imposible llegar a un acuerdo con ellos.

En realidad, las curvas del río han producido, a lo largo de los siglos, otras ventajas para el defensor. La acción del agua en la orilla cóncava de los meandros ha formado en muchos lugares altos despeñaderos, mientras que, en la orilla convexa, los empañes y despojos arrojados por el río han producido un paisaje ligeramente pendiente desde el cual se avizoran anchurosos horizontes. Las alturas constituyen parajes ideales para la defensa, donde pueden construirse fortalezas que dominen el valle fluvial. Ricardo Corazón de León, Duque de Normandía y Rey de Inglaterra, erigió un baluarte así, el Chateau Gaillard, en Les Andelys, a cerca de cien kilómetros de París por tierra, a fines del siglo XII. Con ello, alteró la función tradicional del Sena, utilizándolo para defender a Normandía de París, no para defender a París del mar.

En una palabra, el Sena ha proporcionado a París seguridad por parte del mar y acceso a él, !al mismo tiempo, lo cual ayuda a explicar su carácter de ciudad abierta y su independencia que no necesita de nadie. En todo caso, con sólo salir de París media hora en una gabarra, basta para recordar que es un puerto de mar. Durante millas y millas río abajo, los almacenes y malecones de París Port de Mer están abarrotados de carbón, leña, maquinaria, grava, cemento y vino de África del Norte, todo lo cual llega del mar, aguas arriba del Sena, en pontones y gabarras.

Aunque era agosto, y el tráfico estaba reducido a la cuarta parte de su volumen normal, nos encontramos rodeados de gabarras en cuanto desatracamos. La Esso Port Marly bogaba con bríos, porque acababa de descargar su petróleo, venían hacia nosotros, subiendo a contracorriente, barcazas cargadas, cuya borda sobresalía sólo unas cuantas pulgadas del agua. Con su largo morro lanzado hacia adelante, y sus timoneras erguidas como pequeños abultamientos craneales en popa, semejaban perros que remasen vigorosamente contra la corriente, sacando apenas las narices y los ojos sobre la superficie. En todo nuestro viaje a Ruán, no perdimos de vista a otras embarcaciones. Los ferrocarriles y las carreteras para camiones de carga suplementan lo que llega a París a lo largo del Sena, y se ha construido además después de la guerra, un oleoducto entre la capital y el Havre. Pero el Sena sigue siendo indispensable, y brinda una ruta insustituible por su seguridad y economía, para el desplazamiento de cargueros pesados.

Además, durante el siglo pasado, el canal del Sena entre el Havre y Ruán fue dragado para que los barcos de tonelaje trasatlántico pudieran llegar a Ruán antes de entregar su cargamento a los lanchones. Esto ha aumentado enormemente la utilidad del Sena. Hoy, puede uno subir a una montaña de Caudebec, entre el Havre y Ruán, y divisar sobre un paisaje bucólico un navio soviético procedente del Báltico, cubierto de una costra de sal, bogar a través del ameno valle interior y luego desaparecer entre los álamos que bordean un releje del río. Como observara Napoleón, París, Ruán y el Havre forman una sola ciudad, y el Sena es su calle.

Y, verdaderamente, es una calle con algo más que su función abstracta. En cuanto se ve uno en ella, advierte que tiene sus luces de circulación, sus congestionamientos de vehículos y sus señales de carretera: "Cuidado", "Curva Peligrosa", "Tuerza a la Derecha", "Estacionamiento Permitido". Y es una calle, no un camino. Porque tiene su vida social y una comunidad establecida.

Al penetrar en la circulación del río, el Capitán Hecq empezó a saludar a la gente, como un hombre que sale a dar su acostumbrado paseo matutino. Hacía señas con la mano a los ocupantes de la mitad de las gabarras con quienes nos encontrábamos, según creo, e invariablemente, ellos contestaban a su saludo. Cuando pasábamos junto a alguien a quien el capitán conocía mucho, abría la puerta de la timonera, y su ademán era más animado. Se cambiaban mensajes en lenguaje cifrado, el capitán reía, y había gritos de contestación. En cierto punto, el Capitán Hecq saludó con las manos de manera particularmente efusiva a un hombre y a una mujer que se cruzaron con nosotros en su gabarra río arriba.

—Es mi hija y mi yerno —explicó con una sonrisa.

La vida social del Sena obedece a causas naturales. Es una calle de la que depende la vida de buena parte de Francia, pero la gente que vive y trabaja allí forma una comunidad separada y aparte. El padre y el abuelo del capitán habían trabajado en gabarras, lo mismo que los de Michel Deprick. Guy Cool era biznieto de un inglés que se incorporó con su matrimonio a una familia de pontoneros. Los pequeños se crían en gabarras, y la mayor parte de ellos, cuando no están con sus padres a bordo, asisten a una escuela especial de internos para los hijos de la gente del río y reciben una educación especial que los prepara para la vida en él. Cuando se casan, sus mujeres son también de familias del río. En su conversación, el Capitán Hecq hablaba con su tripulación de "la gente del río" y de "la gente de tierra", como si fuesen dos grupos separados y hasta casi dos nacionalidades distintas.

Nos detuvimos en las esclusas de Bougival hasta que nos llegara el turno para pasar. El Capitán Hecq saltó a tierra y se acercó con pasos ágiles para hablar con el encargado de las compuertas. Un pequeño terrier que viajaba en la gabarra de adelante, sacó el morro por la puerta y ladró imperiosamente. Una mujer de pelo blanco, delgada y sarmentosa, salió, le ató una correa y se lo llevó a tierra. Una joven de la gabarra atracada junto a la nuestra se adelantó y empezó a recoger distintas prendas que habían estado secándose en una cuerda tendida sobre el tanque de petróleo. Observé que todas las mujeres, lo mismo viejas que jóvenes, llevaban faldas. (Durante todo el viaje, los únicos pantalones que vi, los llevaban mujeres que no trabajaban e iban a bordo de un crucero inglés de pasajeros que subía río arriba hacia París). En las ventanas de las gabarras, había tiestos, y las escotillas de los camarotes por debajo de las cubiertas tenían cortinas. En las timoneras, niños bien portados leían sus libros sentados tras sus padres.

Lucrecio habla, al enaltecer la sabiduría del epicúreo que se ha desentendido de las locuras de este mundo, de la "dulce emoción" que se experimenta cuando uno tiende la vista sobre el mar, ve hundirse un barco y tiene conciencia de que no va en él. "No es que produzca gusto y placer ver que otros sufren", dice, "sino que es grato ver de qué males se ha librado uno". En Bougival, entre el olor de petróleo que se cernía en el aire, cruzó por mi mente, un instante, el pensamiento de que la gente del río podía experimentar esta "dulce" emoción cuando miraba a la gente de tierra seca. Parecían haber hallado su manera de razonabilidad y sensatez, no por medio de la filosofía ni del propio examen, sino simplemente por el don de un género de vida corriente.

Cuando traspusimos las esclusas de Bougival, el Capitán Hecq empezó a hablarnos del pousseur. Al principio, a juzgar por su tono, creí que se refería a un extraño animal nuevo, o quizás a un espíritu del río que hubiese llegado de repente para alterar la vida establecida en el Sena. Pero, a medida que seguía hablando, fui cayendo en la cuenta de que se refería a un "empujador", o sea, a un remolcador en marcha atrás.

El pousseur, por lo visto, había sido inventado en Rusia o en los Estados Unidos, o quizás en ambos países a la vez —el capitán no estaba seguro del todo— haría una media docena de años. Ahora estaba empezando a introducirse en el Sena. Porque era extraordinario lo que ahorraba. Un pousseur trabajaba día y noche. La gabarra tenía que atracar por la noche. Cuando terminaba un viaje, necesitaba un descanso de veinticuatro horas, "para calentarse de nuevo", como decía el capitán. En cambio, un pousseur viraba y volvía a su trabajo, sin más.

Los ahorros principales eran en mano de obra. La tripulación de un pousseur constaba de tres equipos de cuatro hombres, cada uno de los cuales descansaba diez días en tierra todos los meses. Los otros dos equipos, que trabajaban por turnos de seis horas, corrían con la marcha del pousseur, el cual hacía algo más que trabajar seguido. Un pousseur que se llevase por delante cuatro y hasta seis chalanas o tanques flotantes, era capaz de mover cargas hasta de 3,500 toneladas. La Esso Port Marly, gabarra tan digna como la que más, no podía pasar de 800.

Las estadísticas eran imponentes. Ya las gabarras tenían contados sus días. En cinco años, no quedaría ni una. La misma Esso Port Marly iba a ser retirada del Sena en otoño, y mandada a Burdeos para prestar servicios en un río de provincias, el Garona. Y el Capitán Hecq, que iba a pasar a los pousseurs, subiría al Rin, donde ya estaba muy en boga su uso, para recibir un curso de dos semanas sobre el uso del radar.

Porque los pousseurs, nos advertía el capitán levantando el dedo índice como un maestro de escuela, funcionan de noche. Y tres hombres que sólo trabajan un día y no transportan más que 800 toneladas...

Aquella historia tenía algo de curioso, y sólo caí en la cuenta de lo que era, cuando el Capitán Hecq volvió a las estadísticas y empezó a repetir los números. Los repetía con fruición. No se quejaba, estaba embelesado. Y Guy y Michel, que habían entrado en la timonera y escuchaban las estadísticas, asentían admirados con gesto de aprobación. La atmósfera de la timonera se electrizó positivamente de reverencia hacia la eficiencia del pousseur.

Yo traté de poner de nuevo los valores en su sitio.
—¿Pero no perderán muchos de ustedes su trabajo? —inquirí.
—Claro que sí —repuso el capitán muy ufano—. Después de todo, tres hombres, transportando 800 toneladas...
—Pero todo eso —le interrumpí, señalando por la ventana a la gabarra que marchaba a nuestro lado, con una mujer y su joven hija haciendo punto en la cubierta de popa—, ¿no desaparecerá?
—Definitivamente —replicó el capitán—. Eso se acabó. No hay sitio para familias en un pousseur.
No pude resistir la tentación de deletrear la palabra, aunque me aturrullé un poco al irse formando las sílabas.
—Pero, ¿sus tradiciones familiares, las diferencias entre la gente del río y la de tierra, todo el antiguo modo de vida de ustedes...?, todo esto desaparecerá, ¿no?
—Naturalmente —dijo el capitán—. Que voulez-vous?

Bogamos en silencio un rato. De cuando en cuando sorprendía la mirada de Guy Cool clavada en mí, como para cerciorarse de que había captado toda la belleza de la historia del Capitán Hecq. Cuando volvía la vista hacia él, hacia una inclinación solemne de cabeza, como el hombre que quiere compartir con su vecino de iglesia la sabiduría del sermón del sacerdote. Michel parecía arrobado por las palabras del capitán, que lo habían transportado muy lejos. Tenía los ojos clavados en alguna perspectiva secreta y agradable que él sólo sabía. El capitán empezó a hablar otra vez.

i—Ésta no es una vida fácil —dijo—. Es una responsabilidad... todo este equipo, todo este petróleo. Lo lleva uno en la cabeza. Tiene uno muchas preocupaciones. Ahora bien, en el pousseur. .. —Sentí que se me doblaba la cabeza entre los hombros, pero el capitán no volvió a endilgarme su liturgia de cifras—. En el pousseur, hay dos capitanes a bordo, uno para cada equipo de cuatro hombres. Es usted capitán seis horas, y luego descansa. No tiene por qué preocuparse de nada. En una gabarra, la cosa es distinta. Atraca por la noche y se tumba a dormir, pero sólo duerme su cuerpo. Dentro de su cerebro, está usted despierto.

Tiene que preocuparse toda la noche por la gabarra. Su inquietud sigue en su cerebro.
Amarramos en un lugar de estacionamiento junto a la orilla, para pasar la noche. Después de oscurecido, el río fue todo para nosotros, menos una vez, cuando unos faros iluminaron el agua y pasó una larga hilera doble de chalanas empujadas. Era un pousseur. Yo me había traído de Rusia dos pequeños tarros de caviar prensado y un poco de vodka. Rogamos al capitán y a su tripulación que aceptasen nuestra invitación. Pero las responsabilidades estaban en sus cabezas, y ni qué hablar de vodka. Compartieron nuestro caviar, y según dijeron, su gusto era interesante. Se retiraron pronto a descansar, y nosotros también. Todo estaba maravillosamente silencioso. Nos quedamos dormidos en nuestro caliente dormitorio, sin una preocupación en nuestro cerebro.
Nos despertamos temprano, cuando todavía no aclaraba el día, y subimos a cubierta. El aire era frío y húmedo, y la tierra, a menos de un metro, parecía pertenecer a otro mundo. Cantó un gallo y, como si hubiese dado la señal, empezó a llover. Acaso fue la lluvia la que me hizo cambiar de humor. Dentro de mí, se revolvían pensamientos indignos y quejumbrosos. "Radar", recordé. "Día y noche, y las noches como los días. Pousseurs. Empujadores. Empujadores y parvenus". Me volví hacia mi mujer y le dije:

—Ochocientas más tres mil quinientas, divididas por cuatro...
Cállate —me recomendó mi esposa con cordura—. No somos más que pasajeros.
Entrada la mañana, nos detuvimos ante las nuevas esclusas brillantes de Notre Dame de la Garenne; el capitán saltó a tierra para saludar al encargado, que era hijo suyo. También salimos nosotros para tomar un poco de café. En el local en que nos sentamos, había todavía colillas en el suelo, y apoyada oblicuamente contra la pared, se veía la máquina de "pinball". Los pontoneros habían estado allí hasta bien entrada la noche.
—Pregunta al capitán —me dijo mi mujer—, si la suya viene alguna vez con él.
Se lo pregunté un poco más tarde. Se quedó mi¬rando a mi esposa antes de contestar.
—Viene conmigo de cuando en cuando —dijo—. Cuando quiere cambiar de escena. Pero prefiere quedarse en Ruán. Tiene mucho que hacer allí. . . su casa, sus amigas.
—¿Y Guy, está casado? —inquirí.
—Sí —contestó el Capitán Hecq—. Su familia está también en Ruán.
—¿Y Michel? —le pregunté.
—Es todavía joven y está soltero. Pero ya fue aprobado en los exámenes para piloto. Durante mis vacaciones, fue el capitán de esta gabarra. Ese joven hace progresos.
Michel subió por la escalerilla desde su camarote de proa. Avanzamos por el estrecho corredor lateral del tanque para reunimos con él.
—¿Va usted a pasar a los pousseur? —le pregunté.
—No —me contestó—. Dejo el río.
—Pero, si es usted ya piloto —dije—. ¿Es tan mala la vida aquí?
Michel se encogió de hombros.
—No, no se pasa mal —repuso—. Pero es una vida solitaria, y demasiado apartada. Y no es bueno que los niños estén tan separados de los demás.
—Pero usted es soltero, ¿no? —inquirí, desorientado.
—¡Por el momento! —replicó, un poco molesto—. Y a las mujeres no les gustan las gabarras, ni que los hombres estén fuera. —Se detuvo y sonrió a mi esposa—. No, no está del todo bien. Si se casa uno con una mujer del río, no le gustan las barcas. Pero, cuando se casa uno con una mujer de tierra, muchas veces le gusta la vida del río.
—Pues entonces, cásese con una mujer de tierra —insinuó mi esposa.
Volvió a sonreír y repuso:
—La cosa no es tan fácil, cuando se vive a bordo de una gabarra.
—¿Qué va a hacer usted? —le pregunté yo.
—Me propongo dedicarme a hombre rana. Ya tengo un empleo.
A últimas horas de la tarde, el río se hizo más ancho. Entrábamos en el puerto de Ruán. Había delante de nosotros grandes barcos fondeados, y la catedral se levantaba detrás de ellos. Después de pasar a lo largo de algunos malecones en que había montañas de papel para periódicos, el Capitán Hecq hizo sonar cuatro veces secamente el pito de la gabarra. En la orilla, a la derecha de nosotros, se abrió la puerta de una casa situada unos cuantos metros tierra adentro, y salieron corriendo hacia el río y manoteando animadamente, tres niños y una joven con un pequeño en los. brazos. Guy Cool respondió a su saludo desde cubierta. Luego entró sonriendo en la timonera.
—Es su familia —explicó el capitán.
—¿Qué edad tienen sus niños? —pregunté a Guy.
—Uno, dos, tres y cuatro —me respondió.
;—Trabaja para el General de Gaulle —dijo el Capitán Hecq.
Bogamos otro cuarto de milla y el capitán volvió a tocar el pito, esta vez dando una señal complicada.
—Mi casa está ahí, sobre la montaña —explicó—. He encargado que preparen trucha para cenar. Nos llevaron al malecón del centro de la ciudad, directamente detrás de la terminal de los autobuses. Nos despedimos y saltamos a tierra. Cuando llegamos al boulevar que corre a lo largo del río, nos volvimos y los saludamos con la mano. Ellos nos contestaron de la misma manera. Cuando cruzamos la calle, después de abrirnos camino, ya la Esso Port Marly había virado en redondo y se dirigía río abajo a su atracadero.
El primer taxi que quisimos parar no se detuvo. El chofer iba demasiado rápido para vernos. Tuvimos que esperar a otro; al tercer intento, logramos agarrar uno. Subimos por la ladera a la estación del ferrocarril, y apenas logramos coger por los pelos el tren de vuelta a París.

La Familia en su Medio Social.

La Familia en su Medio Social.

La familia es una institución fundamental de nuestra sociedad, según todos. Está considerada como la unidad principal en que se forma la personalidad de cada individuo, y probablemente sea la institución más querida —o, por lo menos, más encomiada— de nuestra civilización. Y, sin embargo, por extraño que parezca, no hay, en la doctrina social del siglo XX, una gran obra clásica dedicada a la familia, que pueda compararse con el estudio que hace Max Weber de la burocracia, o Gunnar Myrdal de las relaciones raciales norteamericanas. Ha sido estudiada detenidamente y con el mayor detallé. Se reconoce que está pasando por transformaciones inmensas. Pero no hay una calibración general de su condición, de sus puntos débiles y fuertes, ni de sus perspectivas.
Yo no puedo presumir de tener un conocimiento especial sobre la familia, y lo que me propongo exponer es, sin lugar a dudas, mucho menos que una teoría de la familia. Lo que me interesa, es tratar de dos asuntos relacionados con ella. Primero, ¿cuáles son los cambios fundamentales de nuestras instituciones y actitudes, que han afectado a la familia y producido el estado de cosas en que hoy se encuentra? Segundo, ¿cuál es el valor de la familia es decir, la idea que debemos tener cuando decimos que hay que defenderla y fortalecerla, y cuando nos proponemos hacerlo así?

Permítaseme formular primero la tesis que quiero demostrar y explotar. Hela aquí: La familia de la sociedad occidental fue en un tiempo el organismo principal para desempeñar lo que hoy llamamos funciones de bien público; ahora, es el destinatario principal de estas funciones. Se ha convertido de doctor en paciente. ¿Qué supone este cambio? ¿A qué se debe? ¿Qué actitudes e ideas sociales nuevas se necesitan para enfocar eficazmente este problema?

Las respuestas a estas preguntas, las da el conjunto de cambios básicos y radicales que se han producido en la sociedad occidental durante los tres o cuatro últimos siglos. Los principales de ellos son: el paso de una economía agrícola de subsistencia a una economía comercial; la industrialización; el éxodo constante de la población rural a las ciudades; la "norteamericanización" de la cultura, como la llamaré; la aparición de ideas liberales respecto a la relación debida del individuo con los grupos sociales en que ha nacido o a que se incorpora; y por fin, la democratización del que fuera antaño ideal aristocrático del amor romántico. Echemos una ojeada a cada uno de estos factores para ver el problema de la familia en su medio social.

La transición de una economía agrícola de subsistencia a una economía comercial, es el paso primero de la tendencia secular principal que ha marcado el desarrollo de la familia moderna. Esa tendencia consiste en la expulsión constante de la familia, del campo de la economía, y hasta de la sociedad en cierto sentido. En las sociedades agrícolas tradicionales, la familia es una unidad económica, el principal instrumento social de la producción. Los hijos, sobre todo los varones, son económicamente beneficiosos, no constituyen una carga. Y las familias grandes y numerosas, que tienen abuelos, tíos, tías, primos y parientes políticos, además de hijos, constituyen formas de seguridad social, proporcionan protección básica contra las calamidades de la enfermedad, de la vejez y de la mala suerte. Por eso, la experiencia del individuo dentro de su familia, es al mismo tiempo su experiencia principal de la sociedad en general. Al darle su apellido, la familia le confiere también su lugar en la sociedad, casi siempre para toda la vida. Como miembro de una familia es como el individuo no sólo aprende funciones sociales, sino que las adquiere. Y, dentro de su familia, es donde desarrolla el trabajo del mundo.

La comercialización de la economía, por el contrario, reúne a los desconocidos. Comienza por separar el hogar de la economía, y hasta por dar al hogar su cometido moderno de refugio de los problemas prácticos, más bien que de instrumento para resolverlos. La comercialización, además, produce medios generales de cambio como el dinero, instrumentos impersonales del orden social como la policía y los funcionarios oficiales, reglas y ordenanzas uniformes y explícitas, como planes de entrega, tarifas por piezas producidas y sistemas para contabilizar los costos. Acaso no destruyan del todo estos elementos, los poderes tradicionales de los ancianos del clan, ni el hábito tradicional de tratar a los parientes de manera distinta que a los extraños. Pero limitan esos poderes y hábitos, sometiéndolos a la presión de justificarse a sí mismos. La familia tradicional se conserva unida merced a un sistema de autoridad, que se basa principalmente en la categoría "natural" —o sea, culturalmente heredada— del mayor o del padre. La comercialización de una sociedad empieza a introducir la idea de que la categoría y la autoridad se adquieren por los propios méritos, más que por una simple adjudicación. La nociones tradicionales de autoridad a base de la familia pierden su valor monopolizador. Está afectada la autoridad interna dentro de la familia.

La industrialización de la sociedad contribuyó inmensamente a acelerar este proceso. Un estudioso de la industrialización en la China moderna ha observado: "La industria moderna y la familia 'tradicional' se destruyen mutuamente".

La industrialización alejó más todavía el trabajo del hogar. Igualmente, sacó a las mujeres y a los hijos de la casa doméstica y alteró la posición del varón como director principal de la vida económica y educativa familiar. Además, la industrialización tiende a cambiar el carácter tradicional de artículo necesario, que tenía antes la familia numerosa, en un motivo de irritación. Considerada desde el ángulo de la industrialización, la gran familia tradicional dificulta más la movilidad social. Aumenta el número de dependientes familiares por los que tiene que velar el individuo. Limita sus asociaciones y circunscribe las actividades en que debe tomar parte si desea mejorar su condición. Y hay otro factor, que no es el de menos importancia: la gran familia tradicional sostiene que los viejos tienen un puesto que desempeñar en la familia; el industrialismo, por el contrario, tiene a lo viejo como anticuado.

Además, la industrialización es, en parte, invento de las técnicas para inventar, y quizás su consecuencia más importante sea el tiempo uniformemente acelerado de cambio social que produce. Crea un mundo en que las generaciones se sienten más separadas y más distantes entre sí, originando dudas razonables, tanto en los padres como en los hijos sobre la utilidad, de las lecciones que los viejos pueden dar a los jóvenes para abrirse camino en el mundo. Todavía hace cien años, la abuela que sabía cuál era su lugar, era una matriarca. Hoy, si tiene suerte y se anda con cuidado, apenas se conquistará la categoría de amiga. Indudablemente, siempre ha habido conflictos entre hijos y padres, pero la industrialización hace de este estado de cosas un rasgo estructural de la historia humana, para bien o para mal.

Pero esto no es todo. La industrialización va vinculada a la urbanización, la cual vigoriza la tendencia a la capitidisminución de la familia y a relajar sus ligaduras. El espacio vital de las ciudades está superpoblado y es caro, sobre todo para las familias que padecen las molestias mayores de la transición. Sencillamente, la gran familia que comprende a más de dos generaciones, no cabe eji los apartamentos urbanos; o, si se la hace caber, las consecuencias son enormemente desagradables y pueden constituir una fuente de nuevas y constantes fricciones. Además, los que habitan en las ciudades tienen movilidad física y sicológica. Van a sus lugares de trabajo, y sus mentes se mueven en órbitas mayores. Son más débiles, en consecuencia, sus ataduras a una determinada vecindad o a la propia familia. Las urbes son ciudades que tienen poblaciones flotantes; y constituyen además escenarios de dramas repetidos: conflictos entre la primera y segunda generación de los recién llegados, porque la segunda ha rechazado las tradiciones antiguas y se siente tentada, 'asustada, rencorosa o avara, cuando observa la vida que hay más allá del ghetto.

Pero el comercio, la técnica y la industria no son los únicos factores de la movilidad social y de la personalidad móvil. La movilidad social y de la personalidad móvil. La movilidad social, o sea, la capacidad para subir y bajar en la escala social, está enormemente acelerada por el industrialismo. Pero hay algo más, algo que no es material, que también ha alterado las perspectivas y expectaciones o aspiraciones de los hombres, sobre todo en los Estados Unidos. Una de las funciones clásicas de la familia tradicional es, sencillamente dar al individuo un apellido, y con él, una categoría que lo identifica para toda la vida. Pero se ha repetido en la novela moderna, desde los tiempos de Cervantes, la historia del hombre que se da a sí mismo un nombre, que aspira a una posición a la que no tiene derecho heredado. La perspectiva familiar, la que pone a cada individuo en su debido lugar, mirando a sus orígenes, está en conflicto con la perspectiva industrial y democrática, que considera como algo que hay que ganarse y adquirir, la propia categoría. Y, en los Estados Unidos, esta actitud ha avanzado más que en ningún otro país.

Por ejemplo, el ascenso de los hijos de los trabajadores manuales norteamericanos a empleos burocráticos, es decir, su movilidad social estricta y concreta no es mucho más elevada que la de otras naciones altamente industrializadas.

Pero, en los Estados Unidos, la movilidad social es algo esperado y percibido; los norteamericanos creen que se desarrolla dicho proceso y creen en él. Es decir, creen que la movilidad social, el movimiento arriba y abajo de la escala social según la capacidad de los hombres libres, es el mecanismo principal de la realización de la justicia social. No han solido encontrarse, como fenómeno normal, con la realización de la justicia social por medio de la lucha entre las clases sociales integradas por individuos confinados a una posición, ni lo han considerado jamás práctico y conveniente. Es parte de un estilo norteamericano característico y persistente, que puede descubrirse casi en los orígenes de nuestra historia, sin que se haya alterado grandemente pese a cuantas vicisitudes ha experimentado la estructura de nuestra sociedad.

Llámenlo, si quieren, norteamericanización de la cultura, ácido que ha corroído las relaciones sociales tradicionales desde que este país se colonizó y emergió la República de los Estados Unidos. Acaso más que ninguna otra cosa, sea lo que representó Norteamérica a la imaginación de millones de hombres inquietos del siglo XIX. "El joven norteamericano", decía Max Weber, "no respeta a nadie ni a nada, ni a la tradición ni a los cargos públicos, mientras jto sean logros personales de cada individuo. A esto es a lo que el norteamericano llama 'democracia' ".

Y el Baedeker advertía prudentemente al viajero europeo que llegaba a este país a principios de siglo, que "debía acostumbrarse desde el principio a la falta de deferencia y servilismo por parte de aquéllos a quienes considera sus inferiores sociales".

Los efectos de esta actitud en las pautas tradicionales de la autoridad dentro de la familia se observaron mucho antes de que saliese a escena John Dewey, ni de que la versión popular de las doctrinas de un médico vienes convirtiesen el "pedir permiso" en el módulo de una nueva forma de tiranía en el hogar. "La teoría de la igualdad de los hombres se impone absolutamente en la escuela de párvulos", advirtió en 1898, un visitante inglés de los Estados Unidos.

Y Arthur Calhoun ha tomado nota documental de los cambios que se introdujeron en la familia norteamericana mucho antes de la Guerra Civil.

La norteamericanización de la cultura significaba una alteración de las actitudes normales dentro de la familia: representaba la transición de la familia orientada hacia el pasado a su orientación hacia el futuro, de una familia orientada hacia los padres a otra orientada hacia los hijos, y alguien cree que orientada infantilmente, por cierto.

En las sociedades antiguas, el hombre se sentía orgulloso de su hijo cuando podía echarse las cuentas de que iba a compartir algunas de sus responsabilidades de adulto, algo del peso de la familia, de su trabajo. 

En las sociedades modernas, y sobre todo en la moderna sociedad norteamericana, los padres aspiran a que sus hijos eleven a la familia, la renueven y la hagan como nunca fuera. Y esta orientación va cundiendo rápidamente en otras sociedades de hoy, digámoslo de paso. La "revolución de aspiraciones mayores", de que tanto se habla, es en primer lugar algo que se exige a innumerables hombres y mujeres, en el sentido de que sus hijos tengan oportunidades para una educación que ellos no tuvieron. Significa una revolución en lo que desean para sus hijos, en la forma en que ven sus relaciones con ellos y sus perspectivas justas para el porvenir, revolución, en una palabra, en su manera de pensar sobre la naturaleza y la función de la familia misma.

En estrecha relación con esta norteamericanización de la cultura, está la influencia de la revolución liberal de las ideas, que comenzó en el siglo XVII, se expresó intelectualmente del todo en el XVIII, y cambió el mapa social de Europa y América en el XIX. En su aspecto moral, esta revolución era portadora de una idea sencilla: la de que toda autoridad ejercida por los seres humanos sobre los demás es siempre de carácter provisional únicamente, falible, limitada, susceptible de volverse al revés cuando no sirve a las funciones para las cuales existe. Fue, y es, una idea radical, que ha sido columbrada y expuesta ya antes, pero que nunca fuera adoptada como guía para la organización de las grandes sociedades y el regimiento de los hombres en todas las clases. Y, en sus aspectos sociales, esta idea liberal representó un profundo cambio en la relación del individuo con los grupos a que pertenece.

Quería decir que la relación ideal normalmente se imaginaba revocable y alterable, pudiéndola elegir y seguir eligiéndola por sí mismo el individuo. Ejemplos de esto, es la eliminación de los vínculos feudales fijos, la protección de la libertad de asociación y del derecho a trasladarse de residencia, la  suavización de las leyes del divorcio, el ataque a las prácticas restrictivas de la herencia, y la protección de los derechos de la infancia. La revolución liberal no pudo hacer de la familia una asociación totalmente voluntaria. Nadie puede escoger a sus padres, hermanas, primos y tías, por mucho que trate la ley de aumentar la libertad de elección del ciudadano. Pero la revolución liberal hizo muchos progresos en cuanto a cambiar a la familia, procurando que no fuese una agrupación totalmente hereditaria, sin que tuviese muchos más elementos de asociación voluntaria. Fortaleció, y fue fortalecida por los cambios materiales que transformaban también a la familia, convirtiéndola de la categoría de un instrumento importante para la protección de los individuos y la adjudicación de clase social y función social, en uno más de los muchos instrumentos que hoy hay para ello.

Y a esto, se añadió un cambio de las actitudes morales. El "amor" es peligroso de definir, y como recordarán los que estudiaron a Platón, los filósofos han hecho cosas notables con él y por él. Pero nosotros pudiéramos definirlo, a nuestros efectos prosaicos, como una atracción intensa entre dos personas (preferentemente de carácter erótico), que los impulsa durante un periodo de duración imprecisa, a organizar su vida y sus emociones en torno a ella. Algunos -teorizantes sociales modernos, pronunciándose tercamente contra la idea de que todo se aprende en el seno de la "cultura" y de que los hombres y las' mujeres no tienen ideas propias en cuanto se refiere a sus instintos, han llegado a sostener que este sentimiento incómodo produce turbulencias en casi todas las sociedades y brota en todas. Y quizás sea verdad: yo, por lo menos, no quiero oponerme a esta elucubración lamentable, aunque un tanto alentadora. No obstante, todavía no ha habido estudioso de las sociedades humanas que haya negado que los hombres de la civilización occidental hemos desarrollado un culto especial en torno a la idea del amor, y que este culto —el culto del amor romántico— es uno de los puntos en que el instinto se ha combinado con la imaginación para crea problemas a los padres, a los curas, a los banqueros, a los socialistas y a quien quiera que observe los asuntos humanos con un criterio sensible y natural.

Para resumir: el culto al amor romántico sostiene que no hay nada más importante que el amor, que lo justifica todo. Es la versión secularizada y materializada de la actitud religiosa del Dante hacia Beatriz, a la que transfiguró hasta convertirla en un ente sobrenatural, en una guía que dirigió sus pasos a través del Paraíso, Ésta es una grave responsabilidad para que ningún ser humano se la cargue a otro, y, en las etapas primeras del amor romántico, fue de hecho una relación que se mantenía, separando a los amantes, o sea, era más cuestión mental que material. Lo que hoy conocemos por amor romántico empezó por amor cortesano de un caballero solterón por una dama aristócrata casada. En cambio, era en la segunda etapa de su carrera histórica, un amor adúltero, basado en la idea de que amor y matrimonio, en contra del criterio contemporáneo, van tan juntos como un caballo desbocado y un carruaje.

Como se imaginará, esto era demasiado para el alma burguesa. Cuando las clases medias se impusieron en el mundo, se apoderaron del amor romántico y lo domesticaron. Se concibió como una emoción sentida propiamente por dos personas nada más sin compromiso, y como el prólogo debido del matrimonio. En suma, el amor romántico, que comenzara como un devaneo aristocrático que. preparaba las cosas para el matrimonio, ha terminado en un asunto plebeyo, que, en teoría, es el único motivo y fundamento para el matrimonio. El culto al amor romántico remata y santifica la gran transformación operada en el significado del matrimonio en la sociedad occidental. Ha dejado de ser una alianza práctica y útil de dos familias, para convertirse en una unión entre dos individuos, respecto a la cual, por lo menos así nos lo indica un gran ideal ético de nuestra cultura, resulta un tanto descarado e indebido hacer preguntas relativas a la práctica y al uso.

Así pues, éstos son algunos de los fenómenos a largo plazo que han venido alterando el alcance y función de la familia en nuestra civilización. Y, durante la última generación, ha habido otros cuantos cambios que han complicado más el problema todavía. La servidumbre doméstica ha desaparecido de casi todos los hogares de la clase media. Son muchas más las mujeres que trabajan. El acortamiento de la edad del retiro y el desplazamiento tecnológico de los trabajadores de cierta edad, ha minado más aún la autoridad que antaño gozaron en el seno de la familia los ancianos de la tribu.

Las guerras han contribuido a la movilidad social, a los matrimonios rápidos, a las separaciones largas, a un ambiente general de inseguridad e inquietud. Los grandes medios de información han penetrado en el hogar, alterando el carácter del tiempo que pasan juntas las familias. Y, a consecuencia de las leyes laborales que limitan la entrada de los jóvenes en el mercado de trabajo, y de las innovaciones técnicas, que cada día exigen periodos más y más largos de preparación, el episodio de la vida que llamamos juventud —el intervalo entre la madurez biológica y la categoría reconocida como adulto independiente —se ha ampliado mucho, tanto que ya no pueden ignorarse problemas a los que antes podíamos dar el carpetazo, problemas'que afectan a nuestras creencias morales más veneradas. Son más los que se casan jóvenes, adoptando un punto de vista más francamente experimental sobre el matrimonio. Los que no están en condiciones de seguir las reglas sociales, o toman demasiado en serio el matrimonio para casarse a la ligera, se las arreglan de otras maneras, y la mayor parte hacemos la vista gorda, salvo en explosiones esporádicas que se nos escapan en las juntas dedicadas a los problemas de la juventud.

Pero es posible que el ataque principal a nuestra paz de espíritu provenga del simple hecho de que el ideal dominante de la familia —el de la clase media, de una familia segura con un matrimonio sólido de los padres y dos o tres hijos, residentes en una ciudad en forma más o menos permanente— está más notoriamente apartado de los hechos que nunca, aunque nos aferremos a él. Pero, no sólo nos desconcierta en cuanto a los hechos, sino que nos impone un patrón único, muchas veces sin realismo y confuso, sobre la gran variedad de condiciones y relaciones que caracterizan a las familias de hoy. Por una parte, carecemos de teorías intelectuales propias sobre la familia; por otra, estamos atrapados por estereotipos en masa. Hablamos de "la familia" como si supiésemos qué quería decir eso, y como si no hubiese más que un tipo o clase de ella.

De hecho, la palabra "familia" se refiere a una gran multiplicidad de fenómenos distintos. Existe la familia numerosa tradicional, y la pequeña nuclear. Existe la familia nuclear, en que los cónyuges están divorciados; la familiar en que están oficialmente separados; la familia en que no están ni separados ni juntos, sino sólo de cuando en cuando; la familia en que uno de los cónyuges murió; la familia adoptada; la familia en que los hijos no han conocido a su padre; la familia en que, a consecuencia de los divorcios y nuevos casorios, hay dos padres o dos madres. Y, dentro de todas estas variedades distintas —y conste que hay más todavía— se acusan diferencias de origen étnico y clase social que afectan a las funciones de padres e hijos y al tono y contenido de la vida familiar. En realidad, uno de los mayores problemas que afectan al bienestar futuro de lo que llamamos "la familia", es la persistencia de la idea de que sólo hay un modelo bueno de familia, y de que todos los esfuerzos encaminados a mejorar su condición deben guiarse por la noción única de la verdadera familia.

En fin, las pruebas y tribulaciones de las familias modernas se deben, en gran parte, a que los arreglos sociales modernos, por una parte, han despojado a la familia de muchas de sus funciones y pautas tradicionales de autoridad, y a que, además, las actitudes morales modernas han aumentado considerablemente las demandas emocionales que hacemos a la familia. Esta situación plantea una cuestión fundamental. ¿Cuál es el valor de la familia? ¿Estamos tratando simplemente de conservar las viejas supersticiones, al intentar salvar las instituciones familiares? Vale la pena formular esta pregunta radicalmente escéptica. Quizás nos ayude a expresarnos con mayor claridad respecto a las razones de los programas que queramos organizar para robustecer la familia.

Estimo que la mayor parte de las contestaciones que se dan a ésta pregunta están desenfocadas. Es cierto que las familias hacen cosas muy importantes. Proporcionan ayuda emocional a sus miembros, oportunidad para su satisfacción, sexual, ambiente para el alumbramiento, crianza y educación de los hijos; con toda probabilidad, constituyen el organismo más importante de nuestra sociedad para la forja de la personalidad y el control social de la conducta individual, sobre todo entre los jóvenes. Pero las familias no son las únicas que desarrollan estas funciones, y muchas no lo hacen o lo hacen deficientemente. Si prescindimos de toda actitud religiosa y moral arraigada respecto a la familia, ¿estamos seguros de que no habría otro tipo de institución que pudiera hacerlo mejor?

Al plantear esta cuestión, creo que estamos poniendo sobre ej tapete el elemento fundamental del concepto de "familia". La idea sencilla del parentesco. Las familias son grupos de gente unida por vínculos de sangre. La misma existencia de la institución de la adopción, que se parece al parentesco, subraya este punto. Lo que hace positivamente la familia, es dar al individuo un apellido, un vínculo claro e imborrable con las generaciones pasadas y futuras, un local único en la sociedad. La familia del hombre es como el color de sus ojos, o, si ustedes lo prefieren, como el estigma facial. Podrá gustarle o asquearle, podrá explotarlo, o desfigurarlo, o extirparlo por algún procedimiento quirúrgico, pero será uno de los hechos caprichosos de su vida. Tiene que vivir con él o adoptar medidas positivas y dolorosas para desentenderse de él. La familia, la parentela, respalda y apoya a algunos; para otros, es una molestia y hasta un desastre. Pero, cualesquiera que sean sus efectos sobre el individuo, no constituye una relación que pueda adoptarse o rechazarse sin más. El hombre puede abandonar su empleo, allá él; puede hacer amistades y disolverlas, lo cual también es de su incumbencia. Pero, aunque puede abandonar a su familia, o dejar a sus padres o a sus hijos, eso no es de su incumbencia. En la familia, encuentra un tipo de relación con los demás, que no puede alterarse tan fácilmente como otras relaciones; un conjunto de compromisos que no son provisionales, sino categóricos. El grupo de los parientes proporciona al individuo otras personas que forman parte suya, o de las que él es parte, quiéralo o no.

En una palabra, la familia introduce en nuestra sociedad cada día más racionalizada, un elemento de contingencia e individualidad insoslayable. Cada vez es mayor el número de arreglos sociales que confieren a distintos individuos tareas sociales de carácter general. Nuestro valor institucional se mide precisamente en función de servicios concretamente determinados. Los puestos que ocupamos, o los empleos que desempeñamos dependen de nuestros talentos y servicios específicos, reales o supuestos. Los grupos a que pertenecemos deben contribuir a nuestro beneficio, y nosotros al suyo. En cambio, la familia envuelve al individuo en una red de relaciones que no son sólo cuestiones de quid pro quo. ni responden a un plan de ingeniero o a un sencillo concepto de eficiencia. No es posible expresar lo que esto significa para el sentimiento que de sí mismo tiene el individuo y para su perspectiva en el mundo; pero podemos estar seguros de que alguna de nuestras ideas morales más fundamentales y algunos de nuestros hábitos más arraigados de sentimientos cambiarían si creásemos instituciones que desarrollasen las demás funciones de la familia, pero eliminando la idea del parentesco.

Tocqueville hablaba de la tremenda soledad del individualismo y de la democracia, que vuelve a arrojar al individuo "para siempre contra sí mismo, a solas, y amenaza con confmarlo finalmente del todo dentro de la soledad de su propio corazón". La familia es la que nos protege a la mayor parte de nosotros contra esta soledad y nos encauza e impulsa por la corriente de las penas y alegrías de nuestro mundo. Mientras exista la familia para el niño o para el adulto, el mundo no estará totalmente burocratizado, ni será impersonal del todo, sino que tendrá un poquito de individual y personal. La justicia en las relaciones entre parientes no es la misma, como observó Aristóteles, que la que existe entre ciudadanos nada más. Desde los tiempos de Descartes, los filósofos se han empeñado en construir sistemas morales de novo, como quien arbitra teoremas geométricos a base de postulados universales y abstractos. Quizás fracasaron fatalmente estos esfuerzos, porque existe la familia. Mientras haya hombres, no podrán crearse obligaciones en virtud de un acto libre de su mente o de su voluntad. No tienen que decidir si se "comprometen" o "entregan". Nacen en medio de un conjunto de obligaciones prima facie, y de afectos o desafectos específicos y concretos. Comienzan su vida moral in medias res.

Acaso todo esto se caiga por su propio peso, pero ayuda a explicar —y creo que la justifica— una idea que ha estado presente en el desarrollo de los programas contemporáneos de bien público, a saber, que, de ser posible, las familias deberían estar unidas, y que debería ayudarse a los niños dentro de su seno. 

Porque la noción de familia, de parentesco, es una de las ideas raíces que sustentan muchísimas de nuestras ideas morales. Lo cual nos lleva de nuevo a los cambios radicales de las instituciones de Occidente, que nos han producido inquietudes y desasosiegos sobre el porvenir de la familia.

La historia puede constituir la fuga de un problema, si se insiste demasiado en ella, más bien que una preparación para resolverlo. No me he referido a las grandes tendencias históricas que han influido en el carácter y posición de la familia moderna norteamericana, para unir mi voz a las otras muchas que proclaman que nuestra civilización se ha equivocado sencillamente de camino, y que los problemas a que hacen frente las familias contemporáneas sólo pueden resolverse modificando las direcciones principales del cambio que han caracterizado el desarrollo de la sociedad contemporánea. Estos puntos de vista son análogos a las protestas de que el aumento de los accidentes graves de circulación se debe al invento del automóvil. Confunden el campo en que surge un problema con su causa, y no lo resuelven, sino que se les escapa bajo un torrente de palabras huecas e indignas.

Los cambios a largo plazo de la organización social que han alterado la naturaleza y función de la familia no son susceptibles de marcha atrás. Y más todavía: si pudiese dárseles marcha atrás, pocos seríamos los que quisiésemos hacerlo. Son cambios que, valorados en sus efectos netos, han aumentado considerablemente la libertad de elección de los individuos, y deparado el clima para una nueva experiencia humana, más variada, más profunda, más intensa. En suma, son cambios que normalmente aplaudimos y a los que estamos moralmente obligados. La cuestión es, si podemos hallar la manera de que sean compatibles con nuestras ideas e instituciones de parentesco.

Opino que, indudablemente, este proceso de adaptación apenas ha empezado. Las actitudes sociales aún dominantes entre nosotros respecto a la familia son en su mayor parte anacronismos. Se dice, para poner unos cuantos ejemplos nota¬bles, que el problema del cuidado de los ancianos es privativo de cada familia; lo mismo que los hijos ilegítimos; que la delincuencia se debe únicamente a que los padres no ejercen la debida autoridad en el hogar; que la falta de confianza en sí misma, del respeto que se merece la maternidad y todos los demás valores antiguos —y conste que algunos son buenos a pesar de su antigüedad— obedece a qué hemos perdido extrañamente la fe y estamos enseñando a nuestros hijos cosas equivocadas. Estos argumentos dan por supuesto que los padres no se desconciertan tanto como los hijos por los cambios; que si al padre nunca le van bien las cosas o la madre está enferma, siempre hay un tío o una tía que les eche una mano; que la autoridad puede ejercerse en el hogar sin atender a presiones de fuera; que la confianza en sí mismo puede enseñarse cuando no hay oportunidades de ejercitarla. En una palabra, suponen cómoda y falsamente que todavía vivimos en una sociedad estática de pequeñas comunidades y de grandes familias autosuficientes.

Indudablemente, las debilidades individuales, la ignorancia, la impulsividad y la indisciplina, contribuyen a determinar dónde se producirá el mayor estrago. Pero los problemas de las familias modernas son de índole institucional. Surgen porque han perdido su fuerza los imperativos antiguos que mantenían unidas a las familias, y no se han arbitrado todavía nuevos organismos y normas para llenar su hueco. La conservación y fortalecimiento de la familia exige algo más que la atención de los individuos a sus problemas hogareños. Requiere vigorizar sus capacidades para hacerlo, y esfuerzos sociales organizados para crear un clima compatible con la existencia de familias estables. Es un momento el actual, en que parece que la solución va a consistir en el informe de un comité o en la palabra mágica "investigación". A riesgo de precipitarme, sin los servicios de un comité y sin investigación prolongada, me atrevo a indicar que ya son bien conocidos algunos de los factores principales de los problemas familiares. Entre ellos están, lo deficiente de las escuelas; el hacinamiento en la vivienda; la mala salud física y mental; ia pobreza; las presiones; las humillaciones y hostilidades constantes en que viven las minorías étnicas y raciales; la influencia de una cultura que valora en mucho la técnica, y en poco las ideas y los fines; y no podemos omitir las paradojas, sin resolver, de una perspectiva moral que al mismo tiempo, relaciona, el sexo con el pecado, utiliza el sexo para vender sus productos, y enseña a su juventud a considerar la atracción fuerte por una persona del sexo opuesto como algo casi sobrenatural, que todo lo puede y lo excusa todo. Algo tiene que ceder, y lo que cede en la mayor parte de los casos, es la fe del individuo en que se le han enseñado normas reguladoras de su vida. No espero que los trabajadores o estadistas sociales sean capaces de producir un mundo, en que todos los maridos sean enérgicos y flexibles al mismo tiempo, todas las esposas abnegadas, pero libres e iguales, todos los padres cariñosos pero no excesivamente protectores, todos los hijos felices, pero sin desarrollar criterios propios. Aunque los trabajadores y estadistas sociales tuviesen mucho más poder —y mucha más sabiduría— de la que tienen, no podrían crear un mundo así. Está bien reconocer que, cuando volvemos los ojos a la familia, los volvemos al área más íntima y preciosa de la experiencia humana ordinaria, y por tanto, a la más peligrosa. Y los peligros aumentan, porque nuestra sociedad concede tanto valor al libre albedrío individual, y en consecuencia, carga un peso tan grande sobre los poderes individuales de razón y de la autodisciplina. Pero, con todas sus intrínsecas dificultades, el problema de formar y sostener familias estables y vigorosas se complica inmensamente al no reconocer que el medio social de las familias modernas es distinto del de las tradicionales, y que se necesitan esfuerzos sociales deliberados y organizados para proporcionar nuevos apoyos a la familia.

También debe reconocerse que estos esfuerzos no son únicamente intentos de mantener a flote una antigua institución contra las olas que se abaten sobre ella. Hay esfuerzos por lograr algo singular y nuevo. Porque los cambios que han hecho de la familia una institución más precaria nos han dado también un nuevo ideal enormemente sublime de la misma. En su forma perfeccionada, es una relación libre entre un hombre y una mujer que viven juntos y comparten sus actividades y empresas por el gusto que experimentan el uno en el otro y por su consagración común al bien. Aristóteles habló de una forma ideal de la amistad, y la consideró como la recompensa principal de la vida buena, que sólo iba en zaga a la práctica de la filosofía misma. El ideal moderno de la familia es la aproximación mejor que tenemos a este concepto antiguo. Indudablemente, un ideal así sólo rara vez puede lograrse, pero su dignidad sigue siendo la misma. Sólo conservar vivo ese ideal va a requerir un esfuerzo inmenso en dinero, trabajo e ilusiones perdidas.