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miércoles, 8 de agosto de 2012

Surrealismo una concepción del mundo


Surrealismo una concepción del mundo.


Nunca se insistirá lo suficiente en que el surrealismo es más que una concepción estética, es, diría yo, una ideología que comprende una determinada concepción del mundo, del hombre, de la sociedad y de la vida. Una ideología de ruptura frente a los esquemas sociales, morales, políticos y culturales; por lo tanto es básica y esencialmente una ideología antidogmática. 

Su punto de partida está en el principio de que el hombre merece un destino superior al que le asigna la sociedad en que vivimos. 

Este destino estaría en la realización de lo que podríamos designar con el término de “hombre- poeta” basádonos en que lo poético es el motor central que impulsa al hombre a realizarse en su totalidad. 

Le poético, fuente de lo maravilloso, existe en todos en todos, aunque oculto y reprimido; de ahí la frase de Lautréamont: “La poesía debe ser hecha por todos” frase que los surrealistas hacen suya. Le que no quiere decir que todos los hombres hagan poesía verbal o arte, sino que una por así decir, concepción poética debe presidir el vivir. Lo poético debe regir toda actividad humana, de modo que la vida constituya un acto de permanente creación. La poesía es, pues, un comportamiento y la expresión de ese comportamiento.

Para el surrealista la poesía es inseparable de las ideas de amor y libertad. Poesía, amor y libertad configuran tres aspectos de un mismo centro de expansión del yo. Porque eso es lo que representa la poesía: el yo liberado de su encierro; el yo que se expande y participa en todo. Así es posible asumir la vida en su total plenitud, al mismo tiempo que la realidad se convierte en una gran embriaguez.

En lo que respecta a la “poesía-palabra”, para los surrealistas la poesía representa el mecanismo que abre la cárcel del lenguaje. La palabra no es simplemente un signo con referencia a un código lingüístico; es, en lo fundamental, un signo de vida. Solamente a esta semiología vital recurre el poeta. Quiere restituir a la palabra esa cualidad de signo vital liberado de su sometimiento a los códigos convencionales o utilitarios. La auténtica poesía rehuye las matrices y los modelos: su única matriz es la de lo imprevisto.

La poesía no es un fin en sí, sino un medio. Un medio para la comunicación más intensa y reveladora. Un medio en la desesperada conquista de la libertad del yo. Sobre este punto los surrealistas establecen la esencial diferencia entre literatura y poesía. La literatura es un escribir destinado al entretenimiento, a la conquista de un status, a la popularidad, a los premios; y a esta categoría pueden pertenecer tanto el verso como la prosa, tanto la escritura tradicional como la moderna.

Para el surrealista la designación de poesía no reviste un carácter formal, ni la opone a la prosa. Hay prosa, como la de Kafka, por ejemplo, que es fundamentalmente poesía, y en cambio, gran parte de la poesía escrita es simplemente literatura.

La literatura es un producto para el consumo; la poesía —como decía Trístan Tzara— es una actividad del espíritu, y además un medio para la comunicación real. Y aquí es necesario señalar la confusión que hoy existe entre información y comunicación. Estos dos términos señalan fenómenos totalmente opuestos. 

La información es un fenómeno mecánico por el que se transmiten hechos, acontecimientos, cosas y aun resultados concretos de la creatividad humana, pero todos cuando son externos al ser. La comunicación es el mensaje desde el interior de un ser.

El instrumento creador fundamental de la poesía surrealista constituye el automatismo, que significa la total espontaneidad de la imaginación y la subordinación de los mecanismos racionales a esa fuerza primera. Mediante el automatismo, el poeta dice lo que realmente debe decir, lo que auténticamente está en él, por debajo de los esquemas convencionales con que estamos habituados a expresamos. El automatismo interviene en la construcción del humor, de lo insólito, de lo maravilloso, elementos vivos que circulan en el interior de todo poema surrealista. 

Es necesario destacar la importancia que tiene el humor en la auténtica poesía. A él corresponde el papel de vanguardia en la lucha contra el mundo social sórdido, fosilizado, convencional. El humor le confiere a la poesía su carácter subversivo esencial.
La poesía surrealista desde sus comienzos se ha desarrollado en una amplia variedad que se despliega como en abanico, y no podía ser de otro modo, porque ningún otro medio de expresión puede señalar la diferencia real entre los hombres. Este amplio despliegue de variedades poéticas se extiende desde las cimas de lo maravilloso hasta las profundidades de lo abisal. En lo maravilloso se nos aparece la realidad tal como debe verse; el surrealismo pretende enseñarnos a descubrir todo lo mágico e insólito que se oculta en lo real. Bretón, Eluard, Aragón, Desnos, Char, Blanchard. Schénadé encuentran su poesía en las fuentes de lo maravilloso. Lo abisal nos sumerge en el mundo de terrores, de angustias, nos hace recorrer los infiernos del alma y del cuerpo, de los cuales debe emerger el hombre, llevado de la mano de los llamados poetas negros: Artaud, Daumal, Gilbert-Lecomte. El acento sobre el humor con el carácter altamente subversivo de la poesía lo encontramos especialmente en Picabia, Tzara, Prévert, Queneau.

Así actúa la poesía como un medio para la liberación de los carceleros interiores y exteriores, llámense a éstos represiones, censuras, hipocresías mistificaciones, tabúes sociales, deformaciones ideológicas. Así busca la poesía afirmar los valores humanos esenciales para una nueva edad de oro regida por la poesía, el amor, la libertad, la era de la imaginación al poder.

domingo, 5 de agosto de 2012

La abstención II


CAPITULO IV 
LA ABSTENCION (II)

El Período de la Adolescencia

El niño que entra con malas costumbres en ese período crítico de la adolescencia, no resistirá a los ataques del amor naciente y de la sensualidad.

Los educadores que, por ilusión, se abstienen de aguerrir al niño contra la rebelión futura de los instintos, cometen un pecado de manifiesta presunción. Tientan a Dios.
(1) Sobre este período de la infancia aconsejamos al lector leer el Apéndice.

Cuando la crisis de la adolescencia estalla, la mayoría de los padres, aun aquellos mismos que ya no pueden hacerse ilusiones, se detienen por Timidez. La timidez paraliza su voluntad, y más aún su espíritu. No solamente no se atreven a entablar una conversación íntima con sus hijos, sobre los desórdenes del corazón y de los sentidos, sino que_ ni siquiera saben qué deben pensar de las perversiones precoces. Se asemejan a esos torpes que al principio de un incendio se asustan, y disparan, en vez de apagar las primeras llamas.

Comprendemos perfectamente el embarazo de los padres ante el misterio del amor. Cuando la vida hace de golpe una irrupción desordenada en la armonía pura de las almas, es muy difícil regular sus caprichos. No escribiríamos este libro si la solución de los casos de conciencia que entonces se plantean, fuera tan sencilla como la de mil problemas abstractos. Creemos, por el contrario, que hay pocos que sean tan difíciles de solucionar. Las complicaciones de orden práctico se agregan a la complejidad de los datos teóricos, para crear en el espíritu de los padres una angustiosa incertidumbre. ¿No se siente ansioso el médico la primera vez que hace una operación seria? Si se tratara de su propio hijo, estaría demasiado emocionado para poder operar él mismo. Ahora bien, el médico ha estudiado cirugía, se ha ejercitado en su arte. Los padres, en cambio, llegan a la adolescencia de su primer hijo, con una ignorancia y una falta de experiencia casi completas. ¿Cómo podrían dejar de sentirse perplejos e indecisos?

Por eso es que se abstienen de toda tentativa de intervención. Ante el miedo de cometer una torpeza, prefieren pecar por omisión. ¿Es posible disculparles? Las circunstancias atenuantes disminuyen en su culpabilidad; pero no eliminan la falta; no evitan sus consecuencias mortales.
En este capítulo quisiéramos ayudar a los padres a darse cuenta de su responsabilidad.
La experiencia de los colegios, la costumbre de la dirección espiritual, la lectura de las obras de pedagogía, el testimonio de los novelistas, las confesiones de los santos, todo concuerda y se une para probar las dos verdades siguientes: 1º, ningún niño escapa, entre los doce y los diez y ocho años, a una perturbación honda de su equilibrio físico y moral, que puede llevarlo a caer en un abismo de impureza; 2º, para sobrellevar esa revolución interior, no hay casi un solo niño que no esté librado a sí mismo, a su propia inexperiencia, a su debilidad, a sus vértigos; los que están cerca de él no tienen la caridad de tenderle la mano.

La responsabilidad de los padres, nace, en primer lugar, de la certidumbre de esa crisis.
Llega un momento, el de la pubertad, en que el organismo del niño se modifica profundamente. Es imposible que los padres no se aperciban de los signos evidentes de esa transformación. Manifestaciones exteriores les advierten que el alma de su hijo corre, o va a correr, grandes peligros. La época de las tentaciones secretas empieza. La guerra queda declarada. Guerra solapada, guerra silenciosa, guerra de los buenos y de los malos espíritus en el fondo de las conciencias. La acción del demonio no se nota por fuera. Pero eso poco importa. El alma es arrastrada y empujada al mal.

Los santos mismos no escapaban a esa fascinación del placer. Daremos sólo tres ejemplos: ellos desvanecerán todas nuestras ilusiones de que nuestros hijos escapen a esas tempestades, en las que los grandes santos casi se perdieron.

Santa Teresa de Avila parecía haberse puesto a cubierto de todo mal en su infancia. Su padre y su madre la rodeaban con el ejemplo de las mayores virtudes cristianas. Teresa tenía tres hermanas y nueve hermanos. Ella se consideraba la menos edificante de todos los de la familia. Juntábase con uno de sus hermanos a leer vidas de santos; los dos niños se animaban al martirio: “Concertábamos irnos a tierras de moros, pidiendo por amor de Dios, para que allá nos descabezasen”, nos cuenta ella. Esos deseos no eran cosa en el aire. Ella confiesa ingenuamente que el Señor le daba bastante valor como para llevar a cabo ese proyecto. Aún más, los dos héroes tentaron la aventura. Pero su tío Don Francisco Alvarez de Cepeda, que los encontró en el camino, los llevó de nuevo a su casa. “De que vi que era imposible ir a donde me matasen por Dios, ordenábamos ser  ermitaños..

¿Cómo han podido aflojar de golpe y torcerse, voluntades tan firmes y tan rectas? Ese es el misterio de los trece años.

A Teresa lo primero que la sedujo fué el leer novelas. Lo hacía cuidando de que su padre no la viese, y se embebía en su lectura durante muchas horas. “Comencé a traer galas, y a desear contentar en parecer bien, con mucho cuidado de manos y cabello, y olores, y todas las vanidades que en esto podía tener, que eran hartas por ser muy curiosa”. Esos términos generales dicen más que una descripción detallada sobre la atracción que ejerce la concupiscencia, al despertar, sobre las jóvenes. El frecuentar a sus primos, que eran de su edad, la descarriló aún más. Ella “oía sus niñerías, nada buenas” y que “debían acarrear su desgracia”.
Pero las amistades le fueron más funestas. Estaba fascinada por una compañera que “era de las más livianas”. Entre las dos se estableció una especie de complicidad para el placer. “Con ella eran mi conversación y pláticas; porque me ayudaba a todas las cosas de pasatiempo que yo quería, y aun me ponía en ellas, y daba parte en sus vanidades”. Teresa tenía entonces catorce años. El temor de Dios ya no la contenía. “No faltar al honor” era la única regla que le quedaba. Por ser fiel a ella, se imponía “una mortificación continua”.

Así pues, la adolescencia es la edad en que la lectura, la amistad, el amor, la vanidad, la ambición de aparentar, abren en las almas las primeras brechas. Hemos elegido el ejemplo de Santa Teresa, para demostrar que las almas privilegiadas por la gracia, no están exentas de tentaciones.
No agregaremos más que un trozo al cuadro, hasta en la vida de Santa Teresa se le encuentra: la disimulación.

La joven lee sus novelas a escondidas; complota a escondidas con sus primos y amigas.
Tiene pleno conocimiento de sus cálculos y disimulos. “Era tan demasiado el amor que mi padre me tenía, y la mucha disimulación mía, que no había de creer tanto mal de mí, y así no quedó en desgracia conmigo... porque como yo temía tanto la honra, todas mis diligencias eran en que todo fuese secreto.” Y agrega esto que parece salido de labios de Agustín: “Mi sagacidad para cualquier cosa mala era mucha.”

Habiendo entrado al convento como pupila, a nada teme tanto como a ver su conducta conocida de todos. “El demonio no deja de persuadirla y de engañarla. Y como les sucede a todas las adolescentes que mantienen relaciones clandestinas, se decía que “aquellas relaciones podían terminar en casamiento.” 

Indudablemente, Santa Teresa no fué muy allá por esas primeras pendientes. Le habría pasado lo que a otras, si no hubiese remontado la cuesta heroicamente. Sin embargo, el demonio pudo vanagloriarse de haber conmovido su virtud. Más adelante, la religiosa, en aquella visión célebre, contemplará y medirá la estrecha prisión de llamas, a la cual descendía paso a paso, día a día, en la época de su olvido de Dios. La experiencia que adquirió de las desviaciones del corazón fué bastante pronunciada como para que, más adelante, se reconociera al leer las Confesiones de San Agustín. “Tengo una afición especial a San Agustín, escribe ella, porque ha sido pecador. Apenas empecé la lectura de las Confesiones de San Agustín, creí hallarme a mí misma.” Confiesa que la vida de los santos a quienes Dios ha retirado del pecado, le proporciona un consuelo particular; se repetía que si Dios los había perdonado, podía también perdonarla a ella. 

La juventud de Santa Teresa da a todos los padres una triple lección. Sin duda no conocerán todas las caídas de la adolescencia en general. Pero no faltan libros que señalen el gráfico más o menos rápido y profundo de los pecados de la carne.

Las confidencias de Santa Teresa tienen la ventaja de determinar en qué forma las almas más santas, pueden ser alejadas, entre los trece y los catorce años, de las orientaciones de su primera infancia por una metamorfosis íntima. Esas confesiones de Teresa, nos revelan, al mismo tiempo que las faltas de la joven, el doble error de sus padres: la complicidad, y la abstención.

La complicidad le vino de su madre. La abstención sólo de su padre. Porque su madre murió en el momento en que la crisis de las pasiones se desencadenaba. Los sentimientos de Teresa están envueltos de tanta caridad y de tanta humildad, que, si asistiéramos en la gravedad de las faltas de su madre y atenuáramos las de Teresa, estaríamos más cerca de la verdad. Escuchemos a la Santa: “Paréceme que comenzó a hacerme mucho daño lo que ahora diré. Considero algunas veces, cuán mal lo hacen los padres, que no procuran que vean sus hijos siempre cosas de virtud de todas maneras: porque con serlo tanto mi madre, (como he dicho) de lo bueno no tomé tanto... y lo malo me dañó mucho. Era aficionada a leer libros de caballería, y no tan mal tomaba ese pasatiempo como yo lo tomé para mí.” 
Teresa trata de disculpar ése abuso. “Desto le pesaba tanto a mi padre, que se había de tener aviso a que no lo viese”. Era para Teresa un ejemplo funesto de disipación y de engaño. “Yo comencé a quedarme en costumbre de leerlos, y aquella pequeña falta que en ella vi, me comenzó a enfriar los deseos, y fué causa que comenzase a faltar en lo demás.” Su madre murió demasiado pronto para que se pueda saber cómo habría reaccionado ante los peligros de esa edad. Pero, ¿no es de temer que la presencia materna de nada le hubiese servido a la niña?

El padre, más prevenido, tenía severidades que le honran. Y sin embargo, no parece que Teresa hubiera hallado en él un educador, es decir: un hombre perspicaz, un confidente, un guía, un apoyo. No se dio cuenta de las malas influencias que actuaban sobre su hija: las lecturas, las amistades y las sirvientas.  Fué preciso que llegaran a sus oídos ciertos rumores, para que abriera los ojos: Todo aquello “no pudo ser tan secreto, que no hubiese harta quiebra de mi honra y sospecha en mi padre.”

Podemos suponer que tal vez entonces hablara con Teresa de ese punto tan delicado. Hay que creer que no se sintió capaz de hacerlo. Mandó a la joven a un convento. La abstención de ese tímido, no fué una abstención completa; pero la medida tomada no era suficientemente enérgica como para corregir los errores de las vacaciones.

¿Por qué no le habló el padre a su hija? Porque la amaba demasiado. La miraba con admiración, pero estaba ciego.
El convento fué de gran provecho para la adolescente; se apegó de todo corazón a su nueva vida. Hasta sacó de allí su atractivo por la vida religiosa, y el valor de comunicárselo a su padre. Desgraciadamente, éste no quiso oír ha¬blar de vocación, y se negó a dejarla seguir el llamado de Dios hasta “después de su muerte” , y siguió exponiéndola a los peligros del mundo.

Sin embargo, Teresa era una joven fácil de educar Dios la había colmado de dones y de gracias. En el mismo capítulo en que la santa hace su confesión movida por el remordimiento, se ve aparecer un tío que tuvo una gran influencia benéfica sobre su sobrina. “Aunque fueron los días que estuve, pocos, con la fuerza que hacían en mi corazón las palabras de Dios, así leídas como oídas, y la buena compañía, vine a ir entendiendo la verdad de cuando niña, de que no era toda nada, y la vanidad del mundo, y cóma acababa en breve todo...” 

¿Qué auxilio le faltó para que su adolescencia fuese completamente pura? Le faltó la ayuda de sus padres.
No nos extrañaremos pues, de que, habiendo tenido que sufrir a causa de la pasividad de su padre y de su madre, Teresa haya llenado las primeras páginas de su autobiografía de insistentes recomendaciones a los padres. Sabía, por experiencia, cuán funestas podían ser las consecuencias.
Pero, he aquí un segundo ejemplo, igualmente instructivo.

Pocas almas han tenido una juventud tan favorecida por Dios, y de gracias, como santa Margarita María.
Y sin embargo, por culpa de sus padres, a la edad en que Santa Teresa cometía sus primeras faltas, ella también estuvo a punto de perder su inocencia y la vocación. La gracia la movió, siendo aún muy pequeña, a hacer voto de castidad; le inspiró un gran horror por la impureza. Sin embargo, llegó un día en que el fruto que la serpiente presenta le pareció apetecible, hermoso y delicioso: “Bonum ad vescendum, pulchrum oculis, aspectuque delectabile”. Ella escribe: “Empecé, pues, a andar en el mundo, a adornarme para agradarle, tratando de gozar lo más que podía... Yo era naturalmente inclinada al placer y a las diversiones.., Hacía todo lo posible por buscar diversiones.”

¿Halló la joven apoyo en sus padres, en esa lucha íntima que tuvo que sostener contra el demonio? Su padre había muerto. Su madre y toda la familia, lejos de ayudarla y sostenerla, exponían a la pobrecita a todas las emboscadas del demonio. No cesaban de brindarle los placeres del mundo, de presentarle ocasiones de frecuentaciones amorosas, de apartarla de la vida religiosa, y de contrariar su deseo de enclaustrarse.
Tenemos ahí el ejemplo de una de las locuras más generalizadas entre las familias de religión cristiana mediocre. La vocación les parece un desastre tan grande que, por evitarlo, precipitarán a una adolescente hacia todo lo que puede infiltrarle la preferencia por el mundo y una repugnancia por Dios.

La táctica es tan fácil como criminal. Obtiene a menudo un éxito que sobrepasa toda esperanza. El alma, sustraída a la influencia de la gracia, en esa edad en la que se la necesita más que nunca, se embriaga con el vino nuevo del placer. No es raro hallar los peores libertinajes en aquellos que empezaron su carrera rechazando una gracia de elección. El cruce de los caminos también existe en el orden sobrenatural.

Felizmente, Margarita María, no fué infiel al llamado divino. Pero su fidelidad no es de aquéllas que se pueda prometer a todo el mundo. Porque verdaderos milagros fueron los que mantuvieron su alma en la vía de la santidad. Esos milagros no eran superfluos. Probablemente eran necesarios para que se salvara. Uno se pregunta si los auxilios ordinarios de la gracia, habrían sido suficientes para frustrar los planes que la familia de Margarita María tramaba contra Dios. No relataremos los favores maravillosos que Nuestro Señor no cesó de conceder a su esposa, para arrancarla a aquéllos que querían robarle su amor. Pero los medios extraordinarios que Dios emplea cuando le place, no disminuyen la responsabilidad de los padres. Y no es imposible que recarguen su conciencia.

Permítasenos citar un último ejemplo. Se trata también de un alma de santo, que encontró en su camino a este mismo demonio, pero que, gracias a Dios, consiguió burlar su malignidad. Más feliz que Margarita María, privado de los consejos paternos, encontró por lo menos un buen director.
Como San Agustín, como Santa Teresa, como Santa Margarita María, San Pedro Canisio, escribió también sus Confesiones. Es ése un testimonio excepcionalmente verídico; no hay otro documento sobre almas, más inmediato ni más sincero que las Confesiones de los grandes santos.

La primera página que Canisio escribió sobre su infancia, hace resaltar con fuerza el poder del pecado original. “¡Qué de defectos tengo que deplorar, dice él, cómo he sido de vano, de miserable, de estúpido, sin temor y sin amor! Pasaba la mayor parte del tiempo en necedades. Mi naturaleza corrompida, estaba corroída por diferentes males, y, a pesar mío, mi voluntad se mostraba cada vez más perversa; una concupiscencia malsana me empujaba a la ira, a la ira violencia, a la envidia, al orgullo, a la venganza... Ayas, padres, camaradas, todos fueron despreciados y ofendidos por mí”. Canisio se compara a un criminal lascivo, a causa de sus malas tendencias, aun antes de tener la edad de la razón.

“Con el crecimiento, dice, se desarrollaba el mal en mí. Sentía un mayor deseo de pecar; mi corazón estaba infectado de fermentos pútridos. Pecaba, y me vanagloriaba de ello; a veces elogiaba lo que ofendía la pureza de los niños... La crisis de la adolescencia debía agravar esas tentaciones. Mil lacras empeoraron el día en que debí salir de la casa paterna, para ir a habitar en la del preceptor que debía instruirme, porque allí di con condiscípulos que me enseñaron a pecar, con sus conversaciones y con sus ejemplos. Con esto mi licencia se acrecentó. Ellos se vanagloriaban de pensar en torpezas, de hablar de ellas, y se jactaban de todo eso. ¡No es, oh mi Dios, para disimular mi propia iniquidad que yo recuerdo las suyas! Ellos pecaban, pero yo no me defendía de caer en las mismas culpas. Ellos merecían látigo, pero yo lo merecía como ellos. Me daría vergüenza confesar lo que no tenía vergüenza de hacer” 

Dejemos a Canisio estallar en llanto y oraciones, delante de Dios, al recordar sus misericordias infinitas. Y preguntémonos qué ayuda recibió de sus padres.
Parece que ninguna. Como Santa Teresa, como Margarita María, no fué ilustrado, ni guiado, ni sostenido en su miseria.
En sus Confesiones no deja de demostrar efusivamente su agradecimiento a todos aquéllos que le han hecho bien. Pero, a través de los elogios, se trasluce su pesar.
Desde las primeras líneas agradece a Dios el haberle dado un padre católico y una madre piadosa, valiente contra la herejía innovadora. Sin embargo, cuando las pasiones empiezan a turbarlo y a mancillar su alma, no los vuelve a elogiar. Y no se olvida de exaltar, con una admiración sin límites, todos los beneficios que le debe a su preceptor del Gymnasio du Mont, Nicolás van Esche (J). Parece que él hace remontar los orígenes de su vida santa a esa educación. De sus padres, ni una palabra. No puede ser un olvido. Tenemos una confesión indirecta en los temores que expresa de que su padre pueda no haberse “salvado”.

Tenemos sobre todo, la prueba evidente, viendo cómo Pedro, en pleno relato de sus miserias, suplica a todos los padres, que no abandonen el alma de sus hijos. “De mis culpas y de las de los demás, escribe, he sacado una consecuencia, la de comparecer sin medida la suerte de los adolescentes bien nacidos. Porque, en nuestra época, se cuida tan poco su educación de esos jóvenes parecen no tener enemigos mayores que sus propios padres, sus pedagogos, y todos aquellos que les están unidos de más cerca, por la sangre, las relaciones y la amistad. Tales son las personas que depravan de mil maneras lastimosas a los jóvenes que se hallan en esa edad generosa. Ellas, no sólo las apartan de la piedad y del estudio, sino que las acostumbran a vivir orgullosamente, entre el lujo y la lujuria; las lecciones y los ejemplos domésticos, los incitan a pecar.

Abreviemos las invectivas del convertido. La contrición le da elocuencia. “¡Oh, qué serios!  
serán los castigos que sufrirán esas gentes, y qué severamente serán juzgados por Ti, Dios mío!” Al fin, su indignación se vuelve ferviente oración: “¡Abrid Señor, los ojos, no solamente de los padres ciegos, sino de los padres estúpidos, y de los educadores de la juventud, para que dejen de ser guías ciegos e insensatos, que conducen a los niños a la fosa de la condenación eterna!... Adviertan que la juventud se precipita espontáneamente a todos los vicios, y que sin gran violencia no suele doblegarse ni ser conducida a las exigencias de la virtud. Piensen que la flor de la virginidad es hermosísima y muy recomendable en esta edad. Pero también recuerden que no hay nada más frágil, ni más caduco que esa flor; y que una vez caída, se acabó la virtud, el dolor es ya tardío, la pérdida es irreparable".

La literatura contemporánea se explaya, con complcencia, sobre la efervescencia de la pubertad. Los médicos no acaban de describirnos sus leyes orgánicas; los psicólogos nos extravían entre el laberinto de las complejidades sentimentales; los novelistas nos hacen asistir a crímenes precoces; los escritores, hasta los más católicos, tienen algunas veces una voluptuosidad inconsciente al contar los primeros efectos del amor sensual en sus propios corazones, en sus primeros años. Esos recuerdos no les producen ninguna vergüenza.
Podría suceder que los padres encontraran ahí lecciones útiles. Pero no nos corresponde conmoverlos con análisis de ese género. Creemos haberles dado, al invocar el testimonio de los santos, los argumentos más nuevos y más convincentes.


martes, 10 de julio de 2012

LA ABSTENCION (I)


LA ABSTENCION (I)
El Período de la Infancia
Frente a los peligros enormes a que el pecado original expone a los niños, hay padres animosos que cargan con sus responsabilidades. Hay otros que huyen de ellas; sea por inexperiencia, sea por timidez, se abstienen de interve­nir en la educación de la pureza.
Hay dos períodos, especialmente, en los que esa tácti­ca de la abstención se practica con gran detrimento para las almas. La primera abarca los años de la infancia, la se­gunda los de la adolescencia.
Esas dos épocas son muy diferentes; en la primera, la sensualidad del corazón y de los sentidos todavía no está despierta; en la segunda, por el contrario, aparece sobre-excitada.
¿Qué debemos pensar primeramente de la abstención de los padres en el período de la infancia?
Si la vida fuera sólo juego, podríamos regocijarnos del retardo de la conciencia en el desarrollo de los sentidos. Mientras la razón, envuelta en los pañales, permaneciera dor­mida, uno podría dispensar a la naturaleza sus leyes in­teriores, uno podría entregarse sin temor, y hasta sin re­mordimientos, a los placeres que para los hombres serán pecados. Sin daño, por otra parte; el tiempo borraría las hue­llas de pasos en el camino que no se recorrería otra vez.
Dicen que todo pasa y que todo muere; que hay que saborear los goces de la juventud.
Esa es la filosofía de los despreocupados.
Desgraciadamente, los padres que se inspiran en tales máximas han perdido el buen juicio. Porque las edades de la vida humana dependen unas de otras, tan estrechamen­te como las estaciones. No solamente nuestros actos nos si­guen, sino que nuestros estados permanecen. Las cosechas del verano son, más bien, las cosechas, en el verano, de los largos trabajos del año; la nieve, las heladas, como todo lo demás, han desempeñado su papel en la preparación del terreno. En la vida del hombre todo se liga así. El pre­sente es la forma sensible del pasado. Es el pasado mismo bajo las apariencias del presente.
Insistimos en esta verdad porque es uno de los funda­mentos de la educación. Hay que basar el sistema de edu­cación en la ley de la continuidad, si no, se edificarán teo­rías en el aire.
¿No deben hacer los padres un esfuerzo para descender de las nubes a la realidad de los hechos?
Que reflexionen sobre lo indestructible que es el pasa­do, antes de razonar sobre el porvenir de los hijos.
Miremos a los niños a medida que van creciendo. Este tiene una cicatriz en la frente. En el pasado que señala su presencia. ¿Recordáis el día y la hora en que se produjo el accidente? Un instante bastó para hacerle un tajo; es inde­leble. Aquel otro se parece a su padre; éste a su abuelo. Es posible que uno de vuestros hijos tenga las facciones de ' un antepasado. Son sus ojos; y en sus ojos la misma mi­rada, la misma melancolía, la misma desconfianza. ¿No po­dría decirse, verdaderamente, que la misma alma habita ese cuerpo joven, y que el espíritu encuentra en él, para llegar de nuevo al mundo, los mismos arbitrios, y los mis­mos medios de expresión? El anciano ha sobrevivido, o ha resucitado.
Esta indefectibilidad de las formas y de las tendencias, se manifiesta hasta en los más pequeños detalles. Se le ob­serva no solamente en la comisura de los labios, en el rit­mo del paso, en la figuración de los gestos más comunes, sino en ciertos gustos estéticos o morales. Las cosas no se presentarían de otro modo si el pasado no constituyera el fondo mismo del presente, si el presente no fuera más que la superficie transparente del pasado.
No olvidemos que la civilización, la tradición, la cultu­ra humana, la herencia, toda la riqueza de la vida indivi­dual y nacional serían inconcebibles sin la presencia de los seres, de sus cualidades, de sus caracteres. Sin la du­ración, no se vería en los campos sembrados, más que el trabajo de la noche anterior; los tallos verdes que esta ma­ñana han atravesado la tierra húmeda y caliente, no han brotado de la nada, con toda seguridad. Las causas y las condiciones de esa germinación, vienen de tiempo atrás.
Un filósofo dice: “Es en el tiempo donde se producen todos los progresos, todas las caídas, todos los reconocimien­tos. El tiempo madura el fruto y lo pudre; mejora el vino y lo agria. Del mismo modo, todos los problemas que se nos plantean, se reducen a la mejor forma de emplear nuestro tiempo. Podemos hacer de él el mejor de los usos o el peor”, iii
Pues bien, no hay un caso en que el buen uso y el mal uso del tiempo tengan consecuencias más hondas y repercu­siones más lejanas, que en el de la pureza. Nunca es en vano que se preserva a la infancia, o que ésta arde en la fiebre de los sentidos. Todo ataque del vicio en la juventud, deja su marca indeleble para toda la vida. Las causas de la permanencia de esas huellas funestas, pueden escapár­senos.
Cualesquiera que sean, es un hecho innegable que to­do acto que desde el nacimiento del niño ataque las con­diciones mismas de la pureza, hace muy difícil de mante­ner la pureza toda la vida.
¿Habría un límite de energía física y moral, más aKá del cual se haría imposible practicar la pureza? Conside­rando únicamente los recursos humanos, no se puede dudar de ello. Hay naturalezas que son inevitablemente viciosas, degeneradas, degradadas, porque están anonadadas por el ' peso insostenible de los errrores pasados. Sólo la Gracia tie­ne el poder de devolver la confianza a aquéllos que deses­peran de poder librarse del yugo que magulla su carne.
Es por eso que, la abstención de los padres en la edu­cación del corazón y de los sentidos de sus hijos, es un homicidio moral. No exageramos al condenar severamente su pecado de omisión.
Aquéllos que, por sus costumbres culpables, encadenan, como con lazo preparado de antemano, la libertad moral de sus hijos, ¿no son acaso responsables de las dolorosas con­secuencias de esa herencia? La propagación de ciertas enfermedade físicas causa horror. Pero, ¿no es más odiosa la propagación de ciertas miserias morales?
En cuanto a los padres, sanos de cuerpo, que se ima­ginan que sus deberes de educadores no empiezan sino el día en que el niño es capaz de pecar gravemente, ¡qué im­prudencia no cometen!
Parecen ignorar que existen dos clases de integridad, por decirlo así: la integridad moral y la integridad física. La integridad moral es efectivamente completa, mientras el pecado no ha violado la conciencia. Los niños que no comprenden la gravedad del mal, conservan puro el santuario de su alma. Sin embargo, su integridad física ha podido ser ya profundamente minada, desmantelada. Muchas veces la integridad moral subsiste en el centro de un ser cuyos ins­tintos, temperamento, reacciones psíquicas, costumbres y tendencias, están ya entregados a la corrupción. A veces sucede que la integridad física ya no existe en un ino­cente. Como puede no tenerla un loco, irresponsable.
Este distingo permitirá a los educadores comprender mejor su tarea. Los padres que se abstienen de educar la pureza en la infancia, están expuestos a arruinar la integri­dad física de sus hijos, y a comprometer seriamente su futuro moral. Porque la integridad moral no tiene ninguna estabilidad en un temperamento avasallado por costumbres perversas. Desaparece tan ligero como se apaga una llama bajo la abundancia del agua. Muy a menudo se obra como si los actos que son funestos al adulto no lo fueran para el niño, bajo pretexto de que sus sentidos no están todavía despiertos. La verdad es, por el contrario, que lo que no daña al adulto por su fuerza de resistencia, es perjudicial para el niño, a causa de su impresionabilidad y de su maleabilidad.
Aún más, sería prudente y justo considerar al niño, no como a un ser sin defectos, por educar, sino como a un ser caído, al que hay que reeducar. No se trata sólo de educar­lo, sino de levantarlo de su caída. Partamos de la idea de que, salvado de la muerte por el bautismo, empieza enton­ces su convalecencia. Su convalecencia durará lo que du­re su vida; atravesará crisis peligrosísimas; tal vez habrá recaídas. Pero si esas recaídas fueran demasiado graves y demasiado frecuentes, su alma difícilmente alcanzaría la Vida eterna; y si se condenara, ¿de qué le serviría haber nacido? El primer pecado mortal, nunca se comete aquí en la tierra, en plena salud, en plena fuerza, como fué cometido en el Paraíso. Al contrario, la caída acusa un antiguo foco, mal apagado; es como una hemoptisis que revela la enfermedad secreta.
¿Teníamos, o no, razón al decir hace un momento que la integridad moral subsistía, aun cuando la integridad fí­sica estuviese ya atacada? No del todo. Hablábamos con op­timismo excesivo. En realidad, la integridad moral no exis­te completa en un niño de un día. El bautismo no le ha de­vuelto los privilegios del Paraíso. Esa integridad misma está comprometida, además, a la medida en que el pecado ori­ginal ha herido a la naturaleza humana, en forma quizás mucho más amplia de lo que nosotros nos figuramos.
¿Cuán­do seremos consecuentes con nuestra fe cristiana?
¿Cuán­do la virtud de la fe nos inspirará la virtud de la prudencia?
¿Será necesario que los psicólogos y los médicos nos convenzan de la verdad que el catecismo nos enseña?
El Dr. Freud ha vulgarizado, por decirlo así, las teorías psico-analíticas.
El psicoanálisis es un método de regresión, sobre el pasado vivido y perdido en lo “inconsciente”. Como un via­jero retrocede en su camino, para hallar sus huellas y los ob­jetos perdidos en su viaje, así se invita al adulto a remontar, por el recuerdo, la pendiente de su vida psicológica, para encontrar el origen de sus males. La explicación de las lacras de la madurez se halla en la adolescencia; los desórdenes de la adolescencia se deben a las miserias de la infancia; los afectos de esa primera edad, provienen a su vez de períodos precedentes. Sin duda, no está contenido en los gérmenes; sería negar la libertad y el poder de la vida. Pero el numero de las perversiones morales, que tienen su fuente de origen en la historia, como los ríos en los flancos obscuros de las montañas, desafía nuestros cálculos.
Por cierto, ya sabemos que Freud ha llevado sus con­clusiones hasta lo absurdo; con razón se le critica. De nin­guna manera os aconsejamos que practiquéis el psicoaná­lisis, como método útil bajo todo punto de vista. Es, a menudo, un arma 'envenenada en manos de los médicos. Pero la crítica misma de un exceso corre el peligro de em­pujarnos al exceso contrario. Freud está equivocado; no se necesita más para que cada uno vuelva a su inconsciencia. Todo sigue como si la ciencia no hubiera dicho nada que mereciera retener la atención.
Y sin embargo, no es él mucho más pesimista que Bos- suet en su Tratado de la Concupiscencia. El optimismo de Bossuet se funda en el poder de la gracia. El de Freud, en el psicoanálisis. Pero uno y otro juzgan a la naturaleza de otro modo que Rousseau. Ellos la condenan, y creen nece­sario corregirla por medio de la educación.
Lo admito otra vez, Freud es un obsesionado, un deli­rante. Tiene, como dicen, su óptica propia.
¿Pero so le lle­vará la contra en lo que sostiene hasta el punto de negar lo que la Santa Iglesia enseña?
¿No hay entre los dogmas y los hechos ninguna correlación?
¿No es el pecado original el principio de una especie de corrupción universal?
El Buen Dios permite que seamos despertados de nuestra somnolen­cia por los que le prenden fuego a la casa. Antes que Freud, desde hace ya muchos años, médicos célebres, de los que el mismo Freud fué discípulo, han insistido sobre la impor­tancia capital de la primera formación del niño, aun en el mismo seno de su madre, y en los años que preceden a la pubertad.
Desafiamos a los padres a que encuentren un solo mé­dico en el munndo, que no crea en la influencia preponde­rante de esa pre-educación maternal y familiar sobre la vida moral de los niños. No hay uno solo que no esté dis­puesto a firmar lo que dice H. Marión: “Toda mujer, desde el día en que tiene la esperanza de ser madre, debería re­doblar su vigilancia moral, como si el fruto que lleva de­biera beneficiarse con los méritos que adquiera, o, por lo contrario, llevar la marca y sufrir la pena de los desórdenes que ella se permita”. 
Los padres nos dirán: “Nos apuráis a que obremos. ¡Pero indicadnos qué es lo que debemos hacer!”
Les contestamos que los maestros de pedagogía les han trazado sus deberes. Esta obra les dará unos buenos conse­jos. Pero ¿se tomarán ellos el trabajo de estudiar su oficio de educadores? La experiencia nos ha demostrado que muy pocos padres y madres tienen ese valor. Así, pues, les deci­mos: antes de estudiar la táctica resolveos a tomar una re­solución enérgica. Decidios a luchar. La ofensiva es en esto una cuestión de vida o muerte. Cueste lo que costare hay que obrar de acuerdo a planes estudiados. Hay que seguir una regla. Hay que imponerse a sí mismo el esfuerzo, a ve­ces heroico, de una disciplina. Hay que execrar la doctrina de la comodidad, su vástago es la impureza. Hay que re­montar el curso de la vida como quien sube una pendiente. Hay que elegir los puntos de resistencia. Hay que saltar los obstáculos más bien que dar vuelta alrededor de ellos. Es necesario que la vida de los niños sobreabunde en fuerzas físicas y morales. Cuanto más crezcan las fuerzas interio­res, mejor será. Busquemos la alegría, la tristeza es la hez de las bebidas deleitosas. Pero esto no es una razón para que suprimamos las dificultades. Recordemos que la alegría es el fruto sabroso de la victoria. Hay que tender sólo a la alegría victoriosa. Cuanto más se asoleen las fuerzas del es­píritu, más se asegurará el triunfo del alma. Demos a nues­tros hijos la alegría de los monjes; serán así mucho más ' felices que con todas nuestras golosinas y todos nuestros mimos; éstos concluyen por producir aseo y excitar apetitos. En una palabra, no excitemos los sentidos en ninguna forma.
Esos principios de pedagogía, ¿no son contrarios a todo lo que todo el mundo inventa para dar bienestar a los niños? Hoy más que nunca, “todo lo del mundo, como dice San Juan, es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos, y orgullo de la vida” (-).
(1)     Marión. La solidariU morale.

(2)     I Jo., II, 16.
Sólo por ignorancia o por cobardía puede pretenderse, en el siglo XX, que es imposible salvaguardar la pureza de los niños. Nosotros esperamos demostrar que el mundo mo­derno ofrece tantos remedios para la concupiscencia, como provocaciones para el'mal. Pero para tomar esos remedios se requiere que los padres tengan una gran energía, y vir­tudes sólidas. ¿Las tendrán? Que piensen en las respon­sabilidades que el matrimonio les confiere. La carga de un alma es más pesada que la de un cuerpo. Está en juego la vida eterna. ¡Que haya un condenado que pueda acusar a sus padres de haberlo perdido! Es idea que hace estremecer. En un universo atacado por todos lados por el poder de las tinie­blas, toda alma bautizada es como una patria de Dios, rodea­da de fronteras sagradas. Se trata de saber si, antes de la declaración oficial de la guerra demoníaca, los padres de­jarán abiertas las fronteras, o si, por el contrario, las for­tificarán contra las invasiones del enemigo. Sabemos lo que le cuesta a un país el ser invadido, y qué difíciles son de reconstruir las ruinas de una invasión. La abstención, la falta de preparación, la improvisación, nos parecen críme­nes. Esos crímenes son tanto más graves cuanto menos se haga por preservar a los hijos de la Muerte espiritual 
iii      Louis Lavelle. La conscience de soi, pág. 229.

lunes, 25 de junio de 2012

LAS ILUSIONES DE LOS PADRES -2-

CAPITULO II 
LAS ILUSIONES DE LOS PADRES -I-

Cuando los padres contemplan a sus hijos, tienen los ojos cegados por algún demonio. No se aperciben de que la flor de su inocencia está languideciendo, se marchita y muere. 

¿Por qué son tan poco clarividentes? La naturaleza tal vez baste a crear el espejismo del candor eterno de los niños. Difícilmente puede uno imaginar que aquél a quien siempre ha amado como a un ángel, se haya convertido en un ángel caído, sin accidente, sin enfermedad y sin agonía. 

El demonio de la impureza, como un ladrón en medio de la noche, ha entrado subrepticiamente en esa alma, en la cual, desde el bautismo, no había dejado de habitar la Santísima Trinidad. Ha echado de allí al huésped divino. 

Y sin embargo, los padres no guardan duelo por esa defunción espantosa. Ni siquiera sienten oprimido el corazón por la tristeza y la inquietud. Porque se ilusionan completamente. Siguen creyendo que ese muerto a la gracia está vivo. 

Mientras duran las apariencias de la inocencia, ellos jurarían que esa alma ha permanecido pura. No les aconsejamos, por cierto, que hagan juicios temerarios sobre la conciencia de sus hijos y de sus hijas. No tienen derecho a iniciar un proceso sobre el estado de gracia de las almas. Las pruebas más auténticas y las más convincentes no permiten llegar a una condenación. 

La juventud, hasta en las provocaciones que a veces nos escandalizan, tiene tal ligereza de espíritu, que si uno penetrara hasta el fondo de las almas, se sorprendería de encontrarlas tan puras. 

Las hojas muertas cubren la superficie de un agua que se conserva limpia. Habría que ser muy superficial para acusar a los jóvenes que juegan al libertinaje, de ser tan malos como lo aparentan. 

También debemos poner nuestra confianza en la bondad paciente de Dios. El huésped santísimo que ha poseído durante tanto tiempo un alma de niño, no la abandona si no es echado por la voluntad. Se esfuerza por permanecer en ella, con más obstinación que la de la vida en el cuerpo de un enfermo. Porque El es la verdadera vida. Pero la naturaleza, entregada a sí misma, no puede darnos esperanzas de que el estado de gracia resistirá a los asaltos de la concupiscencia. 

Podemos pedir a la naturaleza todos los secretos de su arte para tratar de impedir la caída por los sentidos. Ella no podrá satisfacernos. Es incapaz de resistir al demonio. Por hábiles que sean los psicólogos, los médicos, los sabios de todas clases, son impotentes para conjurar la crisis del crecimiento, a la cual necesariamente está sujeta la vida sentimental, tanto como la vida corporal. No hay, pues, razón alguna que permita cegarse sobre los peligros que el amor hace correr a los adolescentes. Hay que abrir los ojos. 

Hay que ver. El encanto de la ingenuidad primera, termina alrededor de los trece años. Disipemos nuestros ensueños; una vez terminado el primer acto de las existencias, empieza el drama. Pero a muchos padres cristianos les costará creemos. Antes que perder la voluptuosidad de la admiración a sus hijos, preferirán acusarnos de pesimismo. Los dos ejemplos que vamos a referir, tal vez los hagan reflexionar sobre el engaño de sus ilusiones halagadoras. Antes de que los novelistas modernos hayan denunciado las ilusiones que las madres se forjan, Racine, en su Britannicus, ¿no nos ha revelado acaso las sorpresas de una mujer tan ingenua como Agripina? 

Una Agripina misma, no llegaba a comprender que un hijo tan tiernamente cuidado y mimado, aunque fuera Nerón, pudiera pasar de la inocencia al crimen. El conflicto entre Agripina y Nerón, a la edad de la primera emancipación, es un conflicto eterno. 

Contemplamos en él, como en un espejo, nuestras propias equivocaciones. A esta madre ciega le resulta imposible comprender que las relaciones entre ella y su hijo se han modificado con la edad. ¡Cuántos signos precursores de tormenta le sirven sin embargo de presagio sombrío! Pero la costumbre de mandar siempre y de ser siempre obedecida, le impide ver que su reinado ha concluido. 

Eso les sucede siempre a todos los padres autoritarios. No pueden concebir que no son ya dueños de corazones que han formado entre sus manos. Todavía gobiernan la casa, pero sin apercibirse de que, cada día, bajo el aspecto dócil de la infancia, el alma escapa cada vez más a su imperio. El impaciente Nerón deja de contenerse. La joven prometida de su hermano, Junia, es raptada bruscamente, en medio de la noche por orden de Nerón. La madre no había previsto ese atentado. 

El escándalo, hecho público, la enloquece; despierta en ella alguna sospecha, pero no la saca de su sueño. Sólo pensar en la educación que ha dado a su hijo, la ofusca. Está dispuesta a creer que ese principio de perversión no es más que un accidente pasajero. Piensa que seguramente las cosas no han de pasar de ahí; está pronta para intervenir. Al reflexionar, sin embargo, se estremece. 

El rapto de Junia sigue siendo un misterio para ella. ¿Qué quiere? ¿Es el odio, es el amor lo qiie lo mueve? ¿Cómo no ve que ese apasionado de diez y seis años está “enamorado” y “celoso” a la vez? ¿Cómo no se da cuenta de que ya es demasiado tarde para ponerle un dique al torrente? Vamos rápidamente A pedirle razón de ese rapto. Sorprendamos, si es posible, los secretos de su alma. ¡Si es posible !¡Qué cosa más fácil para quien conozca la naturaleza humana! Pero para una madre, acostumbrada a las docilidades de la infancia, nada es más incomprensible que las audacias de la pasión. 

La lucha se inicia. Pero contra toda previsión, el joven no le cede a su madre. Otros crímenes siguen al primero; otros más son de prever. Sin embargo, Agripina siempre se cree dueña del porvenir, demasiado poderosa para que el mal le parezca irreparable. Hace a su hijo una escena tan violenta que éste no tiene sino un medio de salir del paso. 

Pero ese medio es infalible. El joven hará caer a su madre en la trampa de la credulidad maternal. Sí, señora, quiero que mi agradecimiento Grabe, en adelante, vuestro poder en los corazones. Nerón aparenta volver a aquellos tiempos en que el yugo de su autoridad era para él un yugo amado. Id, pues, y llevad a mi hermano esa alegría. ¡Guardias! ¡Que se obedezcan las órdenes de mi madre! 

Contra todo lo que nos enseña la experiencia, Agripina se felicita de haber puesto fin, con su palabra terminante, al desarrollo de la pasión, cortándola como si fuera un hilo. Corre a casa de Britannicus, segura de su victoria. Príncipe, ¿por qué tardáis? 

Partid con diligencia; Nerón, impaciente, lamenta vuestra ausencia. La alegría y el placer de todos los convidados Espera a que os abracéis, para estallar. Ya sabemos con qué envenenamiento termina esa comida de reconciliación. Sin embargo, Agripina no siente ya temor alguno. 

Mientras “Britannicus expira” y Junia manifiesta sus aprensiones, la madre ciega, tranquiliza a la joven: He hablado, eso basta, todo ha cambiado: Sus atenciones no dan ya lugar a vuestras sospechas. Yo respondo de una paz sellada entre sus manos. Nerón me ha dado de ello prendas bien seguras. Los padres que tienen una venda sobre los ojos son legión. 

Viendo sus imprudencias, sus ingenuidades, sus piadosas torpezas, diríase que sus hijos no están o no pueden estar atacados de un mal profundo. Tal madre, muy amorosa, escrupulosamente fiel a sus deberes de conciencia, se ha dado cuenta de que una nube ensombrecía el rostro cándido de su hijo. “La mirada huía de la suya, ensueños desconocidos se ocultaban en ella; un deseo se escondía, como esos peces que enturbian el agua y luego se escabullen”. Pero ella no admitirá que el amor pueda haber turbado la paz de esa alma. Creerá que esa tristeza “sólo es el recogimiento de un alma, para quien la presencia de la noche confunde con la presencia de Dios”. Así nos la presenta Frangois Mauriac. Inquieta, a pesar de todo, ronda alrededor de su hijo grande; espía su rostro; rechaza como a malos pensamientos ciertas hipótesis infamantes. 

Después pide consejo a su director. De esas conversaciones saca la conclusión de que abriendo a la sociedad su casa que hasta entonces ha mantenido demasiado cerrada, alejará los lúgubres fantasmas. Por fin se resuelve a abandonar a su Fabián, solo, a que se distraiga con las aventuras de un largo viaje. El joven viaja, en efecto. Pero, como un animal al que se le da caza, es presa de las bestias impuras. Al regresar a su casa, presiente que su madre, por su misma confianza, habrá de colocarlo en situación embarazosa. 

Efectivamente, esa misma mañana, el Señor Cura debía celebrar la Santa Misa, a las siete de la mañana, por el eterno descanso del alma de su hermano. Pero dejemos a Mauriac pintar el candor de esa mujer, “Mañana por la mañana podríamos comulgar juntos por José, le dice a su hijo. Ya le he avisado al señor Cura que tal vez tú quisieras confesarte antes de la Misa”. “Ingenuamente, como cuando su hijo tenía doce años, ella disponía de su vida interior”. “—Os olvidáis de mi edad, madre. ¡No tenía intención de comulgar aquí!” “Ella, sin entender, protestaba: ¡Cómo podía dudar de sus buenos deseos! El sabía cuál es el valor de los méritos aplicados a una pobre alma... Ella no podía creer que quisiera privar de ellos a su hermano. Le hablaba en el mismo tono que antes, sin llegar a imaginar que él pudiera ser distinto de aquel niñito devoto, de aquel adolescente casto; y, súbitamente inquieta, levantaba su rostro demacrado y, quemado por las lágrimas de ese día. A mil leguas de sospechar las costumbres de su hijo, temía más bien una crisis de su fe”.

La pérdida de la fe, en los seres inteligentes, no parece tanto deshonor como la impudicia. Su hijo consiguió tranquilizarla sobre ese punto, y hasta darle el consuelo de rezar esa noche con ella algunas oraciones. ¡Ah!, si la ceguera fuera una virtud, dejaríamos que la naturaleza mistificara a los pobres padres. Y si fuera una condición de felicidad familiar, tal vez valdría más tolerar las mentiras de la vida. Pero el deber de la educación se opone a tales compromisos. Sólo la verdad permite a los educadores cumplir con sus obligaciones. Antes de emprender su tarea, los padres empezarán, pues, por hacer un acto de je en la corrupción de la naturaleza humana. 

No todos los padres son tuberculosos, ni todos los hijos están predispuestos, por herencia, a la tuberculosis. Pero todos los padres tienen el pecado original, y todos los hijos nacen contaminados. Los hijos, a pesar del bautismo, han adquirido por vía de la sangre, esa enfermedad inevitable que llaman concupiscencia. Creer en ello es el principio de la sabiduría. 

El acto de fe en la realidad del pecado original, para ser útil y saludable en la educación, debe ir acompañado de un acto de humildad, sincera. Si los padres tienen la alegría y el honor de haber dado, con la ayuda de Dios, la vida a un ser, a un miembro de Jesucristo, tienen también el dolor, y yo agregaría la vergüenza, de haberle transmitido la mancha original. 

Esos diferentes sentimientos armonizan muy bien en el alma del cristiano. Deben de hacerla más enérgicamente generosa. Por un lado, la filiación divina, adquirida en el Sacramento de la incorporación a Cristo, hace de los padres los generadores responsables de un hijo de Dios; y por otra parte, la triple concupiscencia, adquirida por el solo hecho de nacer, hace de ellos los generadores responsables de un hijo de Adán. Esa doble responsabilidad debe estimular su prudencia y su valor. Pero son pocos los padres que aprecian el honor que les corresponde por el bautismo de sus hijos; menos sienten todavía la humillación que resulta para ellos del contagio del pecado original.

Sin embargo, esta humillación es beneficiosa. Mientras no se haya sentido intensamente esa indignidad, no se está preparado a llenar los deberes de educador. Generalmente se piensa que los novelistas eligen como héroes de sus fábulas a seres anormales, monstruosos, y que las pasiones que se apoderan de ellos, no arden en el corazón de la personas decentes. Aquí el arte engaña. 

Tal vez la lectura de novelas causara menores daños si los lectores, conscientes de sus propias debilidades, sacaran de ahí una lección de realismo moral. ¿Por qué será que la experiencia ajena no nos cura de nuestra propia ceguera? Dejemos de lado a las novelas si no sirven para abrirnos los ojos, y meditemos las enseñanzas de los grandes doctores de la Iglesia. En las confesiones de San Agustín, leídas y releídas, tratemos de reconocer ese fuego de las malas pasiones que a nadie perdona. 

No es jansenismo afirmar la realidad de la concupiscencia. Escuchemos a Bossuet; ¡pueda él mantenernos vigilantes, como las vírgenes prudentes! “Todo desorden, dice Bossuet, proviene de la carne, y del imperio de los sentidos que prevalecen sobre la razón. Ese desorden empezó en nuestros primeros padres; nacemos de él, — y ese ardor desmedido se ha vuelto el principio de nuestro nacimiento y de nuestra concepción, al mismo tiempo... 

Nuestras pasiones insensatas no se declaran de golpe, pero el germen que las produce a todas, está en nosotros desde nuestro origen. Nuestra vida comienza por los sentidos. “¿Qué otra cosa somos en la infancia, que cuerpo y carne, por decirlo así? Pero, vamos aún más lejos; nos hallaremos, en cierto modo, aún más carne y sangre en el seno de nuestras madres, desde el momento de nuestra concepción. .. Eso es lo que ha hecho decir al Salvador que todos somos carne, en tanto que de la carne nacemos. La razón está oprimida y como apagada en quienes nos producen; no tenemos el más pequeño uso de razón al principio y durante los primeros años de nuestro ser: desde que aquélla empieza a puntar, aparecen todos los vicios, poco a poco: cuando su ejercicio empieza a ser más perfecto, empiezan a declararse, al mismo tiempo, los grandes desarreglos de la sensualidad”. 

Esa doctrina es austera, pero exacta. Nos hace comprender que es necesario unir una extremada prudencia a la fe y a la humildad. Nuestra vigilancia debe empezar desde el primer día de la concepción del niño. Si hemos leído a Bossuet atentamente, notaremos que él insiste en los orígenes de la concupiscencia; a su juicio, éstos explican toda la corrupción de la vida como una fuente fétida la de un arroyo. “Entregados al cuerpo, y completamente cuerpos desde nuestra concepción, esa primera impresión nos hace seguir siendo sus esclavos”. 

Hay, pues, que purificar la fuente. La prudencia más elemental exige que no esperemos a los doce o a los catorce años del niño, para declarar la guerra a “la carne de pecado” que está en él, y de la cual nosotros hemos sido los propagadores. A los padres les corresponde tomar la iniciativa del combate. Desde los primeros días del matrimonio, y más aún, desde el momento en que el niño empieza a formarse en el seno de su madre, será sabiduría luchar contra las instigaciones carnales. 

No esperemos a que se nos ataque. Obremos, de hecho, como si lo fuéramos. Persuadámonos de que la vida moral de nuestros hijos es ya combatida en nosotros; el jardín en que ella florecerá está amenazado por una mina subterránea . No se espera a que la tuberculosis haya hecho cavernas en el pulmón enfermo para aportarle remedio. Basta que el accidente sea posible. En cuanto se apercibe uno que el temperamento no ofrece seria resistencia, hay alarma y se toman medidas preventivas. Se puede decir que de la tuberculosis se triunfa, triunfando de la pretuberculosis. La mayor parte de los males deben ser dominados al nacer: hay que impedir que nazcan, o a lo menos, que crezcan. 

Tal sucede con la concupiscencia. Si se espera la crisis de la adolescencia, siempre es tarde, y muchas veces demasiado tarde, para detener los progresos del mal. Nuestras probabilidades de éxito residen casi todas en la ofensiva previa; es de importancia el iniciarla en los primeros diez años. Aunque la rebelión futura del corazón y de los sentidos sea un accidente, no sólo probable sino seguro, tal vez ni pensamos en ello. Desde el momento en que hemos comunicado el germen de esa rebelión de la carne contra el espíritu, debemos preparar también la victoria del espíritu sobre la carne. 

Si tuviéramos más fe y más humildad, tendríamos también sabiduría. Pero, porque no tenemos bastante fe en el dogma de la caída, carecemos de previsión en el combate. Los consejos que tratamos de dar a los padres, les serán útiles, únicamente, si antes de buscar remedio a los males que asedian a las almas, están dispuestos a hacer acto de fe, de humildad y de prudencia, míentras los sitúen en la verdad. 1 

(1) Frangois Mauriac, Le Mal (Grasset), pág. 108. (1) Bossuet. Tratado de la concupiscencia. Cap. VIL

EL PROBLEMA DEL AMOR -1-

CAPITULO I 
EL PROBLEMA DEL AMOR 

El hombre ha sido hecho para amar a Dios sobre todas las cosas, y a todas las cosas en Dios. Así como el ojo ve la luz, y admira en el brillo radiante del sol las bellezas innumerables del universo, el corazón humano aspira a poseer a Dios, y debe, si se mantiene fiel a su destino, poseer en Dios a la creación entera. 

Ese es su fin. El amor empieza a hacer latir el corazón del hombre desde su nacimiento. Al principio de la existencia éste parece confundirse con el apetito de la naturaleza. 

Empujado por una pasión irresistible, el niño tiende sus manos hacia el objeto que brilla. Si fuera capaz de agarrar lo infinito, en seguida lo atraparía. Si Dios se presentara a él como un bien sensible, en seguida se perdería en Dios. Antes de fijarse en la eternidad, el amor se da contra todos los obstáculos de la tierra. 

Debe librar una batalla terrible en un mundo donde el sufrimiento y la muerte ha- con estragos. Está en lucha con el mal, es decir, contra las Potencias de las tinieblas. Sus aventuras se confunden casi con las del pecado. La Historia y la Novela se complacen en describir las mil formas y aspectos bajo los cuales el amor herido exhibe la corrupción de sus llagas. Son heridas del demonio. Pero, como son también heridas del amor, el hombre se interesa por ellas apasionadamente. 

Del resultado final de esos combates depende la eterna felicidad o la eterna desgracia del hombre. No son ni la inteligencia, ni la ciencia, las que salvan a la humanidad; es el amor. La verdad no libra al alma, a quien libra es al corazón. Son las cadenas del corazón las que mantienen a los espíritus en el fuego de la condenación. 

La condenación misma no es otra cosa que la privación del amor esencial. Con el odio nace la desesperación. La primera tarea de los educadores es la de preparar a los niños a amar según el orden de la verdad. De todas las victorias o de todas las derrotas que puede ganar o perder el amor, la primera es la de la adolescencia; es también la más importante por sus consecuencias. 

A la edad en que el ser humano es todavía descuidado, inexperto, y está desarmado, es cuando se desencadena en él el combate interior más mortífero de la vida. Quiérase o no, es preciso que David voltee a Goliat. No se puede evitar la muerte del alma, más qué con la victoria sobre el demonio impuro. Los padres tienen el deber riguroso de preparar al niño para la batalla que se librará en el corazón del adolescente: la batalla de la pureza. Si el niño es vencido, también los padres lo son. 

Y si es por su culpa, lo son doblemente. La derrota del soldado es la derrota de su jefe. Y cuando ésta es el resultado de un error o de una falta del jefe, ¡en qué resposabilidad tan grande incurre ese jefe! Nosotros quisiéramos ayudar a los padres a resolver el problema de la educación familiar que se les plantea en ese período crítico de la adolescencia de sus hijos. Para que el niño, durante esa crisis, no pierda la integridad moral que hasta entonces constituía su belleza, su honor, su energía y su salvación, ¿no habrá alguna táctica que seguir? Nos ha parecido que en el cumplimiento de sus obligaciones, lo que les falta más a menudo a los padres es el conocimiento de ciertas verdades del cristianismo. 

La ignorancia de la vida cristiana es, a nuestro juicio, la causa principal de la incompetencia de los educadores. Están muy por debajo de su responsabilidad, porque la ciencia que generalmente poseen de la vida del mundo, no va acompañada de una ciencia suficiente de la vida sobrenatural. 

No son ni los escándalos de las pasiones, ni los horrores de la sensualidad, lo más necesario de conocer. Creemos que la debilidad de los adolescentes proviene de no habérseles hecho meditar bastante sobre las riquezas insondables de Cristo. Indudablemente, la experiencia del mal tiene alguna utitilidad. 

Pero la del bien la tiene mayor. ¿Tienen los padres experiencia del bien en el mismo grado que la del mal? Es de temer que no sea así. Y es por el bien que se triunfa del mal. De nada le habría servido a David ver la inmensidad de Goliat, si no hubiera puesto en su honda algunos guijarros del arroyo, y en su corazón la confianza en Dios .Uno puede haber visto, con sus propios ojos, mil maneras de caer; pero, desgraciadamente ¡no haber visto ninguna de levantarse! Los mismos médicos, a quienes no sorprende ninguna de las turpitudes humanas, se encuentran generalmente desarmados cuando se trata de educar verdaderamente el corazón y los sentidos de un niño. 

Al arsenal de su ciencia le faltan los verdaderos remedios. Nuestro designio no es, pues, equívoco. Mientras mil y un libros relatan la forma en que cae un adolescente, nosotros quisiéramos escribir uno, entre otros, que enseñe cómo puede evitarse la caída por los sentidos, y al mismo tiempo cómo exaltar su vida por medio del amor. 

Esperamos que a nadie sorprenderá el que hayamos empleado la palabra “amor” donde tal vez se esperaba encontrar la palabra específicamente cristiana de “caridad”. Una cosa es la virtud infusa de caridad, que el Espíritu Santo puede derramar en nuestras almas, y otra cosa es el impulso vital del corazón hacia lo bello y el bien creado. 

No se pretende aquí hablar sobre las virtudes teologales, sino sobre el amor humano. 

Que éste deba ser disciplinado, ordenado, elevado por la caridad cristiana, no lo discutimos. Sin embargo, él existe por sí mismo; tiene su forma, su fin, sus leyes, sus cualidades y sus defectos. Es de él que queremos hablar. 

Aun suponiendo que en nuestra obra se tratara únicamente de la caridad infusa, ¿no habría cierta razón para darle el nombre más general de amor? San Francisco de Sales se halló ante esa misma dificuitad. Nos es particularmente agradable adoptar la solución que él adoptó. 

El Santo Doctor escribe: “Orígenes dice en alguna parte que, a su juicio, la Escritura Divina, queriendo impedir que el nombre de amor diera motivo de malos pensamientos a los espíritus enfermos, como más propio de significar una pasión carnal que un afecto espiritual, en vez de ese nombre de amor, ha usado el de caridad y el de dilección, que son más honestos”. 

Pero el Santo le opone la idea de San Agustín, que “consideró mejor el uso de la palabra de Dios”, y la del gran Dionisio, quien “como excelente doctor de la propiedad en el empleo de los nombres divinos, hace un mayor elogio del empleo de la palabra amor”. 

Por fin San Francisco dará a su libro el título de: “Tratado del amor de Dios”. Quiere seguir así “el ejemplo de esos antiguos teólogos” que “empleaban el nombre de amor en las cosas divinas, para quitarles el olor a impureza con el cual lo carga la imaginación del mundo”. 

jueves, 7 de junio de 2012

Manejo del pensamiento


El pensamiento lateral

En todos los tiempos se ha estimulado y cultivado el pensamiento lógico o vertical, pero éste si bien es eficaz, resulta incompleto. 

El pensamiento lógico, selectivo por naturaleza, ha de complementarse con las cualidades creativas del pensamiento lateral. 

Esta evolución se aprecia ya en el seno de algunas escuelas, aunque la actitud general hacia la creatividad es que constituye algo bueno en sí pero que no puede cultivarse de manera sistemática y que no existen procedimientos específicos prácticos a ese fin. 

Con El Pensamiento Lateral, o conjunto de procesos destinados al uso dé información de modo que genere ideas creativas mediante una reestructuración perspicaz de los conceptos ya existentes en la mente, puede alcanzarse ya que éste, pensamiento lateral puede cultivarse con el estudio y desarrollarse mediante ejercicios prácticos de manera que pueda aplicarse de forma sistemática a la solución de problemas de la vida diaria y profesional. Es posible adquirir habilidad en su uso al igual que se adquiere habilidad en la matemática y en otros campos del saber.

Como la incorporación de las técnicas de la creatividad a la enseñanza escolar y universitaria puede requerir considerable tiempo, muchos padres considerarán que no tienen por qué esperar esa evolución del sistema docente.

Es importante comprender que no existe antagonismo entre el pensamiento lógico tradicional y el pensamiento lateral o creativo. 

Ambos tipos de pensamiento son necesarios y se complementan mutuamente. La inmensa utilidad y efectividad del pensamiento lógico puede aumentarse aún más con la adición de las técnicas del pensamiento lateral que reduce la rigidez de un encadenamiento exclusivamente lógico de las ideas. 
Llegará un día en que el pensamiento lateral formará parte del programa general de la enseñanza, pero mientras no sea así puede aprenderse en el ámbito del hogar.

El pensamiento lateral está íntimamente relacionado con los procesos mentales de la perspicacia, la creatividad y el ingenio. Todos ellos tienen la misma base, pero se diferencian en que mientras estos tres últimos tienen un carácter espontáneo independiente de la voluntad, el pensamiento lateral es más susceptible de ser determinado por la voluntad consciente. Se trata de una forma definida de aplicar la mente a un tema o problema dado, como ocurre con el propio pensamiento lógico. pero de un modo completamente distinto.

La cultura se basa en el establecimiento de ideas y la enseñanza tiene como misión principal la explicación v comunicación de estas ideas, de modo que sean asimiladas más o menos en su forma original. Las ideas cambian v evolucionan. Sus transformaciones se producen como consecuencia de la oposición de ideas contrarias o por la oposición de una nueva información con ideas viejas. 

En el primer caso, una de las ideas adquiere predominio sobre la otra, de forma que esta última queda suprimida, pero no experimenta cambio alguno. 

En el segundo caso. se modifica la idea antigua como resultado de los nuevos conocimientos. Este segundo caso constituye la base fundamental del proceso evolutivo de la ciencia, que constantemente reúne nueva información para perfeccionar una idea ya existente o crear nuevas ideas. En realidad, no sólo constituye la base del desarrollo científico, sino también del proceso evolutivo de la propia mente humana.

La enseñanza se fundamenta en el supuesto de que es suficiente una comunicación eficaz de la información para que ésta se ordene automáticamente en ideas útiles. Con ese fin hemos desarrollado medios para el mejor tratamiento de la información tales como operaciones matemáticas (para extenderla) y el pensamiento lógico (para depurarla).

El conflicto como método para el cambio y perfeccionamiento de las ideas es eficaz cuando la información puede ser valorada objetivamente; pero carece de efectividad cuando la nueva información ha de ser valorada a través de las ideas antiguas; en vez de ser cambiadas, éstas adquieren aún mayor fuerza y rigidez.

El método más eficaz para transformar ideas no es externo como la contraposición de nuevas ideas sino interno mediante la reestructuración de la información disponible a la luz de la perspicacia. (Por perspicacia se entiende en el contexto de esta obra la profunda y clara visión interna de un tema o de parte de un tema.) La perspicacia es el único modo eficaz de cambiar conceptos cuando la información no puede ser enjuiciada de manera objetiva, y aun cuando pueda serlo, como en el caso de la ciencia, una reestructuración perspicaz de los datos disponibles puede acelerar su progreso. La aplicación del pensamiento lateral v la enseñanza tienen su razón de ser en el hecho de que el último fin de ésta no es la memorización de los datos, sino su uso óptimo.

Cuando las ideas ejercen una función rectora de la información en vez de constituir simples subproductos de la misma, el progreso experimenta una aceleración. Sin embargo en la enseñanza se carece hasta la fecha de medios para el cultivo de la perspicacia; se procede a una simple acumulación de información con la esperanza de que en un momento dado aparezca la perspicacia con su efecto clarificador. Para superar esa situación se ha desarrollado el pensamiento lateral como instrumento para el uso consciente y deliberado de la perspicacia.

La razón de que la perspicacia la creatividad y el ingenio posean ese carácter, reside en la propia efectividad de la mente. La mente opera creando modelos con los conocimientos adquiridos para su uso posterior. Cuando dichos modelos están formados es posible identificarlos, combinarlos entre sí y usarlos dentro del contexto de sus formas. A medida que se desarrolla el uso de los modelos aumenta su solidez.

El sistema de modelos es un medio eficacísimo de tratar la información. Cuando los modelos se han establecido forman una especie de código. La ventaja de un sistema de códigos reside en que para su uso, en vez de precisarse la totalidad de la información almacenada, basta con los datos codificados para proceder a su identificación, de manera análoga a como se extrae un libro en una biblioteca a partir de la simple mención de su número codificado.

Se puede considerar la mente como una especie de ordenador en cuya compleja memoria la información no se registra en su forma original, a efectos de su subsiguiente lectura, sino que se organiza automáticamente en modelos de datos. Este sistema de memoria basada en modelos codificados es extremadamente eficaz, pero comporta también ciertas desventajas. Aunque permite una fácil combinación de los modelos entre sí, es difícil conseguir una reestructuración de los modelos. La perspicacia y el ingenio se basan en una reestructuración de los modelos. al igual que la creatividad, aunque ésta exige ante todo la superación del efecto restrictivo derivado de la rigidez de los modelos. A esta liberación de los modelos, el pensamiento lateral añade la formación de nuevos modelos.

El pensamiento lateral tiene mucho en común con la creatividad: pero mientras esta última constituye con excesiva frecuencia sólo una descripción de resultados, el pensamiento lateral incluye la descripción de un proceso. Ante un resultado creativo sólo puede sentirse admiración: pero un proceso creativo puede ser aprendido y usado conscientemente. La creatividad está rodeada de un aura mística, a la manera de un talento misterioso, lo cual quizás es justificable en el mundo del arte, que exige sensibilidad estética, emotividad y capacidad innata de expresión, pero tiene menos razón de existir en otros campos. Cada vez se valora más la creatividad como factor de cambio y de progreso; se le confiere un valor superior al conocimiento técnico a causa de que éste es más asequible. Para poder hacer pleno uso de la creatividad es preciso extirparle ese halo místico y considerarla como un modo de emplear la mente y manejar información. Tal es la función del pensamiento lateral.

El pensamiento lateral tiene como fin la creación de nuevas ideas, normalmente se relacionan las ideas nuevas con el ámbito de la invención técnica; sin embargo, la invención de nuevos dispositivos técnicos es sólo uno de los múltiples aspectos que derivan de la creatividad. Las nuevas ideas son factores de cambio y progreso en todos los campos, desde la ciencia y el arte, a la política y la felicidad personal.

El pensamiento lateral tiene como función también la liberación del efecto restrictivo de las ideas anticuadas. Ello conduce a cambios de actitudes y enfoques, a la visión diferente de conceptos inmutables hasta entonces. La liberación del efecto polarizador de las viejas ideas y el estímulo de nuevas ideas es una doble función del pensamiento lateral.

El pensamiento lateral difiere fundamentalmente del pensamiento vertical o lógico, basado en el avance de las ideas a través de fases justificadas en sí mismas. En el pensamiento lateral la información se usa no como un fin en sí misma, sino como medio para un efecto determinado; se emplean a menudo como punto de partida planteamientos erróneos para llegar a una solución, al contrario del pensamiento vertical, en el que dicho procedimiento se descarta por principio (lógica, matemática). En el pensamiento lateral se busca a veces información que nada tiene en común con el problema que se estudia; en el pensamiento vertical sólo se busca lo que está relacionado con dicho problema.

El pensamiento lateral no pretende sustituir al pensamiento vertical: ambos son necesarios en sus respectivos ámbitos y se complementan mutuamente; el primero es creativo, el segundo selectivo.

Con el uso del pensamiento vertical se llega a una conclusión a través de una serie de fases. Como consecuencia de la solidez de cada fase. se posee una certeza absoluta de la corrección de la conclusión a que se ha llegado: sin embargo. a pesar del encadenamiento lógico correcto de las ideas, toda conclusión se apoya en una base que no se ha demostrado lo que posee un carácter eminentemente subjetivo. La necesidad de seleccionar esta base o concepto primario. mediante una clara división subsiguiente de conceptos, confiere al pensamiento vertical una excesiva polarización. El pensamiento lateral permite una investigación del concepto primario original, así como una comprobación de la corrección de cualquier conclusión, independientemente del grado de certeza que se posea a causa de su elaboración lógica.

El pensamiento lateral aumenta la eficacia del pensamiento vertical, al ofrecerle nuevas ideas para su elaboración lógica. No se puede cavar otro hoyo profundizando un hoyo ya empezado. Puede decirse que el pensamiento vertical confiere mayor profundidad a un hoyo ya iniciado. En cambio, el pensamiento lateral inicia un nuevo hoyo.

El hecho de que hasta el presente la enseñanza haya girado exclusivamente en torno al eje del pensamiento vertical, confiere carácter imperativo a la inclusión del pensamiento lateral en los programas docentes, no porque aquél no sea suficiente para estimular el progreso, sino porque su uso exclusivo incluye ciertos peligros.

Igual que el pensamiento vertical, el pensamiento lateral es un modo de usar la mente. Constituye un hábito y una actitud mentales. Para su aplicación pueden utilizarse técnicas específicas, como las existentes para el pensamiento lógico. En este libro se dedica considerable atención a la exposición de esas técnicas, no porque constituyan una parte importante del pensamiento lateral, sino porque son eminentemente prácticas. 

Una voluntad de crear y una exhortación a una inspiración externa no serían suficientes para la creatividad inmediata o para el desarrollo del hábito de su uso: se requiere una comprensión del funcionamiento de la mente y el dominio de técnicas para desarrollar el pensamiento lateral y facilitar su uso. Mediante la comprensión de las técnicas y cierta práctica. el pensamiento lateral se convierte en una actitud mental, con lo que el empleo de las técnicas es un proceso automático ante los problemas de la vida real.

En realidad, el pensamiento lateral no es un nuevo sistema con mágica efectividad. En todas las épocas han existido gentes que han usado el pensamiento lateral para alcanzar ciertos fines. El objetivo de este libro es mostrar cómo el pensamiento lateral es una parte básica esencial del acto general de pensar y exponer técnicas para su uso práctico. En vez de esperar simplemente que la perspicacia y la creatividad se manifiesten por sí mismas, se propone el empleo del pensamiento lateral de manera consciente y deliberada.

Resumen

El pensamiento tiene como objetivo la acumulación de información v su desarrollo en la forma más favorable posible. La mente se caracteriza por la creación de modelos fijos de conceptos lo que limita las posibilidades de uso de la nueva información disponible a menos que se disponga de algún medio de reestructurar los modelos ya existentes actualizándolos objetivamente con los nuevos datos. El pensamiento tradicional permite refinar los modelos y comprobar su validez, pero para conseguir un uso óptimo de la nueva información hemos de crear nuevos modelos, escapando a la influencia monopolizadora de los ya existentes. La función del pensamiento lógico es el inicio y desarrollo de modelos de conceptos. La función del pensamiento lateral es la reestructuración (perspicacia) de esos modelos y la crea ción de otros nuevos (creatividad). El pensamiento lógico y el pensamiento lateral son complementarios. Se requiere habilidad en ambos; no obstante, la enseñanza ha rendido siempre culto exclusivo al pensamiento lógico.

La necesidad del pensamiento lateral deriva de las limitaciones inherentes al comportamiento de la mente constituida como sistema de memorización optimizado.