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viernes, 22 de julio de 2011

Psicología de la asociación

Psicología de la asociación.


Además del "nexo asociativo temporal", hay una serie de fuerzas psíquicas, directamente acccesibles y de sentido inteligible, por esencia (voluntad, sentimiento), que pueden llevar a la conciencia el caudal de conocimientos almacenados en el poco conocido o subconsciente depósito de la memoria. Sin embargo, en la historia de la Psicología, una de ellas, la fuerza de asociación, ha desempeñado un papel preeminente, más bien único. Debió de contribuir a ello la orientación del desarrollo de la Psicología en el sentido de las ciencias naturales, con su tendencia a reducir lo más posible el número de últimas fuerzas que actúan en la Naturaleza. Esa tendencia es la que ha hecho posible a las ciencias naturales redondear el concepto del universo, coronándolo con el concepto energético que lleva involucrada la posibilidad de transformación de las diversas formas de energía. La aparente imposibilidad de comprender el principio de asociación "desde dentro" y su interpretación externa como la "yuxtaposición de procesos psíquicos que han estado en contacto temporal", llevaba a los investigadores naturalistas a convertir la asociación en la fuerza psíquica central. Por otra parte, también influía el hecho de que la Física y la Química, las dos ciencias naturales enseñoreadas del concepto del universo, les tuviese acostumbrados a considerar, precisamente las leyes más generales, como las últimas y como representativas de la realidad encontrada, pensando, además, que era inútil tratar de penetrar en ellas y de comprender su "sentido": Esto era natural, pues sin poder conocer ningún sentido de ello, las masas, p. ej., se atraen en virtud de la fuerza gravitatoria. Este es un hecho indiscutible. Pero una vez comprobado el hecho y su generalidad, se puede explicar sobre esa base y deducir muchas cosas que serían inexplicables sin la constatación primera: no solamente la caída del agua hacia la tierra en forma de lluvia, sino también el ascenso de esa misma agua hacia la altura, en forma de vapor; el ascenso de la columna del barómetro y del globo lleno de gas, en el aire; la situación de los planetas con respecto al cuerpo celeste central, alrededor del cual giran y del que deben separarse, sin fuerza gravitatoria, por medio de la fuerza centrífuga, y otras muchas cosas más.

A los psicólogos naturalistas, la fuerza de asociación les parecía una de esas últimas realidades indiscutibles en el campo de lo psíquico, por medio de la cual era posible explicar infinidad de fenómenos de los sucesos psíquicos, aunque ella misma no fuese sino "sencillo dato" encontrado y reconocido sin que pudiese ser comprendido "su sentido o su esencia interior".

Su existencia fue reconocida por todos, por costumbre, pues ¿qué otra cosa es la costumbre que un conjunto de procesos psíquicos (o psicofísicos) que se suceden a veces o a menudo ligados entre sí de tal manera, que al presentarse la situación inicial se siguen los movimientos o repre¬sentaciones subsecuentes, aun en el caso en que falten los estímulos o los impulsos voluntarios que normalmente los determinaban? La voz y la figura de una persona aparecen habitualmente juntos a nuestra percepción: Al oir la voz conocida en la habitación de al lado, sin ver aún al que habla, ya se verifica la representación visual del que posee esa voz. Las dos impresiones se han ligado entre sí por asociación, debido a su repetida coincidencia o sucesión —la presencia del uno trae consigo la representación del otro—. Los movimientos que realizamos en determi¬nada secuencia, se convierten en movimientos sucesivos y si se inicia uno de ellos, se seguirá por sí misma la secuencia habitual. Yo tengo la costumbre de colgar, al llegar a mi casa, primero, el sombrero a la derecha y después, el abrigo, a la izquierda, y esos movimientos se presentan "por costumbre" y en esa secuencia, en cuanto cierro la puerta de la casa detrás de mí. Si se cambian las perchas corres pendientes, tardaré algún tiempo en "cambiar de costumbre". Siempre se repetirá automáticamente la secuencia de los movimientos, hasta que la frecuente repetición de la nueva secuencia determine un nuevo orden de asociación. Tiene una indudable importancia para el hábito el orden cronológico o el contacto, como factor determinante del conjunto de los procesos psíquicos. Y hay otro pensamiento afín: que no todo contacto temporal ha de ser, forzosamente, espacial (como no lo es, p. ej., en el campo de lo psíquico —pensamiento abstracto, voluntad y también, parcialmente, en los sentimientos y aun en lo que oye el que no tenga más que un oído—, pues el volumen no desempeña ningún papel) ; pero sí todo contacto espacial ha de ir acompañado por otro, temporal. ¿ Por qué, pues, ha de suponerse que a toda asociación temporal ha de acompañarla otra, determinada por el contacto espacial? Se suprimió, pues, el contacto espacial como factor determinante de la asociación y se limitó el concepto a la consecución cronológica o la simultaneidad. ¿ Pero es que las relaciones de la igualdad y del contraste no se encuentran en el misma caso? 

Se creyó poder también contestar a este respecto en forma afirmativa: lo igual que no se presenta también oportunamente, se ligará tanto menos cuanto mayor sea el intervalo de separación; en cambio, las impresiones iguales simultáneas se asocian con mucha facilidad y con tanta más fuerza cuanto más a menudo se presenten juntas. Las mismas impresiones producen también lo que se nos presenta simultánea y muy frecuentemente: las hojas verdes del verano, por todas partes; la nieve, en el invierno1; casas iguales (o similares) en una colonia; borregos iguales, en un rebaño, etc. —todas esas impresiones, no solamente están compuestas con los mismos elementos de impresión, sino que se nos ofrecen simultáneamente—. El investigador que buscaba um, sola y misma fuerza fun damental, determinante y rectora de todo lo psíquico, el psicólogo de la asociación, tampoco vio aquí esa fuerza en la "impresión de igualdad" misma, sino en la simultaneidad de la presencia de las mismas impresiones elementales : esa simultaneidad era la que debía constituir la fuerza que ligaba esas impresiones elementales. Exactamente lo mismo es aplicable al contraste: la luz más deslumbrante lleva aparejada la sombra más obscura; las más altas montañas, los valles más profundos; los hombres, a las mujeres; donde hay niños, hay también adultos; donde hay un padre, habrá, generalmente (en la familia), una madre, y también donde hay un hermano, se encontrará, a menudo, una hermana. ¿ Por qué habría que admirarse, pensó el psicólogo de la asociación, de que en el experimento sobre asociaciones, a la palabra luz se reaccione con la palabra sombra; a la palabra monte, con la de valle; a la de hombre, con la de mujer; mujer —niño o padre, hermano— hermana, etc.? Si estas impresiones de contraste se presentan tan a menudo simultáneamente juntas, su nexo no vendrá de su contraste, sino de su liga asociativa temporal.

El antiguo ejemplo, ya procedente de Platón, relativo a una liga asociativa semejante, en que ambos elementos son percibidos simultáneamente, muestra la relación de lo visto y oído al mismo tiempo: la voz y la imagen de quien la posee. Es un ejemplo muy acertado, pues resulta más limpio que la mayoría de los experimentos psicológicos por medio de los cuales se desea demostrar la formación de la liga asociativa: durante el experimento, el sujeto se encuentra ante una obligación. Debe, p. ej., fijarse en una serie de sílabas sin sentido, que se le presentan. ¿Es sólo la fuerza de asociación la que actúa en este caso? También existe la voluntad de fijarse en las sílabas; tal vez la voluntad actúa como concausa para fijarse, o quizás participe en ello como la causa principal. Ya hemos oído que la voluntad, en general, tiene una gran influencia en el desarrollo de las representaciones. Tal vez esa serie de sílabas no se habría unido en tal forma si la voluntad no hubiese intervenido para realizar el agrupamiento.1 Sin embargo, en opinión de la psicología de la asociación, la misma tendencia a la unión por asociación debería ser una fuerza última, en el sentido en que lo es, p. ej., la gravitación: basta que existan dos cuerpos para que se atraigan. Así, también, dos circunstancias psíquicas que se presentan una o más veces en coincidencia o sucesivamente deben adquirir, por ese hecho mismo, un nexo común y, precisamente, el nexo de una asociación, de tal modo que al presentarse uno de los miembros, se origine una tendencia del otro miembro a presentarse en el consciente (aunque esa tendencia sea inicialmente muy débil). Por eso es esencial que para estudiar la eficacia de la "fuerza de asociación pura", se descarten todas las posibles concausas —entre ellas la de la voluntad de aprender—, pues pueden también condicionar un nexo entre los distintos elementos del 
suceso psíquico. Esto, exactamente, es lo que logra el ya mencionado ejemplo de Platón.

Del mismo género fue la razón que llevó a escoger una serie de sílabas sin sentido para la experimentación psicológica de la asociación: un poema tiene ritmo y rima y, además, una sintaxis que nos es familiar y un significado en sus versos. Esos dos últimos factores los contiene, igual mente, cualquier texto en prosa. Las "sílabas sin sentido" están exentas de esos factores auxiliares y por eso constituyen un material bien seleccionado para probar los posibles "nexos por pura asociación".

Con respecto a la "asignación de trabajo" (y su aceptación voluntaria por parte del sujeto del experimento) que lleva aparejada la concentración de la voluntad para la formación de "ligas puramente asociativas", es una fórmula que tuvo que ser desechada, pues para lograr "asociaciones que surgieran espontáneamente" se prefirió algo que aparentemente lo lograba, como el caso limpio de la voz y la fisonomía del individuo correspondiente. Surge la duda respecto a la posibilidad de que realmente existan situaciones y materiales para formar ligas por asociación, con respecto a los cuales la voluntad esté totalmente ausente —entendiendo por voluntad no sólo los actos volitivos conscientes, sino la actividad por sí misma, como postura volitiva fundamental del ser humano—. ¿No intervendrá acaso una postura volitiva nuestra en la concepción como grupo, precisamente de aquello que se nos presenta inicialmente en una coincidencia cronológica y en la tendencia a reproducirlo en la misma forma, una vez que se ha fijado esa relación inicial? En pro de la existencia habitual de una predisposición de ese tipo, existen los casos en que ha sido eliminada por efecto de una contradisposición adecuada. No es raro que el automovilista llegue a dividir su atención en dos series de percepción: por una parte, hay que fijarse constantemente en los estímulos provenientes de la calle (muy especialmente con tráfico intenso), para reaccionar a ellos por medio de movimientos adecuados de la dirección; por otra parte, el acompañante puede hablar simultáneamente de acontecimientos que no son indiferentes al conductor y hacer preguntas que deben ser contestadas. Será totalmente indife rente para el conductor qué impresiones provenientes del tráfico coincidan o sigan a lo que su acompañante le vaya diciendo. Cabría preguntarse si el conductor podría "reproducir" en forma más.o menos correcta, al terminar el paseo, la relación entre los momentos de la narración y los cronológicamente correspondientes a las situaciones del tráfico; es decir: si se han establecido nexos, en esas circunstancias, entre los componentes de ambas series de impresiones y si se forman con la misma intensidad correspondiente al caso en que no hubiese existido la división de la atención entre las dos series, sino que se hubieran encontrado ambas dentro del mismo campo de atención.

Los resultados relativos a otras situaciones, cuando no hay desdoblamiento de la atención, son más claros de entender: en los experimentos de abstracción, se muestra al sujeto una figura que, como dato concreto, posee, además de su forma, un color, tamaño y posición determinados. Se le vuelve a enseñar al sujeto esa figura entre otras varias, pero variando el color, el tamaño, la posición (por ejemplo, girándola para que aparezca desde un ángulo distinto) y el sujeto debe reconocerla lo más pronto posible —pues sólo se trata de -la figura misma.— 

Si inmediatamente después de la primera exposición se pregunta al sujeto respecto al color, no puede contestar en muchos casos, pues concentró su atención en la figura y tuvo muy poca oportunidad de formar asociaciones entre la figura y el color, aunque ambas le fuesen presentadas al mismo tiempo. Cuando un declamador aprende un poema en su casa, se encuentra en "la situación de estar en casa": su cuarto, con todos los objetos de ella, están a su vista; además de los estímulos visuales puede recibir otros acústicos: el despertador dejará oir sensiblemente su tictac; del cuarto contiguo puede venir un ruido de aspiradora o voces de niños que juegan, y tal vez estén extendiendo grava frente a su ventana. El recitador que está estudiando, procurará aislarse de todos esos estímulos y de concentrar su atención únicamente en el poema, es decir, que trata de no captar en una vivencia común las impresiones simultáneas que recibe de su libro y del ambiente que le rodea. Hace lo posible por separar las impresiones provenientes de su libro, elevándolas por encima de la situación de estímulos en la que se encuentra. Su atención se halla toda entera entregada al poema y a aprenderlo de memoria. El resultado es que por esa disposición, las asociaciones referentes al poema se forman muy bien y, en cambio, las correspondientes al poema y el ambiente son muy débiles o ni siquiera se forman (debido a la disposición de su voluntad), por lo que no tendrá más adelante dificultad alguna para recitar su poema en cualquier otro ambiente sin que recuerde la situación en la que aprendió el poema en su casa. Por su parte, las impresiones del ambiente casero pueden agruparse, a su vez, muy fuertemente, y el ruido de la grava o del reloj pueden traer fácilmente a su memoria el zumbido de la aspiradora o las voces de los niños que percibió entonces, simultáneamente. 

Normalmente, nuestra percepción nos inclina a considerar las impresiones perceptivas que se nos ofrecen simultáneamente como algo, que por ese mismo hecho, está agrupado. Por su contacto temporal o espacial, se destacan de entre las demás realidades y se colocan en una relación especial entre sí, tanto en la realidad objetiva como en el concepto del que las vive. Si consideramos la palabra personalidad en su más amplio sentido, podríamos decir que esa proximidad recíproca las engloba en una personalidad especial, la personalidad de la proximidad, destacándolas, así, de las demás realidades —porque la distancia puede acusar muchas diferencias, mientras que la extrema proximidad, sólo una, que por eso mismo subraya—. Es más, todo lo que está comprendido en una misma conciencia adquiere, por ese mismo hecho, una peculiar relación de esencia. No es, pues, de extrañar que lo que se encuentre, además, marcado por una proximidad en el tiempo y el espacio,, adquiera un nexo asociativo muy estrecho, que le da una relación de unidad.

Función especial de la memoria asociativa en el desarrollo filogenético de la serie animal

Esa impresión de unidad debida a la proximidad de vivencia espacio-temporal, así como el nexo asociativo por ella creado, sobrepasa, pues, el nexo especial derivado de un concepto restringido en el significado de la palabra estructura. Es un nexo más primitivo, valedero ya en los comienzos de la vida y para los más primitivos representantes del mundo animal. Porque también éstos poseen ya una "memoria mecánica", con capacidad asociativa pura para las impresiones ligadas en el tiempo y espacio. Y esta memoria mecánica tiene otra cualidad que la hace inapreciable para lograr la adaptación deseable, es más, que la hace adecuada para substituir, aun en los más bajos niveles de vida y en un alto grado, al pensamiento lógico de los cerebros más elevados.

A este respecto cabe afirmar dos cosas: 1. Ya hemos visto que la duración y el número de las repeticiones de las dos impresiones, A y B, aumentan la intensidad del nexo asociativo que existe entre ellas. Es más, en determinadas circunstancias (importancia, sentimentalismo) y aun para una sencilla secuencia de A y B, se puede llegar a una asociación tan fuerte, que al presentarse la A, la B también se presenta "por sí misma", en forma de imagen. A veces, sin embargo, el nexo establecido por un solo contacto temporal es demasiado débil para lograr que la B se eleve desde el depósito de la memoria hasta la conciencia. 2. Hay que añadir lo relativo a la propiedad psíquica fundamental, ya mencionada muchas veces: Nuestra conciencia es comparable al cimborrio de una gran cúpula, en el que no cabe sino una mínima parte del contenido psíquico almacenado en ella. Por tanto, si hay varios pretendientes para entrar en la conciencia, los atraídos con mayor fuerza serán los únicos que realmente puedan entrar.

Ahora bien, los seres vivientes son comparables, en su modo peligroso de vivir, a una fortaleza con una guarnición muy limitada, con la que sólo es posible repeler el ataque por un lado, pero nunca por todos a la vez; pero cuyo comandante tiene la suerte de saber de qué lado es más probable que se efectúe el ataque. Ese cálculo de probabilidad (el cual supone una razón bien desarrollada) le dice, pues, que no tiene objeto guarnecer simultáneamente los cuatro lados de la fortaleza, porque sea el que fuere el elegido, sus fuerzas no bastarían para rechazar el ataque. Pero si concentra todas sus fuerzas por el lado probable del ataque, no tendrá una seguridad total, porque estaría perdido si el ataque se efectuara por uno de los lados no esperado. Sin embargo, habrá tomado la mejor resolución, la que con más frecuencia le conducirá a rechazar al enemigo y a asegurar su situación.

Habrá actuado por consideraciones de probabilidad: eso es lo que se logra, en niveles más bajos de existencia, por medio del sencillo mecanismo de asociación. En efecto, supongamos que la impresión que más a menudo sigue a la percepción de la impresión A, es la B (A-B), mientras que las demás impresiones, C, D, E, etc., siguen rara vez a la A (A-C, A-D, A-E, etc.). Es indudable, sin embargo, que entre ellas y A se haya establecido también una asociación, por tanto, sus representaciones tratarán de entrar en la conciencia, en cuanto se presente A. Pero la representación B, la más fuertemente asociada a la A, expulsará a las demás de la conciencia e impondrá su dominio, de modo que el ser viviente se orientará por la impresión B, por lo que respecta a sus reacciones y expectaciones. Ciertamente que estará impreparado y tal vez perdido si en vez de lo que esperaba, A va seguido de G, D o E. Pero para la conservación de la especie, a la Naturaleza no le importa sino el comportamiento del ser que conduzca las más de las veces a un buen fin. Y es precisamente esto lo que nos había mostrado la reflexión sobre la probabilidad: es decir, precisamente aquello que parece desprenderse en forma ciega y automática del mecanismo de asociación. En tanto las condiciones generales del mundo exterior no varíen, la secuencia de impresiones A-B, seguirá siendo, también en el futuro, la más frecuente, al igual que hasta ahora. La secuencia A-B es, pues, la más probable y el orientarse hacia ella, la conducta más útil (puesto que la disposición con respecto a todas las posibilidades no es posible), ver el ejemplo del jefe de la fortaleza: y esa disposición expectante y de preparación es originada por la acción conjunta del mecanismo de asociación y de la poca capacidad del consciente. Lo que sólo el pensamiento nos puede indicar como la mejor conducta nos lo da el nexo asociativo, automáticamente y como actividad superior del pensamiento. Esas dos normas rectoras se encuentran en nuestro ser, tan arraigadas como las leyes físicas en una máquina de calcular electrónica: debido a su actividad, se obtiene automáticamente el mismo resultado que nos daría el pensamiento mediante un trabajo muy penoso y elaborado.

El principio fundamental de la psicología de la asociación es, pues, tan válido ahora como antes, aunque se le halla despojado de su validez general y única. El psicólogo debe usar de su cualidad normativa cuando trate de derivar el desarrollo concreto de los fenómenos psíquicos, de las leyes generales. Por tanto, no han sido inútiles los esfuerzos de las investigaciones realizadas en el campo de los nexos asociativos. 

















1 La importancia que tiene la voluntad resalta en las uniones por asociación excesivamente fuertes, que se obtienen por una "práctica intencionada". En esa práctica o ejercicio, la asociación también trabaja en forma decisiva, pero no más que la voluntad, la cual liga unos con otros a determinados movimientos o repre¬sentaciones. Piénsese, p. ej., en el entrenamiento o ejercicio de determinados grupos de movimientos para la esgrima, el ciclismo, el baile, etc.




jueves, 21 de julio de 2011

El hombre y el tiempo

El hombre y el tiempo
(La vida presente, la memoria y la previsión)
"¡ Todo nuestro pasado sigue viviendo en nosotros!"

La memoria y el recuerdo.

Todos los objetos naturales, salvo "las partículas elementales totalmente invariables", poseen memoria, en el más amplio sentido de esta palabra. Efectivamente, todos los demás cuerpos están sujetos a influencias y cambios con los que los va marcando el mundo que los rodea, durante el decurso de su existencia. Es decir, que llevan impresas las huellas de su pasado, huellas que permitirán al conocedor la lectura de su suerte pasada por su estado actual, como lo hace, p. ej., el geólogo con respecto a la naturaleza de la corteza terrestre, a sus diversas capas, sus glaciares, piedras erráticas, restos de animales, etc. En forma análoga se puede hablar de las huellas que dejan en nuestro cerebro las impresiones y procesos pasados y que designamos como memoria psicológica del sistema nervioso central. Esas huellas hacen que, con el tiempo, las reacciones a las impresiones posteriores sean distintas de lo que hubieran sido anteriormente. El pasado interviene en el presente de nuestro sistema nervioso central, variándolo y conformándolo. A este fenómeno fisiológico corresponde otro fenómeno psicológico paralelo, como es sabido, el cual, a su vez, sufre variaciones en el curso del tiempo, que tienen por causa procesos pasados. Así, p. ej., cuando se presenta una fuerte impresión olfativa, al seguir el efecto durante largo tiempo, se va debilitando la acción que ejerce esa substancia sobre nuestro sentido, hasta que llega a ser totalmente imperceptible. Así, también, al quitarse una pesada mochila después de haberla llevado durante mucho tiempo, se experimenta la sensación de una fuerza que empujara hacia adelante. Después de contemplar durante largo tiempo un color cualquiera (sobre un fondo neutro) nos aparece el color complementario, etc.

Pero a más de todo esto, en nuestra "relación consciente con el pasado" se encuentra algo más, que no corresponde sencillamente. con una predeterminación del presente por nuestro pasado, por muy manifiesta que sea, sino que se trata de algo fundamentalmente más importante: Pensamos respecto al pasado y lo concebimos como algo pasado —cosa substancialmente distinta de la mera persistencia en nuestro presente de las huellas del pasado, a que se refieren los ejemplos citados más arriba—. El pasado no sólo vive en nosotros por sus huellas, sino que también nosotros vivimos en el pasado por el hecho de revivirlo como tal.
Percepción directa de lo cronológicamente sucesivo

Ese revivir del pasado, mientras más cercano sea ese pasado, se convierte en un fenómeno de vivencia temporal directa: Si golpeamos tres veces seguidas con el lápiz sobre la mesa, los tres sonidos nos aparecen en igual secuencia, aunque, en un sentido físico, haga ya bastante tiempo que sonó el primero cuando lo hace el último. Nuestra percepción muestra algo peculiar: Oímos los tres golpes, no como un golpe con la intensidad sumada de los tres (como sucedería si diésemos los tres golpes simultáneamente), sino que, claramente, los observamos como tres golpes distintos. Pero hay algo más: nuestra observación nos los muestra con una audición de "conjunto", "como tres sonidos cronológicamente sucesivos"', que nos son aparentes con esa cualidad, pero, sin embargo, como tres cosas de apariencia equivalente (no como si uno de los golpes fuera "recuerdo" y el otro "se percibiera en el presente"). Ese corto tiempo durante el cual se observa ese efecto significativo y peculiar, se llama tiempo de presencia.

Durante él se muestra con toda claridad la supermo-mentaneidad de nuestro ser en el fenómeno de la percepción.

Se necesita que el observador sea el mismo durante esos tres instantes sucesivos, para que pueda recibir la perspectiva de los tres sonidos como sucesivos y, sin embargo, como impresiones equivalentes en todas sus partes, para la conciencia. Una conciencia de ese tipo sólo puede pertenecer a un ser de permanencia su per momentánea, ante cuyos ojos se desarrollan los acontecimientos momentáneos individuales.

Esta es, precisamente, la base de nuestra memoria psíquica y de nuestra "capacidad de recordar". Sólo que aquí se trata de un concepto de conocimiento directo de lo sucesivo (como acontece siempre que percibimos directamente el desarrollo de variaciones cronológicas) y no de una mera representación de lo anteriormente percibido.

Dejemos a un lado la cuestión respecto a la posibilidad de imaginar siquiera un "ser instantáneo"; es decir: un ser que subsista únicamente durante un momento infinitamente corto. En todo caso, el hombre es lo contrario de un ser de esa especie. Efectivamente, la memoria que le es característica no es más que la prolongación de esa facultad de vivir los acontecimientos sucesivos, consciente de su cualidad de ser sucesivos; sólo que al alargarse el intervalo que separa las impresiones, va disminuyendo la claridad del sentido, la permanencia del sentido de las impresiones anteriores. Es más, que la generalidad de esas impresiones va perdiendo paulatina (o lamentablemente) su proximidad al terreno de la conciencia, aunque no pierde, sin embargo, su relación con ella: si surgen fuerzas que traten de llevarlas nuevamente a la claridad de la conciencia, por lo general, vuelven a ella. (A este proceso de resurgimiento de partes del subconsciente se le llama reproducción.) Es precisamente lo que faltaba en el ejemplo mencionado más arriba, puesto que el primer sonido no había desaparecido aún de la conciencia al sobrevenir el segundo y el tercero, sino que persistía aún, con su cualidad de "cosa pasada" o, mejor aún, "como un sonido precedente a los otros dos".

Reproducción y recuerdo

El resurgimiento de lo pasado en el presente puede ocurrir en formas muy distintas. Así, p. ej., una melodía o una poesía que hayamos oído alguna vez puede retornar al consciente y, en ciertos casos, fijarse indefinidamente, "sin que haya sido absorbida en el torrente de nuestra vida pasada", sino que aparezca como algo localizado en la conciencia; es decir, que no se nos ocurre cómo ni cuándo, ni en qué circunstancias habíamos recibido ya esas impresiones; sencillamente, se encuentran en nuestra conciencia, sin tener una determinada relación con el pasado. Este es un caso típico de "reproducción pura". Indudablemente, se trata de un acto de recordar, aunque no constituye un recuerdo, en el sentido más estricto ni más elevado. Lo constituye, eso sí, la incorporación de lo ya vivido durante el decurso de nuestra vida; la revivencia del pasado, tal como la experimentamos con los tres sonidos de golpes durante el breve tiempo de unos segundos —extendido esto a un gran lapso de tiempo—. En cualquier caso, el lapso de tres años o el intervalo de tres sucesos acaecidos durante el mismo, no lo podremos vivir con la misma claridad de sentido que cuando se trata de los sonidos de los tres golpecillos consecutivos. Mientras mayor sea el tiempo que se considere, menos claro aparecerá, por lo general, su carácter cronológico —como también perderá nitidez, en la misma forma, la vivencia que se recuerda—. Pero en principio, subsistirá el mismo estado de cosas mencionado más arriba, en el fondo de nuestra capacidad para recordar y nuestra conciencia del tiempo, ya se trate de lapsos de tiempo más o menos largos. Los distintos acontecimientos aparecen en su sucesión cronológica debido, únicamente, a que nosotros mismos subsistimos a través del tiempo como seres idénticos. Por eso los apreciamos en forma retrospectiva, es decir, que volvemos a vivirlos como componentes sucesivos de nuestra vida. Debido únicamente a que el decurso del tiempo, el pasado, el presente y el futuro, pasa ante nosotros como el agua del manantial que mana de una roca, permaneciendo ésta inconmovible, tenemos la posibilidad de vivir y de imaginar el pasado, el presente y el futuro.

Toda nuestra vida pasada dormita en el fondo de nosotros mismos; pero su sueño puede ser de una profundidad muy variable. Los grandes acontecimientos que nos han impresionado fuertemente y que han contribuido a la formación de nuestro yo, no podrán desaparecer totalmente del consciente, aunque tengamos otros contenidos en el centro de nuestra atención. En el tiempo consecutivo a un acontecimiento (p. ej., la muerte de un ser querido, el derrumbamiento de una esperanza alimentada largo tiempo o el alcanzar un objetivo íntimamente ambicionado, el nacimiento de un niño y otras cosas similares), ese acontecimiento está, sencillamente, en nuestra conciencia y cualquier otra impresión podrá, en el peor de los casos, relegarlo un poco, pero nunca desplazarlo totalmente de la conciencia. La cualidad fundamental de la memoria es esa permanencia de las vivencias en el tiempo, aunque al aumentar el lapso de tiempo transcurrido, vayan perdiendo claridad y viveza. El "efecto curativo del tiempo" se manifiesta en ese desvanecimiento (y elaboración) de las vivencias con el transcurso del tiempo.1

Fuerzas que vuelven a la conciencia el contenido del subconsciente y lo fijan en ella.

Tenemos que considerar aquí esa cualidad sorprendente de nuestra psique: que las impresiones ya borradas de nuestra conciencia no han desaparecido, por ese mismo hecho, de nuestra propiedad espiritual. Pueden ser llamadas nuevamente a la conciencia en cualquier momento, o en ciertas ocasiones, o bien, se presentan por sí mismas. Este nuevo resurgimiento de lo que temporalmente ha desaparecido de la conciencia, como objeto de la misma, es lo que se llama "recordar algo". —Mi caudal de conocimiento es considerablemente mayor que el contenido actual y claro de mi conciencia. "Saber" quiere decir "tener a disposición" lo que se sabe; es decir: poderlo sacar en cualquier momento del estado latente en que se halla (lo que no significa simplemente que la conciencia :=; 0), al estado consciente actual. Sólo cuando puedo realizar eso es cuando puedo utilizar lo  que la verdadera comprensión del contenido de nuestras vivencias y conocimientos, así como el pleno goce de ellos, no se realizaba, por lo general, más que en la conciencia. Realmente, no habría tal "conocimiento" de "fechas históricas, fórmulas o nombres" si no pudieran ser llevadas a la conciencia clara en el momento en que se necesitaran—. ¿Cuáles son, pues, esas fuerzas cuya influencia eleva lo que existe potencialmente y lo lleva al estado consciente? El sentimiento y la voluntad deben desempeñar, indudablemente, un papel importante en esto. Como hemos visto, lo "importante" persiste insistentemente en el consciente. Ahora bien, lo importante es, por lo general, lo que está marcado por el sentimiento (en pena o en alegría) ; y es importante precisamente por esa tónica sentimental. Tendrá, pues, generalmente la tendencia a volver a la conciencia, aunque haya sido desplazado de ella temporalmente por otras impresiones y aunque se oponga la voluntad —a la cual corresponde la misión de llamar a la conciencia o desechar de ella determinadas cosas—. Así, pues, en el caso de un matiz sentimental fuerte, se tiene la tendencia a "ser consciente", la cual procede del propio contenido de la vivencia. Podríamos usar la palabra "interesante", en el más amplio sentido de la misma, en vez de las expresiones: "con matiz sentimental o importante", puesto que, efectivamente, lo que despierta mi interés, no me es indiferente y tiene, por tanto, un matiz sentimental y una importancia para mí.

"Partiendo del propio contenido", aunque en una forma que puede considerarse externa, la persistencia y la tendencia a la reproducción de los contenidos o cosas que han impresionado tanto a la conciencia por su repetición y duración, se efectúa "automáticamente" en la conciencia. Así, p. ej., si se han hecho lecturas durante mucho tiempo con el telescopio y el nonius, el sujeto puede verse presa de representaciones de las observaciones realizadas, durante algún tiempo después de terminarlas. —Esas dos circunstancias actúan en el caso siguiente: Cuenta un alpinista que, habiéndose caído en una grieta y permanecido algún tiempo en ella y en peligro mortal (porque se produjo un desprendimiento de piedras que pasaban como balas a su lado), después de salvarse, volvía a ver las piedras pasando a su lado, cada vez que cerraba los ojos. Con los ojos abiertos, las imágenes recordadas quedaban reprimidas por las nuevas percepciones; pero en cuanto cesaban éstas, dejando espacio consciente libre, surgían nuevamente las imágenes del recuerdo—.

Las cosas son muy distintas cuando la fuerza actualizadora no se encuentra en las imágenes representadas mismas, sino que reside en vivencias y en las relaciones que las ligan, ya existentes previamente en la conciencia. Esas relaciones pueden ser de muy distinta naturaleza, como ya lo sabían Platón y Aristóteles. Ya en la Antigüedad se tenía el concepto de la asociación y se distinguía entre la asociación por similitud y por contraste, por contacto espacial o temporal. Ahora ya sabemos (principalmente, debido a los estudios de los psicólogos de la estructura) que esas categorías no son ni lejanamente suficientes para comprender todas las relaciones que pueden existir entre las representaciones posibles. Sin embargo, interesa extraordinariamente que en esta fase inicial de la ciencia nueva llamada "psicología experimental", no se aumente el número de las relaciones posibles reconocidas, sino que, por el contrario, se reduzca su número a unas cuantas clases. Hay que investigar en ellas esa fuerza cuyo significado en el mundo de la mente pudiera compararse al de la fuerza gravi-tatoria, en el mundo de la Física. La asociación que se forma entre los distintos procesos psíquicos, por su contacto temporal es lo que debería ser considerado como esa fuerza central. Dos procesos psíquicos, por el hecho de su contacto temporal, simultáneo o sucesivo, adquieren una liga entre sí (desde ese momento quedan soldados el uno al otro), de tal manera, que cuando una representación o imagen se encuentra en la conciencia (generalizando: o una representación similar) el otro proceso psíquico tiende a aparecer con ella. Estamos ante la omnipotente ley de la asociación, sobre cuya exacta definición y diferenciación tenemos mucho que hablar, pues con el tiempo no ha perdido su significado, aunque ya no es en la actualidad el factor único. Sin embargo, durante mucho tiempo se la consideró como el principio central de la Psicología. No sólo se intentaba derivar de ella las reglas particulares de la memoria, sino que se creía que esa ley era la que regía inclusive nuestro pensamiento productivo. Se han escrito muchas obras al respecto y se ha descrito la eficacia de esa ley en las circunstancias más diversas. Hay una escuela de la psicología, llamada psicología de la asociación, que le atribuía sencillamente el papel más preponderante en el campo de la mente.



1
Erismann, II.—1.

1 Este hecho va acompañado en forma esencial por la diferencia que existe entre "vivencia original del suceso" y su posterior "representación objetivada"  : en la vivencia está incluida la posición del sujeto con respecto al sentimiento y a la voluntad, con respecto al suceso vivido. Sin embargo, si entretanto ha variado el yo del sujeto, si su posición ante el suceso es distinta, podrá pensar en lo acontecido, viéndose a sí mismo como "alguien presente en el pasado"; pero sin que lo vuelva a vivir emocionalmente en la actualidad, tan intensamente como lo vivió en el pasado. Pero no será como si hubiese perdido sus cualidades emocionales (pues entonces ya no sería "precisamente la misma vivencia", a la que corresponde como parte esencial su componente emocional), sino que no será "la vivencia original" sino la "representación" de "una vivencia convertida en objeto de la atención". En una forma semejante nos imaginamos las vivencias de otras personas, incluyendo en esa imaginación sus dolores o alegrías, con toda viveza, pero no viviéndolas como propias, sino "como sentimientos de nuestros semejantes" que nos representamos y "en los que tomamos parte" Mi propia reacción sentimental a los sentimientos representados del prójimo, será lo que se convierta en pena o alegría compartidas, es decir, en una "vivencia directa mía en relación con mis semejantes".



La importancia de la ley de la asociación en el terreno de la memoria es, efectivamente, muy grande. Sin embargo, y en sentido estricto, la ley de la asociación presenta y explica únicamente lo relativo a la reproducción de lo que ya ha existido alguna vez en la conciencia y a sus modificaciones o desviaciones debidas a la acción simultánea de diversas ligas por asociación. Tropieza por todas partes con sus fronteras naturales, encontrándose con lo nuevo, que se presenta en el decurso de los sucesos mentales. Esto puede decirse de todo lo relativo a la actividad creadora, ya sea ésta producto de la fantasía o del conocimiento.

A veces, basta con el deseo para que se formen en nuestra fantasía "castillos en el aire" y ensoñaciones o sueños de satisfacción; es decir: nuevas combinaciones representativas que no proceden de alguna liga con algo del pasado, sino que las originan el deseo y la voluntad orientados hacia el futuro y deben ser explicadas sobre esa base. Guando un niño se ve como cobrador del tranvía o como dueño de una bicicleta o de un auto, no lo hace como consecuencia de que los conceptos (del auto y del yo, como propietario del mismo) hayan tenido ya algún contacto en el pasado, sino que el niño los asocia por primera vez en su fantasía, porque esa combinación se encuentra en la orientación de su deseo y, por tanto, le satisface. —Así, Leonardo da Vinci inventó "El Cisne Blanco", su primer avión, porque le dominaba el deseo de volar, al igual que al Fausto de Goethe en su "Paseo ante la Puerta". "Todos tienen dentro de sí un sentimiento que los impulsa hacia adelante..."

Los deseos y los sentimientos no se basan únicamente en contenidos conscientes previos, para reproducirlos, sino que crean también nuevas combinaciones que los satisfagan: primero, en la fantasía y después, con frecuencia, en la realidad. Si no se produjera esto, no habría progreso en el campo del caudal de la cultura. Sería un absurdo suponer que la única relación existente entre los procesos psíquicos fuera la que se crea por efecto del contacto temporal: eso significaría que los sentimientos y los impulsos se hubieran unido con sus correspondientes objetos únicamente por efecto de un contacto temporal previo con ellos, lo cual está en franca contradicción con la realidad del desarrollo biológico y con la observación de nosotros mismos, por lo cual nos parece innecesario hacer la crítica de ese concepto.

Por último, algunos nexos de asociación que han persistido con fuerza durante años pueden ser sustituidos por otros, en vista de su impracticabilidad: La vista de un billete de cien marcos originaba, antes de la primera guerra mundial (por pura asociación, no por efecto de una valoración justificada), unos sentimientos determinados de valoración, formados a través de los decenios de paz y de valor fijo del dinero. La súbita inflación conmovió, de la noche a la mañana, ese concepto: el sentido del billete de cien marcos perdió totalmente su valor representativo y adquirió el de un papel despreciable. (Pero no para todos. Muchos siguieron la compulsión asociativa del valor del dinero y no pudieron resistirla —a pesar del "sentido común"— y vendieron sus propiedades a precios irrisorios, porque el dinero desvalorizado les engañaba con su antiguo valor, por efecto de una compulsión asociativa.) En forma análoga y creando nuevas asociaciones o destruyendo nexos de asociación preexistentes, actúa la voluntad firme: no se puede concebir la voluntad, unida por asociación a (y), ni se puede realizar el acto correspondiente, sin que traiga una consecuencia —aunque ya se vislumbre la (x) que ha de deshacer aquella asociación—. Una variación en la "posición o punto de vista" traerá consigo una variación en el efecto de la asociación: así, p. ej., si yo quiero hablar francés, los pensamientos y representaciones que voy a transmitir se ligarán con imágenes de palabras distintas a las usuales.

En el más elevado campo del arte no se trata ya sólo de sencillos deseos de satisfacer las combinaciones de representaciones, con lo cual se crean nuevos nexos, sino que se trata de una aspiración hacia valores estéticos, que es la fuente del arte y de la belleza. Tanto para el arte como para el campo de los valores éticos, puede aplicarse la frase de Goethe: "En medio de la niebla de la necesidad, el hombre bueno reconoce el buen camino." El artista no sabe de antemano qué es lo que le satisfará; anda en busca de ello y sólo lo encuentra durante el proceso de la realización. Y mientras mayor sea su genio, más original, más nuevo será el resultado de su arte y, por tanto, estará más alejado de la reproducción basada en asociaciones externas de lo ya existente. Por tanto, más directo será su anhelo de nuevos valores. Y ese mismo anhelo y sentimiento que permiten realizar nuevos valores al hombre creador, resonará en quien contemple su obra. En nombre de ese "sentimiento de la forma" se grabarán en el concepto y en la memoria del espectador entendido las obras del maestro. Por eso mismo adquirirá el conjunto una vida nueva (que antes se consideraba de naturaleza "puramente asociativa") : las notas iniciales de una melodía permiten ya figurarse la vivencia de las siguientes. 

Es muchísimo más fácil aprenderse de memoria un poema bien construido que un número igual de sílabas sin sentido. Las componentes de un todo, convertido en una unidad de orden superior, piden por sí mismas ser complementadas por las demás partes, para formar o reconstruir un todo orgánicamente estructurado.

Así, pues, en este caso, es la relación de la parte aislada con respecto al conjunto orgánico la fuerza que, no sólo deja formarse la obra de arte en quien la crea, sino que vuelve a permitir que se forme nuevamente, en la reproducción, procedente del caudal de la memoria. No es que la memoria "puramente mecánica", sobre la que hemos de hablar en la Psicología de la Asociación, no sea útil ni superflua en este caso, sino que actúa aquí la mencionada fuerza por efecto de la cual se aumenta extraordinariamente el rendimiento de la memoria. 

Es más, en muchos casos es la causa del resurgimiento de la obra de arte, ya que el que tiene gusto artístico no aspira tanto a volver a experimentar los sonidos o las palabras, sino la melodía, el poema, la obra en su conjunto. Si no existiera entre las representaciones parciales más que el nexo exterior de la asociación de contenidos de la psique, no podría haber arte.

Pero no sólo dejaría de existir el arte, sino también todo aquello que está en relación con la personalidad y que es lo que en la psicología estructural figura como base de todos los acontecimientos psíquicos. Esto es indudablemente cierto, como veremos al tratar de esa materia, para muchas de las facetas de lo psíquico. Esa importancia se justificará únicamente, si se amplía el concepto de estructura, más allá de su antiguo significado en el campo de la comprensión o punto de vista, con lo cual se le hará perder en precisión. No seguiremos, pues, esa terminología, ni tampoco el concepto usual entre los psicólogos de la estructura, quienes afirman que ésta no puede ser conocida, sino que se pone de manifiesto por su propia fuerza y sólo se nos hace manifiesta en el mundo exterior. Esa tendencia hacia la proyección de la estructura sí existe; pero tiene, a menudo, por base, las huellas dejadas a través de nuestra experiencia por estructuras que hemos encontrado en nuestro medio ambiente, o comprendido a través del puro entendimiento. 

En la estructuración son inevitables las relaciones, ya que en la estructura se encuentran las relaciones de posición que la formaron. Sin embargo, el concepto de relación es más amplio que el de estructura y puede ser aplicado, sin duda alguna, aun al terreno del pensamiento teórico y abstracto. —Para que una estructura llegue a. entrar en nuestro mundo de percepción y de representación, se requiere, a menudo, que existan desde antes relaciones que estén presentes en el pensamiento estricto y comprensivo—. El matemático y el lógico (y todo hombre posee algo de ambos, por el hecho de pensar), son ejemplos de los que buscan y encuentran. El que tenga una postura lógica de principio, tratará de encontrar las relaciones lógicas últimas y de explicarse en qué forma están ya contenidas en los axiomas y conclusiones del pensamiento. Es el que elabora las disciplinas lógicas de nuestras ciencias; pero no como producto de la fantasía, sino del conocimiento. —Y análogamente a lo que sucede con el artista, la forma impone su concepto como conjunto de relaciones lógicas, no sólo desde el punto de vista creador, sino como normativo de su pensamiento: lo que se ha llegado a deducir claramente no se mantiene por el mero hecho de un pasajero contacto, sino por la relación lógica interna. Si surge de nuevo en su consciente una parte (p. ej., una demostración construida "conclusiva y comprensivamente"), ésa atraerá las demás partes, por la fuerza de la relación lógica, igual que durante el proceso creador, cuando constituyó el punto de partida para las conclusiones a ella ligadas—.