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domingo, 25 de octubre de 2009

PSICO-CIBERNETICA -21-


El secreto de la fuerza hipnótica

El Dr. Therodore Xenophon Barber ha llevado a cabo una extensa investigación acerca de los fenómenos de la hipnosis, lo mismo cuando estuvo asociado al Departamento de Psicología de la Universidad Americana de Washington, D.C., que después de haberse unido al Laboratorio de Relaciones Sociales de la de Harvard. En un escrito reciente, publicado en la revista Science Digest, manifiesta lo que sigue:
“Hallamos que los sujetos sometidos a estados hipnóticos son capaces de hacer cosas sorprendentes sólo cuando están convencidos de que las palabras del hipnotizador son verdaderas… Cuando el hipnotizador ha llevado al sujeto hasta el punto de convencerle que las manifestaciones que le expone son absolutamente ciertas, el sujeto, entonces, comienza a comportarse de una manera distinta, porque piensa y cree de diferente modo.
“Los fenómenos de la hipnosis han parecido constantemente misteriosos porque también siempre ha sido difícil comprender cómo creer en o que puede producir una conducta tan extraña. Parece como si en estos fenómenos hubiera algo más, algo impenetrable, alguna extraña fuerza que operase de manera oculta.
“No obstante, la verdad llana consiste en que cuando se llaga a convencer al sujeto que está muerto, éste se conduce como si realmente lo estuviera, y cuando se le logra convencer que es insensible al dolor, puede soportar las intervenciones quirúrgicas sin necesidad de que se le suministre anestesia. Por consiguiente, no existe ninguna fuerza o potencia misteriosa con respecto a la hipnosis.” (“Could You be Hypnotized?”, Science Digest, January, 1958).
Una pequeña reflexión nos mostrará por qué resulta tan excelente para nosotros que sintamos y actuemos de acuerdo con lo que creemos o imaginamos ser verdad.


La verdad determina el acto y la conducta

El cerebro y el sistema nervioso humanos hállanse formados de tal manera que ambos pueden reaccionar automática y adecuadamente a los problemas y a los cambios que se producen en el ambiente que les rodean. Por ejemplo, un hombre no necesita detenerse a pensar que para salvar su existencia tendría que echarse a correr, en el  caso que se encuentre con un enorme y furioso oso en una senda solitaria. Tampoco necesita decidir que debe sentir miedo. La reacción del miedo se produce entonces automática y apropiadamente. Primero, ésta le suscita el deseo de la huida. El miedo entonces “dispara” sus mecanismos corpóreos ayudándole a elastilizar sus músculos de tal manera que pueda correr más de prisa que en cualquier otro momento anterior de su vida. Los latidos de su corazón se aceleran. La adrenalina un poderoso estimulante de los músculos, se vierte en su corriente sanguínea. Todas las funciones del cuerpo que no son necesarias para correr detiénense instantáneamente. El estómago cesa de funcionar y toda la sangre disponible es enviada a los músculos. La respiración se hace mucho más rápida y los suministros de oxígeno que envía a los músculos se multiplican prodigiosamente.
Todo ello, naturalmente, no es nada nuevo. La mayoría de nosotros ya lo habíamos aprendido en la escuela secundaria. Lo que no nos ha sido tan fácil de comprender, sin embargo, es que  el cerebro y el sistema nervioso, que reaccionan automáticamente al ambiente, son el mismo cerebro y sistema nervioso que nos dicen cual es el ambiente. Las reacciones del hombre que se encuentra con un oso en la senda solitaria, se cree comúnmente que se deben a la “emoción” más que a las ideas. Sin embargo, esta reacción es producida por una idea –la información recibida del mundo exterior y que calcula y es elaborada por el cerebro- que abre el conmutador de las llamas “reacciones emotivas”. De tal modo, que es básicamente la idea o la creencia las que constituyen el verdadero agente causativo, más bien que la emoción, la cual se convierte en resultado. En pocas palabras, el hombre en el  sendero reacciona hacia lo que él piensa, cree o imagina que es el ambiente. Los “mensajes” que nos envía el ambiente consisten en los impulsos nerviosos procedentes de los diversos órganos sensoriales. Estos impulsos nerviosos son descifrados, interpretados y sometidos a evaluación en el mismo cerebro, el cual nos los hace conocer en la forma de imágenes mentales o de ideas. En la conclusión o en el análisis final reaccionamos precisamente a estas imágenes.
Actuamos y sentimos en concordancia, no a como son las cosas en realidad, sino de acuerdo con la imagen que de ellas nos hemos forjado. Usted tiene ciertas imágenes mentales con respecto a usted mismo, su mundo y la gente que la rodea, y usted se comporta como si estas imágenes constituyeran la verdad auténtica y la realidad, en grado mucho mayor que los objetos representados por las mismas.
Supongamos, por ejemplo, que el hombre que iba caminando por la senda no se hubiese encontrado con un verdadero oso, sino con un actor de cine disfrazado con la piel de uno de estos animales. Si el sujeto piensa e imagina entonces que el actor es un oso, sus reacciones nerviosas y emocionales hubieran sido exactamente las mismas. O supongamos que se encuentra con un enorme perro velludo al cual su espantada imaginación confunde con un verdadero oso. Otra vez, pues, le veremos reaccionar automáticamente hace lo que él cree ser verdad con respecto hacia sí mismo y hacia su ambiente.
Síguese, pues, todo ello, que si nuestra imágenes mentales e ideas concernientes a nosotros mismos se hallan deformadas o se muestran irreales, entonces nuestras reacciones con respectos al ambiente serán igualmente inadecuadas.


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