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lunes, 14 de febrero de 2011

Chejov, sobre su narrativa y teatro, 5- temas y personajes.

La primera comprobación la más obvia, es que aquellos "espíritus pequeños" de sus relatos humorísticos, limítrofes a veces con la caricatura, pasan a un segundo plano, no por ello menos decisivo, sobre el cual se destacan las figuras dolientes de los "espíritus apocados".


Llamamos así a seres en apariencia mediocres también pero poseedores de una sensibilidad muy superior a la de quienes los rodean. Lo que les falta es energía para romper la inercia propia su ambiente y operar uña transformación decisiva en sus vidas . Carecen de la voluntad y el coraje necesarios para vivir de acuerdo a las aspiraciones generosas de su espíritu, a despecho de la opinión del grupo. En una palabra, no se atreven a ser ellos mismos. Sueñan con la rebelión que les permitirá llevar una vida auténtica, pero capitulan antes de iniciarla, porque desconfían de sus fuerzas. En sus primeros cuentos, Chéjov nos presentaba el producto acabado de esa sociedad frustrantes el autómata, el hombre completamente alienado que ya no es él mismo, sino lo que la sociedad quiere que sea. El "espíritu pequeño" es aquel que, además de someterse, ha renunciado a lo que había de más íntimo en él, a lo que era más suyo; la ilusión, el ansia de belleza.

El "espíritu pequeño' es en definitiva, un “espíritu apocado” que ha renunciado a soñar. Falto de la penetración que da a la madurez, Chéjov captaba, antes de 1886, al hombre cosificado, al eunuco espiritual» pero nada nos decía, aunque nos lo hacía presentir, acerca del largo y penoso, camino recorrido para llegar a tan lamentable resultado. Después de esa fecha, comienza a remontar el camino y encuentra á los seres apocados, soñadores, solitarios en una sociedad que duerme pero no sueña perdidos en un mundo de apariencias sin sustancia habitado por funcionarios no por hombres, anticipo del universo despersonalizado y absurdo de Kafka.

A cada una de estas criaturas desdichadas se le puede aplícar lo que Balzac dice de Victorina Taillefer: "... parecía un arbusto con hojas amarillas, recientemente plantado en terreno contrario".


Almas sensibles, nada encuentran en su medio que aplaque su sed de belleza (que en Chéjov coincide con el amor, la vida, la plenitud), de allí la profunda insatisfacción que los abruma. Insatisfacción de la que no siempre, son conscientes, pero que se percibe a través de su conducta como ocurre con Olga Ivanovna ("La cigarra"), ejemplar típico de snobs que vive a la caza de artistas célebres, olvidándose por ello de atender a su marido, él sí un verdadero talento, que ha hecho de la medicina un apostolado en el que dejará la vida. Nuestro primer impulso es ubicar a Olga entre los "espíritus pequeños", hasta tal punto nos parece superficial y ciega, Pero sería un error. Olga, al igual que muchas de las heroínas de Chejov, tiene un carácter infantil: es ingenua, egoísta y cruel como todos los niños. Vive en un mundo de ficción donde todo es hermoso, donde todos son buenos. Su avidez de conocer celebridades , su afán por incursionar en varias ramas del arte, revelan un deseo inconsciente de huir de la realidad mezquina en la que se halla inmersa. Pero esa realidad acabará por imponerse, cuando la muerte de su marido le haga comprender como ha, derrochado tiempo, energías y sentimientos en seres que no los merecían, sin reparar en el hombre talentoso y abnegado que tenía junto a ella. Y entonces, por primera vez, Olga experimentará un sentimiento adulto y redentor: "De pronto, sintíó una dolorosa piedad por Dimov,por el Infinito amor que le profesaba, por su joven vida y hasta por su huérfana cama, en la que él no dormía desde hacía mucho tiempo. Para esta clase de personajes, por más que vivan engañándose, la posibilidad del despertar, doloroso y turbador, siempre está latente, porque su sensibilidad, aunque reprimida o aturdida, no se les ha embotado.

A menudo, es un acontecimiento nimio el que despierta la conciencia somnolienta de hastío y le hace comprender la inutilidad de una vida sin metas. En "El beso", un oficial llamado Kiabovich, de personalidad tan poco atractiva como su físico, recibe de una dama, en la oscuridad, un beso que estaba destinado para otro. A partir de ese día, su vida cambia, hay en ella una ilusión que la vuelve interesante: "... recordaba que en su vida había algo bueno y calienten. Sueña con regresar al lugar donde fue besado y averiguar quién lo hizo. Mas, cuando, por fin, logra retornar, debe aceptar que no hay forma de identificar a la desconocida "y su vida se le apareció extraordinariamente pobre, miserable e incolora...

La conciencia es una pesada cruz para los personajes de Chéjov. Les hace comprender la mediocridad de sus vidas, los priva del consuelo que el autoengaño les brinda y los enfrentare con su propia debilidad. Y lo peor de todo es que no pueden confiar a nadie su angustia. Primero, porgue no conocen exactamente en que consiste: “Tiene una sensación de ahogo, está aburrida y siente tal desazón que hasta quisiera llorar. ¿Por qué?... No sabría decirlo, pero un nudo en la garganta le oprime constantemente…”. (La mujer del boticario).

Segundo porque están terriblemente solos, rodeados de “espíritus pequeños" que no pueden comprenderlos, por incapacidad antes que por maldad. En “Verochka”,Ognev des cubre que su extraña frialdad ante la declaración de la muchacha, no es la del calculador ni la del ególatra, sino "sencillamente, la de la incapacidad de captar la belleza en toda su profundidad; la de la vejez prematura que le acarreaba su género de educación” Esa incapacidad parece ser consecuencia de “la cordura adquirida en los libros” o del “hábito de la objetividad”. “Cordura” en este medio significa no sobrepasar por ningún motivo, los límites de lo establecido. Ser objetivos, por su parte, no implicaba un esfuerzo por enfocar los acontecimientos con equilibrio e imparcialidad, sino que disimulaba el deseo de no involucrarse con lo subjetivo, esto es con los problemas auténticamente humanos", No puede sorprendemos, entonces, que un infeliz cochero, que ha perdido a su hijo, se vea obligado a confesar a su caballio la pena que lo agobia y que nadie ha querido compartir ("Tristeza").

A los personajes de Chejov, les es negada hasta la posibilidad de alivio y consuelo. "Y de repente rompe a llorar con amarga lágrimas. Y nadie… nadie sabe…” (La mujer del boticario).

La comunicación no es posible porque el grado de sensibilidad, es distinto. Y como estos “espíritus tus apocados" no se atreven a luchar para hacer realidad lo que desean, sólo les queda seguir lamentándose; en medio de la soledad y el hastío, ahogados por la nostalgia de algo perdido que, en la mayoría de los casos, no saben bien lo que es. La ingenuidad de la infancia, tal vez. 0 una oportunidad desperdiciada. Las criaturas chejovianas más representativas tienen siempre una oportunidad que no aprovechan. Si Olga. Ivanovna ("La cigarra") hubiese confesado a Bírnov su adulterio, hubiera podido reconstruir su vida sobre bases auténticas y, por lo tanto sólidas. Si la protagonista de :'Princesa" hubiese convertido los duros reproches del doctor Iván Ilich en un punto de apoyo para rehacer su vida de acuerdo a sentimientos y principios más genuinos, no hubiera continuado flotando en el limbo de una existencia ilusoria, superficial y vacía. Lo que ocurre es que todos estos personajes temen lo que la realidad pueda hacer a sus sueños.

Como dice Hauser: ''La ilusión completa es más querida que la realidad imperfecta”. Si transan con su medio y aceptan llevar una vida contraria a sus más caras aspiraciones, es porque no están dispuestos a transar ni un ápice con la realidad para concretar su ideal. Se sacrifican ellos para no sacrificar a su ilusión. Su pasividad no se debe sólo a su falta de energía sino tambíen a que, en el fondo no creen que valga -la pena luchar por una realización inevitablemente parcial de sus sueños. Es un callejón sin salida y no, como afirma L. Chestov tan a la ligera, porque Chejov se complazca en bloquear sistemáticamente todas las posibles vías de escape. El destino de estos personajes está en su carácter. Aman tanto a su ilusión que no se resignan a sacrificar ni siquiera una mínima parte de ella para realizarla, pero tampoco se rebajan hasta el extremo de matarla, para poder llevar la existencia apacible de los autómatas, Concientes o no, eligen sufrir y, en esa decisión, no deja de haber una cierta grandeza. Renuncian a muchas cosas, pero no a su dignidad.

Por otra parte, cuando algún personaje se muestra dispuesto a no dejar escapar la oportunidad su esfuerzo se frustra por incomprensión de los demás. Todo esto nos explica por qué Chejov nunca se burla de sus personajes, haberlo hecho, hubiese demostrado ser más mezquino que los "espíritus pequeños". Nadie que tenga un mínimo de sensibilidad puede reírse de estos pobres seres atrapados en un medio degradante. Si la inercia de éste no paraliza sus impulsos, la mezquindad ambiental se encargara de asfixiarlos con su indiferencia y su incomprensión, hasta el extremo de hacerles avergonzarse de sus sentimientos, Ionich, protagonista del cuento homónimo, después que Ekaterina ha respondido a su apasionada y sincera declaración con una negativa hecha de lugares comunes y frases tan huecas como grandilocuentes, reacciona de la siguiente manera: "Se sentía un poco avergonzado y ofendido en su amor propio. No esperaba una negativa, por lo que no podía creer que todos sus ensueños y esperanzas hubieran de conducirle a tan necio final, semejante al de la óbrita de una función de aficionados. Se apiadaba de su amor...; se apiadaba tanto que se sentía capaz de echarse a llorar o de golpear con su paraguas las anchas espaldas de Panteleimón". En un ambiente semejante, los buenos sentimientos deben ocultarse, como si fueran vicios o taras, si es que no se quiere pasar vergüenza. Débiles como son, la sociedad se complace todavía en acorralarlos, en no dejarles salida alguna: primero los ha privado de voluntad.

¿Qué les queda sino doblegarse? Los mejor dotados espiritualmente, los de conciencia más alerta e insobornable, se hunden en una angustia sin atenuantes. En el "Relato de la señora N.N.X", una mujer que lo tuvo todo para ser feliz ("Recordé que era libre, sana y noble y que me amaban”) cuenta como todas las ilusiones originadas por esas ventajas parecen víctimas de la inercia, y como la soñada felicidad futura se transforma en un desolado presente:

“…todo es ahora únicamente un recuerdo, y ante mi sólo veo ya el porvenir como una llanura desierta y lisa en la que no hay alma viviente y cuyo horizonte sólo tiene oscuridad y miedo…”

Su inercia, y la de su enamorado, la despojaron de todos sus sueños, dejándola a solas,, por el resto de su vida, con la angustia y la nostalgia de lo perdido:

“Siento lástima de mi misma, de este hombre y deseo apasionadamente cuanto ya ha pasado y ahora nos rehúsa la vida”.

Lo que resulta aun más conmovedor en Chéjov es que lo perdido no es algo que se tuvo, sino algo que se soñó. Ni siquiera un período, por breve que sea, de plenitud, les es concedido a sus personajes.
Algunos de entre ellos carecen de las cualidades morales y espirituales de la señora N.N. por lo que, cuando la decepción los alcanza, aniquila todo lo que hay de sano y generoso en ellos:, precipitándolos en la abyección.

Es el caso de Ionich que después del golpe que significa para el que Ekaterina rechace su amor tan sincero por razones tan falsas} se vuelve progresivamente un espíritu pequeño", preocupado solamente en acumular dinero, que "vive solitario y aburrido y nada le interesa".

La mayoría está a mitad de camino entre Ionich y la señora N.N. No transigen como aquél, hasta el punto de transa formarse en cuerpos sin alma, pero tampoco viven en la lucidez desgarradora de la señora N.N. Prefieren el autoengaño producto siempre de una tradición a sí mismos. Se adaptan exteriormente a la falsedad convenida de la vida social, pero conservando intactas en lo profundo de su ser sus aspiraciones de una vida mejor, más plena y solidaria.

Aburridos e íntimamente desconformes con su existencia prefieren no averiguar las causas de su estado, pero se hallan siempre expuestos a que algún acontecimiento inesperado los enfrente con la mentira de su vida, obligándoles a decidir entre continuar con ella o rebelarse.

En principio, la rebelión, la ruptura con todo y con todos mediante un supremo acto de voluntad, se muestra engañosamente accesible para quienes miramos de afuera. Hasta nos indignamos al ver con qué facilidad se rinden las criaturas de Chéjov, sin haber entablado siquiera la batalla, pero, sabiendo lo que sabemos acerca de la mezquindad del medio en el que crecen y viven (de algún modo hay que decirlo),de la soledad irredimible a la que están condenados por el simple hecho de ver más sensibles y, comprender toda la falsedad y la vileza de una vida sin emociones ni ideales; sabiendo todo eso. ¿es justo exigirles, una acción que está más allá de sus fuerzas?

Esta es la pregunta que Chéjov nos, dirige, invitándonos a responder como el lo hizo: No, no es justo.
Si estos seres fueran simplemente cobardes que no se atreven a luchar por lo que creen y desean entonces tendríamos quizás, derecho a censurarles con aspereza.

Pero es que, en su caso, no se trata de cobardía, sino de debilidad congénita. ¡Son tan frágiles y están tan desamparados! Su falta de voluntad es algo más que un defecto, es una herencia, es un reflejo condicionado. No pueden ser héroes quienes se han formado en una sociedad desilusionada a tal extremo de los impulsos heroicos, que siente hacia ellos una mezcla de aversión y terror.

¿Puede extrañarnos, acaso, que estos "espíritus apocados" que han logrado salvar, no se sabe como un resto de sensibilidad y de fantasía; a la hora de la acción se deshagan en lamentos: "tú. y tu abuela me torturais dijo, volviendo a llorar- ¡Yo quiero vivir! ¡Vivir! –repitió, golpeando dos veces el pecho con su pequeño puño ¡Dadme libertad, pues! Soy joven aún y tengo ganas de vivir…” ("La novia").

No es posible que alguien que ha caído en arenas movédizas se salve por sus propias fuerzas. Los personajes de Chéjov se han criado en medio de esas arenas y no tienen a nadie que les arroje una soga. Para colmo, en las pocas ocasiones que encuentran a otro ser con parecidas inquietudes no les sirve de nada porque invariablemente es tan débil como ellos. La acción es casi imposible en una sociedad donde nadie hace nada, donde el animo y la voluntad no se han templado en sucesivas pruebas. No hay estímulos ni desafíos, porque no hay metas. No hay nada que despierte interés que exige a cada uno emplearse a fondo y, en consecuencia la vida se vuelve monótona. “El tiempo pasa de prisa y, sin embargo, se aburre uno aquí” dice Anna Sergueevna (,!La dama del perrito").

Lo normal;, cuando nos aburrimos, es que los minutos nos parezcan eternos, porqué estamos deseando que pasen de una vez para poder dedicarnos a alguna tarea interesante. Nuestra impaciencia es la que produce el desfasaje entre tiempo objetivo y subjetivo, es decir, entre el tiempo que realmente transcurre y la forma como nosotros vivimos ese transcurso. Pero, como los personajes de Chéjov viven en un hastío uniforme, producto del ocio espiritual y mental, y saben que nada interesante o fuera de lo común va a suceder no pierden la noción del tiempo que pasa. La vida, para estos seres, no es acción, ni placer, ni nada. Sólo es tiempo, tiempo que pasa y los mata, bajo su propia mirada impotente. Se ha dicho de los héroes homéricos que “van a la muerte con los ojos abiertos”f para consumar su vida en el mismo instante supremo en que la pierden. Los personajes de Chéjov en cambio, "ven" como el tiempo los lleva a la muerte, una muerte que no culmina nada, una muerte tan inútil como sus vidas, Incapaces de actuar, no les queda otro camino que lamentarse y soñar. Lo que no pueden hacer, lo sueñan. Pero, además, creen, creen en un futuro mejor donde podrán ser libres y vivir con plenitud. Donde, en definitiva, habrá belleza. Porque estos seres mediocres están sedientos de belleza. Prisioneros de una sociedad utilitaria, donde el dinero y el cargo valen más que el hombre, desean, por compensación, aquello que no sirve para nada, más que para el deleite del espíritu. Sin embargo, las pocas ocasiones en que se encuentran un poco de esa belleza soñada, encarnada generalmente en una mujer, les da pena; “Sentía su belleza de un modo singular. Lo que despertaba Mascha en mí no era deseo, ni entusiasmo, ni deleite, sino una pesada aunque grata tristeza” ¿Por qué? Tal vez porque presentía que "sería pasajera, innecesaria, perecedera como todo lo terreno” (“Beldades”).

La belleza, más en esa sociedad, es algo fugitivo y amenazado. Y quien la contempla lo sabe, de allí su pena. Pero, sobre todo, la belleza presente es, para estos personajes, como un fugaz remordimiento por lo que pudo ser y no fue, como un anticipo de lo que será y no es: ",... el revisor miraba en dirección a la belleza y su rostro caído, borracho, que mostraba una hartura desagradable, no obstante aparecer fatigado por las noches en vela y el traqueteo del vagón, expresba emoción y profundísima tristeza; como si en aquella muchacha contemplara unidas: felicidad, sobriedad, limpieza, mujer e hijos; como si profundamente arrepentido, todo su ser tuviera conciencia de que esa mujer no era suya y que de su torpeza, graciento, fisonomía y prematura vejez, tanto le alejaba de la felicidad vulgar, humana y terrestre, como del cielo” (“Beldades”)

La belleza simboliza, en el fondo, lo que hay de mejor en ellos y han traicionado.
Dice A.M. Ripellinos "A Las criaturas de Chéjov la vida puede quitárselo todo, pero jamás podrá quitarles la liber tad de inventar un futuro". Es, indudablemente, la única libertad da que disponen, por lo que no pierden la oportunidad de ejercerla, máxime teniendo en cuenta que el soñar se aviene muy bien con su carácter pasivo y fantasioso. Sus sueños son, ante todo, un llamado angustioso al futuro para que venga pronto a redimirlos de ese presente estéril en el que sus almas se marchitan.

" ¡Oh, si llegara pronto esta nueva y luminosa vida, en la cual uno podría enfrentar con coraje a su destino, tener conciencia de sus derechos, ser alegre y libre! ¡Tarde o temprano, esta vida ha de llegar! ("La novia").

Pero ese deseo que llama es, también, un acto de fe. Nada hay a su alrededor que pueda servir de alimento a esa fe y, sin embargo, creen, ¿Compensación? Sin duda. Viven. con la imaginación lo que no pueden realizar con la acción. ¿Autoengaño? También. Postergan la lucha en el presente para un futuro ilusorio que la hará innecesaria. Y, no obstante, hay algo más. Ninguno de ello sabrá como se realizará el cambio pero todo están convencidos di que se producirá. Es un presentimiento convertido en certeza por necesidad.

Conscientes de que como hombres, están llamados a un destino superior, se saben débiles para vencer los obstáculos que los separan de él. Pero no pueden olvidarlo ni resignarse a la existencia bovina de sus contemporáneos, contentos sólo con comer mucho y dormir. Han traicionado sus ideales, pero no han caído tan bajo como para traicionar al Hombre que habita dentro de ellos. Y es gracias a esa dignidad que el milagro se produce y la desesperación se transforma en fe. No juzgan a la especie según lo que ellos son. Su derrota no será la del Hombre. Este alcanzará su destino a pasar de los desfallecimientos individuales.

“ Y está permanencia, esta completa indiferenci hacia la vida y la muerte en cada uno de nosotros constituye la base de nuestra eterna salvación, del incesante movimiento de la vida en la tierra, del incesante perfeccionamiento… ("La dama del perrito").

Los personajes de Chejov no creen en Dios, creen en e1 Hombre, y se redimen y se salvan por medio de la especie, A través de ella, encuentran incluso un sentido oculto para sus vidas: sus padecimientos son sólo una etapa en la marcha del Hombre hacia la plenitud, que las generaciones próximas podrán ya disfrutar. Su fracaso individual es el precio que la especie paga para alcanzar la meta. El entusiasmo con que hablan de un futuro feliz que, lo saben, nunca será presente para ellos, nos permite suponer que, en el fondo de su corazón, sienten que es un precio que bien vale la pena ser pagado:

"Ellos (los antepasados), por la noche., dormían profundamente y no discutían, mientras que nuestra generación duerme mal, sufre, habla mucho y discute si tiene o no tiene razón. Para nuestos hijos, esta cuestión de si tienen o no razón estará ya resuelto. Lo verán más claro. La vida buena será dentro de unos cincuenta años. (Un caso profesional).

La obra de Chéjov no es la creación de un morboso que se deleita en registrar paso a paso la bancarrota espiritual del ser humano, como algunos, que en su momento no lo leyeron con la debida atención, creyeron y proclamaron, L. Chestov, por ejemplo, acusaba a Chéjov de matar las ilusiones humanas y sostenía: "Lo que hacía Chéjov se llama crimen en lenguaje ordinario y debe ser severamente castigado. No conforme con esto le reprocha que la gran mayoría de sus personajes sean "gente anormal", olvidando que la normalidad es un criterio mayoritario y que, lo que a él le parece anormal, era lo normal en la sociedad de Chéjov. La dureza de los ataques de Chestov se explica por la admiración que sentía hacia Pushkin, en quien veía el primero que supo "reconciliar la injusticia visible de la vida real con el ideal invisible que cada hombre conserva en su alma". Chestov olvida que Pushkin escribía en y para una sociedad pujante, pletórica de energías espirituales y queda ella proyectada hacia la acción. Cuando Chéjov escribe, el impulso se ha agotado, las expectativas se han transformado en duras decepciones y un sudario de inercia ha envuelto a una sociedad fatigada de sueños. El hecho extraordinario de que, en medio de la abulia reinante, sus personajes conserven la fe en un futuro mejor, desmiente las acusaciones de Chestov. Este incurre en el viejo error de todos los críticos conservadores: censurar al artista por la imagen negativa que presenta de la realidad, olvidando que el mal está en la realidad y no en el ojo que la ve. Como decía Gogol: "Si tienes los morros torcidos, no culpes al espejo". Cuando leemos los relatos de Chéjov sentimos tristeza, piedad también, pero nunca llegamos a desesperar del Hombre. ¿Por habríamos de desesperar si aun en medio derrumbe moral y espiritual oprimidos por la rutina, los convencionalismos el tedio y la soledad, hay seres, débiles como muñecos de trapo, que se obstinan en seguir" siendo hombres, que caen y transan y se humillan, pero no renuncian a soñar y á crear que hay algo mejor que su vida presente. "El hombre –ha dicho William Faulkner- es indestructible debido a su simple voluntad de ser libre. Y los personajes de Chéjov, los más representativos de entre ellos, son libres. Pueden imponerles una determinada conducta, pero no pueden impedirles creer que la vida debe tener un sentido y soñar con que muy pronto lo tendrá. Y, por sobre todo nadie puede arrebatarles la intima convicción de que, a través de la especie, triunfarán sobre la realidad mezquina que frustró sus vidas.

Dos palabras acerca de otro reproche que, en su tiempo fue lanzado contra Chéjov y que la crítica moderna considera, con razón, como carente de fundamento: la afirmación de que sus obras carecen de "mensaje". Ciertamente, es muy raro encontrar en sus obras una crítica directa al régimen zarista. Pero, ¿es qué alguien la necesita? ¿Qué mejor testimonio que el relato de las vidas, frustradas por ese régimen? La misión del artistas no es hacer del artista no es hacer discursos ni proporcionar soluciones, sino dar testimonio del Hombre. Y si es sincero y tiene talento, logrará, por añadidura, mejor que cien discursos brillantes, que el público, conmovido "por las situaciones que le presenta, toma conciencia da todo lo que oprime al Hombre, su prójimo.

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