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lunes, 4 de julio de 2011

La personalidad, precisando el término obstáculo -continuación-

La personalidad, precisando el término obstáculo -continuación-

VI. En todos los casos de frustración exó-gena', resultante del choque de las motiva ciones contra un obstáculo exterior que se percibe como indestructible, las reacciones agresivas traducen simplemente la impotencia del individuo para adaptarse en alguna forma a la realidad. En su esencia son respuestas emocionales, vale decir, traducen la incapacidad del organismo para organizarse de manera útil. En consecuencia, estas reacciones ceden el paso a otras reacciones en cuanto el organismo necesita recuperar en alguna forma el equilibrio perdido. La agresividad no conduce a un estilo de comportamiento estable sino en la medida en que obtiene algún resultado indirecto, por ejemplo, si la agresividad misma provoca reacciones de defensa internas al instalar, digamos, una represión. Por esto, la primera respuesta a un obstáculo no es necesariamente la cólera o la ira combativa: si la tendencia que está en juego exige satisfacción, aparece regularmente otra respuesta emocional: la ansiedad, que es, también, el signo de una adaptación difícil, una "desregulación" como dice Pradines. Porque el problema que enfrenta el organismo frustrado es su reorganización interna. En este caso, adaptarse a las exigencias del medio (obstáculos físicos, tabúes sociales, etc.) es, esencialmente, encontrar en sí mismo las posibilidades de un reajuste. Como señala Cattell, al referirse a los resultados dé los trabajos psicoanalíticos sobre este tema, "se trata solamente de los medios que posee el organismo para renunciar a su tendencia. Difícil en la primera infancia, esta función de ajuste se realiza más fácil mente cuando el principio de realidad traduce la fuerza. del yo, frente al mundo circundante. Aparecen entonces conductas, ya no negativas, sino positivas, que, al menos por tentativas internas de ajuste, responden a las exigencias de, la situación.. Pero también pueden producirse respuestas de huida, en forma de los mecanismos estudiados por el psicoanálisis ortodoxo con los nombres de negación, aislamiento, etc. Se sabe que la 'negación' —tan antigua, se dice, como el sentimiento mismo del dolor— consiste en negar, más o menos mágicamente, las partes desagradables de la realidad. En cierto sentido, esto equivale a cerrar los ojos frente al verdadero estado de cosas. El "aislamiento" consiste, por su parte, en separar conductas que normalmente están ligadas: por ejemplo, separar el relato de un acontecimiento de su aspecto emocional.

Estas respuestas, que tal vez ajustan al individuo pero no lo adaptan, sólo pueden ser temporarias. Por el contrario, la creación de conductas que giran en torno de fines sustitutos es un factor de adaptación, porque por intermedio de ellos las tendencias frustradas se satisfacen finalmente. Este mecanismo de transferencia dé la motivación de un fin a otro fin. que remplaza al primero, que lo 'sustituye', es tan fund imental en la historia de la personalidad, que Stagner no vacila en referirse a un principio dé. gratificación sustituida que sería el motor esencial de la valoración de nuevos objetos. Freud consideraba que el desplazamiento sólo intervenía como consecuencia de una represión insuficiente que necesitaba formaciones de compromiso. Pero después de los trabajos de Adler y de los neopsicoanalistas como Murray, parece ser que existen 'desplazamientos' previos a toda represión o, por lo menos, desplazamientos que intervienen independientemente de la represión.

En verdad, el valor de adaptación que posee la adopción de un fin substitutivo depende de su naturaleza. Cuando la satisfacción se obtiene por medio del pensamiento autisia, vale decir, de manera imaginaria y fantaseosa, el equilibrio sólo tiene un precario valor. Las compensaciones imaginarias a los fracasos son de naturaleza alucinatoria, rayana en el desequilibrio menta). Según Karen ííorney , el pensamiento fantaseoso, frecuente en la infancia —periodo en que la distinción entre el sueño y la realidad no es siempre muy neta—, ocasional en la adolescencia y en la edad madura, llega a ser una reacción neurótica característica en determinadas condicionales sociales, vale decir, cuando la cultura es frustrante y crea conflictos. En efecto, este tipo de pensamiento permite una suerte de evasión fuera de sí, que sólo equilibra al individuo a costa de su enajenación. Ahora bien, nuestra sociedad favorece esta 'enajenación' al poner al individuo en condiciones de perpetua frustración (riquezas inalcanzables, etc.) y proporcionarle al mismo tiempo la posibilidad de satisfacciones alucinatorias (las novelas, el cine, etcétera).

Por su parte, los comportamientos 'regresivos', que existen ya en la infancia, pueden ser peligrosos si inducen al individuo; a retornar a conductas que no tienen relación con la realidad presente.

Asi, niños que habían dejado atrás la edad de los balbuceos y ya se expresaban convenientemente, presentaron afasias caracterizadas al nacer otro niño dentro de la familia, precisamente, a causa de este nacimiento. Al vivir al hermano como una frustración que les prohibía el interés total y único de sus padres, los niños 'regresaban' a un estadio anterior de la infancia, en el que precisamente obtenían toda la atención parental; esta regresión hacia conductas precedentemente eficaces lograba sus fines, puesto que la afasia consecutiva provocaba un remozamiento del interés parental, ligado justamente a la enfermedad. En general, se puede llamar regresión a todo retorno a un modo de ajuste más infantil; en el adulto se transforma en sinónimo de infantilismo. La substitución de un fin actual prohibido por un fin del pasado parece ser un fenómeno general, ya que Maier obtuvo esta reacción con animales de laboratorio.

La sublimación —'desplazamiento hacia lo mejor'— es el,mismo tipo de transferencia equilibrante. Se sabe que en este caso la tendencia se descarga en un fin que presenta cierta equivalencia con él fin primitivo y tiene, además, la ventaja de merecer la aprobación social. Las tendencias sexuales reprimidas pueden así reaparecer en forma de un interés muy vivo por el arte, la música o la religión. Este tipo de interés forma una tendencia "inhibida en su fin", según la expresión consagrada, porque se ha abandonado completamente el fin original. Muchas actividades humanitarias o caritativas son el resultado de sublimaciones. Según los psicoanalistas, la sublimación puede existir desde muy temprana edad, incluso ¡en los estadios pre-genitales (Sterba interpreta por la sublimación el juego creador, con barro, en el niño de menos de cinco años), pero la sublimación se refiere esencialmente a las componentes sexuales, las cuales sufren asi, por inhibición del fin sexual, un proceso de desexualización. Es casi imposible sublimar el hambre y la sed (aunque, como destaca Cattell, algunos santos y mártires lo hayan logrado en cierta medida).

¿Se puede considerar la represión como una reacción directa ante una prohibición de origen exógeno? En realidad, para que haya represión, es necesario que el obstáculo exterior simbolice un obstáculo interno, que lo represente. La represión es siempre consecuencia de un conflicto interno, aunque una ba¬rrera externa brinde la ocasión. ¿Cómo puede haber conflicto interno? ¿Qué fuerzas están presentes? ¿De dónde provienen? ¿Qué secuelas traen las diversas soluciones a los conflictos? Se trata una vez más de procesos cuya definición y descubrimiento se deben a las observaciones clínicas del psicoanálisis.

VII. La idea de conflicto interno es inseparable del postulado dinámico al que ya nos hemos referido: en efecto, todo conflicto de ese tipo se establece entre 'fuerzas' que se originan en el individuo mismo.
Lewin intentó sistematizar, desde un punto de vista puramente topológico, los diversos tipos de conflictos internos posibles; numerosos teóricos anglosajones, Stagner entre otros, retomaron tal sistematización. Lewin, prescindiendo de la naturaleza de las fuerzas que actúan en tal o cual caso concreto, y de su origen, distingue los siguientes conflictos: "acercamiento-acercamiento"; "alejamiento-alejamiento"; "acercamiento-alejamiento".

El conflicto acercamiento-acercamiento (tipo a) implica fines incompatibles, cada uno de los cuales tiene, de acuerdo con la terminología lewiniana, una 'valencia' positiva (el asno de Buridán). El conflicto alejamiento - alejamiento (tipo b) surge cuando el individuo se encuentra entre dos amenazas; y puede provenir, ya de una situación objetivamente insoluble (de Escila a Caribdis), ya de la propensión del individuo a captar las situaciones bajo un aspecto amenazador. Por último, el conflicto acercamiento-alejamiento (tipo c) se plantea cuando un mismo fin provoca, a la vez, atracción y rechazo, vale decir, cuando es 'ambivalente'.

Es importante recordar que en tales conflictos actúan dos tipos de fuerzas de esencias diferentes. Como sabemos, Lewin no distingue las tendencias propiamente dichas —dirigidas hacia objetos cuya 'hallazgo' produce' satisfacción—, de las fuerzas que dependen de un condicionamiento, suerte de. reflejos de fuga o de -inhibición que provienen de una experiencia. Ahora bien, esta distención es importante, no ya desdedí punto de vista topología), sino desde el punto de vista genético porque, en este último caso, se plantea el problema del origen de las contrafuerzas de alejamiento, las cuales prácticamente actúan como si fueran barreras internas. Los famosos perros neuróticos de Pavlov, a los que primero se había enseñado a huir de todo estímulo de forma circular y a los que luego, hambrientos, se ubicaba, frente a un alimento colocado precisamente en el centro de un círculo, presentaban reacciones de angustia cuya causa era un conflicto del tipo c: inhibición adquirida contra tendencia a la nutrición. La explicación de un conflicto de este tipo no podría omitir en este caso particular el carácter contingente del reflejo de alejamiento, dado que está determinado por una experiencia individual y actúa rigurosamente a la manera de un obstáculo exterior; en cambio, se trata de un obstáculo interno que procede de la historia del organismo.

Por otro lado, cada uno de los tres tipos de conflictos no tiene en la transformación, de la conducta, la misma importancia. Los conflictos a, cuando son puros, no implican ninguna amenaza y, en general, no bien se ha efectuado la elección, la otra tendencia desaparece: rara vez sigue uno de los caminos que precedentemente señalamos como consecuencia de una frustración. Los conflictos b provocan grandes oscilaciones de comportamiento y acarrean en mayor grado la búsqueda de nuevas soluciones: frecuentemente se produce una fuga fuera del campo por refugio en el ensueño o en la regresión. Los conflictos del tercer tipo, a los que pertenecen todos los conflictos 'freudianos', dan origen a las características más esenciales de la conducta. Estos conflictos exigen imperiosamente la invención de una solución y esta solución siempre tiende a fijarse, porque su esencia es no sólo resolver el conflicto, sino además eliminar la angustia que lo acompaña.

¿Cómo pueden surgir conflictos de íste último tipo? En otras palabras: ¿Dónde se originan, a medida que evoluciona la personalidad, las contracatexias, contracargas que actúan como barreras internas?

VIII. Estas contracatexias consisten en primer lugar en reflejos de bloqueo que se adquieren en la misma forma en que los perros adquirían las tendencias de fuga creadas experimentalmente por Pavlov. La anticipación del dolor o del castigo actúa como si fuera el dolor o el castigo mismo, por medio de una especie de -memoria proyectiva, análoga a la que describió Pradines..Así, en el esquema freudiano, los primeros impulsos de la libido infantil producen reflejos de inhibición en función de la anticipación del castigo que surge de las cosas o de los padres. Esta función de anticipación permite un mejor control personal y, por lo tanto, un dominio mayor de la realidad. Durante toda la vida se instaurarán hábitos de 'control' en función de las situaciones en que sucesivamente se encuentra el individuo: en la escuela, en la vida profesional, etc. Es necesario evitar toda satisfacción de tendencia que directa o indirectamente provoque un desequilibrio y tener el hábito de evitar tales satisfacciones: de este modo se establece en el organismo toda una red de funciones de 'control' que alimenta numerosos conflictos internos.

También debemos tomar en cuenta los mecanismos de ego-involvement, por los cuales el individuo internaliza normas culturales. Estos mecanismos pertenecen al dominio de la identificación y de la introyección. En la terminología freudiana, la identificación' se define como el proceso por el cual un individuo 'deviene', en cierta manera, una persona a la cual está ligado por una relación emocional determinada, y actúa como si fuera esa otra persona. Pero debemos precisar, por una parte, que siempre el individuo se identifica sólo con un aspecto del 'modelo', el cual puede llegar a transformarse en un ideal del yo; y por la otra, que el individuo puede identificarse con un grupo. La psicología social explica el patriotismo y otras actitudes similares por una identificación de este último tipo. La 'introyección' puede considerarse como una consecuencia de la identificación; por el proceso de introyección, características que primero fueron extrañas al individuo pasan a formar parte integrante de la individualidad. Estas características pueden ser las de la persona o del grupo con quien se ha identificado el individuo y pueden consistir en valores morales, religiosos, etc., tanto como en prejuicios e ideologías diversos.

Freud parece reducir los ego-involvements al super yo, el cual se instala desde el primer año de vida, pero se constituye definitiva¬mente con la resolución del complejo de Edipo.

Fenichel, discípulo ortodoxo de Freud, afirma que, ya desde ¡el primer año de vida, al mismo tiempo que el yo aprende a rechazar ciertas pulsiones peligrosas o inapropiadas y a defenderse de ellas, el temor al castigo y el temor a perder el afecto de los padres provocan la internalización de las prohibiciones parentales: una parte del yo deviene una 'madre interior' que señala la aproximación de situaciones que significan el peligro de perder el amor. En el período edípico, hacia los tres años, se complica bruscamente la situación afectiva del niño frente a sus padres (dentro del marco de la familia conyugal). El niño.que ha encontrado en la madre el medio indirecto de toda clase de satisfacciones, convierte a ésta en el objeto fundamental de sus tendencias. La madre es así objeto de una fijación, a pesar de ser, al mismo tiempo, fuente de frustraciones. Desde entonces, el niño varón ve en el padre un rival de su amor, y para evitar una agresividad peligrosa, se identifica con él. La niña experimenta 'sexualmente' sentimientos inversos: fijación al padre y hostilidad hacia la madre. De la conjunción de la fijación' normal a la madre y de esta hostilidad 'sexual' resulta una actitud muy ambivalente; al mismo tiempo se representa siempre al padre como portador de tabús y de interdicciones sociales. En virtud de esto, la niña tiende a identificarse tanto con el 'sistema padre' como con el 'sistema madre.

De todos modos, en el niño —cualquiera sea su sexo— las tendencias edípicas desaparecen con la identificación y la subsecuente introyección de normas 'parentales' que pertenecen, según los casos, principalmente al sistema padre o principalmente al sistema madre, y con mayor frecuencia, a ambos sistemas a ¡a vez. En este sentido, se puede considerar el super yo como el heredero del complejo de Edipo. Como los padres, el super yo castiga, pero, como los padres, es fuente de seguridad y de tranquilidad.

Tal es, según Fenichel, el proceso de formación del super yo. Las normas estrictas que éste comporta cons¬tituyen una barrera con la que el yo debe contar. El papel del yo, en el sentido psicoanalítico del término, consiste en solucionar los conflictos entre las tendencias que surgen del 'ello' y esta arcaica conciencia moral que actúa en el inconsciente a la manera de un reflejo.

Veremos que a la constitución del super yo siguen otros ego-hivolvements. No todos actúan como obstáculos, en tanto las prohibiciones internalizadas en el super yo infantil producen la represión a la que ñor referimos precedentemente.

IX. En efecto, la represión, que prohibe á las tendencias indeseables no sólo toda acción, sino incluso toda expresión consciente, está íntimamente ligada a la existencia del super yo. Mientras aún no se ha constituido el super yo, las respuestas a las frustraciones pueden consistir en desplazamientos y en reacciones agresivas diversas, pero no en represiones. Para que haya represión es necesario que el individuo encuentre en sí mismo la energía necesaria para luchar contra las pulsiones indeseables. Así, el niño logrará reprimir la agresividad hacia el padre 'real' y, por lo tanto, hacer que ésta desaparezca de la conciencia, sólo en el momento mismo en que internaliza la «imago» paterna, vale decir, cuando introyecta las prohibiciones que recaen principalmente sobre la agresividad. Ya efectuada la represión, ésta tiende a mantenerse sólidamente, salvo si acontecimientos traumatizantes ponen en tela de juicio su eficacia o si no hubo más que una represión incompleta, "elástica", como^dice Cattell.

Cuando a continuación de conflictos internos una tentativa de repsesión alcanza totalmente sus fines, la consecuencia más importante, como sabemos, es una pérdida de energía debido a la necesidad de mantener continua mente en acción una fuerza de catexia. Frecuentemente la represión no es absoluta sino relativa y provoca la intervención de conductas de defensa que se presentan como otras tantas soluciones, a la vez del conflicto que provocó la tentativa de represión y del compromiso exigido por la irrupción temporaria o caótica de lo reprimido. Anna Freud sistematizó, dentro de un enfoque ortodoxo, la teoría de los 'mecanismos' de defensa. Algunos mecanismos de defensa, por ejemplo: el desplazamiento la huida a la fantasía, la sublimación^ la regresión, citados precedentemente, no son específicos de la represión; por lo tanto pueden intervenir,. en presencia de una barrera exterior y con anterioridad a toda 'represión, aunque revisten particular importancia cuando es la represión la que los condiciona. Otros sólo intervienen más tarde y en función de un conflicto con el super yo. Ejemplos de este segundo tipo son la proyección, la racionalización, la formación reactiva, la defensa por lo contrario, etc.

La proyección aparece ya en la infancia. Proyectar es ver en los demás aquello que uno se prohibe ver en sí mismo: así el individuo recibe la amenaza que proviene del 'ello' como una amenaza externa y reacciona ante la misma con un sentimiento de seguridad mayor. Por ejemplo: en lugar de cobrar conciencia de la agresividad que lo sumerge, el individuo creerá que ciertas personas abrigan malas intenciones en contra de él, que lo persiguen. En la formación reactiva, el individuo adopta conductas directamente opuestas a aquellas que las pulsiones reprimidas buscan. Por ejemplo: la obstinación, la 'rigidez psicológica', no son, como bien lo demostró Frenckel-Brunswick 8a, signos de la potencia del yo sino, por el contrario, jeacciones a fuertes pulsiones desorganizadoras. Del mismo modo, aquellos individuos que mejor educados parecen, sueLen ser, en el fondo, los más agresivos.

La racionalización interviene cuando a pesar de los esfuerzos del yo la pulsión reprimida se manifiesta y el yo elabora entonces un razonamiento por el cual imputa la conducta a causas distintas de las que real¬mente la originan. Nos encontramos aquí con los razonamientos de justificación que Ribot describió dentro de otro enfoque.

Existen muchas otras1 fuerzas de defensa del yo, principalmente las descriptas por Adler con el titulo general de compensación. No es nuestro objeto entrar en su detalle.

X. En efecto, excedería el limitado fin del presente capítulo enumerar y describir cada tipo de conducta nueva, creada como consecuencia de condicionamientos, ego-involvements, frustraciones y represiones. El objeto de este capítulo es encontrar por qué se transforman las conductas originales (particularmente en la infancia), por qué hay transformación.

Ahora bien, dentro de este enfoque, queda aún por resolver un último problema teórico. Existen ciertos hábitos que se instalan y desaparecen luego, y otros, en cambio, que se fijan y se transforman en una suerte de constantes de la conducta. No todas las nuevas respuestas se conservan. ¿Cuáles son entonces los principios que pueden dar cuenta de la fijación de las conductas emergentes?

La fijación de conductas más complejas que substituyen a las conductas originales inadecuadas se explica suficientemente por lo que la psicología experimental llamó "la ley del efecto", y el psicoanálisis "el principio de realidad". Se instalan y se refuerzan aquellas conductas que obtienen regularmente un resultado favorable. En términos generales, toda 'recompensa' refuerza la conducta ya formada, y todo 'castigo' la debilita. De este modo, el yo aprende a satisfacer las pulsiones primitivas en función de los medios puestos a su disposición por el ambiente. La constante repetición de situaciones análogas establece una serie de pautas reaccionales eficaces, cuyo conjunto permite la integración de las motivaciones esenciales. A partir de ese momento ya no es necesario inventar cada vez la conducta adaptiva; la utilidad que brinda su espontaneidad misma la preserva de la desaparición.

Las conductas se fijan, pues, en la medida en que son un factor de equilibrio, vale decir, en la medida en que favorecen la adaptación al medio externo y un ajuste interno, caracterizado por aquello que llamamos una máxima integración.

Por su lado, Allport supone que toda conducta adquirida tiende a funcionar en forma autónoma, en virtud de una suerte de inercia propia. Textualmente: "la autonomía funcional de los sistemas adquiridos a través de la integración, se convierte en uno de los principios más importantes de la psicología de la personalidad". Ejemplos de autonomía funcional: el proceso por el cual los medios se transforman en fines en sí, múltiples regresiones a conductas instaladas sólidamente ante la presencia de dificultades nuevas, etc. Allport, al estudiar casos de la experiencia cotidiana "que podrían multiplicarse hasta el infinito", muestra a propósito de cada uno cómo "una función nueva surge de las funciones precedentes como una estructura independiente" y cómo "la actividad de estas nuevas unidades no depende de la prosecución de la actividad de las unidades de que provienen". En resumen, las conductas adquiridas tienden a repetirse en virtud de su existencia misma.

¿Tiene alcance general el principio de la 'autonomía funcional'? En verdad, si existe aquello que los psicoanalistas llaman "compulsión de repetición", la ley de rigidez no es fundamental en el psiquismo, y recíprocamente, toda persistencia, toda resistencia al cambio está lejos de ser un hecho de 'inercia'. Así, en lo que concierne al segundo punto, la persistencia del super yo y de las formaciones debidas a la defensa del yo contra las pulsiones no provienen de una pura y simple inercia, sino de la identidad temporal de un modo de organización. Por otra parte, la posibilidad de adquirir conductas nuevas está
en contradicción con el carácter incoercible que la teoría de la autonomía funcional adjudica a la rigidez de las estructuras adquiridas.

Si bien es cierto que todo modo de percepción y de respuesta opone una resistencia intrínseca al cambio —resistencia que puede dar cuenta de la estabilidad de las estructuras de largo circuito— no es menos cierto que sólo se trata de una disposición, ya que la ausencia total de plasticidad impediría la formación de los sistemas cuya conservación se quiere explicar. En realidad, nos encontramos enfrentados aquí con la dificultad teórica que acecha a quien pretendiera estudiar, en la historia de la corriente de la conducta, variación y permanencia por separado, sin tener en cuenta que la dialéctica entre conducta y personalidad, que ya mencionamos, se traduce por la dialéctica cambio-estabilidad. Si las conductas emergentes se fijan, no es quizá en razón de factores puramente intrínsecos —compulsión a la repetición o autonomía funcional— sino, más bien, en virtud de las condiciones generales que presidieron su aparición. Algunas de estas condiciones pueden, considerarse como exógenas, por ejemplo: el choque cotidiano de los mismos conjuntos de estímulos en el mismo medio cultural y social, la mayor o menor estabilidad de la cultura, la permanencia relativa de los obstáculos y prohibiciones que obligan á adoptar conductas de largo circuito. Otras se relacionan con lo que podríamos llamar "la personalidad precedente". El tímido no reacciona a la frustración como lo hace el extravertido. Una conducta nueva sólo se fija en el caso en que se integre a la personalidad ya existente. 

Debemos pues remitirnos una vez más al problema histórico de la personalidad individual. Antes de abordarlo como tal, es necesario estudiar un determinante que no ha intervenido hasta ahora más que en forma teórica: el medio y sus solicitaciones.

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