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domingo, 25 de octubre de 2009

PSICO-CIBERNETICA -36-


Cómo aplicar la fuerza del pensamiento racional


Muchos de mis pacientes llegan francamente a desilusionarse cuando les prescribo algo tan simple como lo es la aplicación de la fuerza de la razón, que Dios les dio, como método que ha de ayudarles a transformar sus creencias negativas y su conducta. A algunos todo ello les parece demasiado candoroso y carente de principios científicos. Sin embargo, esto tiene una ventaja: funciona y alcanza objetivos. Luego hemos de ver, también, que el sistema que propongo se halla basado en rigurosos descubrimientos de la ciencia.
Existe, además, una falacia ampliamente extendida, según la cual el proceso del pensamiento lógico y racional no ejerce influencia alguna ni tampoco tiene poder sobre los procesos inconscientes o los diversos mecanismos mentales, y que, para transformar las creencias negativas, los sentimientos o la conducta del hombre, es necesario “cavar” en el inconsciente y extraer el material, que allí yace, hasta la superficie o conciencia.
El mecanismo automático –que los freudianos llaman el inconsciente-, es absolutamente impersonal. Opera como una máquina y no posee voluntad propia. Trata siempre de reaccionar en correspondencia con las creencias e interpretaciones comunes y corrientes que interesan al ambiente. Trata siempre de proporcionarle los sentimientos apropiados a los cuadros mentales, que usted guarda, y alcanzar las metas que usted mismo se ha propuesto conscientemente lograr de una manera determinada. Opera a base de los datos con que usted lo haya alimentado en formas de ideas, creencias, opiniones e interpretaciones.
Es el “pensamiento consciente” el que constituye “el botón de control” de la máquina inconsciente. Fue mediante el pensamiento consciente, aunque quizá de modo irracional e irrealista, que su máquina inconsciente desarrolló formas de reacción inapropiadas y negativas, y es mediante la idea racional consciente como podrán transformarse las formas automáticas de reacción.
El Dr. John A. Schindler, antiguo miembro de la famosa Clínica Monroe –Monroe, Wisconsin-, alcanzó bien merecida la fama nacional por los notables éxitos que llegara a conquistar en cuanto respecta a la ayuda que prestó a numerosos individuos que se sentían desdichados, los cuales no eran nada más que personas neuróticas que habían rechazado el gozo de vivir o retornar a la vida productiva y feliz. El porcentaje de sus curaciones sobrepasó con mucho al que alcanzaron los psicoanalistas. Una de las claves de su método de tratamiento consistía en lo que él llamó “control consciente de la ideación”. “…Sean cuales fueren las obras omitidas o los actos que se hayan cometido con respecto a otras personas en el pasado” –decía-, “el individuo tiene que comenzar a adquirir madurez en el presente con el objeto de que el futuro sea superior a su pasado. El presente y el futuro dependen de la adquisición de nuevos hábitos y de modos nuevos de mirar los viejos problemas. No se logrará conquistar un buen futuro mediante la inquietud y examen continuos acerca del pasado… los problemas emocionales que se destacan entre unos y otros pacientes poseen el mismo común denominador para cada uno de éstos. Este común denominador consiste en que el paciente ha olvidado cómo –o probablemente nuca lo haya aprendido- controlar su pensamiento presente, para que pueda producirle el placer de la vida”. John A. Schindler, How To Live 365 Days a Year, Englewood Cliffs, N. J., Prentice-Hall, Inc.)


Déjelas dormir profundamente

El hecho que los recuerdos de los fracasos del pasado se hallen enterrados en el inconsciente, lo mismo que las experiencias desagradables y dolorosas, no significa que deban ser extraídos o descubiertos, en uno u otros caso, ni tampoco expuestos ni examinados a la superficie, con el objeto de efectuar las necesarias transformaciones de la personalidad. Como habíamos señalado anteriormente, la capacidad de aprendizaje se asimila poco a poco mediante las pruebas y los errores, haciendo o intentando hacer, perdiendo la señal, tomando en cuenta conscientemente el grado de error y ejecutando las correcciones necesarias para la siguiente prueba hasta conseguir dar en el blanco, o sea, hasta conseguir lo que nos proponemos o través de un último y feliz intento. La forma de reacción con que alcanzamos el éxito es, entonces, recordada o “evocada”, y, por fin, “imitada” en pruebas ulteriores. Ello es verdad para el hombre que aprende a montar a caballo, a arrojar dardos, a cantar, conducir un automóvil, jugar al golf, entrar en contactos sociales con otros seres humanos, en el perfeccionamiento de cualquier otra habilidad, etc. Es también verdad con respecto al “instrumento substituto mecánico”, que nos enseña la manera de poder salir de un laberinto o de una serie de ideas confusas. Todo ello, del mismo modo que sucede con todos los “servomecanismos”, debido, principalmente, a la misma naturaleza del contenido de recuerdos de los errores, los fracasos y las experiencias negativas y dolorosas del pasado. Todas estas experiencias negativas no inhiben al sujeto, sino que contribuyen al proceso de aprendizaje del mismo en tanto sean usadas apropiadamente como datos negativos del feedback (depósito retentivo de datos negativos), y son consideradas, por tanto, como desviaciones del camino que conduce a la meta positiva que se desea alcanzar.
Sin embargo, tan pronto el error haya sido reconocido con tal y hecha la debida corrección en el proceso que se dirige hacia la meta deseada, importa también que el error sea conscientemente olvidado, y recordado, no obstante, el intento que nos condujo a la consecución del fin propuesto, conservando a éste, además, en el consciente.
Estos recuerdos de los fracasos del pasado dejan de molestarnos tan pronto como enfocamos el pensamiento consciente y la atención al fin positivo que debe ser alcanzado y satisfecho. Así, pues, es mejor que dejemos reposar a estos “perros dormidos”.
Tanto nuestros errores como nuestras fallas y faltas, y algunas veces las humillaciones experimentadas, nos sirvieron a modo de peldaños en el proceso del aprendizaje. Sin embargo, hay que tener en cuenta que sólo sirvieron como medios para un fin y que nunca constituyeron un fin por sí mismos. Así, pues, cuando han servido a un propósito, tienen que ser olvidados. Si nos detenemos conscientemente en el error, o nos sentimos conscientemente culpables a causa de la falta y hemos quedado zaheridos por ésta, entonces, y de manera involuntaria, aquél, o el fracaso por sí mismo, se convertirán en el objetivo que la imaginación y la memoria conserva en la conciencia. El más infeliz de los mortales es aquel hombre que insiste en revivir el pasado una y otra vez en la imaginación –el que de modo continuo se critica a sí mismo por los errores del pasado. En pocas palabras, el pobre hombre que se está condenando continuamente por los pecados que alguna vez cometiera.
Nunca olvidaré a una pobre paciente que se autotorturaba con la rememorización de las desdichas de su vida, y ello en tal grado que llegó a destruir cualquier oportunidad de ser feliz en el presente. Había vivido durante años llena de amarguras y resentimientos a causa de la calumnia que le hizo rehuir a la gente y desarrollar una personalidad, a través de los años, áspera y ruda y a aparecer completa y constantemente indispuesta contra todo el mundo y las cosas que la rodeaban. No tenía amigos porque imaginaba que no habría una sola persona que se quisiera mostrar amistosa con una mujer de tan horroroso aspecto. Evitaba a la gente de forma deliberada, o, lo que era peor, enfurecía a los individuos que llegaban a tratarla con su agria actitud defensiva. La cirugía corrigió, por fin, su defecto físico. Trató de adaptarse al medio y comenzó a vivir con la gente en armonía y amistad, mas las experiencias del pasado la impedían avanzar por este nuevo camino. Sentía que a pesar de su nueva apariencia, no podía hacer amistades y ser feliz porque nadie podría olvidar cómo había sido antes de que la operasen. Prosiguió, pues, cometiendo los mismos errores y fue tan infeliz como siempre lo había sido. No pudo, realmente, comenzar a vivir hasta que hubo aprendido a cesar de condenarse por lo que había sido en el pasado y a detener las remembranzas, en su imaginación, de todos los acontecimientos desdichados que le habían ocurrido e impulsado a visitarme en mi consultorio de cirujano.
Las continuas críticas con respecto a los errores y las faltas del pasado no nos ayudan en absoluto y, por otra parte, tienden a perpetuar esa misma conducta con que el sujeto desea transformarse. Los recuerdos de los fracasos del pasado pueden afectar de manera adversa sobre la conducta del presente si el sujeto continúa reteniéndolos y haciendo estúpidamente esta conclusión: “Fracasé ayer, de ello sigue que tenga que fracasar también hoy”. No obstante, ello no prueba que las formas de reacción del inconsciente posean tanto poder en sí para hacerse repetir y perpetuarse, o que todos los recuerdos enterrados de los fracasos deban extirparse antes de llegar a la transformación de la conducta. Si llegamos a convertirnos en víctimas ello es debido a la conciencia y a la idea mental y no al inconsciente. Es por esto que la parte pensante de nuestra personalidad es la que nos ha de conducir a las conclusiones y a seleccionar las “imágenes objetivo” sobre las que nos debemos concentrar. En el instante en que transformemos nuestras mentes y cesemos de proporcionarle fuerza a nuestro pasado, el mismo pasado con todos sus errores perderá influencia sobre nosotros.


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