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domingo, 25 de octubre de 2009

PSICO-CIBERNETICA -38-


El método de Bertrand Russell

Bertrand Russell, el célebre filósofo británico, dijo en su libro La conquista de la felicidad : “No nací feliz. Cuando era niño, mi himno favorito decía así: ‘Abrumado por el pecado, siento el peso de la tierra’… En la adolescencia, aborrecía la vida y hallábame constantemente al filo del suicidio, del cual me sacó el inmenso deseo de aprender más matemáticas. Ahora, al contrario, me gusta la vida y gozo de ella; podría decir, inclusive, que con cada año que transcurre me atrae más la vida y gozo más de ella… En su mayor parte, ello se debe al debilitamiento de mis preocupaciones acerca de mi mismo. Como otros individuos que tuvieron una educación puritana, yo tenía el hábito de pensar en mis pecados, estupideces y defectos. Parecíame a mí mismo –sin duda, justamente- un espécimen  miserable. Poco a poco, fui aprendiendo a mostrarme indiferente con respecto a mí mismo y a mis deficiencias; comencé a dirigir mi atención a los objetos externos: la situación del mundo, a diversas ramas de la sabiduría, hacia los individuos por quienes sentía afecto”. (Bertrand Russell, The Conquest of Happiness, New York, Liveright Publishing Corporation).
En el mismo libro, el autor describe los métodos que empleó para cambiar las formas de reacciones automáticas que se basaban en falsas creencias. “Es bastante fácil superar las sugestiones infantiles del inconsciente e inclusive cambiar el contenido del inconsciente empleando la debida clase de técnica. En cualquier instante que usted comience a sentir remordimiento por una acción que su razón le dice que no es mala, examine las causas de este sentimiento de compunción y trate de convencerse de lo absurdo del mismo. Haga que sus creencias conscientes se manifiesten tan vívida y enfáticamente que logren ejercer una impresión tan fuerte sobre su inconsciente como las mismas impresiones que su madre o su niñera ejercieron sobre usted cuando era niño. No se contente con momentos alternativos de racionalidad e irracionalidad. Procure, por todos los medios posibles, que no le domine la irracionalidad. Cualesquiera que sean los sentimientos e ideas estúpidas que logren penetrar en su conciencia, ataque a unos y otras en sus propias raíces, examínelos profundamente y rechácelos. No permita quedarse en un estado de vacilación, dominado a medias por la razón y  a medias por los caprichos infantiles…
“Mas si la rebelión procura la felicidad individual y capacita al hombre para que viva consecuentemente según el patrón general, no vacile entre dos tendencias, entonces será necesario que piense y sienta éste profundamente con respecto a lo que su razón le dice. La mayoría de los hombres, cuando han logrado rechazar superficialmente las supersticiones de la infancia, creen que ya no tienen que hacer nada mas. No saben que estas supersticiones permanecen escondidas en lo más interno del ser. Cuando llegamos a tener una convicción perfectamente racional, es necesario que permanezcamos consecuentes con respecto a la misma, que sigamos todas sus consecuencias y que tratemos de buscar dentro de nosotros cualesquiera de las ideas o creencias incompatibles que pudieran haber sobrevivido con la nueva convicción… Lo que sugiero es que el hombre debe decidirse, enfáticamente, a optar por aquello en que cree racionalmente, y que nunca debe dejar cabida dentro de sí a cualquier idea irracional, independientemente de la brevedad con que se lo permita. Ello consiste, pues, en que usted razone consigo mismo es esos momentos en que siente la tentación de tornarse hacia el mundo infantil, mas el razonamiento, si es lo suficientemente intenso, deber ser breve”.


Las ideas cambian no por un acto volitivo sino debido a la acción de otras ideas.

Podemos observar que la técnica del hallazgo de las ideas que resultan incompatibles con alguna convicción profundamente sentida es, en esencia, la misma del método comprobado clínicamente, con impresionante éxito, por Prescott Lecky. El mencionado método de Lecky consiste en que el sujeto “vea” que ciertas de sus concepciones resultan incompatibles con algunas de sus otras creencias profundamente arraigadas. Lecky creía que ello era consubstancial con la misma naturaleza de la mente, que todas las ideas y los conceptos que forman el contenido total de la personalidad deben verse como compatibles las unas con las otras. Si la inconsecuencia de una idea dada es conscientemente reconocida, entonces ésta debe ser rechazada.
Uno de mis pacientes recibió un “susto de muerte” cuando fue citado a ver a los “grandes”. Su miedo y nerviosidad lograron ser superados en una sola sesión de consejos, en el lapso de la cual le hice la pregunta siguiente: “¿Se siente físicamente débil y como andando a gatas o rastreando cuando entra a la oficina de un individuo, y, además, suele postrarse usted ante una persona que considera superior?”
“¡Yo diría que no!” –estalló con aspereza.
“¿Por qué, entonces, adula y se arrastra mentalmente?”
Otra pregunta: “¿Entraría, pues, al despacho de un individuo con la mano extendida como un mendigo y le pediría de limosna algo de comer o una taza de café?”
“Seguro que no”.
“¿No ve usted que hace exactamente eso cuando entra y se pone a pensar si va o no a dispensarle el mencionado individuo una buena acogida? ¿No ve que, realmente, le extienden usted su mano como implorándole de limosna que le acepte y apruebe como persona?
Lecky halló que existen dos poderosas “palancas”, mediante la utilización de las cuales se facilita la transformación de las creencias y de los conceptos. Hay convicciones de “tipo general”, que casi cada persona suele mantener con todas sus fuerzas. Estas son: 1) el sentimiento o creencia de que uno es capaz de hacer su parte manteniendo la vista en el fin que se propone y esforzándose por permanecer independiente en la ejecución de la tarea propuesta, y 2) la creencia de que hay algo dentro de uno que no va a dejarle experimentar ninguna indignidad.


Examine y torne a evaluar sus propias creencias

Una de las razones por las que no se suele reconocer la fuerza del proceso de la racionalización consiste en la escasa frecuencia con que ésta se emplea.
Trate de representarse la creencia que tiene sobre su misma persona, o la que posee respecto al mundo, o la que concierne a otro u otros individuos, esa misma creencia que permanece oculta bajo las sombras de su conducta. ¿”Acontece siempre algo” que le haga perder la oportunidad de alcanzar el objetivo, en el preciso memento en que le parecía que el éxito iba a estar de su parte? Quizás se sienta usted, en su interior, “Indigno” del éxito, o puede ser que, de manera secreta, crea que no merecía la obtención del mismo. ¿Se siente usted fácilmente incómodo cuando se halla rodeado de gente? Quizá usted se crea inferior a esas personas, o puede ser que los otros individuos, por sí mismos, se muestren hostiles e inamistosos con respecto a usted. ¿Suele ser presa de ansiedad y de temor, sin razón fundamental, en situaciones relativamente seguras? Quizá crea que el mundo en que vive le es hostil y se le muestra inamistoso, que es un “lugar” lleno de peligros o que usted merece un castigo.
Recuerde que tanto la conducta como los sentimientos manan de la fuente de su creencia. Para extirpar la creencia responsable de su conducta y sentimientos, procure preguntarse constantemente: “¿Por qué?” ¿Hay alguna tarea que a usted le gustaría ejecutar, algún medio en el que usted le gustaría manifestarse, pero ante los cuales retrocede sintiendo que “no puedo hacerlo”? Demándese, entonces, “¿POR QUÉ?”
“¿Por qué creo que no puedo hacerlo u obtenerlo?”
Luego pregúntese “¿Se halla basada esta creencia en un hecho real o en una suposición, presunción o conclusión falsa?”
En seguida, hágase las preguntas siguientes:

1.    ¿Existe algún motivo racional que me haga mantener esa creencia?
2.    ¿Estaré equivocado con respecto a esa creencia?
3.    ¿Llegaría a la misma conclusión acerca de otra persona en una situación similar?
4.    ¿Por qué debo continuar desempeñándome y sintiendo como si ello fuera verdad si no existe ningún buen motivo para creerlo?

No intente pasar sobre estas preguntas como “por casualidad”. Deténgase en ellas. Piense arduamente en las mismas. Logre un estado emocional acerca del contenido que encierran. ¿Puede observar que se ha engañado y vendido a sí mismo, no a causa de un “hecho”, sino sólo por la influencia que ha ejercido sobre usted una creencia estúpida? Si ello es así, procure alcanzar cierto estado de indignación e inclusive de enfado e ira con respecto a esa falsa creencia. Tanto la indignación como el enfado y la ira suelen a veces actuar como liberadoras de las falsas ideas. Alfred Adler se puso furioso consigo mismo y su maestra, y ello le facilitó extirpar la definición negativa que tenía acerca de sí mismo. Esta experiencia suele manifestarse con mucha regularidad.
Un anciano granjero me dijo, en cierta ocasión, que abandonó el vicio de fumar, cierto día en que hubo olvidado el tabaco en casa y comenzó a caminar dos millas para ir a buscarlo. En el camino “vio” el trato humillante a que el mal hábito le sometía. Se pudo furioso, dio la vuelta, regresó al campo y nunca volvió a fumar.
El famoso procurador Clarence Darrow solía decir que su éxito comenzó el mismo día en que se puso furioso al tratar de asegurar una hipoteca, por 2,000 dólares, con el objeto de comprar una casa. En el momento preciso en que iba a concluir la transacción, la esposa del prestamista expresose de esta forma: “No seas loco; él nunca ganará el suficiente dinero para poder pagarte el préstamo”. El mismo Darrow había tenido serias dudas respecto al asunto. Mas “algo aconteció” cuando oyó a la mujer configurar sus propias dudas. Indignose con la señora y consigo mismo, y decidió, entonces que tendría que lograr el éxito a toda costa.
Un hombre de negocios, amigo mío, tuvo una experiencia muy parecida a la que acabo de contar. Luego de una quiebra a los cuarenta años, se preocupaba constantemente acerca de cómo le “irían a salir los negocios”, de sus inconveniencias y de si sería o no capaz de completar cada una de sus empresas comerciales. Temeroso y lleno de ansiedad intentó comprar a crédito alguna maquinaria que le hacia falta, cuando la esposa del individuo a que nos referimos le hizo algunas objeciones. Ella no creía que el hombre fuese capaz de pagar la deuda. Al principio se sintió confundido. Mas en seguida fue presa de grande indignación. ¿Quién le empujó a ello? ¿Qué era lo que le hacía esconderse del mundo, temiendo constantemente al fracaso? La experiencia despertó algo dentro de él –un nuevo “yo”- y en seguida vio que la advertencia de la mujer, igual que sus propias opiniones acerca de sí mismo, constituían una afrenta a ese “algo”. No tenía dinero ni crédito y no disponía tampoco de ningún otro medio para conseguir la que deseaba. Mas de pronto se encontró con que había hallado un recuerdo para ello y transcurridos tres años logró mayor éxito y felicidad que jamás hubiera soñado y, además, los éxitos no los obtuvo en un solo negocio sino en tres.


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