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domingo, 25 de octubre de 2009

PSICO-CIBERNETICA -7-


La autoimagen:  La clave para una vida mejor


Durante la pasada década hase verificado una revolución pacífica en los campos de la psicología, la psiquiatría y la medicina.
Han surgido nuevas teorías y conceptos acerca del “ser” las cuales han ido desarrollándose gracias a los descubrimientos de los psicólogos clínicos, los practicantes de la psiquiatría y los así llamados cirujanos plásticos. Se han desarrollado, además nuevos métodos, basados en estos hallazgos, los cuales han conducido a cambios verdaderamente dramáticos de la personalidad, y así también se han operado cambios en la salud e incluso, aparentemente, en las capacidades y talentos básicos del ser humano. Las frustraciones crónicas se han convertido en verdaderos éxitos. Los estudiantes fracasados se transformaron en estudiantes de primera, en unos cuantos días, y sin necesidad de guías extras. Las personalidades tímidas e inhibidas se han convertido, también, en personalidades felices y emprendedoras.
En el número de la revista Cosmopolitan, que corresponde a enero de 1959, T.F. James resume así los resultados obtenidos por varios psicólogos y médicos diatérmicos:
“Al comprender la psicología del ser, podemos expresar las diferencias que existen entre el éxito y el fracaso, el amor y el odio, la amargura y la felicidad. El discubrimiento del ser verdadero puede restaurar el afecto en un matrimonio desgraciado, reahacer una carrera fracasada y, por último trasformar a las víctimas del tipo de la personalidad de fracaso. Por otra parte, el descubrimiento de su ser real que puede darle a entender la diferencia que existe entre la libertad y las coacciónes de la conformidad.


La clave para una vida mejor

El descubrimiento Psicológico más importante de este siglo consiste en el hallazgo de la autoimágen. Confiemos o no en ella, la verdad es que cada uno de nosotros lleva dentro de sí una huella mental de este cuadro. Puede presentarse con vaguedad, o quizás se halle mal definida ante nuestro entender consciente. En realidad, puede llegarse hasta el desconocimiento absoluto consciente del mismo. Mas ello no importa: allí está completo hasta en su último detalle. Esta autoimagen representa el concepto de la clase de persona que soy. Ha sido creada a base de nuestras propias creencias acerca de nosotros mismos. Pero muchas de estas creencias –la mayoría de ellas- acerca de nosotros mismos, han ido tomando cuerpo inconscientemente a base de nuestras experiencias del pasado, de nuestros éxitos y de nuestros fracasos, de las humillaciones sufridas, de los triunfos alcanzados y del modo con que otras personas han reaccionado con respecto a nosotros, especialmente en la primera infancia. Con todo ello hemos formado mentalmente un “ser” (o el cuadro representativo de un ser). Una vez que cierta creencia o idea acerca de nosotros mismos entra en este cuadro, se convierte en “una verdad” en tanto como llega a convencernos personalmente. No hablamos aquí del valor intrínseco de la misma en cuanto se relaciona a la verdad, pero sí es cierto que actúa sobre nosotros como si precisamente fuera verdad.
Esta autoimagen se convierte en una llave de oro para obtener una vida mejor, a causa de dos descubrimientos importantísimos:
1.    Todos sus actos, sentimientos y conducta –inclusive sus capacidades de todo orden –hállanse siempre contenidas dentro de esta autoimagen.
En pocas palabras, usted “se desempeñará en la vida real” como la clase de persona que usted mismo concibe que es. No sólo ello, sino que literalmente no puede actuar de otra manera, a pesar de todos sus esfuerzos conscientes o de toda la fuerza de su voluntad. El hombre que se conceptúa a sí mismo como perteneciente al tipo de personalidad de fracaso hallará algún modo de fracasar, no obstante si la oportunidad ocurre a sus manos. La persona que se tiene por víctima de la injusticia, como individuo que debe sufrir, hallará, de una u otra manera, las circunstancias que le han de conducir a la verificación de estas opiniones.
La autoimagen es como una “premisa”, una base o un fundamento sobre el cual su completa personalidad, su conducta e incluso las circunstancias que e atañen se van formando automáticamente. A causa de ello, nuestras experiencias parecen verificarse, reforzando, por lo tanto, nuestras autoimágenes y creándonos un círculo vicioso o benéfico, según sea el caso determinado en que estas circunstancias y experiencias van formándose.
Por ejemplo, el alumno que se ve a sí mismo como un mal estudiante del tipo de fracaso, o como poco apto para el estudio de las matemáticas, encontrará siempre en su libreta de calificaciones la justificación de la mala opinión que tiene sobre su persona. Ello es, las calificaciones obtenidas serán la “prueba” contundente de sus fracasos. La joven que tiene una imagen de sí misma que corresponde a la persona de quien nadie gusta, hallará realmente que todo el mundo la evita en la escuela de danza. Ella misma invita, literalmente, al rechazamiento. Sus expresiones apesadumbradas, sus desmañamientos, sus ansiedades por complacer, o quizás las hostilidad inconsciente hacia todos los individuos por quienes espera ser ofendida, todo ello concurre para alejar de sí a las personas que por otra parte desearía atraer. De la misma forma, un vendedor o un hombre de negocios hallará también que sus experiencias reales tienden a demostrarse la corrección de su autoimagen.
A causa de esta prueba o demostración objetiva, ello acontece muy raramente a la persona cuyas dificultades y tropiezos yacen en su autoimagen o autoapreciación. Dígale a un escolar que el motivo de sus fracasos consiste en que él solo “piensa” en que no puede dominar el álgebra, y éste pondrá en duda vuestro propio estado mental. Ha hecho todo lo posible para dominar esta materia, y, sin embargo, la libreta de calificaciones nos relata toda la historia del asunto. Dígale a su vendedor que es víctima de la “idea” de que él no puede ganar más que una cierta cantidad, y, con su libro de órdenes a la vista, le tratará de demostrar que está usted equivocado. Sabe demasiado bien cuánto la ha costado probar y fracasar. Sin embargo, como veremos más adelante, una vez se les ha insinuado la necesidad de que cambien sus autoimágenes, hanse operando cambios casi milagrosos en cuanto se refiere a la capacidad del vendedor para obtener mayores ganancias y la aptitud del estudiante en la que respecta a sus éxitos en los estudios.
2.    La autoimagen puede ser cambiada. Numerosos casos han demostrado que el individuo nunca es demasiado joven ni demasiado viejo para que no pueda cambiar su autoimagen y por lo tanto emprender un nuevo género de vida.
Una de las razones por la que al parecer le ha sido más difícil a determinada persona el cambio de sus hábitos, personalidad y modo de vida consistió en que casi todos los esfuerzos que hizo para operar el mencionado cambio solía dirigirlos, para decirlo así, a la circunferencia del ser, más bien que alcentro del mismo. Muchos pacientes me han dicho algo parecido a lo que sigue: “Si quiere usted hablarme acerca del “pensamiento positivo”, le diré que ya he hecho algunos esfuerzos respecto a ello y, sin embargo, parece ser que no opera en absoluto con respecto a mi persona.” No obstante, después de un ligero interrogatorio, obtenemos que estos individuos han empleado “el pensamiento positivo”, o intentaron emplearlo, con respecto a particulares circunstancias externas o bien relacionado a un hábito particular o algún defecto del carácter (“Conseguiré ese empleo.” “Procuraré estar mas sereno y descansar más en el futuro.” “Este negocio debe salirme bien”, etc.) Mas nunca pensaron en cambiar sus ideas con respecto al yo, que es, definitivamente, el motor que ha de impulsarnos a conseguir estas cosas.
Jesús nos habla del absurdo de poner un remiendo de material nuevo a un viejo vestido, o de llenar los viejos odres con vino nuevo. El “pensamiento positivo” no puede usarse como remiendo o parche a la anterior autoimagen. En realidad resulta materialmente imposible tratar de pensar positivamente acerca de una situación particular en tanto mantengamos un concepto negativo con respecto a nosotros mismos. Por otra parte, numerosos experimentos han demostrado que una vez se logra el cambio del concepto sobre sí mismo, las otras cosas que se hallan dentro del nuevo concepto del Yo se logran con facilidad y sin esfuerzo.
Uno de los primeros y más convincentes experimentos que se han llevado a cabo acerca de este asunto fue dirigido por difunto Prescott Lecky, uno de los pioneros de la psicología de la autoimagen. Lecky concibió la personalidad como un “sistema de ideas”, todas las cuales deben ser vistas como conformadas unas con otras. Las ideas que no se muestran compatibles con el sistema son rechazadas, “no creídas”, y, por lo tanto no actúan con respecto a éste. Por otra parte, las ideas que parecen compatibles con el sistema son aceptadas de inmediato. Exactamente en el centro de este sistema de ideas –como piedra de toque-, se halla la base sobre la que todo se construye –el “ego-ideal” del individuo-, la autoimagen de la persona o el concepto que de sí misma ella tiene. Lecky fue maestro de escuela y tuvo la oportunidad de experimentar su teoría entre millares de estudiantes.
Lecky afirmaba en su teoría que si un estudiante determinado tenía dificultad en aprender cierta materia, ella debiera ser a causa (desde el punto de vista del alumno) de que él (el estudiante) no era apto para asimilarla. Lecky opinaba, sin embargo, que si se lograba cambiar el autoconcepto del alumno que subrayaba este punto de vista, la actitud del mismo hacia la disciplina experimentaría el cambio que a aquél correspondiera. Si logramos transformar la autodefinición del estudiante, lograremos también cambiar su capacidad con respecto al mencionado estudio. Ello ha sido comprobado por la experiencia. He aquí un caso: un estudiante que escribía mas cincuenta y cinco palabras de cada ciento y fracasó en tantas materias que tuvo que perder el año, hizo un promedio general de noventa y cinco palabras bien escritas de cada cien que le dictaron, convirtiéndose en uno de los mejores ortógrafos de la escuela. Cierto muchacho que fue expulsado de un “college” a causa de sus bajas calificaciones, entró en la Universidad de Columbia y allí llegó a ser un estudiante de los mejor clasificados. Una muchacha que había sido suspendida en latín cuatro veces seguidas, luego de mantener tres conversaciones con el consejero escolar concluyó por conseguir una alta calificación en la indicada materia. Un muchacho a quien se le dijo en una dependencia de pruebas que no tenía aptitudes para el inglés, al año siguiente ganó una mención honorífica en un concurso literario.
La dificultad de todos estos estudiantes no consistía en que fueran torpes o careciesen de aptitudes básicas para el estudio. La dificultad estriba en que poseían una autoimágen inadecuada (“No poseo mente matemática”; “Escribo mal por naturaleza”). Solían “identificarse” con sus errores y fracasos. En vez de decir “Fracasé en esa prueba” expresión realista y descriptiva), llegaban a la siguiente conclusión: “Soy un verdadero fracasado.” A las personas a quienes interese conocer con mayor detalle los trabajos de Lecky, les recomiendo adquieran un ejemplar del libro del autor La Autoconformidad, una teoría de la personalidad “Serlf-Consistency, a Theory Of Personality”, The Island Press, New York, N.Y.
Lecky también empleó el mismo método para curar a los estudiantes de hábitos tales como la mordedura de uñas y el tartamudeo.
En mis propias hojas se registran casos clínicos tan convincentes como los expresados; he aquí algunos de ellos: el hombre que se asustaba tanto de las gentes extrañas que raramente se atrevía a salir de casa y que ahora se gana la vida como locutor público; el vendedor que ya había dispuesto una carta de dimisión porque “no había sido hecho para vender”, y seis meses más tarde se convertía en el número uno entre un equipo de cien vendedores; el sacerdote que estaba considerando si se retiraría o no de su ministerio a causa de los nervios y la angustia que le producía el tener que preparar un sermón cada semana, y ahora pronuncia un promedio de tres charlas a la semana además de sus sermones semanales, y, sin embargo, no sabe lo que es poseer un nervio en todo su cuerpo.


Como llegó a interesarle a un cirujano plástico la psicología de la autoimagen

Al juzgar desde el exterior de nuestro campo visual, parece ser que no existe ninguna conexión entre la cirugía y la psicología. No obstante, fue el trabajo del cirujano plástico el que se enfrentó por primera vez en la existencia de la autoimágen, presentando ciertos problemas que condujeron a importantes descubrimientos en el campo de la psicología.
Cuando ya hace bastantes años, me inicié en la práctica de la cirugía plástica, quedé impresionado por los súbitos y dramáticos cambios que se operaban en el carácter y en la personalidad del paciente a quien le era corregido algún defecto facial. Hubo muchos casos en que me encontré con que al cambiar la imagen física de un individuo determinado solíamos crear también una nueva persona. En un caso después de otro, el bisturí que mantenía en las manos llegó a convertírseme en una varita mágica que no sólo trasformaba la apariencia del paciente sino también toda la vida del mismo. El tímido e inhibido llegó a trasformarse en audaz y valeroso. Un muchacho retraído y estúpido logró convertirse en un joven brillante y alerta, consiguiendo llegar a ser el presidente ejecutivo de una importante casa comercial. Un vendedor, que había perdido el tacto social y la fe en sí mismo, logró transformarse rápidamente en un individuo modelo, posesionado de autoconfianza. Pero, pudiera ser que el caso más impresionante sea el constituido por el de un empedernido criminal que cambió en una quincena su incorregible conducta, el cual nunca había mostrado el menor deseo de cambiar, transformándose en un preso modelo que ganó un alegato judicial y llegó a sumir un puesto responsable en la sociedad.
Hará como unos veinte años informé multitud de casos similares en mi libro New Faces New Futures. Luego de publicarlo, continué relatando más y más casos en diversos artículos que publiqué en la mayoría de las revistas de vanguardia, viéndome entonces acosado por las preguntas que dirigieron eminentes criminalistas, psicólogos, sociólogos y psiquiatras.
Estos me hicieron multitud de preguntas que no pude contestar de ninguna manera. Pero, gracias a todos estos científicos, inicié una seria investigación. Cosa bastante extraña: aprendí mucho más de mis fracasos que de mis éxitos.
Realmente era fácil explicar el éxito. Por ejemplo, el que se relacionó con el muchacho que poseía unas orejas demasiado grandes y del cual se decía que tenía el aspecto de un taxi con ambas puertas abiertas. El pobre jovencito había sido ridiculizado durante toda su vida, y a veces con crueldad extremada. La reunión con los amigos significaba para él una serie de humillaciones y penas sin fin. ¿Por qué no trató de evitar los contactos sociales? ¿Por qué no llegó a temer a la gente y a concentrarse en sí mismo? Pues ello le llegó a acontecer con el transcurso del tiempo. Terriblemente temeroso de expresarse en cualquier forma, se la consideraba como un estúpido. Sin embargo, cuando se le corrigió el defecto de las orejas, pareciole natural la causa de su embarazamiento y humillación, y, habiéndole extirpado ésta, pensó que yo no tendría por qué sentirse turbado y que debería asumir un papel normal en la vida, como asimismo lo hizo.
O consideremos, por ejemplo, al vendedor que sufrió una desfiguración facial a causa de un accidente automovilístico. Cada mañana, cuando se iba afeitar observaba la cicatriz horrible de la mejilla y el grotesco retorcimiento de la boca que le desfiguraban en grado tan extremoso. Por la primera vez en su vida llegó a sentirse autoconscientemente apenado. En pocas palabras, avergonzábase de sí mismo y sentía que su apariencia habría de repugnarle a la gente que le miraba. Así, pues, la cicatriz llegó a producirle una verdadera obsesión. Sentíase diferente a las demás personas. Comenzó a preguntarse asombrado, qué sería lo que los otros pensaran sobre él. Pronto su ego llegó a estar más mutilado que su propio rostro. Empezó a perder la confianza en sí mismo. Se hizo de carácter amargo y hostil. De súbito, casi toda su atención hallose dirigida hacia sí mismo, y la primera meta que se propuso alcanzar consistió en evitar las diversas circunstancias que pudieran producirle alguna humillación. Es fácil comprender que solamente en una quincena, después de haberle corregido la desfiguración facial y haberle hecho un rostro normal, la actitud completa de este hombre hacia la vida, igual que sus perspectivas y sentimientos acerca de sí mismo, le cambiasen totalmente, llegándole a convertir en un individuo triunfante en su trabajo.
¿Qué podríamos decir, no obstante, acerca de los individuos excepcionales que no experimentaron ningún cambio? ¿Qué hay sobre la duquesa que se sintió toda la vida autoconscientemente tímida a causa de una tremenda verruga que tenía en la nariz? Aunque la cirugía le proporcionó una nariz clásica, donándole además una cara verdaderamente hermosa, aún continuó desempeñando el papel de una melindrosa y fea anadeja, el papel de la mujer inaguantable que no podía nunca decidirse a mirar a otra criatura frente a frente. Si el bisturí, por sí mismo, era mágico, ¿cómo con obtuvo éste ningún resultado beneficioso con respecto a la duquesa?
¿Qué podríamos decir, por otra parte, acerca de otras personas que adquirieron rostros nuevos y continuaron usando la misma vieja personalidad? ¿Cómo podríamos explicar las reacciones de otros individuos que insisten en que la cirugía no les ha hecho sentir ninguna diferencia en cuanto se relaciona con sus aspectos? Todo cirujano plástico ha conocido experiencias de este género y se habrá sentido probablemente tan turbado por ellas como yo mismo. No importa lo drástico que haya sido el cambio en la apariencia de ciertos sujetos, éstos insistirán siempre que: “Yo me veo lo mismo que antes; usted no me ha hecho absolutamente nada.” Los amigos, incluso las familias de dichos ex pacientes, podrán apenas reconocerles, podrán sentirse entusiasmados acerca de la belleza recientemente adquirida por éstos, sin embargo el paciente mismo insiste que él solo puede observar un ligerísimo mejoramiento, casi ninguno, y, en realidad, llega incluso a negar que le haya sido hecho algún cambio. La comparación entre las fotografías de “antes” y “después” tampoco logran convencerle y es lo más posible que éstas le hagan surgir sentimientos de hostilidad. Por alguna extraña alquimia mental razonará así el paciente: “Naturalmente, veo que ya no tengo la verruga de la nariz, pero mi nariz todavía parece la misma.” O esta otra racionalización: “Puede que ya no vea la cicatriz, pero aún está ahí.”


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