La fuerza de lo profundamente deseado
El motivo racional que puede hacer efectiva la transformación de la creencia y de la conducta deber ir acompañado de un profundo sentimiento de deseo.
Preséntese a sí mismo cómo quisiera ser y con lo que deseara tener, y hágase la presunción por un momento de que todo ello es posible. Desarrolle un profundo deseo para obtener estas cosas. Conviértase en un entusiasta acerca de ellas. Insista, y déjelas persistir en su mente. Sus creencias negativas del presente fueron formadas por ideas y sentimientos. Genere, pues, bastante emoción o procure arraigar nuevos sentimientos en sus nuevas ideas y extirpará pronto sus antiguas y falsas creencias. Si usted analiza ello, hallará que está empleando un método que ya había usado anteriormente: la preocupación. La sola diferencia consiste en que usted va a cambiar los objetivos negativos por los positivos. Cuando se preocupa, lo primero que hace es forjarse en su imaginación un cuadro mental muy vívido de alguna consecuencia visible e indeseada, pero usted debe tratar de insistir “en el resultado final”. No trate de esforzarse ni de emplear la fuerza de la voluntad, pero insista –insista y torne a insistir, insista siempre- en representarse mentalmente el fin deseado como una “posibilidad”. Usted jugará, entonces, con la idea “de que ello puede acontecer”.
La constante repetición y continuo pensar en los términos de “las posibilidades” harán que el resultado final se le aparezca con mayores visos de realismo. Luego de transcurrido cierto tiempo se generan automáticamente las emociones apropiadas. El miedo, la ansiedad y el descorazonamiento son emociones apropiadas al resultado que no se desea, y respecto al cual usted se está preocupando. Ahora, transforme el cuadro mental del objetivo a alcanzar, y podrá usted, con idéntica facilidad, generar las buenas emociones que han de conducirle al fin deseado. La constante representación que se haga a sí mismo y la continua insistencia que observe respecto al fin deseado, hará también que se produzca dentro de usted la idea y el sentir de la posibilidad de que le parezca más real y, a través de todo ello, se generarán automáticamente las emociones apropiadas de entusiasmo, alegría, valor y felicidad que han de conducirle, indefectiblemente, a la consecución del fin que usted ansía. “Al ir formándonos de los ‘buenos’ hábitos emocionales y al ir desprendiéndonos de los ‘malos’, dice el Dr. Knight Dunlap, tenemos que tratar, en primer lugar, los hábitos de la idea y de la ideación, ‘ya que el hombre piensa como siente y le sugiere su corazón’.
Lo que se puede y no puede hacerse mediante la idea racional
Recuerde que su mecanismo automático puede trabajar tan fácilmente como un “mecanismo de fracaso” o como un “mecanismo de éxito”, y que ello dependerá, exclusivamente de los datos que le proporcione para elaboración y de los objetivos que usted se proponga alcanzar. El mecanismo automático es, básicamente, un mecanismo dedicado a la persecución de objetivos. Las metas que se propone alcanzar son para servir a usted. Muchos de nosotros, aunque de manera inconsciente e involuntaria –debido a que solemos mantener actitudes negativas y nos representamos habitualmente en nuestra imaginación sólo los fracasos-, le proporcionamos al mecanismo automático nada más que los datos con que éste elabora las frustraciones.
Procure recordar también que su mecanismo automático no razona ni pregunta acerca de los datos con que usted le alimenta; que sólo los elabora y reacciona apropiadamente con respecto a ellos.
Es sumamente importante que el mecanismo automático reciba sólo los hechos verdaderos y exactos que conciernan al ambiente. Esta es la tarea de la idea racionalizada en el consciente: saber la verdad, formar cálculos correctos, opiniones y estimativas. En relación a esto, la mayor parte de nosotros nos inclinamos a estimarnos en poco y a sobrestimar las dificultades con que hemos de enfrentarnos. “Piense siempre que lo que ha de hacer es fácil, y ello será así”, dijo Emile Coué. “He hecho diversos y extensos experimentos con el objeto de descubrir las causas comunes del esfuerzo consciente que enfría la mente razonadora”. Dice el psicólogo Daniel W. Josselyn. “Parece que ello sea siempre debido, prácticamente, a la tendencia de exagerar las dificultades y la importancia de sus labores mentales, a tomarlas demasiado en serio y a temer hallarse incapaz para enfrentarse a las mismas. La gente que suele mostrarse elocuente en conversaciones incidentales llega a aparecer como idiotizada cuando asciende a la plataforma del orador. Simplemente debe de aprenderse que si uno puede interesar al vecino, también podrá atraer la atención de todos los vecinos o del mundo entero, y que uno no deben influirle, atemorizarle ni enfriarle las multitudes cualesquiera que sea la magnitud de las mismas”. (Daniel W. Josselyn: Why Be Tired? New York, Longmans, Green & Co., Inc.)
Nunca podremos conocer lo que no probamos
La tarea razonadora del pensamiento consciente consiste en examinar y analizar los mensajes que le llegan, a aceptar los verdaderos y en rechazar los falsos. Muchísima gente se siente alterada y zarandeada como una estera cuando llega un amigo y le dice de manera incidental: “Usted se ve de mal aspecto esta mañana”. Si el sujeto ha sido rechazado o reprendido por algún otro individuo, entonces se suele “tragar” ciegamente este concepto como un “hecho”, cuyo oculto significado consiste en que es, realmente, una persona inferior. La mayoría de las personas nos hallamos expuestas a la percepción continua de sugestiones negativas. Ahora bien, si nuestra mente consciente se halla entregada a su tarea no tendremos por qué aceptar “ciegamente” todas estas sugerencias. “Ello no es obligatoriamente así”, debemos contestarnos, empleando estas palabras como una excelente consigna.
La tarea más importante de la mente racional consciente consiste en formar conclusiones lógicas y correctas. “Fracasé una vez en el pasado, así es que, probablemente, tornaré a fracasar en el futuro”. Pensar así, no es, desde luego, lógico, ni racional. Llegar por adelantado a la conclusión de que “no puedo” o “no prodré”, sin siquiera intentarlo y sin tener la evidencia de lo contrario, no es un concepto racional. Sería la mismo que el caso del hombre a quién se le preguntó si podría tacar el piano. “No sé”, contestó. “¿Qué quiere decir con que ‘no sé’?” “Sencillamente, que no lo he hecho nunca”.
Decida lo que quiere, no lo que “no quiere”
Es también tarea del pensamiento racional consciente el decidir lo que usted quiere, así como seleccionar los objetivos que desea satisfacer y el concentrarse respecto a todo ello más intensamente que sobre ninguna otra meta que no desee alcanzar. Gastar tiempo y esfuerzo en concentrarse en algo que no quiere, no constituye una manera racional del proceso del pensamiento. Cuando se le preguntó al Presidente Eisenhower –cuando era el general Eisenhower en la II Guerra Mundial-, que efecto tendría sobre la causa aliada el hecho de que las tropas de invasión hubiesen sido rechazadas y obligadas a reembarcarse desde las costas de Italia, éste contestó: “Eso hubiera sido muy malo, pero nunca me permití pensar en ello”.
Tenga el ojo fijo en la pelota
Es, asimismo, tarea de su pensamiento consciente el tratar de prestar la mayor y más estricta atención a la obra que tiene entre manos, en lo que está usted haciendo y en lo que acontece a su alrededor, de tal manera que los mensajes sensoriales percibidos puedan mantener constantemente en estado de advertencia, con respecto al ambiente, a su mecanismo automático, y así lograr que éste responda a ellos de modo espontáneo. O sea, para expresarse en la jerga del béisbol “es necesario que tenga el ojo fijo en la pelota”.
No es tarea apropiada de su pensamiento racional consciente, por otra parte, el que usted mismo crée o haga la obra que tiene entre manos. Habremos, sin duda, de enfrentarnos a diversas dificultades en el momento en que descuidemos el empleo del pensamiento consciente, del modo preciso en que debe ser usado, o cuando intentemos emplearlo en formas en que jamás deberíamos hacer uso del mismo. Nunca podremos extraer el pensamiento creador, mediante un esfuerzo consciente, de nuestro propio mecanismo de creación. Nunca podremos “hacer” la tarea que debe ser hecha mediante los más arduos esfuerzos conscientes. Por otra parte, aquello que intentamos ejecutar y, sin embargo, no logramos hacerlo, nos preocupa en demasía y sólo nos produce ansiedad y frustración. El mecanismo automático es inconsciente. Así pues, no podemos presenciar el girar de las ruedas. Tampoco podemos saber qué es lo que acontece, se produce o está teniendo lugar debajo de la superficie. Además, como éste funciona de manera espontánea, reaccionando de la misma forma ante las necesidades presentes y corrientes que se le enfrentan, no podemos obtener por adelantado la garantía de cual sea la respuesta que el mecanismo automático habrá de producirnos. Nos encontramos, pues, forzados a mantener una disposición de confianza con respecto al mismo, y sólo mediante esta actitud de fe en su actuación podremos obtener las señales y las pruebas de las maravillas que ha de producirnos. En pocas palabras, el pensamiento racional consciente selecciona el objetivo, reúne la información, hace las conclusiones, calcula las estimaciones y pone las ruedas en movimiento. Sin embargo, nunca es responsable de los resultados obtenidos. Debemos, pues, aprender a hacer nuestro propio trabajo, a actuar sobre las mejores proposiciones obtenibles y dejar que los resultados se cuiden de sí mismos.

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