La felicidad es una buena medicina
La felicidad se genera en la mente humana y en su maquinaria psíquica. Pensamos, nos conducimos y sentimos mejor y estamos más sanos cuando somos felices. Inclusive nuestros órganos sensoriales fisiológicos funcionan mejor. El psicólogo ruso K. Kekcheyev experimentó con algunos individuos cuando estaban pensando ideas agradables y desagradables. Halló que cuando pensaban en ideas agradables veían mejor, tenían mejor sentido del gusto y del olfato y oían también de una manera superior, e incluso descubrían al tacto las cosas menos perceptibles. El Dr. William Bates comprobó que el sentido de la visualización mejora inmediatamente cuando el individuo está pensando en cosas agradables a viendo escenas que le complacen. Asimismo, Margaret Corbett ha hallado que la menoría mejora extraordinariamente y que la mente se libera de tensiones cuando el sujeto piensa en asuntos que son de su agrado. La medicina psicosomática ha demostrado, por otra parte, que nuestro estómago, hígado, corazón y todos los demás órganos interiores funcionan mejor cuando nos sentimos felices. Hace millares de años el rey Salomón decía en sus Proverbios: “Un corazón alegre nos hace tanto bien como una medicina, mientras un espíritu quebrantado nos seca hasta los huesos”. Es significativo, también, que lo mismo el judaísmo que el cristianismo, prescriben la alegría, el contentamiento, el agrado y la satisfacción como verdaderos medios para la consecución de una buena vida.
Los psicólogos de Harvard estudiaron la relación existente entre la criminalidad y los estados de felicidad, concluyendo que el viejo proverbio holandés que decía: “Las gentes felices no son nunca miserables” expresaba una verdad realmente científica. Hallaron que la mayoría de los criminales procedían de hogares desdichados y tenían una desgraciada historia en cuanto respecta a las relaciones humanas. Un estudio sobre la frustración, que se hizo en la Universidad de Yale durante un período de diez años, indicaba que la mayor parte de los casos que calificamos de inmorales y de hostilidad manifiesta respecto a los otros, se originan en nuestros propios estados de infelicidad. El doctor Schindler ha manifestado que la infelicidad es la sola causa de todas las enfermedades psíquicas y que la obtención de la dicha constituye el único medio posible de curación de las mismas. La propia palabra disease –enfermedad, en inglés- significa “estado de infelicidad” –también en inglés-: Dis-ease. Una encuesta reciente ha demostrado que los hombres de negocios “que miran al lado brillante de las cosas” obtienen en sus empresas mucho mayor éxito que los pesimistas.
Parece ser, pues, que el sentido popular acerca de la felicidad se las ha arreglado de manera de conseguir la carreta antes del caballo. “Sé bueno –decimos-, y serás feliz”. “Sería feliz –solemos decir-, si obtuviésemos éxito y salud”. “Se bueno y ama a los demás, y obtendrás la felicidad”. Ello estaría más próximo a la verdad si dijésemos: “Se feliz, y serás bueno, tendrás más éxito en la vida, serás más sano y observarás mayor caridad hacia tu prójimo”.
Conceptos comunes equivocados acerca de la felicidad
La felicidad no es algo que se gana o se merece. La felicidad no es tampoco un proceso moral, lo mismo que la circulación de la sangre no constituye, en ninguna medida, una proceso de carácter ético. Sin embargo, tanto la felicidad como la circulación de la sangre son necesarias para mantener la salud y el bienestar. La felicidad constituye simplemente “un estado mental en el cual nuestro pensamiento funciona con agradabilidad la mayor parte del tiempo.” Si usted espera hasta que merezca pensar en ideas complacientes, se hallará inclinado a elaborar malas ideas acerca de su propia indignidad. “La felicidad no constituye la recompensa de la virtud –decía Spinoza-, sino que es la virtud en sí misma; no nos deleitamos en el estado feliz porque retengamos nuestros vehementes deseos, sino, al contrario, nos deleitamos en la felicidad, porque, a causa de ella, somos capaces de refrenar aquéllos”. (Spinoza, ETICA).
El propósito de la felicidad no denota egoísmo
Muchas personas sinceras se desaniman al tratar de buscar la felicidad porque sienten que esa búsqueda constituiría una tendencia egoísta y moralmente detestable. La carencia de egoísmo no sólo no hace nada para la obtención de la felicidad, sino que, al inclinarnos a la introversión nos insta a que nos fijemos en nuestros defectos, pecados y dificultades (ideas desagradables), o a enorgullecernos de nuestra “bondad”, y todo ello nos impide expresarnos de una manera creadora, así como satisfacernos de la ayuda que proporcionemos al prójimo. Una de las ideas más agradables para cualquier ser humano consiste en pensar que se es necesario a alguien y que somos lo suficientemente importantes y competentes para ayudar a ser felices a otros sujetos. Sin embargo, si nos forjamos un compromiso moral con respecto a la felicidad y concebimos ésta como algo que debe ser ganado o como una especie de recompensa por habernos mostrado generosos, en ese caso, es probable que nos sintamos culpables del deseo de ser felices. La felicidad se produce por ser generosos y actuar generosamente –como complemento natural al “ser” y al “comportamiento”, y no como producto de un precio calculadamente elevado. Si somos recompensados por comportarnos sin egoísmo y ser “inegoístas”, el lógico paso siguiente consistirá en suponer que cuanto más abnegado y capaces de sufrimiento nos hagamos, más felices seremos. Esta premisa nos conduciría a la absurda conclusión que el camino para ser felices consiste en “ser infelices”.
Si existe en ello algún proceso moral, éste hallaríase sin duda más inclinado a la felicidad que a la desgracia. “La actitud de la infelicidad no es sólo dolorosa sino que también posee algo que repugnante –dice William James-. ¿Qué puede ser más envilecedor e indigno que el mostrar rasgos serviles, ser gimoteador y mendigante, no importa qué males superficiales hayan engendrado estos vicios y defectos? ¿Qué ofende más al prójimo? ¿Qué es lo que menos ayuda a salir de una dificultad? Esto sólo acelera el proceso de la dificultad y perpetúa lo que la ocasionó, aumentando el mal total de la situación creada”.
La felicidad no debe concebirse en el futuro, sino que debemos hallarla en el presente
“No vivimos nunca, sino solamente estamos a la expectativa de poder vivir; mirando siempre hacia delante, para hallar la felicidad en el futuro, es inevitable que nunca vivamos felizmente”, decía Pascal.
He hallado entre mis pacientes que una de las causas más comunes de la infelicidad consiste en que a veces intentamos vivir la vida constriñéndola a un plan de pago retardado. Las personas sometidas a tal disposición no viven ni gozan de la vida ahora, sino que esperan, para vivirla, algún acontecimiento o suceso ulteriores. Serán felices cuando lleguen a casarse, consigan mejor empleo o hayan pagado la casa; cuando los niños hayan salido del colegio, hayan cumplido alguna tarea prefijada u obtenido una victoria. Siempre, pues, estarán desilusionadas. La felicidad es un hábito mental, una actitud también mental y si no aprendemos esto y no lo practicamos en el presente nunca llegaremos a experimentarla. La felicidad no puede depender de la solución de un problema externo. Cuando solucionamos un problema aparece otro para ocupar el puesto anterior. La vida constituye una serie de problemas. Si usted va a ser feliz del todo, debe ser dichoso. ¡Punto! Nunca obtendrá la felicidad “a causa de”.
“He reinado hasta ahora –escribió el Califa Abderramán-, en victoria o en paz, alrededor de cincuenta años; fui amado por mis súbditos, soñado por mis enemigos y mis aliados me respetan. Riquezas y honores, poder y placer aguardan mi llamada, parece ser que cada una de las bendiciones terrenales hayan sido evocadas para que concurriesen a mi felicidad. En esta situación conté diligentemente los días de dicha pura que me han caído en suerte: sólo llegan a catorce”.
La felicidad es un hábito mental que podemos cultivar y debemos desarrollar
“La mayoría de los individuos son tan felices como quieren serlo mentalmente”, decía Abraham Lincoln.
“La felicidad es un estado de ánimo puramente interno –dice el psicólogo Dr. Matthew N. Chappel-. Se produce no por los objetos, sino por la idea, los pensamientos y las actividades que pueden desarrollarse y formarse por la propia actividad de los individuos, no importa el ambiente en que éstos se hallen”.
Nadie más que un santo puede ser feliz el ciento por ciento del tiempo. Y, como George Bernard Shaw dice bromeando, todos seríamos unos indigentes si nos consagrásemos a un estado de continua santidad. Pero podremos, meditando en ello y haciendo una simple decisión, ser felices y pensar en cosas agradables la mayor parte del tiempo al observar que multitud de acontecimientos y circunstancias de la vida diaria son las que nos convierten realmente en seres desgraciados. En gran parte, solemos reaccionar a los pequeños y despreciables disgustos, a las frustraciones y cosas parecidas, con insatisfacción, resentimiento e irritabilidad, sobre todo, por no tener el hábito de reaccionar de manera distinta. Hemos practicado durante tanto tiempo el reaccionar de ese modo que el mismo se nos ha hecho habitual. Muchas de estas desgraciadas reacciones habituales fueron producidas por algún acontecimiento que interpretamos como un golpe dirigido a nuestra autoestimación: un conductor que nos toca su bocina innecesariamente; alguien que nos interrumpe y no pone atención a lo que estamos hablando; este otro individuo que no viene a nuestro encuentro como habíamos pensado que lo haría. Inclusive, podemos interpretar algunos acontecimientos de carácter impersonal, y hacernos reaccionar a ellos, como si hubiesen sido meras afrentas infligidas a nuestro sentimiento de autoestimación. Por ejemplo: el autobús que intentábamos tomar llega demasiado tarde; ha estado lloviendo precisamente cuando queríamos ir a jugar al golf; el tráfico se halla interrumpido en el preciso momento en que teníamos que ir a tomar un avión. Reaccionamos, entonces, con ira, resentimiento y autopiedad, es decir con actitudes de infelicidad.
Cese de dedicarse a los asuntos que le hagan caminar confuso alrededor de lo que verdaderamente tiene que hacer
El mejor procedimiento que he logrado hallar para combatir esta clase de cosas consiste en el empleo de la propia arma de la infelicidad, esto es, el sentimiento de la autoestimación. “¿Ha presenciado alguna vez un espectáculo de T.V., tratando de observar cómo dirige el auditorio el maestro de ceremonias? –le pregunté a un paciente-. Nos hace una seña que quiere decir ‘aplaudan’, y todo el mundo aplaude, entonces. Nos hace otra que quiere decir ‘rían’, y todo el mundo ríe. Los espectadores actúan como corderos, como si fueran esclavos, y reaccionan exactamente lo mismo como se les dice que deben reaccionar. Usted sigue un comportamiento idéntico. Deja que pasen los acontecimientos por delante de sus narices, y otra persona le dicta el modo cómo debe sentirse y cómo debe reaccionar. Se comporta como un esclavo obediente, y obedece cómo una circunstancia u otro acontecimiento le indica que debe hacerlo: ‘enfádese’, ‘llénese de ira’ o ‘ahora es el momento de que se sienta infeliz’.
En el momento en que aprenda el hábito de la felicidad, usted se convertirá en un patrón, en vez de transformarse en un esclavo, o, como dijo Robert Louis Stevenson: “El hábito de ser felices nos hace liberar, o nos libera, en la mayor parte, de la dominación de las circunstancias y condiciones superficiales circunstanciales”.
Su opinión puede sumarse a los acontecimientos desgraciados
El acontecimiento envuelto en las condiciones más trágicas, así como también el más adverso de los ambientes, podemos, con frecuencia, transformarlos en más felices –cuando no completamente felices-, si no le añadimos a la desgracia nuestros propios sentimientos de autoconmiseración, resentimiento y propias opiniones adversivas.
“¿Cómo podría ser feliz?” –me demandó la esposa de un alcohólico-. “No lo sé –le dije-, pero usted podría alcanzar un mayor grado de felicidad si se resuelve a no añadirle sentimientos de autoconmiseración y resentimientos a las desgraciadas circunstancias que la cercan”.
“¿Cómo puede ser posible que alcance yo la felicidad? –me preguntó un hombre de negocios-. Acabo de perder doscientos mil dólares en el mercado. Estoy arruinado y me hallo hundido en la más honda desgracia”.
“Usted puede ser más feliz –le dije-, si procura no añadir su propia opinión a los hechos incontrovertibles. Es un hecho que usted ha perdido doscientos mil dólares. Entonces, usted opina que se halla arruinado y en la desgracia”.
Le sugerí, entonces, que tratase de memorizar un dicho de Epicteto, el cual ha sido siempre uno de mis aforismos favoritos: “Los hombres se inquietan y perturban –decía el sabio-, no por las cosas que acontecen, sino por la opinión que tienen respecto a las cosas que les ocurren”.
Cuando anuncié que quería hacerme médico, se me dijo que eso no podría ser, porque mi familia carecía de dinero. Era un hecho que mi madre no poseía recursos monetarios. Constituía, pues, solamente una opinión la idea de que yo no podría hacerme nunca médico. Más tarde se me dijo que nunca podría hacer cursos de especialización en Alemania, y que sería imposible para un joven cirujano plástico pender su propia muestra de consultorio e ir a establecerse por sí mismo en Nueva York. Sin embargo, hice todas estas cosas, y, precisamente, uno de los argumentos que más me ayudó a ello consistió en recordarme a mí mismo que todos estos “imposibles” constituían meras opiniones y no hechos. No sólo me las arreglé para alcanzar mis objetivos, sino que llegué a sentirme feliz en el proceso de estas consecuciones, incluso cuando tuve que empeñar mi abrigo, para adquirir libros de medicina, ahorrándome los buenos menús y haciendo comidas miserables, con el objeto de adquirir cadáveres para mis estudios y prácticas. Además, estaba enamorado de una hermosa muchacha. Ella casó con otro. Estos eran hechos verdaderos. Llegué a considerar que todo ello constituía una mera opinión; que, en realidad, en hecho no era una catástrofe y que no había que tomarlo como si la vida no valiera la pena de vivirla. No sólo superé la desdicha, sino que logré transformarla en una de las circunstancias más felices que jamás me hayan acontecido.

No hay comentarios:
Publicar un comentario