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jueves, 18 de noviembre de 2010

El niño aprende a leer: dificultades en el aprendizaje lector

Dificultades en el aprendizaje lector.

Hay niños que no aprenden a leer, otros que deletrean a duras penas, otros más que trabajosamente alcanzan el estadio de la lectura de corrido, otros en fin que leen, pero no entienden exactamente el significado de lo que enuncian. Los fracasos en el aprendizaje de la lectura son frecuentes y variados.
Desiguales en su gravedad tienen siempre, sin embargo, efectos dolorosos y perturban tanto al niño que ' es víctima de ellos como a quienes lo educan.

De entrada eliminaremos aquí un caso: aquel del alumno que no puede leer porque no posee las aptitudes requeridas. Tampoco trataremos los problemas particulares que plantean aquellos niños que no han seguido una escolaridad normal, sufren alguna enfermedad o insuficiencia mental o presentan deficiencias sensoriales graves.
Todos esos chicos necesitan modalidades específicas de aprendizaje, adaptadas a la naturaleza y a la w intensidad de su deficiencia.

Por lo demás, pueden esperarse y obtenerse excelentes resultados cuanto más pronto sean detectados y atendidos esos trastornos. Un diagnóstico precoz es lo único que puede remediar ciertas carencias que, de otro modo, correrían peligro de hacerse irrecuperables y definitivas.
Hechas estas reservas, nos interesaremos en la situación más común: la del niño que, aunque dispone aparentemente de las aptitudes necesarias, no llega a dominar el lenguaje escrito y especia/mente la lectura; o llega a hacerlo, pero dificultosamente y de manera irregular.

En esta perspectiva hay que distinguir diferentes casos, en particular el de ese niño que no lee porque no quiere y el otro, más frecuente, del niño que quisiera hacerlo pero lo consigue mal.

El niño que no quiere leer.

Toda vez que se niegue a leer cuando se lo piden, o no diga nada pero manifieste una pasividad, una inercia tal que uno llega a dudar de sus posibilidades de aprendizaje, el niño que no lee expresa con su oposición o su indiferencia esencial la inquietud, la angustia que lo domina.
Enfrentado a problemas que siente que no va a poder resolver y que a menudo le sería imposible explicar, está completamente invadido por una ansiedad creciente, sometido a una amenaza real o imaginaria que pesa sobre él y lo aplasta. Víctima inocente, el niño se calla, se retrae, rehúsa todo contacto desde el momento en que ha sufrido —sufrido demasiado— las malas relacio¬nes que se establecieron entre él y los demás.

En el límite, su último refugio será lo que nosotros denominamos "locura". Convertido en psícótico desde que los últimos lazos que lo unen a la realidad se rompieron, el niño, en cierto modo, se verá liberado de su angustia.
Estos casos, tan dramáticos, son felizmente excep¬cionales. Como frecuentemente provienen de perturbaciones afectivas intensas que durante la primera infan¬cia impidieron un desenvolvimiento normal, es raro que no sean descubiertos antes del primer grado. Lo más común es que, desde el jardín de infantes, el comporta¬miento extraño del niño llame la atención de su maestra.

Ya sea porque le sorprenda su mutismo, su inmovilidad o su ausencia total de interés o, a la inversa, porque se siente asustada a causa de la insólita extravagancia de la conducta y del lenguaje del niño, el carácter anormal de las manifestaciones que observa lleva a la maestra jardinera a recurrir a especialistas.
En ocasiones un tratamiento psicológico apropiado y mucha atención permitirán, quizá muy pronto, que se establezcan o se restablezcan entre el niño y el mundo que lo rodea los lazos de amor sin los cuales nadie puede vivir.

Menos raros, en cambio, son los niños que no quieren leer y muestran su rechazo de manera más o menos espectacular.

Desde el niño enfurruñado, tozudo, que responde "no" al maestro cuando le propone continuar la lectura, hasta el que dice que ha perdido su libro o se esfuerza por leer lo peor posible para que no lo fastidien más, muchas situaciones de ese tipo pueden observarse en los diferentes grados de la escuela primaria.
Todas ellas traducen oposición, expresan el deseo que tiene el niño de verse reconocer como una persona cuya existencia es importante y a la cual hay que prestar atención. "Yo no voy a leer... para fastidiarte, para que al fin te ocupes de mí, para que yo exista verdaderamente..." piensa, y aun si es castigado por su insolencia o su "pereza", habrá obtenido el resultado que busca, puesto que la maestra se habrá preocupado por él. Puesto que, al fin, alguien se interesa por él.

Esos niños sufren de falta de amor. Con razón o sin ella, tienen la particular idea de que sus padres los desprecian, los rechazan, prefieren a la hermanita menor o al hermano mayor... Se sienten olvidados y manifiestan su ansiedad de manera agresiva. En la casa son "inaguantables" y en la escuela, por ejemplo, no trabajan nada.
En tanto no sé tome alguna iniciativa para modificar esa situación, en tanto no sean descubiertas y tratadas las razones que puedan explicarla, no se vislumbrará ningún cambio, como no sea para peor. Para que la situación verdaderamente mejore hay que tratar la causa, y no el efecto...
Sancionar brutalmente no cambia nada; ignorar deliberadamente lo que pasa, menos. Porque en uno y otro caso no se ha respondido como corresponde a la demanda afectiva del niño.

El niño que lee "mal": el disléxico.

Aquí abordaremos un problema crucial, el de la dislexia.

Todos los padres conocen ese término que, cuando se habla de fracasos en el aprendizaje de la lectura, viene inmediatamente a su memoria si tienen un hijo que tropieza con tales dificultades o si temen por anticipado que ocurra algo así...
La denominación se ha difundido. El fenómeno parece frecuente. Pero su significado permanece con frecuencia oscuro, misterioso; de modo que trataremos de precisarlo.

Después de haber definido la dislexia y recordado las principales manifestaciones que parecen caracterizarla, presentaremos las diversas interpretaciones que actualmente permiten explicarla.

¿Qué es la dislexia?

Aparece comúnmente con la escolarización y puede ser definida como una "dificultad de aprendizaje de la lectura por imposibilidad de identificar, comprender y reproducir símbolos escritos".
Es una deficiencia que afecta la percepción, la comprensión y la utilización de un conjunto de letras. Se traduce a nivel de la palabra, de la frase o de un texto por "errores" de lectura que derivan de una incomprensión previa o la provocan. Así, determinado alumno que "lee mal" balbucea penosamente porque no entiende lo que enuncia, y esta ausencia de significado de los dibujos de las letras genera a su vez una dificultad creciente para descifrar lo que sigue.
Esta clase de perturbaciones puede tener orígenes diversos y provenir, por ejemplo, de aptitudes intelectuales insuficientes, de deficiencias sensoriales importantes o de perturbaciones psíquicas.

Sin embargo, aunque el aprendizaje de la lectura en Jos diferentes casos se vea particularmente perturbado, la denominación de "disléxico" se reservará únicamente para el niño de inteligencia normal que, disponiendo de su integridad sensorio-motriz y no presentando síntoma patológico alguno, tenga sin embargo dificultades particulares en el manejo del lenguaje escrito.
Aclaremos, por lo demás, que todos los escolares, con raras excepciones, atraviesan una fase de dislexia en el momento de aprender a leer, puesto que todos cometen ciertos errores, vacilan, se equivocan. No hay en eso nada anormal, nada que deba inquietar particularmente a los padres.

Nadie aprende a leer sin equivocarse jamás y con la lectura sucede como con el registro de conductor: hay que ensayar mucho antes de lograr un éxito relativo, que solo la práctica permitirá perfeccionar...
En general, pues, el diagnóstico de dislexia no puede ser establecido hasta que comienza el primer grado; para determinarlo es necesario que ciertos síntomas particulares se manifiesten regularmente e impidan todo verdadero progreso.
Si su hijo confunde ciertas letras después de dos o tres meses de aprendizaje, esté atento pero, sobre todo, no dramatice lo que probablemente no es más que un incidente en el camino.
De todas maneras, si su inquietud persiste, no vacile: entreviste a la maestra o maestro de su hijo y converse con él cuáles pueden ser las medidas que corresponde tomar.

¿Cómo reconocer la dislexia?

Toda palabra es un grafismo complejo compuesto de letras que tienen formas diferentes, agrupadas según un cierto orden para obtener un dibujo dado que guarda una significación precisa.
Reconocer un término implica pues que sea comparado este conjunto visual con otros ya percibidos, memori-zados y que presentan un sentido: es a ese nivel donde interviene la dislexia.
El niño disléxico no establece relación entre ia forma y el significado de las letras o, si lo hace, no la retiene: el universo del lenguaje escrito estará para él colocado bajo el significado de la confusión.
Veamos los errores más frecuentes: están ligados esencialmente a los componentes lingüísticos que dependen de la organización del espacio y el tiempo.
—Las confusiones de letras
a) De igual trazo, pero de orientación horizontal diferente.
En nuestra cultura, donde la lectura y la escritura están orientadas de izquierda a derecha, las perturbaciones de la componente horizontal se traducen por errores típicos que afectan a ciertas letras rigurosamente parecidas pero inversas con relación a un eje vertical. Así, se confundirán la p y la q, lo mismo que la d y la b.
b) De igual trazo, pero de orientación vertical contraria.
De la misma manera, puesto que leemos y escribimos de arriba hacia abajo, los disléxicos confundirán las letras simétricas con respecto a una línea horizontal, como la u y la n.
A menudo, también, el error será más complejo al asociar, por ejemplo, esos dos tipos de inversión. Así, pueden no ser distinguidas q y ó, d y p, p y h, etcétera.
Los riesgos son tanto mayores en cuanto nuestra escritura parece no obedecer a ninguna ley más que a la de la incoherencia. La mayor parte de las letras que utilizamos están representadas por líneas curvas; entonces, el sentido de rotación varía. Si la a, la f y la ó deben ser trazadas en el sentido inverso al de las agujas del reloj, otras letras, en cambio, como la n o la m, siguen el sentido de las mismas, en tanto que otras —la g, por ejemplo— se inscriben sucesivamente en las dos direcciones...
Escribir no es nada sencillo, leer tampoco, cuando la estructuración del espacio es defectuosa y no se puede diferenciar con facilidad arriba y abajo, izquierda y derecha, adelante y atrás, entre otras oposiciones.
—Las inversiones y colisiones de letras, de sílabas o de palabras
La actividad léxica exige en nuestra civilización un recorrido visual de izquierda a derecha.
Cuando usted está leyendo estas líneas, lo que hace es esto: la primera es leída así, después usted vuelve instantáneamente de derecha a izquierda y recorre, en sentido inverso, la siguiente. Pero esto suele ser difícil para un disléxico. A veces leerá de derecha a izquierda o escribirá "en espejo". La palabra dolor se convertirá en dorol; yo te ataco se cambiará en yo te acatos caballo será callabo; algunas veces hasta varias palabras serán deformadas sucesivamente al tiempo de leer, o toda una frase será escrita al revés.
Si, como lo afirman los historiadores, Leonardo da Vinci procedía así para proteger sus invenciones de la curiosidad intempestiva de algunos, el disléxico no pone en eso ninguna malicia ni tampoco la ve.

No puede sorprender si en esas condiciones él tiene, por lo menos, algunas dificultades de comprensión, que se agravan más todavía por la actitud perpleja, irritada y luego hostil de sus padres, inquietos y pronto indignados por tales "faltas" que atribuyen con demasiada frecuencia a la "pereza" o a la "mala voluntad" de su . niño.
Cuando, como ocurre a menudo, los problemas de la estructuración espacial se acompañan de perturbaciones en la organización del tiempo, las dificultades léxicas son todavía más evidentes. La lectura es entonces entrecortada. Las detenciones entre los sonidos que se emiten no se corresponden con el final de las palabras. A veces, parte de una palabra se confunde con parte del vocablo que le sigue. A largos segundos de vacilación sucede un ritmo acelerado en la emisión de varias sílabas, y se olvidan de paso las terminaciones de algunas palabras. La respiración es irregular, la entonación ausente o, más aún, incoherente.

Hay otros errores, igualmente característicos. Nacen de la indiferenciación de sonidos vecinos tales como g/j, p/b, c/g, v/f, que entonces se confunden Jaula será leído gaula y escrito galúa, sin que la comprensión de la palabra, su significado, resulte forzosamente afectado, puesto que esas confusiones dependen, a veces, más de una interpretación incorrecta del sonido escuchado o pensado que de una deficiencia auditiva o articulatoria. Por otra parte, no todos los especialistas están de acuerdo sobre este punto.
Los pocos ejemplos que anteceden muestran cuan complejo es el problema de la dislexia. Si bien es relativamente fácil de definir, la descripción de los síntomas que la ponen de manifiesto es mucho más delicada, pues estos difieren o son de intensidad desigual según los niños.
Ningún disléxico es comparable a otro en este aspecto. Así, aunque la denominación dislexia sea cómoda para rotularlos a todos, no existen jamás como género sino como individualidades: niños disléxicos, es decir, seres únicos que solo aparentemente manifiestan dificultades comparables.

¿Por qué la dislexia?


Desde que el término dislexia fue propuesto, a comienzos del siglo XX, para designar la incapacidad de aprender a leer que afecta a ciertos sujetos de inteligencia normal, se emprendió gran cantidad de investigaciones a fin.
Desde ese momento, sean cuales fueren las razones que pretendan explicarlo, la única realidad que se impone es en definitiva esa vivencia de fracaso, de impotencia que experimentan, consciente o inconscientemente, los "malos" alumnos.
Detrás de la sequedad de las estadísticas hay niños que sufren. Demasiados niños, ya que si bien se puede considerar como inevitable el hecho de que algunos sujetos no alcancen la meta, ¿cómo admitir que tal drama sea el de un ñiño cada dos?
Cómo no inquietarse por la permanencia de un fenómeno deplorable desde hace tanto tiempo, puesto que la mayoría de las encuestas realizadas desde comienzos del siglo llegan, con pequeños matices y diferencias, a la misma conclusión: pocos niños gozan de una escolaridad primaria "normal" y demasiados no encuentran en la escuela un medio favorable para su desarrollo.

Del fracaso escolar al fracaso de la escuela.

Hay un punto de vista desde el cual se podría considerar la dislexia como una enfermedad escolar provocada por la escuela misma, por sus métodos o sus maestros.
Las acusaciones que se lanzan contra la institución escolar, considerada como culpable en la medida en que impide o al menos traba toda comunicación verdadera; las recriminaciones que salen al paso de los pretendidos métodos globales, de donde vendría todo el mal; o las amargas observaciones sobre la incompetencia supuesta del maestro o la maestra que no supo "tratar" al niño y por tanto es responsable del fracaso ... Críticas como estas no son raras y, a menudo, los padres de niños disléxicos las presentan como explicación.

¿Qué pasa en realidad? ¿Deben rechazarse semejantes razones como rechazamos la de la pereza?

Nosotros seríamos menos afirmativos.

Es cierto que las críticas dirigidas contra la escuela dependen de la concepción que se tenga sobre eíla, y a menudo son más un tema de opinión o creencia que de ciencia. También es cierto, por ejemplo, que las acusaciones dirigidas a los métodos globales de aprendizaje de la lectura carecen de fundamento cuando estos últimos se aplican correctamente. Pero conviene reconocer que las condiciones en que se enseña no son siempre aquellas de que los niños deberían gozar para que su escolaridad se desenvolviera lo mejor posible, para que luego su porvenir no resulte, en algunos casos, irremediablemente comprometido.
Ya hemos destacado la importancia de detectar precozmente las dificultades y el interés que ofrecería la creación de clases concebidas según principios diferentes de los admitidos hasta hoy.
Pero, por eficaces que fueran estas medidas, su impacto quedaría por lo menos debilitado si el conjunto de la estructura escolar no fuera reconsiderado, si en particular la formación inicial y continua de los docentes, así como sus condiciones de trabajo, no se mejoran.

Cómo no lamentar, en efecto, que un primer grado haya visto "desfilar" cuatro maestras en el año, con el agravante de que, cada vez, el reemplazo sucesivo era además precedido por días "sin", durante los cuales el niño quedaba librado a la maestra de otro grado.
Si este niño tiene algunas dificultades en el aprendizaje de la lectura, si para él la fase disléxica se prolonga y se instala, incluso si repite el primer grado y vive penosamente el fracaso que le dicen es suyo, la institución es al menos parcialmente responsable de ello; Tan responsable como cuando no proporciona a sus docentes los conocimientos y medios materiales necesarios para el ejercicio de su difícil profesión.

Dadas sus consecuencias y su complejidad, los fracasos en el aprendizaje de la lectura revisten una gravedad particular. Por eso muchos padres desean ayudar a sus niños a aprender a leer. ¿Qué pueden hacer?

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