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domingo, 25 de octubre de 2009

PSICO-CIBERNETICA -45-



Actitud para el logro de la felicidad

Hemos señalado anteriormente que ya que el hombre es un sujeto perseguidor de objetivos, funciona normal y naturalmente cuando se dirige a la consecución de alguna meta positiva y lucha por alcanzar un fin deseable. La felicidad constituye un síntoma de funcionamiento normal y natural, y cuando el hombre opera como perseguidor de objetivos, entonces tiende a sentirse completamente feliz cualesquiera que sean las circunstancias en que se halle. Mi joven amigo, ejecutivo de negocios, se sentía sumamente desdichado por haber perdido doscientos mil dólares. Thomas A. Edison perdió en un incendio un laboratorio que valía millones de dólares, el cual, además, no lo tenía asegurado. “¿Qué hará usted en el mundo?” –le preguntó alguien-. “Comenzaremos a reconstruirlo mañana por la mañana” –respondiole Edison-. Continuaba, pues, manteniendo una actitud agresiva, aún persistía, a pesar de las desgracias, en la persecución de sus objetivos. Precisamente porque continuó manteniendo esa agresiva actitud de “buscador de metas”, tuvo la buena suerte de no haberse sentido nunca infeliz a causa de la pérdida.
El psicólogo H.L. Hollingworth ha dicho que la felicidad requiere la presencia de problemas más la actitud mental que nos prepare a enfrentarnos a los desastres, mediante la acción que ha de conducirnos a solucionarlos.
“La mayor parte de nuestro concepto con respecto a lo que solemos llamar el mal, es debida al modo con que los hombres suelen apreciar los fenómenos psíquicos –decía William James-, éstos pueden ser convertidos, con frecuencia, en un buen tónico, mediante un simple cambio que se opere en la actitud interna del paciente, transformando ésta de temerosa a combativa; los remordimientos pueden obligarnos a apartarnos de nuestra senda, y volver al gusto, cuando, luego de haber tratado de hundirnos vanamente, llegamos a la determinación de enfrentarnos a ellos y conducirnos con alegría. Un hombre es simplemente herido en el honor a causa de la reverencia que profesa a muchos de los hechos que, al principio, parece perturbarle la tranquilidad al tratar de adoptar este modo de escape. Rehuse admitir el concepto de maldad que tenga con respecto a su persona; desdeñe la fuerza del mismo; ignore su presencia; vuelva su atención hacia la cosa opuesta, y, en tanto usted se interese en ello, en cualquier grado, aunque los hechos puedan existir todavía, el mal carácter de los mismos no existirá por más tiempo. Ya que usted hace a los hechos buenos o malos, por sus propias ideas acerca de ellos, es sólo la dirección de sus pensamientos la que demuestra ser su principal incumbencia”. (William James, The Varieties of Religious Experience, New York, Longmans, Green & Co.)
Al examinar mi vida pasada, puedo ver que algunos de mis años más felices fueron aquellos en que luchaba denodadamente, para ganarme la vida, al mismo tiempo en que estudiaba medicina, exactamente igual que durante mis primeros días de práctica profesional. Muchas veces estuve hambriento. Padecí frío andaba mal vestido. Trabajé con dureza un mínimo de doce horas al día. Muchas veces, de mes a mes, no sabía de dónde me iría a venir el dinero para poder pagar la renta. Mas tenía que llegar a una meta. Sentía un deseo tremendo de alcanzarla y manifesté una decidida persistencia que me hizo seguir trabajando hasta llegar a obtenerla.
Relaté todo esto al joven ejecutivo de negocios y le sugerí que la causa real de su sentimiento de infelicidad no consistía en que hubiera perdido 200,000 dólares sino en que se había desviado de su meta; había perdido para decirlo con pocas palabras, la actitud agresiva y estaba comportándose en forma pasiva en vez de hacerlo activamente.
“Debo haber estado loco –me dijo más tarde-, por dejarle convencerme que la pérdida del dinero no era lo que me hacía desgraciado, pero le estoy tremendamente agradecido porque lo haya hecho así”. Cesó de lamentarse acerca de su desgracia, “enfrentose a ella”, se puso a perseguir otro objetivo y comenzó a trabajar para llegar a conseguirlo. A los cinco años, no sólo tenía más dinero que en cualquier otro momento anterior de su vida, sino que, por primera vez, dedicose a un negocio de su completa satisfacción y gusto.
Ejercicio práctico: Fórmese el hábito de reaccionar agresiva y positivamente –respecto a las amenazas y los problemas con que haya de enfrentarse. Fórmese el hábito de hallarse constantemente orientado a la consecución de un objetivo, sin cuidarse de lo que le acontezca. Haga ello practicando una actitud positiva de agresión, adaptándose a las diversas situaciones de cada día, tanto en la realidad como imaginativamente. Véase en su imaginación adoptando una actitud positiva e inteligente para solucionar un problema o alcanzar un objetivo. Véase reaccionando ante las amenazas sin rehuírlas o evadirse de ellas, sino enfrentándose a las mismas, tratándolas y dirigiéndolas de una manera inteligente y agresiva. “La mayoría de los individuos se muestran solamente valientes con respecto a los peligros a que están acostumbrados, ya sea en la imaginación o en la práctica de la vida real”, dijo Bulwer-Lytton, el célebre novelista inglés.


Practique sistemáticamente “la sana elaboración de pensamientos”

“La medida de la salud mental consiste en la disposición de hallarse bien en cualquier lugar”, expresó nuestro más famoso moralista Ralph Waldo Emerson.
La idea de que la felicidad, o permanecer pensando en ideas agradables la mayor parte del tiempo, pueda ser cultivada deliberada y sistemáticamente, de una manera más o menos fría, en la práctica asombra a muchos de mis pacientes, y este asombro les obliga a concebirla, como increíble, si no burlesca, cuando se les llega a sugerir por primera vez. Sin embargo, la experiencia ha demostrado que no sólo se puede hacer esto, sino que es además el único modo en que podemos cultivar el hábito de la felicidad. En primer lugar, la felicidad no es algo que le acontezca. Es algo que usted se produce a sí mismo o se determina a hacer. Si espera que la felicidad llegue a usted de un solo golpe, o que se le presente de pronto, o se la traigan otras personas, tendrá posiblemente que esperar un largo rato. Nadie puede decidir lo que sus propias ideas harán de sí mismo. Si espera hasta que las circunstancias vayan a justificarle el pensar en ideas agradables, tendrá seguramente que esperar toda una eternidad. Cada día se nos presenta con una mezcla de bien y de mal; no existe un solo día o circunstancia que sea bueno en un ciento por ciento. El mundo aparece lleno de elementos y “hechos” que influyen a todas horas en nuestras vidas personales, los cuales “justifican” un estado de ánimo malhumorado y pesimista, o bien otro optimista y feliz, circunstancias que superan nuestras capacidades de selección. Esto depende, pues, de nuestra propia selección, de la atención que le dediquemos y de la decisión que hayamos de tomar al respecto. No tiene nada que ver con nuestra honestidad o carencia de honradez intelectuales. El bien es tan “real” como el mal. Todo dependerá, pues, del asunto que seleccionemos para concederle nuestra mayor atención y de las ideas que mantengamos en mente.
La selección deliberada de pensar en ideas agradables es más que un paliativo. Con esta disposición podremos obtener resultados prácticos. Carl Erskine, el famoso pitcher de béisbol, ha dicho que el pensar mal le hace cometer más faltas que el lanzar mal la pelota: “Un solo sermón me ayudó más a superar mejor la presión que las circustancias, que los consejos de cualquier coach. La idea del mismo es muy parecida a la que presenta una ardilla al guardar las nueces; también nosotros deberíamos almacenar en nuestras memorias los diversos momentos de felicidad y de triunfo que hayamos vivido, de tal forma que en una crisis podamos evocar estos recuerdos para que nos sirvan de ayuda e inspiración. Cuando era niño, solía pescar en la ribera de un arroyuelo que corría precisamente al lado de mi casa del pueblo. Puedo recordar vívidamente este lugar, el cual se hallaba en el centro de un gran prado verde rodeado por altos y frescos árboles. En cualquier momento en que suelo sentirme lleno de tensiones por algo, ya sea dentro o fuera del campo de juego, concentro mi memoria en esta descansada escena y, en seguida, se me sueltan y liberan los nervios”. (Norman Vincent Peale, ed., Faith Made Them Champions, Englewood Cliffs, N.J.,Prestice-Hall, 1954).
Gene Tunney nos da cuenta de la manera como se concentró en unos cuantos hechos falsos que casi le hicieron perder su primera pelea con Jack Dempsey. Cierta noche despertó presa de una pesadilla. “La visión era de mi misma persona, y apariencia sangrante, aporreado e inválido, hundido en la lona, en donde seguía después de que me hubiesen terminado la cuenta. No podía cesar de temblar. Allí mismo había perdido ese combate del cual esperaba tanto: el campeonato…
¿Qué podía hacer acerca de este terror? Podía adivinar la causa. Había estado pensando de un modo falso acerca del combate. Había leído los periódicos, y todo lo que decían era el cómo y el porqué Tunney iba a perder la pelea. A través de los diarios ya estaba perdiendo el combate en mi propia mente.
“Parte de la solución consistía en algo obvio: cesar de leer periódicos; dejar de pensar en la amenaza de Dempsey, en su punch asesino y en la ferocidad de su ataque. Simplemente, tenía que cerrar las puertas de mi mente a las ideas destructivas y entretener mis ideaciones con otras cosas”.


El agente de ventas que necesitaba una intervención quirúrgica en sus pensamientos más que en su nariz

Un joven agente de ventas se decidió a abandonar su empleo cuando me consultó acerca de la necesidad de hacerse una operación en la nariz. Su nariz era un poco más grande de lo normal, pero no “repulsiva” como el interesado sostenía. Sentía que sus posibles clientes reíanse secretamente de su nariz o que sentían repulsión hacia él a causa de ésta. Era un “hecho” que poseía una nariz grande. Era también un “hecho que tres clientes le habían llamado para quejarse del rudo y hostil comportamiento que había observado con respecto a ellos. Era, así mismo, un hecho que su jefe le había puesto en plan de prueba y que él no había ejecutado una sola venta durante dos largas semanas. En lugar de someterse a una operación de la nariz, le sugerí que debiera prestarse a que le operasen “su manera de pensar”. En el plazo de unos treinta días se le extirparían todas estas ideas negativas. Hallábase en completa ignorancia respecto a todos los “hechos” negativos y desagradables de su situación, y deliberadamente enfocó la atención en los pensamientos que le complacían. Al final de los treinta días, no sólo se sintió mejor, sino halló que tanto los clientes en prospecto como los clientes efectivos observaban mejores relaciones amistosas hacia él, sus ventas aumentaron progresivamente y el propio jefe le llegó a felicitar públicamente en una reunión de ventas.


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