EL ROSTRO DE LA PERSONALIDAD
Era como si la personalidad misma tuviese “rostro”. Todo me hizo pensar que esa intangible “cara de la personalidad” contrituía la verdadera clave de los cambios de la personalidad. Si ese rostro continuaba desfigurado, deformado, “feo” o inferior, la persona seguía desempeñando ese mismo papel en su conducta a pesar de los cambios operados en su apariencia física. Cuando ese “rostro de la personalidad” se podía reconstruir, cuando era posible extirpar las viejas cicatrices emocionales, la persona en sí cambiaba aun sin el auxilio de la cirugía plástica. Una vez que hube comenzado a explorar en este terreno, encontré más y más fenómenos que confirmaban el hecho de que la autoimagen –el concepto mental y espiritual que de sí mismo se forja el individuo- constituía la verdadera clave de la personalidad y de la conducta. Ampliaremos este tema en el capítulo primero de la presente obra.
LA VERDAD ESTA DONDE SE LE ENCUENTRA
Siempre he creído en ir a donde fuere necesario para llegar ante la verdad, incluso si para ello tenemos que cruzar fronteras internacionales. Cuando hace años decidí hacerme cirujano plástico, los médicos alemanes adelantaban con mucho a los demás países en este terreno, así que emprendí el camino hacia Alemania.
En mi búsqueda de la “autoimagen”, también yo tuve que cruzar fronteras, aunque éstas hayan sido invisibles. A pesar de que la ciencia psicológica reconoce la autoimagen y su papel de clave en la conducta humana, la respuesta que dan los psicólogos a las preguntas de cómo ejerce influencia la autoimagen, cómo crea una pesonalidad nueva, y qué acontece dentro del sistema nervioso humano cuando cambia la autoimagen, es sumamente vaga.
La mayoría de mis respuestas las encontré en la nueva ciencia llamada cibernética, que restaura la teleología como un concepto respetable de la ciencia. Resulta algo extraño que la nueva ciencia de la cibernética se haya desarrollado a partir del trabajo físicos y matemáticos, más bien que de la obra de psicólogos, sobre todo cuando se comprende que la cibernético posee estrecho parentesco con la teleología –la conducta de los sistemas mecánicas orientada hacia la consecución de determinados fines. La cibernética explica “qué sucede” y “qué se necesita” en el comportamiento intencionado de las máquinas. La psicología, pese a todos sus conocimientos sobre la psique humana, no poseía respuesta satisfactoria para explicar una situación internacional tan sencilla como es la de que una persona tome un cigarrillo de la mesa y lo coloquen en sus labios. Pero un físico sí tenía una explicación. Los partidarios de muchas teorías psicológicas podrían compararse a esos hombres que especulan sobre lo que hay en el espacio exterior y en otros planetas, pero que ignoran lo que acontece en sus propios casas.
La nueva ciencia de la cibernética produjo un cambio profundo en el ámbito de la psicología. Yo no reclamo mérito alguno en la producción de tal avance, fuera del de haber reconocido su importancia.
El hecho de que esta nueva brecha hace surgido del esfuerzo de físicos y matemáticos no debe sorprendernos. Toda nueva brecha que se abre en la ciencia suele proceder de un campo ajeno a tal sistema. Los “expertos” son los más profundamente familiarizados con los conocimientos circunscritos a las fronteras de ciencia determinada. Cualquier conocimiento nueva tendrá generalmente que proceder del exterior –no de los “expertos”, sino más bien de aquellos a quienes se suele llamar “inexpertos”.
Pasteur no era médico, ni los hermanos Wright eran ingenieros aeronáuticos, sino mecánicos de bicicletas. Einstein no era propiamente un físico, sino un matemático; no obstante, sus descubrimientos en el campo de las matemáticas revolucionaron totalmente las más prestigiosas teorías de la física. Tampoco Madame Curie era médico, sino física, y sin embargo prestó importantes contribuciones a la ciencia médica.
Como emplear estos nuevos conocimientos
En este libro he tratado no sólo de informar sobre este nuevo conocimiento procedente del campo de la cibernética, sino también de demostrar a mis lectores la forma en que pueden emplearlo en sus propias vidas para lograr metas más importantes.
Era como si la personalidad misma tuviese “rostro”. Todo me hizo pensar que esa intangible “cara de la personalidad” contrituía la verdadera clave de los cambios de la personalidad. Si ese rostro continuaba desfigurado, deformado, “feo” o inferior, la persona seguía desempeñando ese mismo papel en su conducta a pesar de los cambios operados en su apariencia física. Cuando ese “rostro de la personalidad” se podía reconstruir, cuando era posible extirpar las viejas cicatrices emocionales, la persona en sí cambiaba aun sin el auxilio de la cirugía plástica. Una vez que hube comenzado a explorar en este terreno, encontré más y más fenómenos que confirmaban el hecho de que la autoimagen –el concepto mental y espiritual que de sí mismo se forja el individuo- constituía la verdadera clave de la personalidad y de la conducta. Ampliaremos este tema en el capítulo primero de la presente obra.
LA VERDAD ESTA DONDE SE LE ENCUENTRA
Siempre he creído en ir a donde fuere necesario para llegar ante la verdad, incluso si para ello tenemos que cruzar fronteras internacionales. Cuando hace años decidí hacerme cirujano plástico, los médicos alemanes adelantaban con mucho a los demás países en este terreno, así que emprendí el camino hacia Alemania.
En mi búsqueda de la “autoimagen”, también yo tuve que cruzar fronteras, aunque éstas hayan sido invisibles. A pesar de que la ciencia psicológica reconoce la autoimagen y su papel de clave en la conducta humana, la respuesta que dan los psicólogos a las preguntas de cómo ejerce influencia la autoimagen, cómo crea una pesonalidad nueva, y qué acontece dentro del sistema nervioso humano cuando cambia la autoimagen, es sumamente vaga.
La mayoría de mis respuestas las encontré en la nueva ciencia llamada cibernética, que restaura la teleología como un concepto respetable de la ciencia. Resulta algo extraño que la nueva ciencia de la cibernética se haya desarrollado a partir del trabajo físicos y matemáticos, más bien que de la obra de psicólogos, sobre todo cuando se comprende que la cibernético posee estrecho parentesco con la teleología –la conducta de los sistemas mecánicas orientada hacia la consecución de determinados fines. La cibernética explica “qué sucede” y “qué se necesita” en el comportamiento intencionado de las máquinas. La psicología, pese a todos sus conocimientos sobre la psique humana, no poseía respuesta satisfactoria para explicar una situación internacional tan sencilla como es la de que una persona tome un cigarrillo de la mesa y lo coloquen en sus labios. Pero un físico sí tenía una explicación. Los partidarios de muchas teorías psicológicas podrían compararse a esos hombres que especulan sobre lo que hay en el espacio exterior y en otros planetas, pero que ignoran lo que acontece en sus propios casas.
La nueva ciencia de la cibernética produjo un cambio profundo en el ámbito de la psicología. Yo no reclamo mérito alguno en la producción de tal avance, fuera del de haber reconocido su importancia.
El hecho de que esta nueva brecha hace surgido del esfuerzo de físicos y matemáticos no debe sorprendernos. Toda nueva brecha que se abre en la ciencia suele proceder de un campo ajeno a tal sistema. Los “expertos” son los más profundamente familiarizados con los conocimientos circunscritos a las fronteras de ciencia determinada. Cualquier conocimiento nueva tendrá generalmente que proceder del exterior –no de los “expertos”, sino más bien de aquellos a quienes se suele llamar “inexpertos”.
Pasteur no era médico, ni los hermanos Wright eran ingenieros aeronáuticos, sino mecánicos de bicicletas. Einstein no era propiamente un físico, sino un matemático; no obstante, sus descubrimientos en el campo de las matemáticas revolucionaron totalmente las más prestigiosas teorías de la física. Tampoco Madame Curie era médico, sino física, y sin embargo prestó importantes contribuciones a la ciencia médica.
Como emplear estos nuevos conocimientos
En este libro he tratado no sólo de informar sobre este nuevo conocimiento procedente del campo de la cibernética, sino también de demostrar a mis lectores la forma en que pueden emplearlo en sus propias vidas para lograr metas más importantes.

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