¿No le ha asombrado alguna vez “el porqué”, la “urgencia” o el deseo de jugar parecen ser instintivos en la naturaleza humana? Mi propia teoría consiste en que esta universal “urgencia” de arriesgarse o jugarse el todo por el todo es un instinto que al emplearlo correctamente nos excita a aventurar algo de nosotros mismos para tener la oportunidad de comprobar nuestras propias fuerzas creadoras. Cuando poseemos la suficiente fe y actuamos con valor, eso es precisamente lo que estamos haciendo: arriesgarnos y valernos de una oportunidad para poner en funcionamiento los dones creadores que Dios nos concedió. También incluyo en mi teoría la idea de que el individuo que frustra en sí este instinto natural, al rehusar vivir en una manera creadora y comportarse con valentía, es la misma persona que se convierte en “jugador febril” y se aficiona de manera harto perjudicial a las mesas de juego. El hombre que no se vale de la oportunidad de exponer su propia vida debe desafiar alguna cosa externa. También el hombre que no se comporta con valor, a veces busca en la bebida este sentimiento. La fe y el valor son instintos naturales del ser humano y, por lo tanto, sentimos la necesidad de expresarlos, ya sea de una u otra manera.
Receta: Propóngase, desde luego, cometer las menos faltas posibles y sentir el menor dolor que pueda para tratar de conseguir lo que quiera. No se venda barato. “La mayoría de la gente –dice el general R. E. Chambers, Jefe de la Sección Consultora de Neurología y Psiquiatría del Ejército, no sabe lo valiente que es. En realidad, muchos héroes en potencia, hombres y mujeres, viven en deuda perpetua con sus propias vidas. Si pudieran saber que poseen estos profundos recursos, ello les ayudaría a proporcionarles la autoconfianza necesaria para enfrentarse a la mayoría de los problemas que se les pudieran presentar inclusive en las más grandes crisis”. Usted dispone de los recursos necesarios, pero nunca sabrá que los posee hasta que no tenga una ocasión en qué emplearlos para que funcionen en su propio beneficio.
Otra sugestión que podría ayudarle consiste en practicar un comportamiento audaz y valeroso en relación con las cosas menos importantes. No espere hasta que pueda convertirse en un gran héroe en alguna crisis peligrosa. La vida diaria también requiere valor, y, al practicar el valor en las pequeñas cosas, también desarrollamos la fuerza y el talento para actuar valerosamente en asuntos de mayor importancia.
4. LA CARIDAD
Las personalidades de éxito siempre observan con interés lo que concierne al prójimo: respetan los problemas y las necesidades de las personas ajenas, honran la dignidad de la persona y tratan a los individuos extraños como si fueran seres humanos en vez de considerarlos como a piezas que se hallasen incluidas en su propio juego. Reconocen que cada persona es una criatura de Dios y que ésta constituye una individualidad que merece respeto y digno trato.
Es un hecho psicológico que nuestros sentimientos acerca de nosotros mismos tienden a corresponder con los sentimientos que observamos hacia las otras personas. Cuando un individuo comienza a sentirse más magnánimo con respecto a los seres ajenos, también, y ello de manera invariable, empieza a mostrarse más caritativo consigo mismo. La persona que cree que “la gente no es importante” no puede concebir un profundo respeto ni una gran consideración hacia sí, ya que ella es también “gente”, y, con el juicio idéntico que aprecia a los demás, exactamente habrá de juzgarse en su propio pensamiento. Uno de los mejores métodos que existen para superar el sentimiento de culpabilidad estriba en el hecho de cesar de condenar al prójimo en nuestra propia mente, en dejar de juzgarlo, culparle y odiarle por sus errores. Podrá, pues, cultivar y desarrollar una autoimagen mejor y más adecuada cuando comience a sentir que las personas ajenas valen más que lo que usted creía.
Otra razón por la que la caridad hacia el prójimo constituye un síntoma de la personalidad de éxito, débese a que ello significa que la persona que tal siente y hace, sabe enfrentarse con la realidad. La gente es importante. Los seres humanos no pueden ser tratados durante mucho tiempo como animales, máquinas o fichas de juego para valerse de ellos como de instrumentos de los fines personales que se persiguen. Hitler llegó a descubrirlo bien. Asimismo lo lograrán averiguar otros tiranos en cualquier lugar que desempeñen sus funciones y actúen sus caracteres, ya sea en el hogar, en los negocios o en cualquier otra circunstancia o lugar concernientes a las relaciones entre los seres humanos.
Receta: La receta para la adquisición o conservación del sentimiento de caridad se compone de tres partes: 1) Procure cultivar un aprecio genuino hacia la gente mediante la percepción de la verdad acerca de ella, pues los individuos son criaturas de Dios que constituyen personalidades únicas y seres creadores. 2) Tómese la molestia de inhibirse de juzgar los sentimientos, puntos de vista, deseos y necesidades del prójimo. Piense más en lo que una persona ajena pueda querer y en cómo se debe sentir. Un amigo mío suele mantener con su esposa el siguiente diálogo: “¿Me quieres?” –“Sí, en el instante en que dejo de pensar en ello”. Hay mucho de verdad en esto. No podemos sentir nada acerca de otra persona, al menos que cesemos de pensar en ello. 3) Procure concebir que los individuos ajenos son importantes y compórtese con ellos de la manera que corresponde a este principio. Cuando trate a otras personas observe la debida consideración acerca de los sentimientos de las mismas, pues es absolutamente cierto que es idéntica forma que tratamos a las personas y a los objetos, así consideramos a las unas y a los otros.
5. LA ESTIMACIÓN
Hace algunos años escribí un comentario a “Las palabras por qué vivir”, el cual fue publicado en This Week Magazine. En este artículo, comentando lo dicho por Carlyle: “¡Alas! La irreligión consiste en no creer en sí mismo”, decía yo lo siguiente:
“De todas las trampas y engaños que nos presenta la vida, el automenosprecio aparece como el sentimiento de más laboriosa y difícil superación, ya que ha sido proyectado y cultivado por nuestras propias manos y la síntesis del mismo se concentra en esta frase: ‘No tengo empleo posible; no puedo hacer nada’.
“La pena se sucumbir a este sentimiento es pesada, tanto para el individuo, en términos de las recompensas materiales perdidas, como para las ganancias de la sociedad, en cuanto concierne al progreso alcanzado.
“Como médico puedo señalar también que el derrotismo presenta aún otro aspecto –uno bastante curioso muy difícil de reconocer-. Es más que posible que las palabras citadas constituyen la propia confesión de Carlyle, tanto respecto al secreto que se esconde detrás de su aseveración como en lo que concierne a su tempestuoso temperamento, irascible voz y espantosa tiranía doméstica.
“Carlyle, naturalmente, constituía un caso extremo. ¿Pero no es acaso en esos días en que estamos sometidos a la incredulidad cuando dudamos con mayor fuerza y nos sentimos más incompetentes para cumplir nuestras tareas; no es precisamente entonces cuando nos hallamos más intranquilos por encontrarnos solos?”
Podemos simplemente meter en nuestras cabezas la idea de que mantener una baja opinión de nosotros mismos no constituye una virtud sin un defecto. Los celos, por ejemplo, que a tantos matrimonios conducen al desastre, casi siempre son producidos por la duda. La persona que posee adecuada autoestimación no siente la hostilidad hacia el prójimo, no se cree dispuesta a comprobar nada, puede ver los hechos con mayor claridad y tampoco implora, quejumbrosamente, la compasión de nadie.
El ama de casa que cree en que una insignificante operación en el rostro podría hacer que la apreciaran más sus hijos y su esposo, realmente necesita valorizarse más a sí misma. La edad madura, más unas cuantas arrugas y unos pocos cabellos blancos le han hecho perder su autoestimación, convirtiéndola en un ser supersusceptible a las inocentes indicaciones y actos de su familia.
Receta: Cese de soportar una imagen mental en que se represente como un ser derrotado y sin valor. Deje de dramatizarse como sujeto digno de piedad a quien ha perseguido la injusticia. Haga uso, por último, de los ejercicios prácticos de este libro para tratar de formarse una autoimagen adecuada.
La palabra “estimación” significa literalmente “aprender el valor de”. ¿Acaso los hombres han de asombrarse y empavorizarse ante el espectáculo que forman las estrellas, la luna, la inmensidad del mar, la belleza de un crepúsculo florido, y, al mismo tiempo, han de rebajarse a sí mismos? ¿No hizo el mismo Creador al hombre? ¿No es el hombre, acaso, la más maravillosa de todas las criaturas? Esta estimación del valor propio no representa el egotismo, a menos que se presuma que el individuo se ha autohecho. No menosprecie el producto a causa de que no lo haya empleado correctamente. No culpe infantilmente al objeto por los errores que usted mismo cometa; ello sólo digno del escolar que dice: “Esta máquina no sabe escribir con ortografía”.
El mayor secreto de la auto estimación consiste en comenzar a apreciar más a la gente y en mostrar respeto a cualquier ser humano por el hecho de que es una criatura de Dios y un objeto de valor. Deténgase y piense en cómo va a tratar a su prójimo. Está tratando con una “única creación individual del Creador”. Practique el tratamiento con la persona ajena como si ésta tuviera su valor propio, y, bastante sorpresivamente para usted mismo, su autoestimación aumentará sin cesar, ya que el verdadero “autoaprecio” no deriva de lo que haya hecho ni de sus propios pensamientos, sino de la apreciación de lo que es usted por sí mismo: una criatura de Dios. Cuando llegue a obtener esa creencia habrá necesariamente de concluir que todas las demás personas deben ser apreciadas por esta exclusiva y única razón.

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