Usted mismo puede curarse su propio complejo de inferioridad
Por lo menos el noventa y cinco por ciento de las personas sienten en sus vidas, en algún grado, las nieblas de los sentimientos de inferioridad y para millones de individuos este mismo sentimiento de inferioridad, constituye una seria barrera para alcanzar la felicidad y el éxito.
En cierto sentido de la palabra, toda persona que existe sobre la superficie de la tierra es inferior a algunos individuos o a algún otro ser humano. Sé que yo no puedo levantar tanto peso como Paul Anderson, disparar un tiro de dieciséis libras tan lejos como Parry O’Brien, o bailar tan bien como Arthur Murray. Sé esto, pero ello no me produce sentimientos de inferioridad ni tampoco opaca mi vida, simplemente, porque no me comparo de modo desfavorable con ellos, ni tampoco siento que no valgo porque no pueda desenvolverme en ciertos menesteres con tanta habilidad como estas personas. También sé que en ciertos terrenos todo sujeto con que suelo encontrarme, desde el muchacho vendedor de periódicos al presidente de un banco, es superior a mí en ciertos aspectos. Pero tampoco esas mismas personas pueden reparar un rostro dañado o desempeñar otros trabajos con la misma perfección que yo los ejecuto, y, también estoy seguro de ello, de que esos individuos citados no se sienten inferiores a mí a causa de mis habilidades.
Los sentimientos de inferioridad no se originan tanto en los “hechos” o en las experiencias, sino por nuestras conclusiones con respecto a los “hechos” y nuestras apreciaciones concernientes a las experiencias. Por ejemplo, de hecho soy un levantador de pesas inferior y un bailarín no menos malo. Ello no hace, sin embargo, que yo sea una persona inferior. La incapacidad de Arthur Murray y de Paul Anderson en cuanto respecta a la práctica de la cirugía los hace cirujanos inferiores, mas no personas inferiores. Todo depende, pues, de las normas de qué y por quién solemos medirnos o compararnos.
No es el conocimiento de nuestra inferioridad real con respecto a las capacidades y habilidades inherentes a nosotros lo que nos produce el complejo de inferioridad e interfiere en nuestras vidas: es el sentimiento de inferioridad en que hace esto.
Este sentimiento de inferioridad se nos origina por una razón precisa: nos juzgamos y comparamos no con nuestra “norma” o nuestro “par”, sino con la “norma” de cualquier otro individuo. Cuando hacemos esto, siempre y sin excepción, nos ponemos en “segunda fila”. Mas a causa de que “pensamos”, “creemos” y “presumimos” que nos debiéramos medir con la “norma” de otra persona, nos sentimos “inválidos” y como individuos se segunda clase, concluyendo con que algo debe funcionar mal dentro de nosotros. La siguiente conclusión lógica a la que nos lleva el proceso racionalista consiste en que somos sujetos “sin valor”; que no merecemos el éxito y la felicidad, y que se halla fuera de lugar para nosotros el poder expresarnos con nuestras propias capacidades y talentos cualquiera que sean éstas, con conmiseración o sentimientos de culpabilidad acerca de las mismas.
Todo ello procede de que nos hemos permitido hipnotizarnos con la idea totalmente errónea de “yo debiera ser así, y así” o “debiera ser como todos los demás” la falacia de la segunda idea puede ser reconocida a simple vista porque, en realidad, no existen normas fijas que sean comunes a “todos los demás” “Todos los demás” constituye una suma heterogénea de individualidades en la cual no existen dos sujetos parecidos.
La persona que padece un sentido de inferioridad expresa invariablemente el error de que es víctima con sus tendencias a mostrarse como un ser superior. Sus sentimientos arrancan de la falsa premisa de que es inferior. Con base en esta falsa premisa se forma una estructura total de “idea lógica” que, consecuentemente, forja el simulado sentimiento de superioridad. Si el individuo se siente mal porque es inferior, la cura consistiría en “hacerse tan bueno como los demás”, y el modo de llegar a sentirse efectivamente bien consistiría en “hacerse superior”. Esta inquieta lucha por la superioridad hace que el individuo tropiece con mayores dificultades aún, causándole, por lo tanto, mayores frustraciones y a veces acarreándole una neurosis que no padecía antes. Se siente peor que en cualquier otro momento de su vida, y cuanto “con mas ardor intenta mejorarse”, se siente más miserablemente.
La inferioridad y la superioridad son las partes reversibles de la misma moneda. La curación consiste en llegar a reconocer la falsedad total de la moneda en cuestión.
La verdad acerca del individuo es ésta:
Usted no es “inferior”.
Usted no es “superior”.
Usted es simplemente “usted”.
Usted, como responsabilidad, no se encuentra en competencia con ninguna otra personalidad, debido a que no existe otra persona en la superficie de la tierra en su clase particular que sea absolutamente como usted. Usted es un individuo. Usted es único. Usted no es “como” otra persona. Usted no debe suponer que es igual a otra persona, y ninguna otra persona debe suponer que es igual a usted.
Dios no creó una persona estándar un ningún nivel, diciéndole “Esta es ella”. El hizo a cada ser humano como un “individuo”, y “único” en su género, del mismo modo que hizo “individual” y “único” cada copo de nieve.
Dios creó a gente baja y alta, a gentes grandes y pequeñas, delgados y gruesos, a negros, amarillos, cobrizos y blancos. Jamás indicó su preferencia por un tamaño, un semblante o un color determinado. Abraham Lincoln dijo una vez: “Dios debe haber amado a la gente común, ya que creó tanta de ella”. Estaba equivocado. No existe un hombre común ni uniforme y de modelo común. Hubiera estado más cerca de la verdad si hubiera dicho: “Dios debe haber amado a las gentes diversas ya que hizo tantas de ellas”.
Un complejo de inferioridad, y la deterioración acompañante al comportamiento que origina, puede ser hecho a la orden en el laboratorio psicológico. Todo lo que se necesita es establecer una norma o un promedio, luego convencer al sujeto que no compare. El psicólogo necesitaría averiguar cómo afectarían los sentimientos de inferioridad a la capacidad de solucionar un problema. Le proporcionaría a sus estudiantes una serie de “tests” de rutina. “Mas entonces anunciaría solemnemente que la persona promedio podía completar la prueba a cerca de una quinta parte de tiempo del que le debiera tomar realmente. Cuando en el transcurso de la prueba sonara una campana indicando que había terminado el tiempo del hombre promedio, algunos de los sujetos más brillantes se mostrarían muy turbados y resultarían incompetentes, teniéndose por estúpidos”. (“What’s On Your Mind?”, Science Digest, Feb. 1952.)
Cese de compares con las personas communes. Usted no es una de ellas y jamás logrará comprender el término de la comparación. Tampoco ninguna de ellas podrá compararse con usted. Una vez que vea esta simple verdad, más que evidente, acéptela y crea en ella, y, entonces, desaparecerán sus sentimientos de inferioridad.
El Dr. Norton L. Williams, célebre psiquiatra, al dirigir una alocución a una convención médica, dijo, recientemente, que la ansiedad del hombre moderno y sus sentimientos de inseguridad, tenían origen en la carencia de autofe, y que la seguridad interior podría solamente hallarse “al encontrar dentro de sí la individualidad, única y distinta, lo cual es afín a la idea de haber sido creado a la imagen de Dios”. También dijo que la autorrealización y la autoconfianza se obtienen mediante “una simple creencia en la calidad de individualidad única que tenemos como seres humanos, un sentimiento de profunda y amplia previsión respecto a todos los seres y a todas las cosas y un sentimiento de influencia constructiva de los otros a través de nuestra propia personalidad”.

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