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miércoles, 17 de junio de 2009

EL LENGUAJE DE LOS GESTOS: Una ciencia incipiente

Extraído de El lenguaje de los gestos, Flora Davis.

El concepto de comunicación no-verbal ha fascinado, durante siglos, a los no científicos. Escultores y pintores siempre tuvieron conciencia de cuánto puede lograrse con un gesto o una pose especial; y la mímica es esencial en la carrera de un actor. El novelista que describe la forma, en que el protagonista "aplastó con rabia el cigarrillo" o "se rascó la nariz, pensativamente" está penetrando en el terreno de la comunicación no-verbal. También los psiquiatras son agudos observadores que analizan los gestos de sus pacientes y hacen una práctica constante estudiando e interpretándolos.

Pero sólo a comienzos de este siglo se inició una verdadera investigación acerca de la comunicación no-verbal.


Desde 1914 hasta 1940 hubo un considerable interés acerca de cómo se comunica la gente por las expresiones del rostro. Los psicólogos realizaron docenas de experimentos, pero los resultados fueron desalentadores, hasta tal punto, que llegaron a la notable conclusión de que el rostro no expresa las emociones de manera segura e infalible.

Durante el mismo período, los antropólogos señalaron que los movimientos corporales no eran fortuitos, sino que se aprendían de igual manera que el lenguaje. Edward Salir escribió: "Respondemos a los gestos con especial viveza y podríamos decir que lo hacemos de acuerdo a un código que no está escrito en ninguna parte, que nadie conoce pero que todos comprendemos.

Pero los antropólogos, en su mayoría, no se han esforzado para tratar de descifrar este código. Sólo en la década del cincuenta un puñado de hombres —entre ellos Ray L. Birdwhistell, Albert E. Scheflen, Edward T. Hall, Erving Goffman y Paul Ekman— enfocaron el tema de manera sistemática. Aun después de esto, la investigación de la comunicación fue una especialidad esotérica. Los investigadores que se ocupaban del tema eran individualistas y trabajaban por separado. También tenían un cierto grado de audacia, ya que la especialidad era considerada pseudo-científica. Uno de ellos dijo al respecto: "En un tiempo, todos nos conocíamos, éramos un clan. Cuando dábamos conferencias a grupos de profesionales, con frecuencia nos recibían con una especie de curiosidad y rechazo."

Todo eso ha cambiado. El nuevo interés científico por la investigación de la comunicación tiene sus raíces en el trabajo básico realizado por aquellos precursores en la materia. Pero el enorme interés que ahora despierta la comunicación no-verbal parece ser parte del espíritu de nuestro tiempo; de la necesidad que mucha gente siente de volver a ponerse en contacto con sus propias emociones. La búsqueda de la verdad emocional que tal vez pueda expresarse sin palabras.

La investigación de la comunicación proviene de cinco disciplinas diferentes: la psicología, la psiquiatría, la antropología, la sociología y la etología. Es una ciencia nueva y controvertida, que contiene descubrimientos y métodos de investigación discutidos con frecuencia. Una consideración esquemática de los distintos puntos de vista y de las metodologías empleadas explica las controversias. Los psicólogos, por ejemplo, al observar la corriente del movimiento del cuerpo humano, eligen las diversas unidades de la conducta por separado: el contacto visual, la sonrisa, el roce del cuerpo o alguna combinación de estos factores, y las estudian en la forma tradicional.

Mientras realizan sus experimentos decenas de estudiantes universitarios pasan por sus laboratorios.

Generalmente se les da una tarea para distraer su atención, y al mismo tiempo se filma el comportamiento no-verbal, que luego es procesado en estadísticas y analizado.

Por otra parte, los especialistas en cinesis (kinesics, la palabra significa estudio del movimiento del cuerpo humano) prefieren el estudio sistemático. Estos especialistas provienen de diferentes orígenes científicos. Este nuevo campo de investigación tuvo como fundador un antropólogo y ha atraído a psiquiatras, psicólogos y otros.

Uno de sus enunciados básicos es que no se puede estudiar la comunicación como un ente separado. Es un sistema integrado y como tal debe analizarse en su conjunto, prestando especial atención a la forma en que cada elemento se relaciona con los demás. Los especialistas en cinesis suelen salir llevando sus máquinas fotográficas al campo, al zoológico, al parque o a las calles de la ciudad, y algunos de ellos sostienen que los psicólogos que permanecen filmando dentro del laboratorio corren el riesgo de captar solamente una conducta forzada y artificial.

Al analizar sus propias películas pasadas en cámara lenta, han descubierto un nivel de comunicación entre las personas, tan sutil y veloz, que el mensaje, aunque obviamente posee impacto, pasa casi inadvertido para las mismas.

Los psiquiatras reconocen desde hace mucho tiempo que la forma de moverse de un individuo proporciona datos ciertos sobre su carácter, sus emociones y las reacciones hacia la gente que lo rodea. Durante largos años, Félix Deutsch registró las posiciones y los gestos de sus pacientes. Otros psiquiatras han realizado análisis fílmicos y algunos otros accedieron a ser filmados u observados mientras trataban a sus pacientes. Cada vez más, los terapeutas emplean películas y video tapes para estudiar el comportamiento humano y se valen de ellos como instrumentos en el proceso terapéutico. Al ser confrontados con su propia imagen en la pantalla, los pacientes son estimulados a reaccionar ante la forma de actuar y de moverse, y aprenden en base a su propio comportamiento verbal o no verbal, dentro de un grupo.

Luego están los sociólogos que han observado y descrito una especie de etiqueta subliminal a la que casi todos respondemos, y que conforma nuestro comportamiento tanto en los aspectos fundamentales como en los pequeños detalles. Por ejemplo, todos sabemos cómo evitar un choque frontal en una vereda muy concurrida, a pesar de que nos resultaría muy difícil explicar cómo lo hacemos. Sabemos cómo reaccionar cuando un conocido se hurga la nariz en público; y cómo parecer interesado, y no comprometido en una conversación.

Los antropólogos han observado las diferentes expresiones culturales del lenguaje corporal y han descubierto que un árabe y un inglés, un negro norteamericano y un blanco de la misma nacionalidad no se mueven en la misma forma.

Los etólogos también han hecho su contribución. Tras varias décadas de estudiar a los animales en la selva, han descubierto asombrosas similitudes entre el comportamiento no-verbal del hombre y el de los otros primates.

Sorprendidos ante este fenómeno, algunos se están volcando ahora hacia la "etología humana". Estudian cómo se cortejan los seres humanos, cómo crían a sus hijos, cómo dominan a otros o transmiten su sometimiento, cómo pelean entre sí o hacen las paces. Este comportamiento físico tan concreto puede compararse a la forma en que los monos y los primates mayores encaran el mismo tipo de relaciones.

Por último, hay especialistas "esfuerzo-forma", un sistema que permite registrar el movimiento corporal, que deriva de la notación de la danza. Lo que se pretende desarrollar es la manera de deducir hechos relacionados con el carácter del hombre, no por la forma particular en que realiza un movimiento sino por el estilo integral en que se mueve.

George du Maurier escribió: "El lenguaje es algo de poca significación. Se llenan los pulmones de aire, vibra una pequeña hendidura en la garganta, se hacen gestos con la boca, y entonces se lanza el aire; y el aire hace vibrar, a su vez, un par de tamborcillos en la cabeza... y el cerebro capta globalmente el significado. ¡Cuántos circunloquios y qué perdida de tiempo...!"

Tal vez podría ser así, si las palabras lo fueran todo. Pero ellas son tan sólo el comienzo, pues detrás de las palabras está el cimiento sobre el cual se construyen las relaciones humanas —la comunicación no-verbal—. Las palabras son hermosas, fascinantes e importantes, pero las hemos sobreestimado en exceso, ya que no representan la totalidad ni siquiera la mitad del mensaje. Más aun, como sugirió cierto científico: "Las palabras pueden muy bien ser lo que emplea el hombre, cuando todo lo demás ha fracasado."


COMO SE MANIPULA

Alfonso López Quintás
La manipulación del hombre a través del lenguaje.

El tirano -el que quiere vencer sin convencer-no lo tiene fácil en los regímenes democráticos. Quiere dominar al pueblo, y ha de hacerlo de forma dolosa para que las gentes no lo adviertan, pues lo que prometen los gobernantes en una democracia es, ante todo, libertad. En las dictaduras se promete eficacia, a costa de las libertades. En las democracias se garantizan cotas nunca alcanzadas de libertad aun a riesgo de amenguar la eficacia. ¿Qué medios tiene en su mano el tirano para someter al pueblo mientras lo convence de que es más libre que nunca?
Este medio es el lenguaje. Para comprender el poder fascinante del lenguaje manipulador debemos analizar cuatro puntos: los términos, los esquemas, los planteamientos y los procedimientos.

1. Los términos "talismán"
El lenguaje crea palabras, términos, y en cada época de la historia algunos de ellos se cargan de un prestigio especial de forma que nadie osa ponerlos en tela de juicio. Son términos "talismán", que parecen condensar en sí todas las excelencias de la vida humana. La palabra talismán de nuestra época es libertad. Todo término talismán tiene el poder de prestigiar las palabras que se le avecinan y desprestigiar a las que se le oponen o parecen oponérsele. Hoy se da por supuesto -el manipulador nunca demuestra nada, da por supuesto lo que le conviene- que toda forma de censura se opone a todo tipo de libertad. En consecuencia, la palabra censura está actualmente desprestigiada. En cambio, las palabras independencia, autonomía, democracia, cogestión... van unidas con la palabra libertad y quedan convertidas, por ello, en una especie de términos talismán por adherencia.

El manipulador saca amplio partido de este poder de los términos talismán. Sabe que, al introducirlos en un discurso, el pueblo queda intimidado, no ejerce su poder crítico, acepta ingenuamente lo que se le proponga. Cuando, en cierto país europeo, se llevó a cabo una campaña a favor de la introducción de la ley abortista, el ministro responsable de tal ley intentó justificarla con este razonamiento: "La mujer tiene un cuerpo y hay que darle libertad para disponer de ese cuerpo y de cuanto en él acontezca". La afirmación de que "la mujer tiene un cuerpo" está pulverizada por la mejor filosofía desde hace casi un siglo. Ni la mujer ni el varón tenemos cuerpo; somos corpóreos. Hay un abismo entre ambas expresiones. El verbo tener es adecuado cuando se refiere a realidades poseibles, es decir, a objetos. Pero el cuerpo humano, el de la mujer y el del varón, no es algo poseible, algo de lo que podamos disponer; es una vertiente de nuestro ser personal, como lo es el espíritu. Te doy la mano para saludarte y sientes en ella la vibración de mi afecto personal. Es toda mi persona la que te sale al encuentro. El hecho de que en la palma de mi mano vibre mi ser personal entero pone al trasluz que mi cuerpo no es un objeto. No hay objeto, por excelente que sea, que tenga ese poder. Pues bien, el ministro intuyó sin duda que la frase "la mujer tiene un cuerpo" es muy endeble, no se sostiene en el estado actual de la investigación filosófica, y para dar fuerza a su argumento introdujo inmediatamente el término talismán libertad: "Hay que conceder libertad a la mujer para disponer de su cuerpo..." Sabía que, con la mera utilización de esa palabra supervalorada en el momento actual, millones de personas iban a replegarse tímidamente y a decirse: "No te opongas a esa proposición porque está la libertad en juego y van a tacharte de antidemócrata, de fascista, de ultra". Y así sucedió, efectivamente.

Si queremos ser de verdad libres interiormente, debemos perder el miedo al lenguaje manipulador y matizar el sentido de las palabras. El ministro no indicó a qué tipo de libertad se refería, porque la primera ley del demagogo es no matizar el lenguaje. De hecho aludía a la "libertad de maniobra", la libertad -en este caso- de maniobrar cada uno a su antojo respecto a la vida naciente: respetarla o eliminarla. La "libertad de maniobra" no es propiamente una forma de libertad humana auténtica; sólo es una condición para ser libre. Uno comienza a ser libre como persona cuando, pudiendo elegir entre diversas posibilidades, no opta sencillamente por la que más le apetece en cada momento sino por la que le permite desarrollar su personalidad de modo pleno. Y ahora preguntémonos: Una persona que se arrogue una libertad de maniobra absoluta y la utilice en contra del germen de vida que marcha aceleradamente hacia la plena constitución de un ser humano ¿se orienta hacia la plenitud de su ser personal? Vivir personalmente es vivir fundando relaciones comunitarias, creando vínculos. El que rompe los vínculos fecundísimos con la vida que nace destruye de raíz su poder creador y bloquea, por tanto, su desarrollo como persona.

Todo esto se ve claramente cuando se reflexiona. Pero el demagogo, el tirano, el que desea conquistar el poder por la vía rápida de la manipulación, opera con extrema celeridad para no dar tiempo a las gentes a pensar, a reflexionar sobre cada uno de los temas. Por eso no se detiene nunca a matizar los conceptos y justificar lo que afirma; lo da todo por consabido y lo expone con términos ambiguos, faltos de precisión. Ello le permite destacar en cada momento el aspecto de los conceptos que le interesa para su fines. Cuando subraya un aspecto, lo hace como si fuera el único, como si todo el alcance de un concepto se limitara a esa vertiente. De esa forma evita que las gentes a las que se dirige tengan suficientes elementos de juicio para clarificar las cuestiones por sí mismas y hacerse una idea serena y bien aquilatada de las cuestiones tratadas. Al no poder profundizar en una cuestión, el hombre está predispuesto a dejarse arrastrar. Es un árbol sin raíces que lo lleva cualquier viento, sobre todo si éste sopla a favor de las propias tendencias elementales. Para facilitar su labor de arrastre y seducción, el manipulador halaga las tendencias innatas de las gentes y ciega en lo posible su sentido crítico.

Toda forma de manipulación es una especie de malabarismo intelectual. Un ilusionista hace trueques sorprendentes y al parecer "mágicos" porque realiza movimientos muy rápidos que el público no percibe. El demagogo procede, asimismo, con meditada precipitación, a fin de que las multitudes no adviertan sus trucos intelectuales y acepten como posibles los escamoteos más inverosímiles de conceptos. Un manipulador proclama, por ejemplo, ante las gentes que les ha devuelto "las libertades", pero no se detiene a precisar a qué tipo de libertades se refiere: si a las libertades de maniobra que pueden llevar a experiencias de fascinación -que despeñan al hombre hacia la asfixia - o a la libertad para ser creativos y realizar experiencias de encuentro, que llevan al pleno desarrollo de la personalidad. Basta pedirle a un demagogo que matice un concepto para desvirtuar sus artes hipnotizadoras.

2. Los esquemas o pares de términos
Del mal uso de los términos se deriva una interpretación errónea de los esquemas que vertebran nuestra vida mental. Cuando pensamos, hablamos y escribimos, estamos siendo guiados por ciertos esquemas: libertad-norma, dentro-fuera, autonomía-heteronomía... Si pensamos que estos esquemas son dilemas, de forma que debemos escoger entre uno u otro de los términos que los constituyen, no podemos realizar en la vida ninguna actividad creativa. La creatividad humana es siempre dual; exige nuestra colaboración con las realidades del entorno. Si pienso que todo lo que está fuera de mí es distinto, distante, externo y extraño a mí, no puedo colaborar con cuanto me rodea y anulo mi capacidad creativa en todos los órdenes.

Una alumna me dijo un día en clase con aire maternal: "No se moleste, profesor; en la vida hay que escoger: o somos libres o aceptamos normas; o actuamos conforme a lo que nos sale de dentro o conforme a lo que nos viene impuesto de fuera". Esta joven entendía el esquema libertad-norma como un dilema. En consecuencia, para ser auténtica y actuar con libertad interior se sentía obligada a dejar de lado cuanto le habían dicho de fuera acerca de normas morales, dogmas religiosos, prácticas piadosas... Con ello se alejaba de la moral y la religión de sus mayores y -lo que es todavía más grave-hacía imposible toda actividad verdaderamente creativa.

He aquí el poder temible de los esquemas mentales. Si un manipulador te sugiere que para ser autónomo en tu obrar debes dejar de ser heterónomo -es decir, no aceptar norma alguna de conducta que te venga propuesta del exterior-, dile que es verdad pero sólo en un caso: cuando actuamos de modo pasivo, no creativo. Tus padres te dicen que hagas algo, y tú obedeces forzado. Entonces no actúas autónomamente. Pero suponte que percibes el valor de lo que te sugieren y lo asumes como propio. Esa actuación tuya es a la vez autónoma y heterónoma, por ser creativa.

Cuando era niño, mi madre me dijo un día: "Toma este bocadillo y dáselo al pobre que llamó a la puerta". Yo me resistí porque era un señor de barba larga y me daba miedo. Mi madre insistió: "No es un delincuente; es un necesitado. Vete y dáselo". Mi madre quería que me adentrara en el campo de irradiación del valor de la piedad. El valor de la piedad me vino, así, sugerido desde fuera, pero no impuesto. Al reaccionar positivamente ante esta sugerencia de mi madre, fui asumiendo poco a poco el valor de la piedad hasta que se convirtió en una voz interior. Al hacerlo, este valor dejó de estar fuera de mí para convertirse en el impulso interno de mi obrar. En esto consiste el proceso formativo. El educador nos adentra en el área de imantación de los grandes valores, y nosotros los vamos asumiendo como algo propio, como lo más profundo y valioso de nuestro ser.

Ahora vemos con claridad la importancia decisiva de los esquemas mentales. Un especialista en revoluciones y conquista del poder, José Stalin, afirmó lo siguiente: "De todos los monopolios de que disfruta el Estado, ninguno será tan crucial como su monopolio sobre la definición de las palabras. El arma esencial para el control político será el diccionario". Nada más cierto, a condición de que veamos los términos dentro del marco dinámico de los esquemas, que son el contexto en el que juegan su papel expresivo.

3. Los planteamientos estratégicos
Con los términos del lenguaje se plantean las grandes cuestiones de la vida. Debemos tener máximo cuidado con los planteamientos. Si aceptas un planteamiento, vas a donde te lleven. Desde niños deberíamos acostumbrarnos a discernir cuándo un planteamiento es auténtico y cuándo es falso.

En los últimos tiempos se están planteando mal, con el fin estratégico de dominar al pueblo, temas tan graves como el divorcio, el aborto, el amor humano, la eutanasia... Casi siempre se los plantea de forma unilateral y sentimental, como si sólo se tratara de resolver problemas acuciantes de ciertas personas. Para conmover al pueblo, se aducen cifras exageradas de matrimonios rotos y abortos clandestinos, realizados en condiciones infrahumanas... La táctica de difundir tales cifras es un ardid del manipulador. El Dr. Bernhard Nathanson, director un día de la mayor clínica abortista de Estados Unidos, manifestó que fue él y su equipo quienes inventaron la cifra de 800.000 abortos al año en su país. Y se sorprendían al ver que la opinión pública recogía el dato y lo propagaba con toda candidez. Hoy, convertido a la defensa de la vida, se siente avergonzado de tal fraude, y recomienda vivamente que no se acepten las cifras aducidas para apoyar ciertas campañas.

4. Los procedimientos estratégicos
El manipulador moviliza diversos medios para dominar al pueblo sin que éste se dé cuenta. En el siguiente ejemplo yo no miento pero manipulo. Tres personas hablan mal de una cuarta, y yo le cuento a ésta exactamente lo que dicen, pero altero un poco el lenguaje. En vez de comunicarle que tales personas en concreto están realizando esas manifestaciones, le indico que lo dice la gente. Paso del singular al colectivo. Con ello no sólo le infundo miedo a esa persona sino angustia, que es un sentimiento mucho más difuso y penoso. El miedo es temor a algo adverso que te hace frente de manera abierta y te permite tomar medidas. La angustia es un miedo envolvente. No sabes a dónde acudir. ¿Dónde está la gente que te ataca con su maledicencia? La gente es una realidad anónima, envolvente, a modo de niebla que te bloquea. Te sientes angustiado.

Esta angustia es provocada por el fenómeno sociológico del rumor, que suele ser tan poderoso como cobarde, debido su anonimato. "Se dice que tal ministro realizó una evasión de capitales". ¿Quién lo dice? La gente, es decir, nadie en concreto y potencialmente todos.

Otra forma oblicua, sesgada, subrepticia, de vencer al pueblo sin preocuparse de convencerlo es la de repetir una vez y otra, a través de los medios de comunicación, ideas o imágenes cargadas de intención ideológica. No se entra en cuestión, no se demuestra nada, no se va al fondo de los problemas. Sencillamente se lanzan proclamas, se hacen afirmaciones contundentes, se propagan eslóganes a modo de sentencias cargadas de sabiduría. Este bombardeo diario configura la opinión pública, porque la gente acaba tomando lo que se afirma como lo que todos piensan, como aquello de que todos hablan, como lo que se lleva, lo actual, lo normal, lo que hace norma y se impone. Actualmente, la fuerza del número es determinante, ya que lo decisivo se resuelve mediante el número de votos. El número es algo cuantitativo, no cualitativo. De ahí la tendencia a igualar a todos los ciudadanos, para que nadie tenga poder directivo de tipo espiritual y la opinión pública pueda ser modelada impunemente por quienes dominan los medios de comunicación multitudinarios. Una de las metas del demagogo es anular, de una forma u otra, a quienes puedan descubrir sus trampas, sus trucos de ilusionista.

La redundancia desinformativa tiene un poder insospechado de crear opinión, de fundar un clima propicio a toda clase de errores. Basta establecer un clima de superficialidad en el tratamiento de los temas básicos de la vida para hacer posible la difusión de todo género de falsedades. Según Anatole France, "una necedad repetida por muchas bocas no deja de ser una necedad". Ciertamente, mil mentiras no constituyen una sola verdad. Pero una mentira o una media verdad repetida por un medio poderoso de comunicación se convierte en una verdad de hecho, incontrovertida; viene a constituir una "creencia", en el sentido orteguiano de algo intocable, de suelo en que se asienta la vida intelectual del hombre y que no cabe discutir sin exponerse al riesgo de quedar descalificado. A formar este tipo de "creencias" tiende la propaganda manipuladora con vistas a obtener un control soterrado de la mente, la voluntad y el sentimiento de la mayoría.

El gran teórico de la comunicación M. MacLuhan acuñó la expresión de que "el medio es el mensaje": no se dice algo porque sea verdad; se toma como verdad porque se dice. La televisión, la radio, la letra impresa, los espectáculos de diverso orden poseen un inmenso prestigio para quien los ve como una realidad que se impone desde un lugar inaccesible para él. El que está al corriente de lo que pasa entre bastidores tiene cierto poder de discernimiento. Pero el gran público permanece fuera de los centros que irradian los mensajes y se deja seducir por el poder que implica la posibilidad de llegar a los rincones más apartados y penetrar en los hogares y hablar a multitud de personas al oído, sin levantar la voz, de modo sugerente.


BIOLOGIA DEL MUNDO EMOCIONAL INFANTIL

Para entender y abordar una conducta desafiante es fundamental asomarse al mundo emocional infantil, constantemente en evolución a medida en que el niño crece. Todo comportamiento o conducta es la expresión observable de fenómenos internos que surgen desde lo psíquica y lo emocional. En otras palabras; las ideas, creencias, supuestos, interpretaciones de la realidad y otras representaciones mentales, unidas a determinados fenómenos que tienen lugar en las estructuras cerebrales donde se lleva a cabo nuestra vida emocional, dan origen a las conductas. Los comportamientos son sólo la parte visible, la punta del iceberg de un fenómeno cuya real dimensión es preciso conocer para modificar.

Para ello nos adentraremos en la biología v la psicología de la vida emocional infantil y luego abordaremos los factores del ambiente que fomentan, desencadenan, mantienen o empeoran los distintos tipos de problemas conductuales frecuentes en niños y adolescentes.

El temperamento

El temperamento es la dimensión biológica de la personalidad. Está escrito en los genes y es heredado. En él confluyen fenómenos psicofisiológicos que deben ser decodificados, ordenados y regulados, y que se organizan en funciones biológicas con un sustrato anatómico y una expresión conductual. Estas funciones biológicas son la respuesta de ansiedad, las respuestas instintivas o impulsos, el estado de ánimo y la capacidad de disfrutar.

Ansiedad

Consiste en una cadena de eventos neuronales que bañan el cerebro con sustancias químicas específicas (tales como el cortisol y la noradrenalina) para enfrentar adecuadamente situaciones desafiantes o amenazantes, ya sean reales o imaginarias. La respuesta de ansiedad nos permite hacerles frente o huir. Cuando ésta es excesiva, provoca una sobre alerta, una especie de luz incandescente que ilumina el cerebro intensamente, bloquea la capacidad de discernir y cede paso a un conjunto de conductas inmediatas, primitivas, orientadas a la supervivencia. En cierto sentido, la ansiedad calienta la cabeza y facilita conductas impulsivas. Si la respuesta es excesiva o los mecanismos de autocontrol son deficitarios, aparecen conductas agresivas y la ansiedad lleva un apellido: ansiedad persecutoria. En algunos niños y adultos, la ansiedad excesiva paraliza.

Respuestas instintivas

Son conductas primitivas orientadas a la supervivencia. Se desencadenan de modo inmediato, no consciente, sin elaboración reflexiva. Atacar un plato de comida movidos por un hambre de días, asaltar sexualmente a una mujer indefensa o agredir para defenderse son conductas instintivas. También lo es, paradójicamente, cierta forma impulsiva de suicidio. El rasgo esencial en todas estas conductas es la rapidez con la que emergen.

Estado de ánimo

Es una percepción subjetiva y relativamente estable de bienestar psíquico y físico, que va acompañada de emociones y sentimientos positivos. Sufre leves oscilaciones por influjo de las experiencias: "bajones" y momentos jubilosos. Oscilaciones mayores, fuera de rango, constituyen una psicopatología relativamente frecuente conocida como desorden bipolar.

Capacidad de disfrutar

Es una condición inherente al ser humano y a los animales superiores. Consiste en un estado de alegría provocado por la cercanía de otros seres humanos, la naturaleza v experiencias estéticas y espirituales.

Las emociones

Las emociones son estados internos pasajeros que poseen una valencia positiva o negativa. Surgen de emociones primarias instaladas en el cerebro humano desde el nacimiento: la alegría, la quietud, la rabia y el miedo. En cambio, los sentimientos son estados internos duraderos, estables, permanentes, que se construyen a partir de las emociones.

Las emociones positivas son la alegría, la quietud, el júbilo, la euforia, el éxtasis, el gozo. Entre los sentimientos positivos reconocemos el optimismo, la confianza, la serenidad, la motivación, la bondad y el altruismo.

Las emociones negativas son el miedo y la rabia, mientras que entre los sentimientos negativos identificamos el resentimiento, la hostilidad, el pesimismo, el encono, la envidia, el rencor, el deseo de daño.

Las emociones negativas nacen tal como los ríos correntosos en la montaña: las energías de estas aguas, sin control ni cauce, se despeñan por las laderas arrasando sembrados y causando destrucción. Hasta el primer año y medio de vida, las emociones son como ríos que acaban de nacer y deben buscar su cauce para no desbordarse. Es la mamá o la cuidadora quien ha de constituir ese cauce al ofrecer una atención solícita a la rabia que se origina en el hambre o el frío del niño, el miedo que experimenta cuando se siente solo o el dolor que le producen los cólicos.

Caso de Fabián

Fabián, de tres años y cinco meses de edad, ha empezado a tener pataletas diariamente, pero sólo en casa. Pataleta para vestirse, pataleta para sentarse a la mesa, pataleta para ponerse el pijama... Fabián era el primer hijo y primer nieto hasta que nació su hermanito Andrés, hace quince días. Cuando Fabián llega del jardín infantil, la mamá no lo deja acercarse al bebé porque "puede traer microbios". La abuela ha comenzado a reprender a Fabián. Dice que grita tanto que el bebé se va a poner nervioso.

En este breve ejemplo podemos suponer que Fabián está a merced de emociones negativas: el miedo y la rabia que surgen porque se siente solo y desplazado. Percibe visceralmente que su mamá ha dejado de quererlo, que lo ha reemplazado por un bebé permanentemente en brazos y lo priva de las caricias y atenciones que hasta hace poco le pertenecían a él como hijo único. Además, Fabián se siente rechazado por una abuela que hasta hace poco se desvivía por atenderlo. En cambio en el jardín infantil se siente regaloneado. Las tías no le han perdido el cariño. Con ellas recupera la alegría y la quietud.

A partir de los ocho o diez meses de edad, el niño desarrolla lenta y gradualmente estrategias efectivas para darles un cauce adecuado a las emociones que lo desbordan. Cuando las condiciones internas y ambientales son ideales, las estructuras cerebrales van madurando y permitiendo una autorregulación relativamente eficiente, automática, espontánea e inmediata. Gracias a la progresiva maduración de conexiones entre el mundo subterráneo de las emociones y la corteza cerebral, el niño suma estrategias relativamente conscientes para autorregularse, como echar mano a la fantasía (imaginar que es un tigre feroz) o a los objetos transicionales que representan a la madre (alguna cosa que le pertenezca a ella, como una prenda de vestir) o que adquieren el carácter de amuletos que neutralizan el miedo: un pañal o "tuto", un peluche, un chupete o un pulgar en la boca (estos dos últimos son sustitutos del pezón).

Caso de Magdalena

Magdalena tiene diez meses. Regularmente despierta entre la medianoche y la una de la madrugada y llora desconsoladamente. Su madre se levanta y mueve suavemente la cuna mientras canta una canción en voz baja hasta que la pequeña retorna su sueño. El papá está cada vez más irritado y le exige a su esposa que no se levante. "Déjala llorar hasta que aprenda que lo mejor que puede hacer es volverse a dormir", le dice a su mujer. Estima que está malcriando a Magdalena.

Esta bebé aún no puede autorregular el miedo que la invade cuando despierta en medio de la noche y percibe silencio y oscuridad a su alrededor. La actitud de su mamá, que acuna suavemente a Magdalena hasta que la niña cierra nuevamente sus ojitos, es la adecuada. El consejo del papá será válido en unos meses más, cuando su hija pueda recurrir a sus propias estrategias para autoconfortarse. En efecto, doce meses más tarde, Magdalena frota el "tuto" contra su nariz hasta retomar el sueño. Su mamá no tiene que levantarse a confortarla. A los cuatro años, la niña continúa despertando a medianoche, pero ahora es un gran león de peluche, regalo de su abuela, el que la tranquiliza. Magdalena abraza a su león en la oscuridad y en voz baja le pide que dé un gran rugido para espantar a los fantasmas. A los pocos minutos, la niña duerme nuevamente.

A partir de los cinco o seis años de edad, el lenguaje como instrumento para elaborar la emoción, en sintonía con un adulto que conforta, es el cauce que impide el desborde y permite recuperar la serenidad. El adulto se sintoniza con el niño para decodificar, elaborar y entender la emoción infantil, y contiene el desborde a través de la cercanía tierna y afectuosa. El niño se autorregula refugiándose entre los brazos acogedores del adulto y replegándose en una actitud regresiva, necesaria para recuperar el control.

Desde entonces y hasta la pubertad, el niño autorregula sus emociones a través de sus recursos de fantasía y su lenguaje interno, el cual se mueve de modo veloz hacia sus recuerdos para traer a la conciencia experiencias pasadas que le sirvan para serenarse. Los niños ansiosos o inmaduros echan mano preferentemente a la fantasía para aplacar el miedo. En esta fase del desarrollo, los personajes de cuentos y de dibujos animados cumplen un rol muy importante en la elaboración del miedo, ya que el niño adopta en su imaginación el papel del héroe o del más poderoso. Pero encauzar la rabia no es fácil para él: sigue necesitando la presencia acogedora y setena de los adultos, cuya actitud, como antes, será el cauce para el desborde emocional. Cuando el niño no encuentra ese cauce, la rabia y, en ocasiones, el miedo emergen en forma de una pataleta o de un comportamiento oposicionista, como veremos más adelante.

Caso de José Tomás

José Tomás tiene un gemelo de ocho años. Ambos acaban de llegar a la ciudad, porque su padre se cambió de trabajo. Tras algunos días de clases, el hermano gemelo de José Tomás es intervenido quirúrgicamente en forma urgente, de modo que a partir de la segunda semana escolar José Tomás debe ir solo a su nuevo colegio. Está muy asustado, añora la presencia tranquilizadora de su hermano y tiene miedo de ser agredido por dos chicos con fama de matones. Cada cierto tiempo, mete la mano al fondo de su mochila, donde tiene escondido su juguete preferido, y se aferra a él con fuerza en busca de protección, mientras las mariposas en su estómago amenazan transformarse en incontenibles deseos de ir al baño. Pálido y tembloroso, permanece como atornillado al banco cuando suena el timbre del recreo, mientras el resto de los chicos sale en tropel al patio. De pronto, la profesora se acerca a José Tomás. Con una voz dulce y cálida, lo abraza y le pregunta: "¿Te gustaría ser mi ayudante por dos semanas? Te sentarás cerca de mi pupitre y tendrás a cargo varias tareas que yo no puedo hacer sola. Además, así no echarás tanto de menos a tu hermanito. ¿Sabes?, cuando yo tenía diez años también me cambiaron de colegio y al comienzo me sentía perdida, pero luego tuve muchos amigos". José Tomás respira hondo. Lo invade una oleada de paz. La profesora será su amiga hasta que vuelva su hermano o encuentre un amigo.

Durante la pubertad (entre los trece y catorce años de edad) se desarrollan áreas cerebrales que favorecen la reflexión y el autoconocimiento. El adolescente ya no necesita la mediación de un adulto para encauzar sus emociones; le basta con replegarse mentalmente sobre sí mismo (autocontrol) y analizar de modo flexible —a través de su lenguaje interno, la memoria de sus experiencias y las enseñanzas valóricas recibidas— aquellas circunstancias que le generan ira o miedo. Esto le permite buscar soluciones adecuadas. A menudo, la conversación con sus pares, un encuentro reflexivo en el cual se produce un intercambio de experiencias y posibles soluciones, es muy efectiva en devolverle la calma. Pero el adolescente protege su intimidad frente a sus padres. Guarda silencio cuando lo interrogan acerca de su mal talante, especialmente si las estrategias de comunicación afectiva en su familia son débiles. Por principio y doctrina rechaza los consejos del adulto, sobre todo cuando son entregados con la actitud benevolente de la persona sabia y experimentada que se acongoja al ver la ineptitud e inmadurez de los chicos o que pontifica en tono solemne olvidando una regla de oro: escuchar.

Los púberes y adolescentes experimentan cambios funcionales cerebrales muy particulares que les permiten enfrentar los desafíos sociales que están por venir. Entre estas modificaciones, la búsqueda de riesgo en los varones y la potenciación de la impulsividad por influjo grupal en niños y niñas deben ser conocidas por padres y profesores. Es probable que el creciente interés de los chicos varones entre trece y dieciocho años por vivir situaciones riesgosas, liberadoras de adrenalina, esté escrito en clave genética desde los tiempos en que, cumplida cierta edad, los adolescentes debían salir con los hombres de la tribu a cazar o a pelear contra los enemigos. Sin placer por el riesgo, el miedo los habría paralizado o los habría hecho huir. El deseo de liberar adrenalina fue el motor que les permitió convertirse en hábiles cazadores y guerreros. Esta búsqueda de riesgo se asocio a un incremento de la impulsividad y agresividad por influjo del grupo. Podemos imaginar la desazón y el miedo que experimentaba un adolescente obligado a acompañar a los hombres a cazar o a enfrentar a la tribu rival; pero si al grupo se sumaban otros chicos de similar edad, el miedo era reemplazado por una gozosa excitación. Los adolescentes mostraban los dientes con ferocidad y hacían gala de arrojo blandiendo sus lanzas y garrotes con aullidos amenazantes. Miles de años más tarde, un chico que camina solitario por la calle se muestra inhibido, pero si se le unen amigos se vuelve desenfadado, provocador y dispuesto a agredir a quien lo llame al orden. Su grupo de pares le da valor y decisión a la hora de mostrarse oposicionista y desafiante.

Miedo y rabia son igual a agresividad

Desde los primeros tiempos del hombre en la Tierra, las emociones y los sentimientos negativos primarios —como la rabia, el miedo, el rencor, la hostilidad, el resentimiento y el encono— están indisolublemente ligados a la agresividad, una compleja dimensión emocional orientada a la supervivencia y, probablemente, uno de los más potentes motores evolutivos biológicos. La agresividad desencadena comportamientos de daño conocidos como agresión o conducta agresiva. En la mayoría de los niños y adultos la agresividad es un rasgo normal que se agazapa la mayor parte del tiempo, cual animal salvaje en su madriguera, silencioso y latente, sin emerger como conducta a menos que las circunstancias sean propicias. En una minoría de niños, adolescentes y adultos, la agresividad no está latente, sino activa y provoca frecuentes conductas de daño inesperadas o injustificadas. Esto ocurre debido a lesiones o a un mal funcionamiento en numerosas estructuras cerebrales específicas y cae en el ámbito de la psicopatología.

Como la agresividad es una dimensión emocional muy antigua —escrita en clave biológica de supervivencia y adaptación al medio—, se activa en forma instantánea, súbita, sin mediación de tiempo ni elaboración consciente en las siguientes situaciones:

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Cuando aparece un extraño en nuestro territorio.
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Cuando percibimos provocación (real o fantaseada),especialmente si se expresa como burla o intento de sometimiento por la fuerza (control coercitivo).
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Cuando no decodificamos adecuadamente las señales amistosas de parte de quien es percibido como extraño o antagonista.

Cuando aparece un extraño en nuestro territorio

Entre el nacimiento y los ocho o diez meses de edad, el niño no discrimina entre conocidos y desconocidos. Le sonríe abiertamente a todo el mundo, tiende sus bracitos y acepta con placer las caricias de quien se cruce en su camino. Pero el bebé sociable da paso a uno cauteloso que teme a los desconocidos, esconde su rostro contra el cuello de su madre y se aferra a ella como un koala asustado cuando un extraño intenta cogerlo en brazos. A partir de ese momento, y gracias a la maduración de estructuras cerebrales específicas, el niño —y más adelante el adulto— reaccionará "territorialmente", experimentando intensa agresividad cuando su terreno (su casa, sus juguetes) sea invadido por un extraño. Serán las reacciones amistosas del otro, como la sonrisa amplia, la mirada transparente y la actitud relajada, que también se activan automática o conscientemente al percibir una agresión inminente, las que neutralizarán el torrente agresivo que amenaza convertirse en conducta de daño y darán tiempo para organizar una elaboración consciente y un inmediato "cambio de programa".

Pero si en vez de sonrisas y miradas claras el extraño muestra el ceño fruncido, los ojos acerados, la boca apretada y la actitud tensa y alerta, la agresividad no será neutralizada, sino que se potenciará y emergerá un repertorio de conductas de daño dependientes de la edad, el género y otros factores. Un niño pequeño morderá; uno algo mayor dará patadas y golpes de puño; un adolescente varón derribará, pateará y dará bofetadas, mientras que una joven arañará y repartirá manotazos. Sin duda que todo será más veloz y definitorio si hay un arma blanca, de fuego o un objeto contundente al alcance de la mano.

Caso de José Tomás

José Tomás y su hermano gemelo llegaron juntos a su nueva escuela el primer día de clases. Minutos antes de que la profesora entrara a la sala, José Tomás se sentó en un pupitre a la espera de que le dijeran dónde sentarse. De pronto, el dueño del puesto entró a la sala y al ver a este desconocido en su pupitre se le acercó con el puño en alto y los ojos chispeantes. "¡Oye, tú, a ver si sales de mi asiento ahora!", le gritó. José Tomás lo miró con sus grandes ojos asustados, sonrió y le tendió la mano: "Hola, soy el nuevo... y éste es mi hermano José Pedro. No te estoy quitando el puesto, sólo estoy esperando que me digan en qué lugar me tengo que sentar". El rostro pecoso del dueño del pupitre se distendió. Su actitud agresiva fue reemplazada por una sonrisa y luego, por una risa alegre. "¡Oye, pero si este otro es igual a ti! Es tu clon, es tu clon", exclamaba mientras abrazaba a ambos gemelos. Lejos había quedado su primera reacción agresiva. Posiblemente ganó dos amigos.

Es probable que por muchos años los primeros hombres que habitaron el planeta hayan deambulado solos intentando sobrevivir hasta que descubrieron que la unión hace la fuerza. Entonces apareció en la evolución ese conjunto de señales amistosas que constituyen el primer paso de afiliación. Los chicos que juegan en una plaza miran al recién llegado como antagonista. Se ponen en guardia. Son las señales amistosas del que llega las que derriban las actitudes belicosas y dan paso a una invitación a formar parte del grupo. Así nacen las amistades, nutridas y sostenidas por potentes sentimientos positivos. El animal de la agresividad se oculta nuevamente en su madriguera.

Cuando percibimos provocación, especialmente si se expresa como burla o intento de sometimiento por la fuerza

A partir de los 24 meses, el niño comienza a percibir el alcance de su libertad exploratoria y su poder sobre personas y objetos. Se propone dimensionar activamente hasta dónde puede llegar en este ejercicio primario del dominio. De este modo se van gestando una voluntad y un goce ligados al ejercicio de la libertad y la manipulación, término este último que alude a la acción de mover con las manos un objeto o una marioneta a voluntad.

Manipular en la interacción con un adulto o un niño mayor es, entonces, intentar mover a voluntad al otro, modificando sus conductas, expectativas y decisiones para comprobar gozosamente que uno tiene poder y lo puede ejercer con alguien que indudablemente posee una facultad de dominio mayor. En este juego, el adulto —o el niño mayor— es un antagonista, de modo que uno moviliza energía agresiva, orientada a ponerse en guardia y atacar si el otro da señales de sometimiento o control. Este juego de poder es máximo durante los primeros cinco años de vida, en la edad preescolar, cuando el niño se va haciendo consciente de su pequeñez, por una parte, y de su capacidad pata ejercer dominio sobre alguien con poder, por otra. Es la llamada "edad de la terquedad".

Suele ocurrir que el adulto, seguro de su fuerza, reacciona con sorna, burlándose del niño y haciéndole ver su pequeñez y su carencia de verdadero poder. Esa actitud burlona también despierta en el niño una intensa agresividad que se moviliza como una energía que se desborda en conductas de daño. Años más tarde, la edad de la terquedad se reedita en el púber que siente los intentos de control de un adulto (padre, profesor) o de un hermano mayor.

Caso de Alan y Adolfo

Alan tiene siete años. Es el primer hijo de su madre y el cuarto de su padre, quien tiene tres hombres de un primer matrimonio. Alan es un chico alegre, bondadoso y dócil, según su mamá. En pleno febrero llega a la cabaña de veraneo Adolfo, el menor de los hijos del papá, un adolescente de dieciséis años, algo inmaduro. Adolfo está celoso de Alan, a quien ve como un ladrón que lo ha despojado del cetro de hijo menor y favorito de su padre. Desde el primer día, Adolfo se propone molestar a Alan. Decide que el mejor recurso es zaherirlo haciéndole sentir su superioridad: lo apoda "microbio". Disfruta proponiéndole juegos en los cuales Alan carece de destreza o velocidad y lo interrumpe cuando está conversando. "Sólo hablas estupideces", le dice. En pocos días, la alegría de Alan se esfuma y da paso a una creciente rabia que se mezcla con el agudo dolor de la impotencia. Silenciosamente, en la cabaña de veraneo se incuba una relación peligrosa que puede desencadenar una agresión de Alan hacia Adolfo. Pero el padre de ambos chicos se da cuenta del dominio que ejerce el gato, Adolfo, sobre el ratón, Alan, y decide actuar. Le llama severamente la atención al mayor y lo amenaza con privarlo de salidas con amigos por un semestre si no cambia su actitud con el más pequeño. Lo vigila, lo somete a un control implacable y en más de una ocasión, al comprobar que las descalificaciones de Adolfo hacia Alan continúan, opta por descalificar a su vez al mayor. Le dice "cretino" y le requisa el celular por varias semanas, hasta que aprenda a tratar bien a los más chicos. Con esta reacción no logra sino confirmar los temores que Adolfo tiene en su corazón: Alan es el preferido del papá. Acto seguido, Adolfo abandona a su víctima para dirigir todo su encono hacia el padre, a quien confronta cada vez que se presenta la oportunidad. Desobedece, llega tarde a comer, permanece hasta el anochecer en la playa con sus amigos y se pone un piercing en el labio superior, que exhibe en forma desenfadada ante su padre furibundo.

En este ejemplo, el niño menor puede reaccionar en forma impulsiva ante las conductas de mofa y sometimiento del hermano mayor. Podria lanzarle algún objeto contundente o una taza de leche hirviendo... También podría ocurrir que Alan sintiera a Adolfo como un Goliat invencible y, entonces, su agresividad latente podría dirigirse contra sí mismo, en forma de una repentina úlcera gástrica, la caída de manchones de cabello —alopecia areata— u otro desorden de somatización.

Cuando no decodificamos adecuadamente las señales amistosas de quien es percibido como extraño o antagonista

Hay niños que presentan alteraciones de diverso grado y naturaleza en ciertas regiones cerebrales encargadas de percibir al otro como ser humano, decodificar sus códigos comunicativos (lenguaje verbal y no verbal, como gestos, tono y timbre de voz) o interpretar lo implícito en sus conductas. Estas habilidades, esenciales para relacionarse e interactuar con otras personas, en la mayoría de los niños están activas desde antes de nacer. Ellas decodifican e interpretan correctamente una mirada, una sonrisa, gestos faciales y corporales, desplazamientos, etc. Incitan al niño a inhibir conductas de huida o ataque y a activar aquellas de acercamiento confiado.

Caso de Claudio

Claudio tiene nueve años, presenta síndrome de Asperger y entró a un colegio privado en plan de integración. Varios días después de iniciadas las clases, Claudio continúa saliendo abruptamente de la sala ante el desconcierto de la profesora, quien decide intervenir poniéndole límites. Es así como cierta mañana intercepta a Claudio antes de que franquee la puerta del aula y lo toma suavemente del brazo mientras le dice con voz gentil, pero firme: "¡Señor conejito, usted no puede entrar y salir de la sala cuando le dé la gana como si estuviera en el bosque!". Al sentir la mano de la profesora sobre su brazo, Claudio gira sobre sí mismo, le asesta un violento puntapié a la maestra y escapa por los pasillos para ocultarse en un baño mientras grita: "¡Yo no soy un conejo, no soy un conejo!".

Los niños y adultos con síndrome de Asperger tienen disfunciones de diverso grado en las estructuras cerebrales que decodifican las señales amistosas y "leen" las metáforas que solemos decir en clave cariñosa. En este caso, el contacto con la mano de la profesora fue decodificado por Claudio como control y amenaza a su integridad física. El chico no supo descifrar "conejito" como la metáfora del animalito que salta por los campos libremente. Su capacidad de discernir no funciona, está paralizada.

Discernir si la situación amerita ponerse en guardia y movilizar energía agresiva para atacar o defenderse exige una cabeza lo suficientemente fría, capaz de seleccionar, evaluar, jerarquizar y decidir antes de actuar. Una cabeza fría es una mente con eficiencia analítica. El principal enemigo del discernimiento como estrategia de autocontrol de la agresividad es el estrés excesivo, generador de una ansiedad igualmente excesiva. Debemos recordar que la ansiedad consiste en una cadena de eventos neuronales que bañan el cerebro con sustancias químicas específicas. Una ansiedad excesiva es un baño químico que inunda el cerebro e impide mantener una mente fría y analítica. El resultado es la aparición inmediata de conductas agresivas extremas que se caracterizan por su elevada connotación impulsiva, ciega. Son conductas orientadas a la supervivencia. En sentido metafórico, la ansiedad excesiva traslada velozmente al niño por el túnel del tiempo y lo deja caer en medio de una selva prehistórica, solo e inerme, a merced de los más temibles depredadores. Vaga en búsqueda de un lugar protegido con los músculos en tensión, los puños apretados, las pupilas dilatadas. Su corazón late desbocado como si se le fuera a salir del pecho. Todo le despierta una inmediata reacción defensiva; mira alerta buscando al enemigo o al depredador. Más de una vez descarga su machete sobre una rama que cruje o un animal que se desliza tras el follaje. En otras palabras, la ansiedad le calienta la cabeza, le impide discernir y facilita que surjan en él conductas agresivas. Esto se llama "ansiedad persecutoria".

Caso de un niño en un terremoto

Una ciudad ha sido devastada por un terremoto. Horas después, mientras continúan los derrumbes, un chico emerge súbitamente entre los escombros de una casa, corre sin rumbo y se agazapa en un portal, enloquecido de pavor. Un bombero rescatista acude a protegerlo, pero cuando el chico lo ve acercarse, coge una piedra enorme y se la lanza al rostro para luego reanudar su loca huida. La ansiedad extrema que lo enceguece le ha impedido discernir que el uniforme que viste el hombre es el de un bombero, que su expresión es de solícita amistad y que se ha acercado con la intención de socorrerlo.

Amanda Céspedes, Niños con pataleta, adolescentes desafiantes.

El cerebro y la música
Daniel J. Levitin.

En el verano de 1969, cuando tenía once años, compré en una tienda de aparatos de alta fidelidad un equipo estéreo. Me costó los cien dólares que había ganado limpiando de malas hierbas los jardines de los vecinos aquella primavera a setenta y cinco centavos la hora. Pasé largas tardes en mi habitación, escuchando discos: Cream, los Rolling Stones, Chicago, Simon and Garfunkel, Bizet, Tchaikovski, George Shearing y el saxofonista Boots Randolph. No los ponía demasiado alto, al menos en comparación con mis tiempos de la universidad, cuando llegué realmente a quemar los auriculares por poner el volumen demasiado fuerte, pero el ruido era excesivo para mis padres. Mi madre es novelista; escribía a diario en la madriguera que tenía justo debajo del vestíbulo y tocaba el piano todas las noches durante una hora antes de cenar. Mi padre era un hombre de negocios; trabajaba ochenta horas a la semana, cuarenta de ellas en su despacho de casa a última hora del día y los fines de semana. Siendo como era un hombre de negocios, me hizo una propuesta: me compraría unos auriculares si le prometía utilizarlos cuando estuviera en casa. Aquellos auriculares cambiaron para siempre mi forma de escuchar música.

Los nuevos artistas a los que yo estaba escuchando exploraban por primera vez la mezcla estéreo. Como los altavoces que venían con mi equipo estéreo todo en uno de cien dólares no eran muy buenos, yo no había oído nunca con tanta profundidad como con los auriculares: el emplazamiento de los instrumentos tanto en el campo izquierda-derecha como en el espacio (reverberante) delante-atrás. Para mí, los discos dejaron de ser sólo las canciones, y pasaron a ser el sonido. Los auriculares me abrieron un mundo de colores sónicos, una paleta de matices y detalles que iban mucho más allá de los acordes y la melodía, la letra o la voz de un cantante concreto. El ambiente Sur profundo pantanoso de «Green River» de Creedence, o la belleza bucólica de espacios abiertos de «Mothers Nature’s Son» de los Beatles; los oboes de la Sexta de Beethoven (dirigida por Karajan), leves y empapados de la atmósfera de una gran iglesia de madera y de piedra; el sonido era una experiencia envolvente. Los auriculares convirtieron también la música en algo más personal; llegaba de pronto del interior de mi cabeza, no del mundo exterior. Esa conexión personal fue en el fondo la que me llevó a convertirme en ingeniero de grabación y en productor.

Muchos años después, Paul Simon me explicó que el sonido era lo que él buscaba también siempre. «Yo escucho mis grabaciones por el sonido que tienen, no por los acordes ni por la letra: mi primera impresión es el sonido global.»

Después del incidente de los auriculares en mi dormitorio dejé la universidad y me metí en una banda de rock. Conseguimos llegar a ser lo bastante buenos para grabar en un estudio de veinticuatro pistas de California con un ingeniero de talento, Mark Needham, que grabaría luego discos de gran éxito de Chris Isaac, Cake y Fleetwood Mac. Yo le caí bien, probablemente porque era el único que se interesaba por entrar en la sala de control para volver a oír cómo sonábamos, mientras los demás estaban más interesados en colocarse entre sesiones. Me trataba como a un productor, aunque yo no sabía por entonces lo que era eso, y me preguntaba cómo quería que sonara la banda. Me enseñó lo diferente que podía ser el sonido dependiendo del micrófono, e incluso la influencia que tenía la colocación del micrófono. Al principio, no percibía algunas de las diferencias que me indicaba, pero me enseñó qué era lo que tenía que escuchar. «Fíjate que cuando pongo este micrófono más cerca del amplificador de la guitarra, el sonido se hace más lleno, más redondo y más uniforme, pero cuando lo coloco más atrás, capta parte del sonido de la habitación, se vuelve más espacioso, aunque si lo hago se pierde parte del rango medio.»

Nuestra banda llegó a ser moderadamente conocida en San Francisco, y nuestras grabaciones se emitieron en estaciones de radio de rock locales. Cuando se deshizo la banda (debido a las frecuentes tentativas de suicidio del guitarrista y al desagradable hábito del vocalista de tomar óxido nitroso y cortarse con cuchillas de afeitar) encontré trabajo como productor de otras bandas. Aprendí a captar cosas que no había captado nunca: la diferencia entre un micrófono y otro, incluso entre una marca de cinta de grabación y otra (la cinta Ampex 456 tenía un «golpe» característico en el registro de baja frecuencia, Scotch 250 tenía una nitidez característica en las frecuencias altas y Agfa 467, una tersura en el registro medio). En cuanto supe qué era lo que tenía que escuchar, pude diferenciar la cinta de Ampex de la de Scotch o la de Agfa con la misma facilidad con que podía diferenciar una manzana de una pera o de una naranja. Ascendí luego de nivel y pasé a trabajar con otros grandes ingenieros, como Leslie Ann Jones (que había trabajado con Frank Sinatra y Bobby McFerrin), Fred Catero (Chicago, Janis Joplin) y Jeffrey Norman (John Fogerty, los Grateful Dead). Aunque yo era el productor (la persona a cargo de las sesiones) me sentía intimidado por todos ellos. Algunos de esos ingenieros me dejaron presenciar sus sesiones con otros artistas, como Heart, Journey, Santana, Whitney Houston y Aretha Franklin. Disfruté así de un valiosísimo curso de formación al observar cómo interactuaban con los artistas y al hablar de matices sutiles sobre cómo una parte de guitarra estaba articulada y cómo se había realizado una interpretación vocal. Hablaban de sílabas en una letra, y elegían entre diez interpretaciones distintas. Eran capaces de oír tan bien; ¿cómo ejercitaban el oído para escuchar cosas que los simples mortales no podían discernir?

Llegué a conocer, mientras trabajaba con pequeñas bandas desconocidas, a los ingenieros y directores de estudios, y ellos me orientaron para que aprendiera a trabajar cada vez mejor. Un día no apareció un ingeniero y fui yo quien empalmó varias cintas de grabación para Carlos Santana. En otra ocasión, el gran productor Sandy Pearlman salió a comer durante una sesión de Blue Öyster Cult y me dejó encargarme de terminar la parte vocal. Una cosa llevó a otra, y pasé casi una década produciendo grabaciones en California; acabé teniendo la suerte de poder trabajar con muchos músicos conocidos. Pero trabajé también con docenas de don nadies musicales, gente con mucho talento pero que nunca consiguió salir adelante. Empecé a preguntarme por qué algunos músicos llegaban a ser muy conocidos mientras otros languidecían en la oscuridad. Me pregunté también por qué la música parecía resultar tan fácil para unos y para otros no. ¿De dónde procedía la creatividad? ¿Por qué algunas canciones nos conmueven tanto y otras nos dejan fríos? Y ¿qué decir del papel de la percepción en todo esto, la asombrosa capacidad de los grandes músicos e ingenieros para apreciar matices que la mayoría de nosotros no percibimos?

Estos interrogantes me condujeron de nuevo a la universidad en busca de respuestas. Cuando aún trabajaba como productor de discos, bajaba en coche hasta la Universidad de Stanford dos veces por semana con Sandy Pearlman para asistir a las clases de neuropsicología de Karl Pribram. Descubrí que la psicología era el campo en el que estaban las respuestas a algunas de mis preguntas: preguntas sobre la memoria, la percepción, la creatividad y el instrumento común en que se basaban todas ellas: el cerebro humano. Pero en vez de encontrar respuestas, salía con más preguntas... como suele pasar con la ciencia. Y cada nueva pregunta abría mi mente a la percepción de la complejidad de la música, del mundo y de la experiencia humana. Como dice el filósofo Paul Churchland, los humanos llevan intentando comprender el mundo a lo largo de la mayor parte de la historia registrada, y justamente en los últimos doscientos años, nuestra curiosidad ha descubierto mucho de lo que la naturaleza nos había mantenido oculto: la estructura espaciotemporal, la constitución de la materia, las muchas formas de energía, los orígenes del universo, la naturaleza de la propia vida con el descubrimiento del ADN, y hace sólo cinco años, la cartografía completa del genoma humano. Pero hay un misterio que no se ha resuelto: el misterio del cerebro humano y de cómo surgen de él las ideas y los sentimientos, las esperanzas y los deseos, el amor y la experiencia de la belleza, por no mencionar la danza, el arte visual, la literatura y la música.

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¿Qué es la música? ¿De dónde viene? ¿Por qué unas secuencias de sonidos nos conmueven tanto, mientras otras (como los ladridos de los perros o los patinazos de los coches) molestan a mucha gente? Para algunos, estas cuestiones suponen gran parte del trabajo de nuestra vida. Para otros, la idea de abordar de ese modo la música parece algo equivalente a estudiar la estructura química de un cuadro de Goya, dejando de ver con ello el arte que el pintor estaba intentando crear. Un historiador de Oxford, Martin Kemp, señala una similitud entre los artistas y los científicos. La mayoría de los artistas describen su trabajo como experimentos, como parte de una serie de esfuerzos destinados a explorar una preocupación común o a establecer un punto de vista. Mi buen amigo y colega William Forde Thompson (compositor y especialista en cognición musical de la Universidad de Toronto) añade que el trabajo tanto de los científicos como de los artistas incluye etapas similares de desarrollo: una etapa creativa y exploratoria de «devanarse los sesos», seguida de etapas de comprobación y perfeccionamiento que se caracterizan por la aplicación de procedimientos establecidos, pero que suelen estar acompañadas de una capacidad creadora adicional para la resolución de problemas. Los estudios de los artistas y los laboratorios de los científicos comparten también similitudes, con un gran número de proyectos en marcha al mismo tiempo, en diversas etapas de elaboración. Ambos exigen instrumentos especializados y los resultados están (a diferencia de los planos definitivos de un puente colgante o la operación de cuadrar el dinero en una cuenta bancaria al final del negocio del día) abiertos a interpretación. Lo que artistas y científicos comparten es la capacidad de vivir siempre dispuestos a interpretar y reinterpretar los resultados de su trabajo. El trabajo de ambos es en último término la búsqueda de la verdad, pero consideran que esa verdad es por su propia naturaleza contextual y variable, dependiendo del punto de vista, y que las verdades de hoy se convierten mañana en tesis repudiadas o en objetos artísticos olvidados. Basta pensar en Piaget, Freud o Skinner para encontrar teorías que tuvieron vigencia generalizada y que más tarde se desecharon (o al menos se revaluaron espectacularmente). En la música, se atribuyó de forma prematura a una serie de grupos una vigencia perdurable: se aclamó a Cheap Trick como los nuevos Beatles, y durante un tiempo la Rolling Stone Encyclopedia of Rock dedicó tanto espacio a Adam and the Ants como a U2. Hubo períodos en que no se podía concebir que un día la mayor parte del mundo no conociese los nombres de Paul Stookey, Christopher Cross o Mary Ford. Para el artista, el objetivo de la pintura o de la composición musical no es transmitir una verdad literal, sino un aspecto de una verdad universal que, si tiene éxito, seguirá conmoviendo e impresionando a la gente a pesar de que cambien los contextos, las sociedades y las culturas. Para el científico, el objetivo de una teoría es transmitir «verdad para ahora»: reemplazar una verdad vieja, aceptando al mismo tiempo que algún día esa categoría será sustituida también por una nueva «verdad», porque así es como avanza la ciencia.

La música es excepcional entre todas las actividades humanas tanto por su ubicuidad como por su antigüedad. No ha habido ninguna cultura humana conocida, ni ahora ni en cualquier época del pasado de que tengamos noticia, sin música. Algunos de los utensilios materiales más antiguos hallados en yacimientos de excavaciones humanas y protohumanas son instrumentos musicales: flautas de hueso y pieles de animales estiradas sobre tocones de árboles para hacer tambores. Siempre que los humanos se reúnen por alguna razón, allí está la música: bodas, funerales, la graduación en la universidad, los hombres desfilando para ir a la guerra, los acontecimientos deportivos, una noche en la ciudad, la oración, una cena romántica, madres acunando a sus hijos para que se duerman y estudiantes universitarios estudiando con música de fondo. Y esto se da aún más en las culturas no industrializadas que en las sociedades occidentales modernas; la música es y era en ellas parte de la urdimbre de la vida cotidiana. Sólo en fechas relativamente recientes de nuestra propia cultura, hace unos quinientos años, surgió una diferenciación que dividió en dos la sociedad, formando clases separadas de intérpretes y oyentes. En casi todo el mundo y durante la mayor parte de la historia humana, la música era una actividad tan natural como respirar y caminar, y todos participaban. Las salas de conciertos, dedicadas a la interpretación de la música, aparecieron hace muy pocos siglos.

Jim Ferguson, al que conozco desde el instituto, es hoy profesor de antropología. Es una de las personas más divertidas y más inteligentes que conozco, pero es muy tímido; no sé cómo se las arregla para dar sus cursos. Para su tesis doctoral en Harvard, hizo trabajo de campo en Lesotho, una pequeña nación rodeada por Suráfrica. Allí estudió e interactuó con los aldeanos locales, y se ganó pacientemente su confianza, hasta que un día le pidieron que participase en una de sus canciones. Y entonces, en un detalle muy propio de él, cuando los sotho le pidieron que cantara, Jim dijo en voz baja: «Yo no sé cantar», y era verdad: habíamos estado juntos en la banda del instituto y aunque tocaba muy bien el oboe, era incapaz de cantar. A los aldeanos esta objeción les pareció inexplicable y desconcertante. Ellos consideraban que cantar era una actividad normal y ordinaria que todo el mundo realizaba, jóvenes y viejos, hombres y mujeres, no una actividad reservada a unos pocos con dones especiales.

Nuestra cultura, y en realidad nuestro propio lenguaje, establece una distinción entre una clase de intérpretes especializados (los Arthur Rubinstein, Ella Fitzgerald, Paul McCartney) y los demás, que pagamos por oír que los especialistas nos entretengan. Jim sabía que no era gran cosa como cantor ni como bailarín, y para él cantar y bailar en público implicaba que debía considerarse un experto. La reacción de los aldeanos fue mirarlo con perplejidad y decir: «¿¡Qué quieres decir con lo de que no sabes cantar!? ¡Tú hablas!». Jim explicó más tarde: «A ellos les resultaba tan extraño como si les dijese que no sabía andar o bailar, a pesar de tener dos piernas». Cantar y bailar eran actividades naturales en la vida de todos, integradas sin fisuras y en las que todos participaban. El verbo cantar en su lengua (ho bina), como en muchas otras lenguas del mundo, significa también bailar; no hay ninguna distinción, porque se supone que cantar entraña movimiento corporal.

Hace un par de generaciones, antes de la televisión, muchas familias se reunían e interpretaban música juntas como diversión. Hoy se insiste mucho en la técnica y en la habilidad, y en si un músico es «lo bastante bueno» para tocar para otros. La música se ha convertido en una actividad reservada a unos cuantos en nuestra cultura, y los demás tenemos que escuchar. La industria musical es una de las de mayores en los Estados Unidos, y trabajan para ella cientos de miles de personas. Sólo las ventas de álbumes aportan 30.000 millones de dólares al año, y esta cifra no tiene en cuenta las ventas de entradas para los conciertos, los miles de bandas que tocan en locales las noches de los viernes por toda Norteamérica, ni los 30.000 millones de canciones que se bajaron gratuitamente por el procedimiento de compartir archivos en la red en 2005. Los estadounidenses gastan más dinero en música que en sexo o en medicinas recetadas. Teniendo en cuenta ese consumo voraz, yo diría que la mayoría pueden considerarse oyentes de música expertos. Tenemos capacidad cognitiva para detectar notas equivocadas, para encontrar música con la que disfrutar, para recordar cientos de melodías y para mover los pies al compás de una pieza..., una actividad que entraña un proceso de extracción de compás tan complicado que la mayoría de los ordenadores no pueden hacerlo. ¿Por qué escuchamos música y por qué estamos dispuestos a gastar tanto dinero para escuchar música? Dos entradas de conciertos pueden costar fácilmente tanto como lo que gasta en alimentación en una semana una familia de cuatro miembros, y un CD cuesta más o menos lo mismo que una camisa, ocho barras de pan o un servicio telefónico básico durante un mes. Entender por qué nos gusta la música y qué obtenemos de ella es una ventana que da acceso a la esencia de la naturaleza humana.

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Plantearse interrogantes sobre una capacidad humana básica y omnipresente es planteárselos de manera implícita sobre la evolución. Los animales desarrollaron evolutivamente formas físicas determinadas como respuesta a su entorno, y las características que otorgaban una ventaja para el apareamiento se transmitieron a la generación siguiente a través de los genes.

Un aspecto sutil de la teoría darwiniana es que los organismos vivos (sean plantas, virus, insectos o animales) coevolucionaron con el mundo físico. Dicho de otro modo, mientras que todas las cosas vivas están cambiando como reacción al mundo, el mundo también está cambiando en respuesta a ellas. Si una especie desarrolló un mecanismo para mantener alejado a un predador concreto, sobre la especie de ese predador pesa la presión evolutiva bien de desarrollar un medio de superar esa defensa o bien de hallar otra fuente de alimentación. La selección natural es una carrera armamentista de morfologías físicas que cambian para adaptarse unas a otras.

Un campo científico relativamente nuevo, la psicología evolutiva, amplía la idea de evolución de lo físico al reino de lo mental. Cuando yo era estudiante en la Universidad de Stanford, mi mentor, el psicólogo cognitivo Roger Shepard, decía que no sólo nuestros cuerpos, sino también nuestras mentes, son el producto de millones de años de evolución. Nuestras pautas de pensamiento, nuestras predisposiciones para resolver problemas de determinados modos, nuestros sistemas sensoriales (como por ejemplo nuestra capacidad para ver en color, y los colores concretos que vemos) son todos ellos producto de la evolución. Shepard llevaba la cuestión aún más allá: nuestras mentes coevolucionaron con el mundo físico, modificándose para adaptarse a condiciones en constante cambio. Tres alumnos de Shepard, Leda Cosmides y John Tooby de la Universidad de California en Santa Bárbara, y Geoffrey Miller, de la Universidad de Nuevo México, figuran entre los que están a la vanguardia en este nuevo campo. Los investigadores que trabajan en él creen que pueden descubrir muchas cosas sobre la conducta humana considerando la evolución de la mente. ¿Qué función tuvo la música para la humanidad cuando estábamos evolucionando y desarrollándonos? Ciertamente, la música de hace cincuenta mil o cien mil años es muy diferente de Beethoven, Van Halen o Eminem. Igual que nuestros cerebros han evolucionado, también lo ha hecho la música que creamos con ellos, y la música que queremos oír. ¿Evolucionaron vías y zonas determinadas de nuestro cerebro específicamente para crear y escuchar música?

Descubrimientos recientes de mi laboratorio y de los de mis colegas están demostrando que la música se distribuye por todo el cerebro, en contra de la antigua idea simplista de que el arte y la música se procesan en el hemisferio derecho, mientras que el lenguaje y las matemáticas se procesan en el izquierdo. A través de estudios con individuos que padecen lesiones cerebrales, hemos visto pacientes que han perdido la capacidad de leer un periódico pero aún pueden leer música, o individuos que pueden tocar el piano pero carecen de la coordinación motriz precisa para abotonarse la chaqueta. Oír, interpretar y componer música es algo en lo que intervienen casi todas las áreas del cerebro que hemos identificado hasta ahora, y exige la participación de casi todo el subsistema neuronal. ¿Podría explicar este hecho la afirmación de que escuchar música ejercita otras partes de nuestra mente; que escuchar a Mozart veinte minutos al día nos hará más inteligentes?

Ejecutivos publicitarios, cineastas, comandantes militares y madres aprovechan el poder de la música para evocar emociones. Los publicistas utilizan la música para hacer que un refresco, una cerveza, un calzado para correr o un coche parezcan más atractivos que sus competidores. Los directores de cine utilizan la música para explicarnos lo que sienten en escenas que de otro modo podrían ser ambiguas, o para intensificar nuestros sentimientos en momentos especialmente dramáticos. Imaginemos una escena típica de persecución de una película de acción, o en la música que podría acompañar a una mujer solitaria que sube por una escalera en una vieja mansión sombría. La música se utiliza para manipular nuestras emociones y tendemos a aceptar, si es que no a disfrutar directamente, esa capacidad que tiene para hacernos experimentar diversos sentimientos. Madres de todo el mundo, y remontándonos hacia atrás en el tiempo todo lo que podamos imaginar, han utilizado el canto para dormir a los niños pequeños, o para distraerlos de algo que les ha hecho llorar.

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Muchas personas que aman la música aseguran que no saben nada de música. He descubierto que muchos de mis colegas que estudian temas complejos y difíciles como la neuroquímica o la psicofarmacología no se sienten preparados para investigar la neurociencia de la música. ¿Y quién puede reprochárselo? Los teóricos de la música manejan una serie arcana y enrarecida de términos y reglas tan oscuros como algunos de los campos más esotéricos de las matemáticas. Para el que no es músico, esas manchas de tinta en una página que nosotros llamamos notación musical podrían ser comparables a las anotaciones de la teoría matemática de conjuntos. Hablar de tonalidades, cadencias, modulación y transposición puede resultar desconcertante.

Sin embargo, todos esos colegas que se sienten intimidados por esa jerga pueden decirme cuál es la música que les gusta. Mi amigo Norman White es una autoridad mundial en el hipocampo de las ratas, y en cómo recuerdan los diferentes lugares que han visitado. Es muy aficionado al jazz y puede hablar como un experto sobre sus artistas favoritos. Puede apreciar instantáneamente la diferencia entre Duke Ellington y Count Basi por el sonido de la música, y puede incluso distinguir al Louis Armstrong de la primera época a la del final. Norm no tiene ningún conocimiento musical en el sentido técnico: puede decirme que le gusta una canción determinada, pero no puede decirme los nombres de los acordes. Es sin embargo un experto en saber lo que le gusta. Eso no tiene nada de excepcional, por supuesto. Muchos de nosotros tenemos un conocimiento práctico de cosas que nos gustan, y podemos comunicar nuestras preferencias sin tener el conocimiento técnico del verdadero experto. Yo sé que prefiero la tarta de chocolate de un restaurante al que suelo ir a la tarta de chocolate de la cafetería de al lado de mi casa. Pero sólo un chef sería capaz de analizar la tarta (descomponer la experiencia gustativa en sus elementos) describiendo las diferencias en el tipo de harina, o en la mantequilla, o en el tipo de chocolate utilizados.

Es una lástima que muchas personas se sientan intimidadas por la jerga que manejan los músicos, los teóricos de la música y los científicos cognitivos. Hay un vocabulario especializado en todos los campos de investigación (pruebe a interpretar el informe completo de un análisis de sangre de su médico). Pero en el caso de la música, los científicos y los especialistas podrían esforzarse un poco más en la tarea de hacer accesible su trabajo. Se trata de algo que he intentado conseguir en este libro. El abismo antinatural que se ha abierto entre la interpretación musical y la audición de música se corresponde con el abismo paralelo que separa a los que aman la música (y les encanta hablar de ella) y los que están descubriendo cosas nuevas sobre cómo opera.

Una impresión que mis alumnos suelen confiarme es la de que aman la vida y sus misterios y temen que una excesiva educación les robe muchos de los placeres sencillos de la vida. Los alumnos de Robert Sapolsky probablemente le hayan hecho confidencias parecidas, y yo sentí también la misma angustia en 1979, cuando me trasladé a Boston para estudiar música en el Berklee College. ¿Y si adoptando un enfoque científico al estudiar la música y al analizarla la despojo de sus misterios? ¿Y si llego a saber tanto sobre ella que no me proporciona ya placer?

La música aún sigue ofreciéndome el mismo placer que cuando la oía en aquel equipo de alta fidelidad barato con los auriculares. Cuanto más llegué a saber sobre la música y sobre la ciencia más fascinantes me resultaron, y más capaz me sentí de apreciar a la gente que es realmente buena en ambos campos. La música, como la ciencia, ha resultado ser a lo largo de los años una aventura, nunca experimentada exactamente del mismo modo dos veces. Ha sido para mí una fuente de continuas sorpresas y de satisfacción. Resulta que ciencia y música no son tan mala mezcla.

Este libro trata de la ciencia de la música desde la perspectiva de la neurociencia cognitiva, el campo que se halla en la intersección de la psicología y la neurología. Analizaré algunos de los estudios más recientes que yo y otros investigadores de nuestro campo hemos realizado sobre la música, su contenido y el placer que proporciona. Aportan nuevas perspectivas de cuestiones profundas. Si todos oímos la música de una forma diferente, ¿cómo podemos explicar que algunas composiciones puedan conmover a tantas personas, el Mesías de Haendel o «Vincent (Starry Starry Night)» de Don McLean, por ejemplo? Por otra parte, si todos oímos la música del mismo modo, ¿cómo podemos explicar las amplias diferencias de preferencia musical? ¿Por qué el Mozart de un individuo es la Madonna de otro?

En los últimos años se ha profundizado en el conocimiento de la mente gracias a un campo en vertiginoso crecimiento, el de la neurociencia, y a nuevos enfoques en psicología debidos a las nuevas tecnologías de representación del cerebro, a drogas capaces de manipular neurotransmisores como la dopamina y la serotonina y con ayuda también a la simple y vieja actividad científica. Menos conocidos son los avances extraordinarios que hemos conseguido en la construcción de modelos de cómo se interconectan nuestras neuronas, gracias a la revolución incesante de la tecnología informática. Estamos llegando a entender como nunca antes habíamos podido sistemas informatizados que existen dentro de nuestra cabeza. El lenguaje parece ahora hallarse sustancialmente integrado en el cerebro. Hasta la propia conciencia ha dejado ya de estar envuelta de forma irremediable en una niebla mística, y ha pasado a ser más bien algo que surge de sistemas físicos observables. Pero nadie ha unido todo este nuevo trabajo y lo ha utilizado para elucidar lo que es para mí la más bella obsesión humana. Analizar la relación entre el cerebro y la música es una vía para llegar a entender los misterios más profundos de la naturaleza humana. Es por eso que escribí este libro.

Si comprendemos mejor lo que es la música y de dónde sale, quizá podamos comprender mejor nuestras motivaciones, temores, deseos, recuerdos e incluso la comunicación en el sentido más amplio. ¿Es escuchar música algo parecido a comer cuando tienes hambre, y satisfacer así una necesidad? ¿O se parece más a ver una bella puesta de sol o a disfrutar de un masaje en la espalda, que activan sistemas de placer sensorial en el cerebro? Ésta es la historia de cómo el cerebro y la música coevolucionaron: lo que la música puede enseñarnos sobre el cerebro, lo que el cerebro puede enseñarnos sobre la música y lo que ambos pueden enseñarnos sobre nosotros mismos.



ORDENADORES, HIJOS E INTERNET: guía de supervivencia
Josep Casanovas
(Merche Carretero es coautora de este artículo).

Observar y aprender: Observar a nuestros hijos y ver cómo van desarrollando su personalidad es siempre una experiencia maravillosa, y en materia de ordenadores nos brinda a los padres la oportunidad de aprender a veces más que lo que nosotros podamos enseñarles.

Pero aprender de los hijos requiere dejar atrás ciertos prejuicios sobre el juego y los ordenadores. El verdadero trabajo de los niños es jugar y experimentar y esto es tan respetable como cualquier otra actividad de los adultos.


Los niños no saben de ordenadores: Aunque el ordenador ha formado parte de la vida cotidiana de nuestros tres hijos, no han pasado de ser meros usuarios, espléndidos, pero sólo eso, usuarios. Así que nosotros nos hemos encargado de configurar, arreglar, ampliar, proteger y administrar cualquier ordenador, módem, proxy u aparato cibernético que entrara en nuestro hogar.

Contra la creencia general, los niños de hoy en día no son expertos informáticos, son usuarios que pueden utilizar un ordenador bien o mal. La mayoría de niños que disponen de ordenador en su casa saben tanto de ordenadores como lo que nosotros sabíamos en nuestra infancia de televisores, estéreos y casetes, o sea, nada, sólo saben utilizarlos.


Los niños siempre clican OK: Si algo no tienen los niños es paciencia, cuando desean algo, ha de ser ya. No nos ha de extrañar pues que los niños cliqueen siempre el botón "OK" o lo que haga falta con tal de seguir adelante. Añadamos a esto que la mayoría de mensajes les resultan incompresibles y que han interiorizado que la mayor parte de veces el botón OK es el correcto.

Con este comportamiento, corren el riesgo de exponerse a contenidos inapropiados y debilitan la integridad de nuestro sistema informático doméstico. Para evitar esto, en casa les hemos pedido que nos avisen siempre que les aparezca algún mensaje que no entiendan.

Los niños lo instalan todo: Los niños intentarán instalar cualquier programa, juego o lo que sea por el sólo hecho que lo tiene algún amigo. Se diría que una de sus máximas vitales es "si los otros lo tienen, yo también". Normalmente el amigo les pasa una copia y en cuanto vuelven de la escuela lo intentan instalar.

Los riesgos que corren son parecidos a los del caso anterior, por eso es bueno que antes de cualquier instalación nos lo consulten.

Los niños se comen todo el espacio disponible: Un par de años atrás compré un disco de 150 Gb. Creí que tendría dos años de margen antes de que se llenara. Me equivoqué. Cuatro meses duró la ilusión. El causante fue uno de los chicos que, si pudiera, tendría todo Internet en un disco duro. El caso es que es uno de los miembros de la familia que más partido saca de nuestro sistema informático doméstico y por lo tanto no creímos oportuno aplicar ninguna sanción.

Le explicamos cómo afectaba al resto de la familia su hábito de acumular y al final adoptamos una solución consensuada entre todos: le cedimos 50 Gb en una partición exclusiva para él, y los demás compartimos los 100 Gb restantes, puesto que no necesitábamos más.

Este sistema ha funcionado de maravilla y le ha servido para aprender a administrar su espacio en disco.

Despedirse en el Messenger es "sólo un minuto" interminable: Especialmente cuando los hijos llegan a la adolescencia, les invade la necesidad de estar permanentemente en contacto con los amigos. Sentirse parte de un grupo les ayuda a autoafirmarse y a sobrellevar los cambios que sufren a esa edad.

Una de las reglas de nuestra casa es que la cena es un momento para compartir entre todos. Todos deben ayudar a poner la mesa y cenar juntos. Así que cuando llega la hora les decimos en voz alta y clara: "a poner la mesa". Los que están conectados al Messenger se vuelven sordos y parece que estén en estado cataléptico. No desfallecemos y al cabo de unos segundos repetimos: "a poner la mesa". En ese momento despiertan de su letargo y sueltan: "ya me despido, es sólo un minuto". Os digo yo que este minuto dura tanto que se hace interminable.

Este tipo de situación nos brinda a los padres la ocasión para hablar con los hijos sobre el respeto al resto de los miembros de la familia, la asunción responsabilidades, la organización del tiempo personal y de muchas cosas más.

Imprimir es gratis: Los adolescentes y los jóvenes son frecuentemente los abanderados del respeto al medioambiente y a menudo con las posturas ecologistas más radicales. Sorprende, por todo ello, llegar a casa un día y encontrarse con que alguien se ha zampado medio paquete de papel y la parte correspondiente de tinta haciendo pruebas de no se qué trabajo de la escuela.

Los niños y adolescentes no tienen conciencia del coste medioambiental y económico de sus actos. Para ellos el papel, la tinta, los CD's, las baterías y en general cualquier consumible, son objetos que aparecen en casa por arte de magia.

Dependerá de nosotros, los padres, que con nuestro ejemplo y nuestra actitud les hagamos reflexionar sobre las consecuencias de sus decisiones y hacerles partícipes de que, moderando su consumo, pueden ayudar tanto a la economía familiar como contribuir a mejorar la salud del planeta.

En Internet, discernir entre ficción y realidad no es sencillo: Una tarde, mientras estaba leyendo en el salón, la menor de la casa estaba muriéndose de risa ante un vídeo de YouTube. Me acerqué dispuesto a reír yo también cuando advertí que el vídeo en cuestión era un surtido de accidentes y tortazos reales. Le pregunté si sabía que en esos accidentes la gente se había hecho daño de verdad y me di cuenta de que no lo tenía del todo claro.

En la televisión hay una programación y los padres podemos como mínimo decidir qué se puede ver y qué no. En Internet no funciona de esta manera. YouTube, por poner un ejemplo, contiene de todo, ficción y realidad se mezclan en el mismo canal y a determinadas edades discernir entre una cosa u otra no es nada fácil.

Es por ello importante hablar con los hijos de los contenidos a los que se exponen y de los valores positivos o negativos que según nuestra opinión transmiten.

¿Protegerlos o sobreprotegerlos?: Hablando de hijos e Internet, es inevitable tratar de algo que a todo padre y madre preocupa: cómo proteger a los hijos de contenidos inadecuados y de agresiones externas relacionadas con la violencia, la pornografía y la pedofilia. Hay voces mucho más expertas que las nuestras y os aconsejamos que ante todo visitéis alguno de los sitios web de referencia como: www.protegeles.com, chaval.red.es y www.asociacion-acpi.org.

Los padres hemos de proporcionar a los hijos estímulos y herramientas para que experimenten y desarrollen sus habilidades y el ordenador es una de ellas. Su curiosidad innata les lleva a experimentar a través del juego y esto deben hacerlo en un entorno seguro que les proteja de daños graves hacia su persona y hacia los demás.

Cuando nuestros hijos juegan en un parque público, aunque les dejemos cierta libertad de movimiento, les damos unas pautas, les ponemos unos límites y estamos alerta e intervenimos así que intuimos que corren algún riesgo importante. De la misma manera debemos comportarnos cuando nuestros hijos se conectan a Internet: hemos de saber lo que hacen y con quién y establecer ciertas normas y límites sin atemorizarlos ni sobreprotegerlos.


Normas y límites en Internet

Estas son las normas que en casa nos han sido más útiles:

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Ningún hijo tiene ordenador en su habitación. Tenemos ubicados los ordenadores en lugares comunes y concurridos tales como el salón y el estudio.
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Debe cumplirse un horario y un tiempo de conexión que está en función de la edad de cada hijo.
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Conectarse y chatear no puede pasar por encima de hacer los deberes de la escuela u otras obligaciones.
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La cena es un momento de desconexión y de encuentro.
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No deben proporcionar ningún dato personal a través de Internet.
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No deben aceptar ninguna cita de desconocidos.
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Deben informarnos de cualquier propuesta que les parezca extraña.

Cómo estar al corriente de lo que hacen y con quién

Esto es fácil si el ordenador está en un espacio común de la casa.

Algunos consejos:

Las fotos o imágenes de los contactos del Messenger pueden ser una buena excusa para iniciar una conversación. Permiten utilizar frases del estilo: "¿De quien es esta imagen tan divertida?" o "No lo conozco, ¿es de la escuela?".


Cuando expresan sus emociones con risas, tecleo frenético o expresiones en voz alta, es un buen momento para preguntarles y acercarse a ellos.


Si no conoces cómo funciona el Messenger, qué es myspace o YouTube, aprende un poco. Interésate por ello, pídeles que te enseñen, date de alta aunque sólo sea para probar. Te será más fácil hablar de ello con tus hijos y establecer puntos de contacto.


Sé curioso, intenta entender su mundo social y comunicativo. Si tienen su blog, fotolog o similar, entra en ellos de vez en cuando, no para espiar, sino para compartir, muéstrales tu interés y aprende de ellos.

Cómo proteger nuestro ordenador de las acciones de nuestros hijos

Cuando mi hija mayor tenía unos tres años, un día la dejé un ratito delante de mi Apple Macintosh SE. Hacía poco que había instalado un programa de dibujo para niños llamado KidPix con el que ella se lo pasaba de maravilla. La niña estaba más callada que de costumbre, absorta en su dibujo, creía yo. Me extrañó tanto silencio, así que me pasé a ver qué era eso tan interesante que estaba dibujando.
Miré hacia la pantalla del Mac, y el susto que me di fue terrible. En la pantalla no había ningún dibujo, mi niña tenía delante suyo el escritorio del Mac limpito, excesivamente limpio puesto que sólo quedaba una carpeta de las muchas que yo tenía habitualmente en él. Ella había descubierto que los objetos desaparecían al arrastrarlos encima de una carpeta y eso, parece ser, le divirtió mucho más que dibujar.
Por suerte, no pasó de ser un susto puesto que todas mis carpetas estaban dentro de la única que había quedado en el escritorio. Pero ¿y si mi hija hubiera escogido la papelera en lugar de una carpeta? Ahí me empecé a dar cuenta de que los niños, esos maravillosos seres llenos de bondad e inocencia, pueden darte más de un quebradero de cabeza usando tu ordenador. Os recomendamos pues que toméis alguna medida preventiva como, por ejemplo, las que nosotros hemos tomado en casa.

Crea un usuario para cada uno: Cada cual tendrá su escritorio personal, su configuración, sus carpetas y ficheros, su fondo de pantalla, etc.
El historial del navegador será único para cada usuario, lo que te permitirá revisarlo si lo crees necesario.
Cada cual tendrá su carpeta "Mis documentos" y no se mezclarán los archivos de los diversos usuarios.

Derechos de los usuarios: No permitas que los usuarios tengan contraseña o, si la tienen, los padres debemos conocerla, de lo contrario nos será difícil revisar el ordenador si algún día es necesario.
Deberás decidir si darles perfil de administrador o no. Si no tienen perfil de administrador, no podrán instalar programas pero les limitarás su autonomía en el uso del ordenador.
Si tienes más de un ordenador, reserva uno en el cual sólo los padres tengáis derechos de administración. Esto asegurará en cierta manera tener cómo mínimo un ordenador siempre en buen estado.

Haz copias de seguridad periódicamente: Haz copias de seguridad de los datos. En casa saben que las copias se hacen de las carpetas "Mis documentos" y no del resto.
Utiliza un programa que permita hacer copias incrementales. Nosotros hacemos una copia íntegra cada año y el resto, hasta la del año siguiente, las hacemos incrementales.
Lo más práctico es utilizar un disco externo como destino de las copias de seguridad, así podrás recuperar cualquier archivo en cualquier ordenador.

Antivirus, firewall y antiespías: Ten siempre actualizado tu programa antivirus, actívate el FireWall del sistema operativo o instálate algún otro y pasa de vez en cuando un programa antiespía.

Formas sencillas de revisar nuestro sistema

Comprueba los últimos programas instalados: Cuando veas un nuevo programa instalado que no conoces, introduce su nombre en Google y cerciórate de lo que hace.
Haciendo este tipo de comprobación, además de saber qué les interesa, podrás desinstalar aquellos programas que sean perjudiciales después de hablarlo con el hijo o hija responsable de la instalación y siempre explicándole las razones.

Revisa el espacio libre en disco: Esta operación tan sencilla te dará una visión de si el crecimiento de la ocupación es normal o, al contrario, ha habido recientemente una ocupación exagerada. Este último caso puede ser un indicio de bajadas "compulsivas" o de comportamientos anormales de algún programa.

Estar al corriente de lo que se está bajando: Esta revisión es conveniente hacerla tanto para estar al corriente del tipo de contenido que va a alojarse en nuestros ordenadores como para evitar quedarse sin ancho de banda o espacio en disco.

Conclusiones: El ordenador puede ser un buen recurso para el desarrollo de las habilidades y la inteligencia de nuestros hijos a la vez que nos proporciona muchos momentos de aprendizaje mutuo. Seguir estas pocas recomendaciones nos ha ayudado a crear un entorno seguro en el que nuestros hijos juegan y experimentan sin necesidad de sobreprotección.