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sábado, 25 de junio de 2011

Personalidad, los determinantes constitucionales y la dialéctica

CAPÍTULO II
LOS DETERMINANTES CONSTITUCIONALES Y LA DIALÉCTICA
"NATURA" - "NURTURA"

I. Nadie niega que el desarrollo individual sea,, en parte, función de elementos constitucionales dados. El único problema consiste en averiguar cuál es su influencia, hasta qué punto determinan la historia individual y, en consecuencia, cuál es en la conducta la proporción entre lo dado, por una parte, y las estructuras adquiridas en contacto con el medio, por la otra. Es la aporía clásica de las relaciones nature-nurture de la terminología anglosajona; de lo innato y lo adquirido o de la herencia y el medio, de nuestra terminología. Los términos "natura" y ''nurtura" tienen la ventaja de ser muy generales; en particular, presenta el primero la conveniencia de no limitar arbitrariamente el contenido de lo dado, y el segundo, de connotar, a la Vez, el ambiente y sus resultados. ,

La psicología experimental ha intentado resolver el problema planteado de este modo por medio de observaciones científicas. Se impone un análisis crítico de sus resultados. Ésti mostrará cuan aleatoria resulta la pretensión de esclarecer, por la experimentación y la estadística, una relación que toma en el marco de la historia individual la forma de una incesante dialéctica.

El equívoco comienza en cuanto se intenta determinar el contenido del concepto empírico anglosajón de "natura", que corresponde a lo que hemos denominado 'elementos constitucionales dados'. ¿Significa únicamente las estructuras psicofisiológicas heredadas? Sin embargo, aquello que al nacer está 'dado' rebasa ya los límites de la herencia genética. ¿Significa entonces identificar los elementos constitucionales con las estructuras innatas? En estas condiciones se desdeñan los proceses de maduración. Evidentemente, el equivoco está vinculado con la interacción funcional "natura "-"nurtura".

En efecto, si la herencia está determinada por los genes, es hereditario aquello que se debe a los genes; herencia idéntica equivale a identidad de genes. Ahora bien, el feto tiene una vida fisiológica y psicológica intrauterina. Esta vida prenatal es, en parte, función del medio 'materno', es decir, del estado físico. y fisiológico de la madre, así como de su estado psicológico. Parece probado que el medio prenatal —-definido de este modo— puede ser traumatizante, causa de caracteres constitucionales duraderos que afecten considerablemente el desarrollo de la personalidad del individuo y toda su vida. Se sabe también que los accidentes de parco y las reacciones psíquicas del niño al nacer pueden originar estructuras congénitas. Por eso, lo constitucional desborda lo pulimente hereditario; paradójicamente, se puede considerar que ciertos elementos adquiridos —más precisamente, los elementos adquiridos in útero— forman parte de la "natura", o sea, que la "nurtura" contribuye a formar la "natura".

A través de numerosas observaciones sobre el papel que la maduración fisiológica desempeña en el desarrollo de las conductas, se llega a una conclusión análoga. No todas las estructuras que constituyen la naturaleza 'dada' están presentes en el momento del nacimiento. La existencia de estadios idénticos de desarrollo locomotor y lingüístico ,en el transcurso de la primera infancia, la aparición súbita en determinado momento de gestos y actitudes característicos de la especie, muestran suficientemente que ciertas formas de conducta no aparecen hasta que la organización muscular, neuro-vegetativa y cerebral hacen posible su aparición. Experiencias sistemáticas  han establecido que es inútil enseñar a caminar a un niño antes del término requerido, porque caminará aun sin adiestramiento a su debido momento; y se podría generalizar esta observación a la adquisición de todas las conductas relacionadas con la maduración. Ahora bien, la maduración no brinda, precisamente, más que posibilidades de acción; la actualización de estas posibilidades es función del ambiente. Retomemos el ejemplo precedente: las experiencias muestran que el adiestramiento es inútil antes de una madurez orgánica suficiente, pero que en momento se torna necesario. La posición vertical pertenece, aparentemente, a la "natura" del hombre; sin embargo, el niño no caminaría si no se le enseñara a caminar. El caso de los niños-lobos, que no caminan, sería una prueba suplementaria de estas consideraciones. Por esto, una vez más, nos enfrentamos aquí con una aparente contradicción: la maduración está dada, pero no nene influencia, no existe como dada sino en función del medio. No se puede considerar entonces el proceso de maduración como si fuera un factor directo de la personalidad; ésta actúa dentro de un movimiento de interacción complejo y es función tanto del desarrollo precedente como del medio. De este modo se explica la diversidad de reacciones individuales a las modificaciones universales —somáticas y glandulares— de la pubertad.

II. La dificultad de separar realmente lo adquirido de lo dado —sea al nacer, sea durante el proceso de maduración— influye ciertamente sobre los resultados de las diversas experiencias destinadas a establecer por medio de tests la proporción "natura"-"nurtura" dentro del marco de funciones psicológicas, tales como la emotividad, la inteligencia, etc.

E1 principio de experiencias de esta clase consistiría en controlar, sucesivamente, ambas variables. Pero en la práctica resulta muy difícil controlar el ambiente y realizar tests en condiciones tales que el ambiente permanezca, constante y, en consecuencia, se pueda tener la certeza de que las diferencias individuales observadas se deben únicamente a la constitución. Los trabajos de Leahy sobre las diferencias entre hijos adoptivos e hijos verdaderps no pueden ser probatorios, porque Leahy estudió niños que habían sido adoptados meses después de su nacimiento y, además, porque la actitud que los padres observaban frente a ellos no podía ser rigurosamente idéntica a la que adoptaban frente a sus hijos verdaderos.

Aparentemente, resultaría más fácil controlar la otra variable, y utilizar para ello el caso de los gemelos univitelinos, cuya herencia es rigurosamente idéntica. Para determinar con precisión lo que se debe al medio y, en consecuencia, lo que indudablemente es innato, bastaría, pues, con situar a tales gemelos en condiciones ambientales muy diferentes. Numerosos estudios de este tipo se realizaron en los Estados Unidos13.

Pero, en primer término, estas observaciones sólo permiten controlar la variable herencia, no la variable 'constitución dada', la "natura" en su sentido estricto. En efecto, ¿cómo asegurar en estas condiciones que una diferencia individual se deba al medio y no a los factores prenatales o congénitos? 

A menudo, gemelos veídaderos, criados juntamente, presentan diferencias innatas, aunque no genéticas: una de las famosas quintillizas canadienses dio muestras de una inferioridad intelectual constante, cuya causa era un handicap físico que provenia de sus malas condiciones en la vida embrionaria.

En segundo término, las variaciones que se pueden introducir en el ambiente de dichos gemelos durante el período de su desarrollo físico y mental no son más importantes que las variaciones debidas, por ejemplo, al "azar" de la existencia. Resulta difícil evitar que los medios respectivos en que se estudian artificialmente varios gemelos no tengan cierta unidad cultural, unidad que es causa de una 'personalidad básica' común, que podríamos confundir con los rasgos hereditarios. Para proceder correctamente, tendríamos que educar uno de los gemelos en una tribu del Amazonas, el otro en una familia burguesa de una gran ciudad, etc., y cotejarlos regularmente,por medio de tests durante el transcurso de su infancia y de sú adolescencia. Surge inmediatamente la imposibilidad teórica y técnica de tal experiencia.

Se han propuesto otros métodos, que Piéron recoge, lodos se estrellan, no sólo contra las dificultades prácticas de la experimentación, y la imposibilidad casi tota! de obtener grupos de control adecuados sino, sobre todo, contra los problemas vinculados con la esencia misma del objeto que se estudia. Todo seria fácil si pudiésemos reducir el problema a una ecuación tan simple como ésta: P = / (D) X (A), en la que P simboliza la personalidad, D lo dado y A el ambiente. Desafortunadamente, los factores D y A dependen esencialmente uno del otro. En efecto, tal como lo demostró Lewin, es imposible separar la predisposición y el ambiente. Una predisposición sólo puede definirse y revelar su existencia en función del medio, el cual, en cierto modo, la 'precipita'. Reciprocamente, el ambiente no puede definirse de manera objetiva y exterior; es siempre una situación psicológica general, un 'campo' nunca neutro sino provisto siempre de un sentido relativo a los deseos y a las necesidades. Las predisposiciones 'sensibilizan' con respecto al ambiente; este, a su vez, 'precipita' las disposiciones. El error que se comete al realizar experiencias sobre la herencia consiste en creer que el medio no es función de la herencia y que la herencia no está vinculada con las provocaciones del medio. Esta interacción hace que de buena fe se pueda atribuir a la "natura" lo que es "nurtura", y reciprocamente.

Ya tendremos ocasión de indicar en qué sentido la personalidad misma es una variable interviniente en cuanto se intenta relacionar una conducta y una situación. Ahora bien, las experiencias señaladas realizan siempre cortes transversales, como si fuera posible delimitar .en un momento dado aquello que, en la conducta, es "natural" y aquello que. es adquirido. Para estar segaros de los resultados, tendríamos que combinar el estudio clínico 'longitudinal' con los tests 'transversales', ya que lo propio de la personalidad es evolucionar en un sentido, condicionado por su propia evolución precedente.

III. No es de extrañar, pues, que los resultados obtenidos en este dominio por la psicología experimental resulten inconsistentes. Sólo aquellos que se refieren al problema del temperamento tienen algún valor, en la medida justa en que este concepto es estrictamente biológico, y remite a aquello que está directamente influido por la estructura endocrina y neurovegetativa más aún que al sistema nervioso central. En efecto, cada organismo tiene un estilo característico de movilización energética, el cual, a su vez, es función de datos anatómicos y fisiológicos. En estas condiciones no debe extrañar que el (temperamento aparezca como si estuviera determinado principalmente por la constitución. Sin embargo, ¿no está condicionado el funcionamiento del sistema simpático y endocrino por factores de orden psicológico? ¿Y no pueden ser el resultado de acontecimientos de la vida infantil los rasgos adjudicados frecuentemente al temperamento, tales como la introversión y la extraversión, la emotividad, las tendencias ciclotímicas o esquizotímicas, etc.? Una vez más nos encontramos en presencia de un complejo evolutivo. Restaría no atribuir al 'temperamento' sino las características suficientemente resistentes a las modificaciones, para dar impresión de permanencia, lo cual sería una mera petición de principio.

Aun menos confianza inspiran las conclusiones relativas a la herencia de aptitudes definidas o disposiciones prácticas de logros particulares. Así, según los trabajos clásicos de Newman, se concluiría que las variaciones del C.I. (cociente intelectual) están determinadas en un 68% por la herencia y en un 32 % por el ambiente. Pero los tests que utilizó Newman correspondían a un marco cultural determinado introducían, de todas maneras, cierta homogeneidad al penetrar en el marco de una personalidad básica análoga. Por otro lado, la fórmula final sólo podría tener valor estadístico, sólo es válida en promedio y de modo alguno excluye que, en circunstancias determinadas, todas las características intelectuales de un individúo se deban exclusivamente a la herencia o exclusivamente al medio. Por último, el C. I. individual evoluciona en función de la situación que lo estimula: tal el caso, presentado por Stagner, de las diferencias de nivel mental entre niños criados en sus hogares y huérfanos criados en instituciones; el C. I. de estos últimos se eleva no bien se los sitúa en condiciones afectivas favorables.

En cuanto a los desórdenes de la conducta y las perturbaciones mentales, las investigaciones realizadas llegan a la conclusión incontrovertible de que la herencia alcohólica o sifilítica influye sobre su "etiología, aunque todavía no se sepa bien si, en el caso del alcoholismo, se trata de factores hereditarios o congénitos. Pero debemos excluir de las perturbaciones de condicionamiento innato la mayoría de las neurosis, y aun la esquizofrenia. Lo que aquí está en juego, pues, es la importancia del substrato orgánico de la conducta: el papel de la "natura" predomina en los casos en que las perturbaciones son función directa de la estructura anatómica o funcional, pero en aquellos en que los desórdenes son de origen psíquico, parece predominar el papel de la "nurtura".

IV. Plantear el problema "natura"-"nur-vura" de la manera como lo plantea la psicología experimental, es tornarlo insoluble. En cada individuo, lo dado y lo adquirido interfieren en forma singular, específica de su propia personalidad. Es inútil, pues, tanto intentar establecer por medio de tests la proporción "natura"-"nürtura" de tal o cual individuo en un momento determinado, cuanto operar estadísticamente, como lo hace Newman. La interferencia de aquello que está dado al nacer con las situaciones en que evoluciona el organismo, la actuación conjunta, en el transcurso de la infancia, de la maduración y de lo que se percibe del ambiente, forman esa historia compleja que es la personalidad. 

Por esto, la psicología experimental ha planteado, en el fondo, un falso problema. Algo dado existe en todo individuo, pero no debemos suponer que se trata de una naturaleza ya hecha, que lo social modificaría ejerciendo desde afuera su causalidad; se trata más bien de un conjunto que excluye de plano ciertas posibilidades —el sexo no varía e impone una categoría de conductas y excluye otra— al mismo tiempo que comporta un elevado número de virtualidades. El problema de lo dado tiene estrecha vinculación con el problema de los mecanismos y el de las leyes longitudinales y transversales que permiten la evolución de una personalidad. En ese sentido, las leyes de la interacción "natura"-"nur-tura" constituyen el objeto mismo de toda psicología de la personalidad.

Para hacer un inventario de los diversos 'tipos' de estructuras dadas, no cabría más que enumerar, como Allport, las estructuras anatómicas y fisiológicas que están presentes en el nacimiento o que se forman poco a poco por procesos de maduración biológica: anatomía, principales funciones vitales, redes cerebro-espinales, neurovegetativas y endocrinas; a esto tendríamos que agregar las pocas vías de reacciones instintivas propias de la 'naturaleza' humana, algunas de las cuales son específicas de la primera infancia, así como las aptitudes particulares para el aprendizaje (por ejemplo, la aptitud para la marcha vertical). Excede los límites del presente tra¬bajo estudiar en detalle esas estructuras. Por otro lado, Allport mismo destaca el carácter aproximativo de toda tentativa de definir radicalmente lo 'dado'.

Sería preferible plantear el problema en términos de tendencias, como lo hacen los psicoanalistas freudianos y neo-freudianos, siempre que la existencia de reacciones a las tensiones internas y a los estímulos externos conduzca a postular la existencia de fuerzas motivacionales. Pero, ¿se reducen estas 'pulsiones' del vocabulario freudiano a la libido y a los instintos de muerte? ¿No tendríamos que clasificarlas en forma más detallada, como lo hacen Murray o Cattell? En realidad, existe una maduración de las tendencias mismas y, a medida que éstas aparecen, las vías de satisfacción abiertas dependen a la vez del medio y de la historia individual. El estudio de las tendencias 'elementales' está, pues, prácticamente ligado al de la elaboración progresiva de las conductas.

La personalidad


CAPÍTULO I
LA PERSONALIDAD APROXIMACIÓN TEÓRICA

Fuente: J.C. Filloux.

1. Desde que la psicología se ha transformado en ciencia, se dice comúnmente que su objeto es buscar y descubrir las leyes generales de la conducta, vale decir, las relaciones uniformes y necesarias que s.e dan en toda una ciase de fenómenos, en este caso, los fenómenos psicológicos. Con el objeto de lograr tal fin, la' psicología se ve inducida, por una parte, a seleccionar cierto número de segmentos de conducta, determinadas categorías de operaciones —percepción, memoria, emoción, etc.— y, por la otra, a observar y experimentar, en los múltiples representantes de la especie humana, las relaciones permanentes que existen entre los diversos aspectos y condiciones de estos fenómenos. En otras palabras, la psicología alcanza su objetivo por un doble proceso de abstracción y de generalización; dicho objetivo consiste en la formulación de las leyes que rigen los hechos de conducta o hechos psicológicos, de la misma manera que las leyes físicas rigen los hechos físicos, calóricos, ópticos u otros.

Sin embargo, si adoptásemos tal concepción de la psicología y, sobre todo, si dicha concepción fuese para el psicólogo la única hipótesis de trabajo, la psicología, con el pretexto de imitar a las ciencias naturales en su mira y su método, correría el riesgo de no lograr > un fin esencial: el conocimiento del individuo.

En efecto —ya practiquemos la psicología profesionalmente, ya nos hallemos, como todos los días, en presencia de nuestros semejantes—, jamás nos enfrentamos con el hombre en general, sino, siempre, con un hombre en particular, un individuo, quien frecuentemente es un enigma, un problema cuya solución, como sabemos, sólo puede encontrarse en él mismo. La característica esencial del hombre resulta ser, entonces, su individualidad, el hecho de que el nombre es un resultado único en su género y que, separado espacialmente de todos los otros hombres, no se parece acabadamente a ninguno y que se comporta de una manara que le es propia. Si el conocimiento psicológico no tuviese por intención fundamental llegar al conocimiento del individuó, dejaría de ser conocimiento psicológico, ya que toda conducta es conducta de un individuo determinado —con quien yo entro en relación— o incluso conducta de mí mismo, individualidad en medio de otras, y para las otras individualidades.

Ahora bien, sería difícil afirmar que el psicólogo cobra siempre conciencia de esta finalidad inmanente a toda ciencia. psicológica. Por el contrario, se tiene frecuentemente la impresión de que considera uno de los medios de la aproximación psicológica —la búsqueda de leyes generales— como si fuera su fin propio y que, paradójicamente, la individualidad^ como tal no le interesa. Para convencerse de esto no es necesario, de ninguna manera recorrer el inmenso campo de los estudios experimentales; basta consultar los tratados de psicología que consignan sus resultados: hace falta cierta dosis de imaginación para no olvidar que, siempre, quienes viven los fenómenos estudiados (memoria, conceptualización, voluntad, etc.) son los individuos, hasta tal punto se prescinde de la historia personal al estudiar estos fenómenos.

Por cierto, sólo existe —se dice— ciencia de lo general; no hay, en consecuencia, ciencia de lo particular. Es jugar con las palabras y limitar arbitrariamente el campo dé la investigación científica. En efecto, de ningún modo resulta en principio contradictorio considerar que el individuo, en su condición de tal, es el objeto real de la investigación y admitir al mismo tiempo que, para explicarlo y comprenderlo, conviene referirse a leyes que su comportamiento actualiza hic et nunc; supuesto que el individuo exprese siempre, en su conducta singular, relaciones de comportamiento que pueden ser generalizadas y que, en estas condiciones, se deba conducir principalmente los esfuerzos hacia el descubrimiento de leyes, no es menos cierto que la ciencia así adquirida sólo encuentra su justificación definitiva cuando sirve para aclarar las razones de ser de tal conducta en tal individuo. Por lo demás, si nos atuviésemos estrictamente, a la fórmula aristotélica, rio podría existir ciencia histórica alguna, se trate ya de geofísica o de historia humana, pues toda relación de causación histórica es, evidente-. mente, singular: los acontecimientos nunca se dan dos veces de la misma manera, aunque pueda existir un determinismo subyacente, aunque pueda haber leyes en la historia. Del mismo modo, ¿ha sido alguna vez el estudio de las leyes psicológicas preparación suficiente para comprender al prójimo? Si estas leyes poseen alguna expresión, ésta se halla en el individuo, y sólo en él.

II. Pero la adopción de esta hipótesis de trabajo.—la psicología es la ciencia de la individualidad— no debe inducirnos a confundir lo que desde ya podremos llamar psicología de la personalidad con la psicología diferencial. Surgida de una observación de Wundt y creada por Stern, la psicología diferencial plantea mal el problema del individuo, al identificarlo con el de las diferencias individuales. Los psicólogos de esta escuela estudian primeramente una función en forma aislada; luego establecen la distribución de dicha función en un conjunto determinado de individuos con el objeto "de descubrir las variaciones individuales o las excepciones a la ley. Es evidente, entonces, que no se trata de estudiar lo particular como tal, sino, más bien, sus variaciones respecto de lo universal. El psicólogo, preocupado, por las relaciones funcionales en general, ignora al hombre que posee dichas funciones: el individuo es el medio de la investigación y no su fin. Por otra parte, el acento está colocado más sobre los elementos de la conducta que sobre su organización personal. En pocas palabras, la psicología diferencial define la individualidad como un remanente, suma de los elementos parciales por los cuales el individuo difiere de un tipo abstracto y general, lo cual es una mera petición de principio.

Por supuesto, el psicoanálisis y la psicología 'clínicos' conciben más seriamente el problema de la individualidad. En particular, cuando el psicoanalista rastrea las causas universales, lo hace con el fin de comprender mejor la historia de una personalidad. La psicología de la Gestalt \ en la línea de los trabajos de Lewin, al insistir sobre los 'todos estructurales' de la vida mental; al criticar la selección arbitraria de los segmentos de comportamiento efectuada por la psicología experimental; al insistir sobre la interpenetración particular de las funciones dentro de un mismo organismo, cobra clara conciencia de la unicidad individual.

Ya se acentúe el carácter específico de la historicidad individual, ya la unidad e integración del campo psicológico, ¿no se considera en ambos casos la individualidad en su conjunto y no como un remanente diferencial? ¿Y no habría entonces que buscar en la individualidad misma, en su totalidad, la actualización de un determinismo que se inserta en el dinamismo propio del individuo y está presente en la unión particular de las funciones? Ésta es la manera más coherente de comprender la relación entre lo general y lo particular y la más apropiada para dar un contenido a la psicología, considerada ciencia de la individualidad.

III. Por_consiguiente, la pregunta fundamental que se plantea el psicólogo es la siguiente^¿cómo es posible una individualidad?

Si se conviene en utilizar el concepto de personalidad para designar esta individualidad psicológica, la pregunta implica una multitud de otrasr ¿cómo explicar y comprender tal personalidad? ¿Qué determinismos rigen su formación, estructuración y evolución?

Se sobrentiende que el contenido real del concepto de 'personalidad' —que utilizaremos de esta manera en lo sucesivo— sólo puede aparecer a medida que se responda a estas preguntas. Es difícil anticipar una definición que no sea puramente formal. Pero es necesa¬rio, por lo menos, destacar aquello que la personalidad no es.

Lá noción de personalidad, en tanto que individualidad psicológica, no significa aquí la influencia ejercida por un individuo sobre otro ("tiene una personalidad notable"): todos tenemos una personalidad, hasta los más simples y además, el psicólogo no debe emitir j.úicios de valor. La personalidad tampoco significa la apariencia de que uno se reviste ('adoptar' una personalidad): esta apariencia-no es sino un aspecto de la personalidad total, sea como determinante o como resultado. Ni mucho menos significa el ideal que un individuo puede forjarse de sí mismo ("tratar de cultivar su personalidad"): sería entonces una abstracción normativa y directriz. Por último, no se trata, en este caso, de la esencia metafísica e hipotética del ser humano ("la personalidad del individuo es inviolable, debe ser respetada", etc.): el psicólogo deja en manos del moralista la noción de persona y no hace ninguna especulación sobre la naturaleza oiitológica del hombre.

En dos palabras, la personalidad no es estí -muio social' ni personaje ni ficción directriz ni entidad metafísica. Para lograr una definición formal que no esté demasiado vinculada con un sistema, nada mejor que referirse a las diversas características que debe connotar un concepto comprensivo. 1) La personalidad es única, propia de un individuo, aunque éste tenga rasgos en común con otros; 2) La personalidad no es sólo una suma, una totalidad de funciones, sino una organización, una integración; a pesar de que esta integración no siempre se realiza, la noción de centro organizador queda definida, al menos, por la tendencia integrativa; 3) La personalidad es temporal porque es siempre la de un individuo que vive históricamente; 4) Por último, sin ser estímulo ni respuesta, la personalidad se presenta como una variable inter¬mediaria, se afirma como un estilo a trates de la conducta y por medio de ella.

La siguiente definición delimitará suficientemente el objeto qué nos ocupa: la personalidad es la configuración única que toma, en et transcurso de la historia de un individuo, el conjunto de los sistemas responsables de su conducta. Esta definición teórica no se aleja, por otro lado, de cierto número de definiciones ya clásicas, como por ejemplo, la de Allport.




IV. El estudio Por otro lado, cualesquiera sean las ambigüedades terminológicas, la caracterología y la personología tienen, en concreto, hipótesis de investigación muy diferentes. Para el caracterólogo, la individualidad está constituida por un conjunto de 'rasgos' —más fundamentales unos que otros— los cuales, agrupados, constituyen cierto número de 'tipos' a los que puede ser referido todo individuo. El clínico no desconoce la función integra-dora de la personalidad, aquello que hace de ella no una suma sino una totalidad. El caracterólogo tiende a hacer del carácter algo estático, espacial, una especie de invariante, de estructura fundamental en la que luego se insertará el resto; en pocas palabras, una 'naturaleza'. El concepto de personalidad, tal como lo emplea la personologia, es, bien sabemos, esencialmente histórico; la personologia considera que la personalidad es historia —nunca integralmente definida ni definitiva— y que el problema de la 'vida personal' no puede resolverse sino dentro de una perspectiva evolutiva; por esto mismo, tratará de construir un esquema conceptual válido para todo el transcurso del desarrollo del individuo" (Murray).

Por regla general, el caracterólogo muestra escaso interés por las 'fuentes' del comportamiento; más bien dedica su atención a las modalidades generales, recurrentes, de la conducta, que constituyen precisamente los 'rasgos'; el carácter resulta ser entonces un conjunto de 'expresiones', de elementos periféricos. Por el contrario, con la idea de personalidad se tiende a considerar los. factores dinámicos de la conducta, las motivaciones, los complejos centrales, vale decir, el aspecto secreto, menos evidente de la individualidad.

En resumen, allí donde la caracterología verá estabilidad, invariantes de conducta, rasgos, la personologia buscará fuentes, historia, integración. Frente al individuo, la primera trabaja más bien como un retratista; la segunda, como un historiador. A esto se agregan dos diferencias más.

El caracterólogo, realmente, nunca presta atención a la personalidad historia; porque si utiliza el término 'personalidad', -lo toma generalmente por sinónimo de carácter, ya que hace de la personalidad algo estable, que encaja en una tipología, etc. En cambio, una psicología de la personalidad no ignora necesariamente el carácter: Allport, por ejemplo, concede cierta importancia a los rasgos, al personaje aparente; Cattell no subestima el interés dé una descripción por medio de los tipos, como complemento del método biográfico y de los métodos de auto-estimación.

Por otra parte, la divergencia más fundamental entre ambas formas se da al abordar el problema del acercamiento al individuo. Paradójicamente se puede afirmar que el punto de vista caracterología) se encuentra más lejos de la elucidación del 'porqué' y del 'cómo' del individuo que el punto de vista personológico. Cuando el caracterólogo, sea calculando las correlaciones entre los 'rasgos' para establecer los tipos, sea construyendo sobre propiedades generales una "tipología"' estática, determina cierto número de categorías de carácter, es evidente que se trata de categorías generales, de las correlaciones que más generalmente existen entre los rasgos.

El problema de la individualidad comienza realmente cuando se quiere introducir un individuo dentro de tal clasificación; bien sabemos hasta qué punto la operación resulta difícil y siempre arbitraria. En el fondo, la caracterología —igual que la psicología general y la psicología diferencial— no se interesa tanto por el individuo: en efecto, ¿se comprende acaso el comportamiento del individuo X porque se lo clasifique én la categoría de los 'coléricos'? Por cierto, no; pues considerar a X un 'colérico' porque monta fácilmente en cólera es destacar en él, precisamente, las características que tiene en común con todos los coléricos y no considerar aquello que le impide parecerse a otro colérico: los motivos propios por los cuáles 'monta en cólera' —que lo distinguen de cualquier otro colérico— y Ja manera singular de vivir sus cóleras. Incluirlo en un tipo significa, ipso facto, negarse a elucidar su ser colérico, su sistema colérico personal.

Carácter y personalidad son, pues, conceptos lo suficientemente diferentes como para que la definición de "personalidad" que dimos precedentemente cubra un dominio preciso de hechos. En lo sucesivo utilizaremos el término carácter para designar exclusivamente .el aspecto expresivo de la personalidad, sin considerarlo una naturaleza o un centro, como hace Gastón Berger, cuyo punto de vista representa bastante bien el de la caracterología clásica. Huelga decir que el término carácter en su acepción vulgar ("tener carácter") no tiene más valor científico que el término personalidad en el sentido de 'estímulo social'.

V. Si la historia de un solo individuo es la unidad de la que debe ocuparse la disciplina que hemos llamado personología, los hechos que se observan pueden clasificarse, inspirándose en Kluckhohn y Murray c, de la siguiente manera: 1) El 'dato' psico-fisiológico, surgido, a la vez, de la herencia y de la maduración, en constante dialéctica, por otro lado, con lo adquirido, la nurture de la terminología anglosajona; 2) La situación del medio donde el individuo desarrolla sus formas de conducta, que actúa cómo factor socio-cultural; 3) Los factores individualmente modificablcs de los sistemas de acción, los cuales permiten la elaboración de nuevas estructuras; 4) Por último, las condiciones de unidad del 'yo' y de la 'identidad* personal.

El presente trabajo contempla sucesivamente estas diversas perspectivas. El hilo conductor surge de lo siguiente: dado que la personalidad es, en resumen, el organismo humano' que desarrolla sus formas características de conducta dentro de la vida social, los sistemas de acción que en cada instante de la vida de un hombre concretan su ajuste al mundo son función, a la vez, del pasado que vive en el .bajo el aspecto de hábitos, complejos reaccionales de todas clases, etc., y de las actuales exigencias del ambiente, del campo psicosocial. Por esto siempre existen posibilidades de cambio: no sólo porque efectivamente se produce un cambio —evolución de la infancia a la edad madura—, sino, además, porque los complejos "naturales' Y si se nos permite la expresión, pueden ser puestos, en tela de juicio, en razón de los mismos mecanismos que los han producido. En estas condiciones, deben estudiarse las relaciones de causalidad entre hechos psicológicos singulares en dos planos: un plano 'transversal' —el de las reacciones actuales, frecuentemente creadoras de vías reaccionales futuras (por ejemplo un condicionamiento, un trauma); y un plano 'longitudinal'— el del tiempo, el del paso del pasado al presente, el de la sucesión de los estadios a lo largo de una linea que conserva un estilo propio. El análisis transversal detiene el flujo como se detendría un film en una imagen particular; el análisis" longitudinal busca los vínculos que unen una imagen con otra.

Por supuesto, ambos tipos de análisis están estrechamente ligados entre sí. Por cierto que no hay reacción actual que no se explique en parte por una reacción precedente, pero la conducta pasada sólo influye en la conducta presente en función del complejo situacional. No habrá que olvidar, pues, que todas las leyes 'transversales' a que aludiremos en los próximos capítulos (por ejemplo aquellas que rigen las transformaciones de las conductas, las que rigen la solución de los conflictos, etc.) serían completamente falsas y arbitrarias —vale decir, no serían leyes explicativas de un momento de una historia individual— si no supusiéramos que una ley 'longitudinal' actúa al mismo tiempo como condición determinante. Ejemplos de "doble causalidad' de este orden serán expuestos más adelante.

Sólo un constante análisis en ambos planos puede resolver la antinomia a que hemos aludido, antinomia entre el carácter general de una ley y la singularidad del objeto donde se concreta singularmente la relación causal. No existen dos individualidades iguales pqrque una ley psicológica nunca actúa sobre terrenos idénticos, vale decir, en concomitancia con un mismo complejo de otras leyes La dialéctica de lo 'transversal' y de lo 'longitudinal* impide que las leyes que mencionaremos' aparezcan fuera de una personalidad concreta, en la cual la evolución y la estructuración se , anuden progresivamente. Como dice Allport: las leyes sólo presentan interés en la medida en que^nos^dedlcamos a coordinarlas^ en el nudo de la "Individualidad".

Se aludirá a diversos esquemas teóricos. Como una de las escuelas que ha estudiado el problema de la evolución de la personalidad ha elaborado un marco conceptual propio. Se encontrarán, pues, Conceptos behavioristas, que hacen hincapié en el learning, conceptos gestaltistas , cuyo eje es la unidad del 'yo', conceptos psicoanaliticos; finalmente, conceptos culturalistas. Estos últimos vuelven a situar el individuo en su marco social real y dan a entender que la personalidad no sólo es historia sino, además, historia dentro de una historia.

martes, 21 de junio de 2011

Pragmatismo antifilosófico

El Pragmatismo Antífílosófíco.

Ya es hora de formular algunas preguntas sobre el uso excesivo de una de las palabras sagradas del vocabulario contemporáneo norteamericano: "pragmatismo". Los hombres de negocios, los diplomáticos, los policías y los líderes de los movimientos de protesta de las masas se jactan por igual de su pragmatismo. Eminentes eclesiásticos nos traen vehementemente a la memoria las verdades eternas de Dios, y enseguida se apresuran a añadir que deben interpretarse, claro está, pragmáticamente. Y si un hombre no está seguro totalmente de adonde va o adonde trata de ir, siempre puede afirmar que está procediendo pragmáticamente. Esto es mejor que la misma explicación de sus acciones. Hace parecer candoroso pedirle una explicación.

¿Somos los norteamericanos tan pragmáticos como creemos? ¿Debemos congratularnos de ser pragmáticos? ¿Y, después de todo, qué significa la palabra "pragmatismo"? Estas preguntas llegan al corazón de la cultura y estilo moral norteamericanos. Y las contestaciones que demos a ellas —las  implícitas en nuestras acciones y las expresadas con palabras— se relacionan con nuestra economía nacional, con nuestra política exterior, nuestras ciudades, escuelas y vida política e intelectual.

En la acepción que le suele dar la mayor parte de la gente, el vocablo "pragmatismo", significa sencillamente a primera vista "ser práctico". Ser pragmático es tomar las cosas, apegándose a la cruda realidad, reconocer que no se puede aspirar a la perfección en este valle de lágrimas e ineptitud, sino que hay que contentarse con lo que dé resultado. Tienen que evitarse las grandes teorías y los principios rígidos, deben estudiarle los problemas a su tiempo, y hay que estar preparados para improvisar, porque habrá que hacerlo sin lugar a dudas.

Así, por ejemplo, los organizadores de una empresa nueva de negocios podrán tener una idea muy clara de lo que quisieran que fuese la empresa en cinco años, y de lo que habrá que hacer para conseguirlo; pero, después de comenzar a moverse, verán que no todas esas cosas pueden llevarse a cabo. Verán también que están ocurriendo muchas otras cosas, buenas y malas, que no estaban previstas en sus planes originales. Por eso, se decidirán a proceder "pragmáticamente", enfrentándose con los problemas según se vayan presentando, aprovechando lo mejor posible las oportunidades, con la esperanza de que si, al cabo de cinco años, no han llegado adonde se proponían, habrán logrado una meta igualmente buena. Este enfoque pragmático puede ser adoptado lo mismo por una misión de ayuda técnica a un país extranjero, o por un médico que trata a un paciente crónico.

Sin embargo, cuando se adopta este punto de vista y se le llama "pragmático", no puede describirse como cualquier otro enfoque "práctico" de cada día. Porque es un enfoque, la expresión de un tiene cierta forma normal, de modo que sólo tienen probabilidades de triunfar ciertos modos de progreso.

Trataremos, por tanto, de describir esta actitud, teniendo presente que no nos referimos al pragmatismo filosófico, que constituye un enfoque estudiado, razonado y autoconsciente del mundo, sino al pragmatismo popular, que cada día se hace más agresivo y emprendedor. (Tendríamos que preguntar si el pragmatismo filosófico y el popular tienen relación entre sí, pero de momento suspenderemos nuestro juicio). La primera característica del pragmatismo como actitud hacia la vida, yo diría que es su recelo de las doctrinas y de los credos, su desconfianza de las palabras y de las argumentaciones. El pragmatista prefiere la acción a la conversación, está inquieto por obtener resultados, y suele valorarlos en función de alguna diferencia física o visible que se haya producido en el mundo. No siempre pierde el respeto a asuntos como la religión o la filosofía, pero tampoco le admira demasiado la religión o la filosofía de nadie. Lo que quiere ver, es de qué forma alteran la vida de ese hombre.

Porque el pragmatista supone implícitamente que, en los campos en que se desarrolla la verdadera actividad del mundo, la vida es demasiado dura y movida para distinciones bizantinas, y demasiado variable y heterogénea para amoldarse a teorías. Lo que más le importa a él es la adaptabilidad, para bandearse en estos campos. Y lo que teme, es la fórmula engañosa que le impida acaso utilizar su instinto de caballo, el principio fijo que no le permita cambiar sus planes a medio camino, la paparrucha aprendida de las grandes teorías y filosofías que puedan impedirle mirar cara a cara a los hechos. La mente pragmática repudia una elaborada teoría social como la del marxismo, no porque tenga otra que considere mejor, sino porque todas las teorías le parecen un poco candidas —y hasta un poco estrambóticas— en este picaro mundo.

En relación íntima con esta desconfianza de las ideas generales, está la actitud pragmática respecto a la reflexión profunda sobre las metas y fines de la vida. En términos generales, el pragmático no suele decir nada sobre los fines de la vida. Al contrario, parece sospechar que sacarlos a colación no es sino una manera de escapar a la realidad de la vida, que es amarrarse al trabajo. Tiende a creer —si esta palabra puede aplicarse a algo tan instintivo— que, cuando se atiende como es debido al aspecto material de la vida, cuando se vela por la seguridad, las comodidades y las facilidades de la vida, la mayor parte de los llamados problemas espirituales pierden su apremiante gravedad. Por eso, se exaspera con la gente que pierde el tiempo y los recursos limitados de la humanidad, andando formulando preguntas que no pueden jamás contestarse.

Pero, en esta actitud, no hay sólo tosquedad mental. El pragmático mira con recelo los estudios sobre los fines de la vida, muchas veces, porque la experiencia le ha enseñado que, generalmente, de esos estudios sale calor pero no luz, y crean hostilidades que impiden a los hombres unirse para afrontar problemas que podrían resolverse con un esfuerzo conjunto. Además, supone que anda uno silbando a la luna, cuando habla de grandes propósitos, sin plantear nunca la cuestión de cómo realizarlos. En realidad, está convencido de que lo que logran los hombres generalmente depende más de los métodos que emplean que de los fines que se proponen.

Finalmente, el pragmático posee una aguda intuición para adivinar la forma en que se desarrolla la actividad creadora. Probablemente ha descubierto lo que muchos hombres activos, incluso en el campo de las artes, de las ciencias y de la filosofía, fe dominante tras la idea de que el progreso del ingenio humano significa un avance en la dignidad y felicidad del hombre, es la fe de que la mayor parte de los que desarrollan el juego pragmático deben ser individuos deportivos, miembros de un equipo, que aman el juego por sí mismo y quieren que la partida siga adelante. Si el pragmatismo, como actitud diaria, consiste en dominar y triunfar, tiene que haber un depósito de confianza mutua y buena voluntad en la sociedad, y ciertas normas más o menos firmes y restrictivas de la conducta. Y así es, claro está, precisamente como ven la cosa la mayor parte de los partidarios corrientes del pragmatismo ordinario. La estabilidad esencial y la dignidad de la sociedad, junto con un consentimiento básico moral, han sido las premisas implícitas en que se ha fundamentado el pragmatismo popular Porque, sólo en tales condiciones, puede salvarse de caer en maquiavelismo puro la concentración sobre el método y el amor a la técnica.

Entonces, ¿son pragmáticos los norteamericanos? ¿Procedemos la mayor parte de nosotros normalmente a base de los supuestos y postulados que acabamos de exponer? Hay que contestar con mucho cuidado a esta pregunta. Suele, por egemplo, responderse a ella, sobre todo en el extranjero, señalando el hecho de que se ha desarrollado aquí, y es principalmente creación norteamericana, una filosofía técnica, llamada "pragmatismo". Lo cual es verdad. De hecho, la"palabra "pragmatismo" fue inventada hace unos ochenta años por el filósofo Charles Peirce, autor de la mayor parte de las ideas filosóficas importantes del pragmatismo.

Pero afirmar, como afirman muchos observadores extranjeros, que esta filosofía constituye nuestro credo nacional es hacernos un elogio que no merecemos. El pragmatismo filosófico tiene alguna semejanza con el antifilosófico, cuya heterogeneidad y extensión hemos expuesto en párrafos anteriores. Pero en su aspecto más importante, viene a ser todo lo contrario de lo que comúnmente se entiende por pragmatismo. Este aspecto más importante se refiere al valor clave de las ideas, como reguladoras y directrices de la experiencia humana. De hecho, constituye una reafirmación del antiguo sueño filosófico de que los hombres podían estar guiados en su vida por ideas y principios detenidamente examinados y elegidos. Podrá decirse lo que se quiera contra esta filosofía, pero no carece de respeto suficiente a las ideas. Si está errada, será en las esperanzas irreales que abriga respecto a la función que la filosofía y las ideas razonables puedan desempeñar en el gobierno de las cosas humanas. Y, si los norteamericanos son pragmáticos en el sentido corriente de la palabra, de eso mismo se deduce que no se inclinarán de manera especial por el pragmatismo filosófico, por lo menos en algunos aspectos,

Pero ¿son pragmáticos los norteamericanos? Creo que debe contestarse que sí y que no. Quizás tendamos más a la acción que muchos otros pueblos, quizás nos agrade más ir pasando de un caso a otro y fiarnos sencillamente a la expansión del ingenio y de la capacidad humana, sin preocuparnos por los fines a que se apliquen este ingenio y esta capacidad. Tal pragmatismo espontáneo fue más característico de nuestra generación anterior, acaso, que de la actual; pero, aún hoy nuestra economía se caracteriza por su pasión por la tecnología, nuestra ciencia social por su fe en la metodología, y nuestro concepto del mundo —como lo demuestran nuestras primeras actividades de ayuda exterior— por un convencimiento evidente de que, si los hombres saben cómo hacer las cosas y son capaces de resolver sus problemas materiales, la mayor parte de los demás encontrarán su solución.

También los distintos credos religiosos norteamericanos han dado más importancia a la ética que al dogma, a un sentido de entrega que a la teología. En ningún otro* país se ha acusado una tendencia tan fuerte a encauzar a la cristiandad por un evangelio social, ni a identificar al cristianismo tan positivamente con los ideales de la democracia civil.

Pero esto dista mucho de ser todo. Junto a nuestro recelo pragmático de los absolutos, ha habido en los Estados Unidos religiones apocalípticas, que nos han puesto en guardia contra el diablo y nos han predicado el milenarismo. También se ha advertido repetidas veces en nuestra política una tendencia milenarista. Aunque la mayor parte de los políticos norteamericanos parecen capaces de negociar y pactar, y de negarse cuerdamente a creer que el mundo se va a acabar, nuestros debates públicos siguen plagados de expresiones apocalípticas y credos rígidos, y hacen demasiado caso a los metemiedos ideológicos y a las teorías simplistas de la historia. Y, cuando descendemos a problemas concretos que la gente considera cuestiones de principios últimos —de las cuales, es el ejemplo principal la integración de los negros en la vida norteamericana—- se pone dolorosamente de relieve lo inexacto del mote de "pragmáticos" aplicado a los norteamericanos.

Más importante es todavía, según creo, el que las limitaciones del pragmatismo se vean claramente cuando nos enfrentamos con esos problemas. Los postulados del pragmatismo, como hemos observado, sólo están justificados en determinadas condiciones bastante especiales, cuando es profundo y amplio el consentimiento moral de la sociedad, y cuando las instituciones básicas de la misma parecen razonablemente estables. La convicción implícita en la fe en el pragmatismo como método de acción social, es que la mayor parte de los problemas pueden resolverse con sólo que se junten las personas buenas y utilicen el cerebro que Dios les dio. Esta convicción, es preciso decirlo, está justificada pragmáticamente muchas veces, cuando se procede a base de ella. Tiende a hacer buena a la gente. Porque cuando los hombres obran inspirados por ella, suelen comprobar que es más fácil de lo que creían dejar de lado sus principios rígidos y resolver sus dificultades en cooperación con otros.

Pero este supuesto no siempre da resultado. No lo da, cuando hay que tomar decisiones de principios que no pueden posponerse ni bastardearse con subterfugios. Quizás sea posible hacerlo de cuando en cuando, pero no siempre. Por ejemplo, en el caso de la segregación racial, lo que se ventila de hecho, no es esta o aquella reforma limitada, sino una cuestión de principios: el reconocimiento de la igualdad del negro con los demás ciudadanos y su integración completa en la socidad norteamericana como miembro de ella. 

Mejores escuelas o viviendas, más oportunidades para trabajar, no bastan para acreditar esta cuestión de principios y acatarla; más aún, estas soluciones pragmáticas probablemente no produzcan efecto mientras no se haya acatado y consolidado la cuestión de principios. Sólo en un plano así, puede imponerse el método pragmático de las concesiones mutuas. En último término, por eso es por lo que es importante la aprobación de la legislación de los derechos civiles. Esta legislación tiene alguna importancia práctica directa, pero su uso más trascendental es simbólico. Registra el hecho de que los representantes de la nación, legítimamente congregados, han decidido un punto de principios. Por tanto, dentro del marco de esa decisión, es posible hablar de conciliación y transacción.

En general, el recelo pragmático de los credos abstractos no es una actitud viable, cuando el cambio social es rápido y radical. En estos casos, no puede esperarse que el pueblo se acomode automáticamente al cambio, y aprenda paso a paso los nuevos modos de pensar y de sentir que lo hará encajar en su nuevo ambiente. Probablemente necesitará saber un poco adonde va y por qué pasa por esas experiencias. Necesita poder interpretar y comprender lo que le está ocurriendo. El pragmatismo tout court, no satisface esta necesidad. Y lo que es peor todavía, en su indiferencia positiva hacia el problema, deja entender que los empleos, las escuelas o una nueva burocracia gubernamental son sustitutos bastante adecuados de un claro sentido de dirección y de comprensión de lo que significan los hechos. Esta debilidad del pragmatismo se hace particularmente palmaria cuando la actitud pasa al extranjero y los norteamericanos se esfuerzan por laborar con las naciones en desarrollo y comprenderlas y ser comprendidos por ellas. En realidad, hay en el pragmatismo una peculiar orientación moral que no podemos esperar de todos. La mente pragmática tiende a pensar que el mérito de una idea consiste en el poder que da a la acción, que la razón para hacer un comentario sobre la vida es mejorar la vida. Pero resulta igualmente fácil pensar al revés, y creer que la razón de la vida es la oportunidad de comentarla. En muchas partes del mundo, los hombres civilizados, entre los cuales hay muchísimos que son pobres, no encuentran su mayor satisfacción en la negociación próspera o en la acción práctica y afanosa. Conceden más importancia, y les produce mayor fruición inmediata, el gesto significativo que libera una emoción, la anécdota que ilumina una situación, la acción que dramatiza un problema o esclarece indeleblemente un principio. Los valores que buscan —los "resultados" que esperan—en su vida cotidiana y en la palestra pública son primordialmente contemplativos y teatrales, no prácticos ni musculares. A las satisfacciones de un trabajo bien hecho, prefieren un sentimiento de comprensión, y hasta de diversión quizás.

No todas las virtudes están de su parte. Una de las utilidades de las ideas, es que, generalmente, son más puras, más limpias y más ordenadas que el complejo mundo de la acción. Por eso producen placer, y muchos prefieren afrontar la vida y la política sin que se perturben sus ideas con cuestiones nimias de modos, medios y procedimientos. Pero también se comprende fácilmente por qué esta política —la política de la retórica, del café, de la tertulia, de las casas de estudiantes, la política que es la diversión principal de muchas naciones del mundo— no atrae al pragmático normal, sobrio, sensitivo e impaciente, sino que más bien lo deja sorprendido e indignado, aunque estas emociones tienen poco de pragmáticas.

Porque el pragmatismo cree que los hombres podrían construirse una vida mejor con sólo prescindir de raciocinios doctrinarios y concentrarse en cuestiones prácticas en que puedan cooperar. Y tildar a esta fe de vulgar, materialista y antihumanística es una autosugestión intelectualista. Porque es una fe noble. Los que han actuado inspirados por ella han apagado incendios mientras los doctrinarios tocaban la cítara con sus teorías. Muchas de las mayores realizaciones de la historia norteamericana se deben sin duda alguna a este pragmatismo, y la escena internacional estaría hoy mucho peor si no influyese en nuestra conducta.

Y, sin embargo, cuándo el pragmatismo norteamericano no parece ser sino actividad infatigable, sonrisas a la buena voluntad y a la incapacidad de quedarse de brazos cruzados, puede desagradar a muchos que, de otra manera, lo, encontrarían atractivo. El pragmatismo ignora que mucha gente espera de la política y del cambio social, algo más que el mejoramiento de su estado físico. Quieren un sentimiento de finalidad general y cohesiva; quieren que las cosas tengan un significado. El pragmatismo sólo da resultados, como en los Estados Unidos, cuando esto se logra en gran parte, cuando la orientación general de los hechos parece clara y conveniente. Por eso, el "enfoque pragmático" sin nada más, es contraproducente pragmáticamente en áreas como la América Latina.

Me inclino a creer que a eso se debe también el que no podamos fiarnos tanto como antaño en el método práctico los norteamericanos. Nuestros rápidos e intensos cambios sociales nos han dejado a muchos, sentimientos profundos de desorientación. Gran parte de nuestra política es más claramente un esfuerzo por elaborar lemas verbales liberadores de estos sentimientos de desorientación, que discutir los problemas prácticos de la nación. Por eso es por lo que las abstracciones e ideologías, precisamente cuando creemos haberlas dominado definitivamente, invaden una y otra vez, siempre con un poco de sorpresa para nosotros, nuestras gratas actividades pragmáticas.

Porque el deseo de dar finalidad y significado a las cosas, la aversión radical a un sentimiento de desorientación, es un factor de la mayor importancia en la política. Y no puede descartarse simplemente con la magia pragmática de la buena voluntad y de las buenas palabras. El gran error pragmático es suponer que la gente quiere acción sin un plan de acción, que sólo desean llegar a donde van y no tienen interés por el mapa general del territorio que están atravesando. Esto no es verdad. Ya no reza esto con muchos norteamericanos bastante pragmáticos. Se ha acelerado demasiado el ritmo del cambio; no es asimilable emocionalmente mientras la mente no descubra un módulo más amplio en los hechos. A pesar de su atractivo alegre, sano y apegado a la tierra, el pragmatismo tendrá que recibir el suplemento de la filosofía.