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lunes, 13 de septiembre de 2010

Iván Petfovich Pavlov

Fuente: Felice Piersanti

Iván Petfovich Pavlov.

El método experimental de la investigación científica, que se había afirmado en el siglo XVIII, tuvo en el XIX y a comienzos del XX un excepcional desarrollo. El mismo se vio ilustrado por algunos grandes científicos, que no lo fueron tanto sólo por las investigaciones que desarrollaron o por los descubrimientos que efectuaron sino también porque estas investigaciones sirvieron como base para la resolución de problemas más generales y para proponer una particular concepción del mundo. Los nombres de algunos de ellos son universalmente conocidos; basta con pensar en Darwin, quien partiera de determinadas observaciones inherentes a las ciencias naturales para desarrollar la teoría general de la evolución de las especies vivientes; basta con pensar en Freud, quien elaboró un método de introspección que permite estudiar la psicología del inconsciente.

Entre estos científicos, Iván Petróvich Pavlov ocupa un puesto de gran relieve. Partiendo de una serie de observaciones científicas experimentales, desarrolló una concepción general de la actividad nerviosa superior de los animales y del hombre, que tiende a explicar el comportamiento y el pensamiento, ya no más aislados en una abstracción de laboratorio, sino en estrecha relación con el ambiente externo —para el hombre, esencialmente el ambiente social—, el que condiciona decididamente ambos aspectos.
Pavlov condujo este estudio con métodos fisiológicos y objetivos de rigor absoluto. Siempre se negó a aceptar explicaciones psicológicas, esforzándose por llegar a la actividad nerviosa superior mediante el estudio de determinadas reacciones externas del organismo, que pueden ser documentadas experimentalmente.

Resulta evidente que todo pensador propone en términos tal vez "partidarios" su propia concepción científica, y los desarrollos sucesivos demostraron que también la psicología tiene su lugar en el estudio del pensamiento humano. Sin embargo, el aporte de Pavlov fue decisivo porque trajo consigo una oleada de profundo rigor científico a un sector que por siglos había estado abandonado a las ilaciones y las suposiciones menos argumentadas y restituyó a la fisiología, en lugar de un organismo sub-dividido en varios sectores, en la antinomia de la materia y de la psiquis, el organismo animal indivisible y entero. Según las palabras de Pavlov, que con su habitual modestia hacía recaer el mérito en el fisiólogo ruso del siglo XIX Iván Mijáiovich Sechenov y en sus propios colaboradores antes que en sí mismo, éste es justamente "el mérito ruso ante la ciencia mundial y el pensamiento humano universal".

Para conquistar este mérito, Pavlov trabajó durante toda su larguísima existencia con modestia, tenacidad, pasión, manteniéndose —digno hijo de un siglo de experimentadores— firmemente aferrado a los hechos. Su método de trabajo fue en todo y por todo similar al que recomendaba a los jóvenes científicos en una Carta a la Juventud que escribiera en 1935:

"Estudiad el abecé de las ciencias antes de intentar alcanzar las cimas. No emprendáis jamás un nuevo capítulo si no sabéis perfectamente el precedente. No tratéis jamás de compensar la insuficiencia de vuestros conocimientos con suposiciones e hipótesis, ni siquiera las más audaces... Aprended a ser observadores y pacientes. Habituaos a hacer los trabajos científicos más ordinarios. Estudiad, comparad, acumulad hechos... Sin los mismos no podréis nunca elevaros. Sin los mismos, vuestras «teorías» serán esfuerzos vanos. Pero aun estudiando, experimentando, observando, esforzaos por no quedar en la superficie de los hechos. No seáis coleccionistas de hechos. Tratad de penetrar el misterio de su origen. Buscad con perseverancia las leyes que los regulan.
"En segundo lugar, modestia. Jamás penséis saberlo todo ya... No permitáis que el orgullo se apodere de vosotros. Os hará obstinar cuando sería necesario ceder; os hará rechazar un consejo útil y una ayuda amigable y os hará perder la medida de la objetividad... "En tercer lugar, pasión. Recordad que la ciencia exige al hombre toda su vida. Y si tuvierais dos vidas, las mismas no serían suficientes. Es una fuerte tensión y una gran pasión lo que la ciencia exige del hombre...",

Con los grandes científicos nacidos en el siglo XIX y que trabajaron en los siglos XIX y XX, llegando, podemos decir, hasta Einstein, Iván Petróvich Pavlov tiene en co¬mún la capacidad de haber impuesto su precisa dirección a la ciencia, manteniendo en sus investigaciones, como ya comentáramos, una visión general.

La extremada especializaron que alcanzara y que continúa acrecentando la ciencia de nuestros días creó la necesidad del trabajo de equipo, ya que sólo el trabajo de grupo puede otorgarle a la actividad científica la visión unitaria que le es ncesaria y sin la cual la ciencia termina por transformarse en una árida técnica inhumana. Contra este peligro, la enseñanza que se desprende de la vida y la obra de los científicos que fueron también, y sobre todo, pensadores —los Darwin, los Freud, los Pavlov, los Einstein, justamente— permanece como viva y actual advertencia para nosotros.

La infancia y la familia.

"Nací en Riazán en 1849, en la familia de un sacerdote" —escribe Pavlov mismo en su autobiografía, demasiado sucinta. Algunas noticias suplementarias acerca de la infancia del científico y de su familia, singular en muchos aspectos, podemos obtenerlas en los Recuerdos, que Pavlov comenzó a escribir en la forma de obra literaria, interrumpiéndolos luego de las primerísimas páginas, por motivos desconocidos, pero casi ciertamente inherentes a su muy intensa actividad científica, prolongada, puede decirse, hasta el día en que murió, a la edad" de 86 años bien cumplidos. Es una verdadera pena porque en aquellas pocas páginas el gran fisiólogo se revela como escritor brillante y atrayente, hábil en la tarea de describir en pocos rasgos las características de los diversos personajes. En la familia Pavlov, la carrera eclesiástica, en los rangos menos elevados de la jerarquía ortodoxa, se transmitía de padre a hijo y algunas veces de suegro a yerno. El padre de Pavlov, en efecto, hijo de sacerdote, tomó el puesto del suegro, también él sacerdote, sucediéndolo en una pequeña parroquia que aseguraba a su numerosa familia, sin embargo —aparte de Iván tuvo otros diez hijos— una modesta vivienda, alegrada por un jardín y un huerto que él mismo cuidaba con la ayuda de los hijos.

También fueron sacerdotes los tíos paternos, mientras que uno de los tíos maternos era sacristán. Sin embargo, ninguno de ellos debía estar en olor de santidad ante sus superiores ya que, como el mismo Pavlov narra, el abuelo materno, a diferencia de la casi totalidad de sus colegas, no recibió jamás el mínimo donativo de sus superiores en reconocimiento de sus méritos; uno de los tíos, aunque seminarista y luego sacerdote, era el capitán reconocido de la banda de los jóvenes de Riazán en los frecuentes encuentros a puños limpios con las bandas de los campesinos de los alrededores; el otro tío paterno, amante del vodka y de las bromas (llegó a sustraer la tapa del ataúd mientras en la iglesia se celebraba el oficio fúnebre por un difunto, atar la cuerda de la campana a la cola de un ternero, por la noche, provocando la alarma en todo el pueblo) terminó por ser expulsado de la iglesia y debió buscar alojamiento en lo del hermano, con gran alegría de sus sobrinos, entre ellos nuestro científico, que se divertían con sus bromas a menudo irreverentes y con el vivaz relato de sus desventuras.

Entre las personas de la familia, Pavlov prefería a una tía materna, María Ivánovna, que vivía sola, abandonada por el marido, en una vieja casa medio derruida, de la cual alquilaba una parte y con ello vivía en forma sumamente modesta. "La tía —escribe Pavlov— era un raro tipo positivo. Jamás tuve oportunidad de oírla lamentar su propia existencia; siempre estaba tranquila, siempre digna, siempre dispuesta a ayudar a los otros. Si alguno de nosotros se enfermaba inmediatamente estaba allí, empleaba todos los medios de la medicina doméstica, se sentaba junto al enfermo distrayéndolo con sus relatos. Si ocurría una desgracia era la primera en consolar; si ocurría una riña doméstica trataba de convencer y de apaciguar los ánimos. En los últimos años, cuando ocurrieron discusiones entre mi padre y yo, a menudo violentas, la tía iba de uno al otro explicando las diversas razones hasta que lograba restablecer las relaciones. Que estas pocas líneas sirvan como recompensa por sus buenos oficios...".

Hemos mencionado aquí discusiones con el padre. Ello no significa que las relaciones entre Iván y Piotr Pavlov fueran malas; antes bien, Pavlov halló en su padre comprensión y apoyo, y pasó junto a él serenamente los años de la infancia. Las discusiones antes mencionadas se referían a la diferente visión del mundo que el Pavlov científico llegó a poseer y que contrastaba con la del padre.

Iván Petróvich fue a la escuela recién a la edad de once años, porque al caerse desde una balaustrada sobre las piedras cuando tenía siete años, se vio incapacitado para aplicarse a los estudios como consecuencia de una grave conmoción cerebral causada por el trauma. Fue su padre quien se ocupó durante aquellos años de su educación, con amplitud de miras, enseñándole las primeras nociones de botánica y de zoología, que hallaban sus fundamentos en las demostraciones prácticas que Piotr Pavlov proporcionaba al muchacho, trabajando con él en el huerto y el jardín.

Por otra parte Pavlov, el primero de once hijos en una familia provista apenas de lo necesario, aprendió pronto a ser útil en cuanto el trabajo físico, no sólo en la huerta sino también en la casa, ayudando a su madre en las tareas domésticas. Durante toda su vida tuvo un vivo amor por el trabajo físico. Se refería al mismo, ya anciano, como algo que le proporcionaba "alegría muscular", y subrayó que se sentía completamente satisfecho de su propio trabajo "cuando podía hacer intervenir al mismo tiempo el cerebro y las manos".

En lo que respecta a sus relaciones con la familia Pavlov declara explícitamente al concluir su autobiografía su gratitud para con sus padres: "Por sobre todo, debo expresar —escribe— mi infinito reconocimiento a mi padres y a mi madre, que me habituaron a una vida simple, sin pretensiones, y me dieron la posibilidad de recibir una instrucción superior".

Los años de estudio.

A la edad de once años, en efecto, Pavlov ingresó en el seminario de Riazán, donde recibió la instrucción secundaria. "Lo recuerdo —escribe— con un sentimiento de reconocimiento. Teníamos algunos excelentes profesores... En general, en aquella época existía en el seminario lo que faltaba en los liceos estatales: es decir, la posibilidad para todos de dar libre curso a sus intereses intelectuales.

"Bajo la influencia de la literatura de la década del 60, nuestro interés se volvió hacia las ciencias naturales; muchos de nosotros, entre ellos yo, decidimos estudiar ciencias naturales en la universidad.
"En 1870 entré, así a la universidad de Petersburgo, a la sección de historia natural de la facultad físico-matemática. Era un período brillante para la facultad. Teníamos profesores que gozaban de una enorme autoridad científica y poseían excelentes cualidades oratorias... El profesor Cyon, en especial, fue quien ejerció sobre nosotros, fisiólogos, una fuerte impresión. La magistral claridad de sus exposiciones sobre los problemas de fisiología más complejos y el arte con que efectuaba las experiencias, literalmente nos maravillaban.:. Bajo su dirección realicé mi primer trabajo de fisiología.

"Recibido el título de candidato de ciencias naturales, entré en 1875 al curso de tercer año de la Academia de medicina y cirugía, no para convertirme en médico, sino con el fin de obtener una cátedra de fisiología. Por otra parte, confieso que este plan me parecía un sueño por entonces, porque la idea de convertirme en profesor me parecía inverosímil.

"A mi ingreso en la Academia, debía ser ayudante del profesor Cyon, encargado de los cursos de fisiología... Pero ocurrió algo increíble: el gran fisiólogo fue expulsado".
Pavlov, por solidaridad, renunció a la Academia de medicina y entró al instituto de veterinaria, donde fue ayudante del profesor Ustimovich hasta 1878; pero con su habitual modestia no menciona su gesto de solidaridad en su Autobiografía, limitándose a informar acerca de su cambio al instituto de veterinaria. "En 1878 —continúa diciendo Pavlov— entré al laboratorio de la clínica del profesor Botkin, donde pasé largos años luego de haber terminado, en 1879, un curso en el instituto para el perfeccionamiento de los médicos... Abstracción hecha de cuanto había de desfavorable en este laboratorio —y antes que nada, la falta de medios— considero a este período como muy proficuo para mi futuro científico. Este puesto significó para mí la independencia completa y la posibilidad de consagrarme por entero al trabajo de laboratorio (no debía cumplir ninguna tarea en la clínica). Trabajé por meses y años, sin preocuparme por el hecho de que el trabajo que efectuaba era el mío o el de otro... No tenía nada que perder; este trabajo me proporcionaba una gran práctica en el razonamiento fisiológico, en el sentido amplio de la palabra, y de la técnica de laboratorio. Agregad a esto las conversaciones siempre interesantísimas e instructivas con Sergueí Petróvich Botkin. Allí fue donde preparé mi tesis sobre los nervios centrífugos del corazón; allí donde, a mi regreso de un viaje de estudios al exterior, comencé los trabajos sobre la digestión, que hicieron conocer mi nombre. Yo mismo había elegido y concebido estos dos temas, en forma del todo independiente...".

Lo que Paviov descuida en su autobiografía son las gravísimas dificultades económicas en las que se debatía en aquellos años. El laboratorio de fisiología que Botkin había puesto a su disposición era sólo una casucha se-miderruida, que anteriormente había servido como secadero, arreglada de la mejor manera dentro de los límites de las restringidas posibilidades del instituto. El material experimental era rudimentario; las retribuciones acordadas a los investigadores, insuficientes. Para evitar los gastos de una habitación en la ciudad, Paviov dormía sobre un jergón en el laboratorio, y continuó haciéndolo aún después de su matrimonio, que tuvo lugar en 1881, con Serafina Vasílievna Karchévskaia, quien se alojaba en lo de su cuñado Dmitrii Petróvich Paviov, entonces ayudante del químico Mendeleev.

En 1883 Paviov tuvo su primer hijo, Mirchik. Serafina Vasílievna no había podido llevar a término un embarazo, "probablemente por las malas condiciones de vida", según lo afirma uno de los biógrafos de Paviov, el profesor Asratián.
También el pequeño Mirchik era débil y enfermizo y el médico ordenó para el recién nacido un viaje al campo. La mujer de Paviov halló hospitalidad en el hogar de una cuñada que vivía en el mediodía ruso, pero los jóvenes esposos carecían hasta del dinero necesario para el viaje, que fue proporcionado por el padre de Paviov, a quien debió recurrir Serafina Vasílievna. Sin embargo, a pesar de tantos sacrificios, el pequeño Mirchik continuó empeorando y murió sin que el padre volviera a verlo.

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