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jueves, 21 de julio de 2011

El hombre y el tiempo

El hombre y el tiempo
(La vida presente, la memoria y la previsión)
"¡ Todo nuestro pasado sigue viviendo en nosotros!"

La memoria y el recuerdo.

Todos los objetos naturales, salvo "las partículas elementales totalmente invariables", poseen memoria, en el más amplio sentido de esta palabra. Efectivamente, todos los demás cuerpos están sujetos a influencias y cambios con los que los va marcando el mundo que los rodea, durante el decurso de su existencia. Es decir, que llevan impresas las huellas de su pasado, huellas que permitirán al conocedor la lectura de su suerte pasada por su estado actual, como lo hace, p. ej., el geólogo con respecto a la naturaleza de la corteza terrestre, a sus diversas capas, sus glaciares, piedras erráticas, restos de animales, etc. En forma análoga se puede hablar de las huellas que dejan en nuestro cerebro las impresiones y procesos pasados y que designamos como memoria psicológica del sistema nervioso central. Esas huellas hacen que, con el tiempo, las reacciones a las impresiones posteriores sean distintas de lo que hubieran sido anteriormente. El pasado interviene en el presente de nuestro sistema nervioso central, variándolo y conformándolo. A este fenómeno fisiológico corresponde otro fenómeno psicológico paralelo, como es sabido, el cual, a su vez, sufre variaciones en el curso del tiempo, que tienen por causa procesos pasados. Así, p. ej., cuando se presenta una fuerte impresión olfativa, al seguir el efecto durante largo tiempo, se va debilitando la acción que ejerce esa substancia sobre nuestro sentido, hasta que llega a ser totalmente imperceptible. Así, también, al quitarse una pesada mochila después de haberla llevado durante mucho tiempo, se experimenta la sensación de una fuerza que empujara hacia adelante. Después de contemplar durante largo tiempo un color cualquiera (sobre un fondo neutro) nos aparece el color complementario, etc.

Pero a más de todo esto, en nuestra "relación consciente con el pasado" se encuentra algo más, que no corresponde sencillamente. con una predeterminación del presente por nuestro pasado, por muy manifiesta que sea, sino que se trata de algo fundamentalmente más importante: Pensamos respecto al pasado y lo concebimos como algo pasado —cosa substancialmente distinta de la mera persistencia en nuestro presente de las huellas del pasado, a que se refieren los ejemplos citados más arriba—. El pasado no sólo vive en nosotros por sus huellas, sino que también nosotros vivimos en el pasado por el hecho de revivirlo como tal.
Percepción directa de lo cronológicamente sucesivo

Ese revivir del pasado, mientras más cercano sea ese pasado, se convierte en un fenómeno de vivencia temporal directa: Si golpeamos tres veces seguidas con el lápiz sobre la mesa, los tres sonidos nos aparecen en igual secuencia, aunque, en un sentido físico, haga ya bastante tiempo que sonó el primero cuando lo hace el último. Nuestra percepción muestra algo peculiar: Oímos los tres golpes, no como un golpe con la intensidad sumada de los tres (como sucedería si diésemos los tres golpes simultáneamente), sino que, claramente, los observamos como tres golpes distintos. Pero hay algo más: nuestra observación nos los muestra con una audición de "conjunto", "como tres sonidos cronológicamente sucesivos"', que nos son aparentes con esa cualidad, pero, sin embargo, como tres cosas de apariencia equivalente (no como si uno de los golpes fuera "recuerdo" y el otro "se percibiera en el presente"). Ese corto tiempo durante el cual se observa ese efecto significativo y peculiar, se llama tiempo de presencia.

Durante él se muestra con toda claridad la supermo-mentaneidad de nuestro ser en el fenómeno de la percepción.

Se necesita que el observador sea el mismo durante esos tres instantes sucesivos, para que pueda recibir la perspectiva de los tres sonidos como sucesivos y, sin embargo, como impresiones equivalentes en todas sus partes, para la conciencia. Una conciencia de ese tipo sólo puede pertenecer a un ser de permanencia su per momentánea, ante cuyos ojos se desarrollan los acontecimientos momentáneos individuales.

Esta es, precisamente, la base de nuestra memoria psíquica y de nuestra "capacidad de recordar". Sólo que aquí se trata de un concepto de conocimiento directo de lo sucesivo (como acontece siempre que percibimos directamente el desarrollo de variaciones cronológicas) y no de una mera representación de lo anteriormente percibido.

Dejemos a un lado la cuestión respecto a la posibilidad de imaginar siquiera un "ser instantáneo"; es decir: un ser que subsista únicamente durante un momento infinitamente corto. En todo caso, el hombre es lo contrario de un ser de esa especie. Efectivamente, la memoria que le es característica no es más que la prolongación de esa facultad de vivir los acontecimientos sucesivos, consciente de su cualidad de ser sucesivos; sólo que al alargarse el intervalo que separa las impresiones, va disminuyendo la claridad del sentido, la permanencia del sentido de las impresiones anteriores. Es más, que la generalidad de esas impresiones va perdiendo paulatina (o lamentablemente) su proximidad al terreno de la conciencia, aunque no pierde, sin embargo, su relación con ella: si surgen fuerzas que traten de llevarlas nuevamente a la claridad de la conciencia, por lo general, vuelven a ella. (A este proceso de resurgimiento de partes del subconsciente se le llama reproducción.) Es precisamente lo que faltaba en el ejemplo mencionado más arriba, puesto que el primer sonido no había desaparecido aún de la conciencia al sobrevenir el segundo y el tercero, sino que persistía aún, con su cualidad de "cosa pasada" o, mejor aún, "como un sonido precedente a los otros dos".

Reproducción y recuerdo

El resurgimiento de lo pasado en el presente puede ocurrir en formas muy distintas. Así, p. ej., una melodía o una poesía que hayamos oído alguna vez puede retornar al consciente y, en ciertos casos, fijarse indefinidamente, "sin que haya sido absorbida en el torrente de nuestra vida pasada", sino que aparezca como algo localizado en la conciencia; es decir, que no se nos ocurre cómo ni cuándo, ni en qué circunstancias habíamos recibido ya esas impresiones; sencillamente, se encuentran en nuestra conciencia, sin tener una determinada relación con el pasado. Este es un caso típico de "reproducción pura". Indudablemente, se trata de un acto de recordar, aunque no constituye un recuerdo, en el sentido más estricto ni más elevado. Lo constituye, eso sí, la incorporación de lo ya vivido durante el decurso de nuestra vida; la revivencia del pasado, tal como la experimentamos con los tres sonidos de golpes durante el breve tiempo de unos segundos —extendido esto a un gran lapso de tiempo—. En cualquier caso, el lapso de tres años o el intervalo de tres sucesos acaecidos durante el mismo, no lo podremos vivir con la misma claridad de sentido que cuando se trata de los sonidos de los tres golpecillos consecutivos. Mientras mayor sea el tiempo que se considere, menos claro aparecerá, por lo general, su carácter cronológico —como también perderá nitidez, en la misma forma, la vivencia que se recuerda—. Pero en principio, subsistirá el mismo estado de cosas mencionado más arriba, en el fondo de nuestra capacidad para recordar y nuestra conciencia del tiempo, ya se trate de lapsos de tiempo más o menos largos. Los distintos acontecimientos aparecen en su sucesión cronológica debido, únicamente, a que nosotros mismos subsistimos a través del tiempo como seres idénticos. Por eso los apreciamos en forma retrospectiva, es decir, que volvemos a vivirlos como componentes sucesivos de nuestra vida. Debido únicamente a que el decurso del tiempo, el pasado, el presente y el futuro, pasa ante nosotros como el agua del manantial que mana de una roca, permaneciendo ésta inconmovible, tenemos la posibilidad de vivir y de imaginar el pasado, el presente y el futuro.

Toda nuestra vida pasada dormita en el fondo de nosotros mismos; pero su sueño puede ser de una profundidad muy variable. Los grandes acontecimientos que nos han impresionado fuertemente y que han contribuido a la formación de nuestro yo, no podrán desaparecer totalmente del consciente, aunque tengamos otros contenidos en el centro de nuestra atención. En el tiempo consecutivo a un acontecimiento (p. ej., la muerte de un ser querido, el derrumbamiento de una esperanza alimentada largo tiempo o el alcanzar un objetivo íntimamente ambicionado, el nacimiento de un niño y otras cosas similares), ese acontecimiento está, sencillamente, en nuestra conciencia y cualquier otra impresión podrá, en el peor de los casos, relegarlo un poco, pero nunca desplazarlo totalmente de la conciencia. La cualidad fundamental de la memoria es esa permanencia de las vivencias en el tiempo, aunque al aumentar el lapso de tiempo transcurrido, vayan perdiendo claridad y viveza. El "efecto curativo del tiempo" se manifiesta en ese desvanecimiento (y elaboración) de las vivencias con el transcurso del tiempo.1

Fuerzas que vuelven a la conciencia el contenido del subconsciente y lo fijan en ella.

Tenemos que considerar aquí esa cualidad sorprendente de nuestra psique: que las impresiones ya borradas de nuestra conciencia no han desaparecido, por ese mismo hecho, de nuestra propiedad espiritual. Pueden ser llamadas nuevamente a la conciencia en cualquier momento, o en ciertas ocasiones, o bien, se presentan por sí mismas. Este nuevo resurgimiento de lo que temporalmente ha desaparecido de la conciencia, como objeto de la misma, es lo que se llama "recordar algo". —Mi caudal de conocimiento es considerablemente mayor que el contenido actual y claro de mi conciencia. "Saber" quiere decir "tener a disposición" lo que se sabe; es decir: poderlo sacar en cualquier momento del estado latente en que se halla (lo que no significa simplemente que la conciencia :=; 0), al estado consciente actual. Sólo cuando puedo realizar eso es cuando puedo utilizar lo  que la verdadera comprensión del contenido de nuestras vivencias y conocimientos, así como el pleno goce de ellos, no se realizaba, por lo general, más que en la conciencia. Realmente, no habría tal "conocimiento" de "fechas históricas, fórmulas o nombres" si no pudieran ser llevadas a la conciencia clara en el momento en que se necesitaran—. ¿Cuáles son, pues, esas fuerzas cuya influencia eleva lo que existe potencialmente y lo lleva al estado consciente? El sentimiento y la voluntad deben desempeñar, indudablemente, un papel importante en esto. Como hemos visto, lo "importante" persiste insistentemente en el consciente. Ahora bien, lo importante es, por lo general, lo que está marcado por el sentimiento (en pena o en alegría) ; y es importante precisamente por esa tónica sentimental. Tendrá, pues, generalmente la tendencia a volver a la conciencia, aunque haya sido desplazado de ella temporalmente por otras impresiones y aunque se oponga la voluntad —a la cual corresponde la misión de llamar a la conciencia o desechar de ella determinadas cosas—. Así, pues, en el caso de un matiz sentimental fuerte, se tiene la tendencia a "ser consciente", la cual procede del propio contenido de la vivencia. Podríamos usar la palabra "interesante", en el más amplio sentido de la misma, en vez de las expresiones: "con matiz sentimental o importante", puesto que, efectivamente, lo que despierta mi interés, no me es indiferente y tiene, por tanto, un matiz sentimental y una importancia para mí.

"Partiendo del propio contenido", aunque en una forma que puede considerarse externa, la persistencia y la tendencia a la reproducción de los contenidos o cosas que han impresionado tanto a la conciencia por su repetición y duración, se efectúa "automáticamente" en la conciencia. Así, p. ej., si se han hecho lecturas durante mucho tiempo con el telescopio y el nonius, el sujeto puede verse presa de representaciones de las observaciones realizadas, durante algún tiempo después de terminarlas. —Esas dos circunstancias actúan en el caso siguiente: Cuenta un alpinista que, habiéndose caído en una grieta y permanecido algún tiempo en ella y en peligro mortal (porque se produjo un desprendimiento de piedras que pasaban como balas a su lado), después de salvarse, volvía a ver las piedras pasando a su lado, cada vez que cerraba los ojos. Con los ojos abiertos, las imágenes recordadas quedaban reprimidas por las nuevas percepciones; pero en cuanto cesaban éstas, dejando espacio consciente libre, surgían nuevamente las imágenes del recuerdo—.

Las cosas son muy distintas cuando la fuerza actualizadora no se encuentra en las imágenes representadas mismas, sino que reside en vivencias y en las relaciones que las ligan, ya existentes previamente en la conciencia. Esas relaciones pueden ser de muy distinta naturaleza, como ya lo sabían Platón y Aristóteles. Ya en la Antigüedad se tenía el concepto de la asociación y se distinguía entre la asociación por similitud y por contraste, por contacto espacial o temporal. Ahora ya sabemos (principalmente, debido a los estudios de los psicólogos de la estructura) que esas categorías no son ni lejanamente suficientes para comprender todas las relaciones que pueden existir entre las representaciones posibles. Sin embargo, interesa extraordinariamente que en esta fase inicial de la ciencia nueva llamada "psicología experimental", no se aumente el número de las relaciones posibles reconocidas, sino que, por el contrario, se reduzca su número a unas cuantas clases. Hay que investigar en ellas esa fuerza cuyo significado en el mundo de la mente pudiera compararse al de la fuerza gravi-tatoria, en el mundo de la Física. La asociación que se forma entre los distintos procesos psíquicos, por su contacto temporal es lo que debería ser considerado como esa fuerza central. Dos procesos psíquicos, por el hecho de su contacto temporal, simultáneo o sucesivo, adquieren una liga entre sí (desde ese momento quedan soldados el uno al otro), de tal manera, que cuando una representación o imagen se encuentra en la conciencia (generalizando: o una representación similar) el otro proceso psíquico tiende a aparecer con ella. Estamos ante la omnipotente ley de la asociación, sobre cuya exacta definición y diferenciación tenemos mucho que hablar, pues con el tiempo no ha perdido su significado, aunque ya no es en la actualidad el factor único. Sin embargo, durante mucho tiempo se la consideró como el principio central de la Psicología. No sólo se intentaba derivar de ella las reglas particulares de la memoria, sino que se creía que esa ley era la que regía inclusive nuestro pensamiento productivo. Se han escrito muchas obras al respecto y se ha descrito la eficacia de esa ley en las circunstancias más diversas. Hay una escuela de la psicología, llamada psicología de la asociación, que le atribuía sencillamente el papel más preponderante en el campo de la mente.



1
Erismann, II.—1.

1 Este hecho va acompañado en forma esencial por la diferencia que existe entre "vivencia original del suceso" y su posterior "representación objetivada"  : en la vivencia está incluida la posición del sujeto con respecto al sentimiento y a la voluntad, con respecto al suceso vivido. Sin embargo, si entretanto ha variado el yo del sujeto, si su posición ante el suceso es distinta, podrá pensar en lo acontecido, viéndose a sí mismo como "alguien presente en el pasado"; pero sin que lo vuelva a vivir emocionalmente en la actualidad, tan intensamente como lo vivió en el pasado. Pero no será como si hubiese perdido sus cualidades emocionales (pues entonces ya no sería "precisamente la misma vivencia", a la que corresponde como parte esencial su componente emocional), sino que no será "la vivencia original" sino la "representación" de "una vivencia convertida en objeto de la atención". En una forma semejante nos imaginamos las vivencias de otras personas, incluyendo en esa imaginación sus dolores o alegrías, con toda viveza, pero no viviéndolas como propias, sino "como sentimientos de nuestros semejantes" que nos representamos y "en los que tomamos parte" Mi propia reacción sentimental a los sentimientos representados del prójimo, será lo que se convierta en pena o alegría compartidas, es decir, en una "vivencia directa mía en relación con mis semejantes".



La importancia de la ley de la asociación en el terreno de la memoria es, efectivamente, muy grande. Sin embargo, y en sentido estricto, la ley de la asociación presenta y explica únicamente lo relativo a la reproducción de lo que ya ha existido alguna vez en la conciencia y a sus modificaciones o desviaciones debidas a la acción simultánea de diversas ligas por asociación. Tropieza por todas partes con sus fronteras naturales, encontrándose con lo nuevo, que se presenta en el decurso de los sucesos mentales. Esto puede decirse de todo lo relativo a la actividad creadora, ya sea ésta producto de la fantasía o del conocimiento.

A veces, basta con el deseo para que se formen en nuestra fantasía "castillos en el aire" y ensoñaciones o sueños de satisfacción; es decir: nuevas combinaciones representativas que no proceden de alguna liga con algo del pasado, sino que las originan el deseo y la voluntad orientados hacia el futuro y deben ser explicadas sobre esa base. Guando un niño se ve como cobrador del tranvía o como dueño de una bicicleta o de un auto, no lo hace como consecuencia de que los conceptos (del auto y del yo, como propietario del mismo) hayan tenido ya algún contacto en el pasado, sino que el niño los asocia por primera vez en su fantasía, porque esa combinación se encuentra en la orientación de su deseo y, por tanto, le satisface. —Así, Leonardo da Vinci inventó "El Cisne Blanco", su primer avión, porque le dominaba el deseo de volar, al igual que al Fausto de Goethe en su "Paseo ante la Puerta". "Todos tienen dentro de sí un sentimiento que los impulsa hacia adelante..."

Los deseos y los sentimientos no se basan únicamente en contenidos conscientes previos, para reproducirlos, sino que crean también nuevas combinaciones que los satisfagan: primero, en la fantasía y después, con frecuencia, en la realidad. Si no se produjera esto, no habría progreso en el campo del caudal de la cultura. Sería un absurdo suponer que la única relación existente entre los procesos psíquicos fuera la que se crea por efecto del contacto temporal: eso significaría que los sentimientos y los impulsos se hubieran unido con sus correspondientes objetos únicamente por efecto de un contacto temporal previo con ellos, lo cual está en franca contradicción con la realidad del desarrollo biológico y con la observación de nosotros mismos, por lo cual nos parece innecesario hacer la crítica de ese concepto.

Por último, algunos nexos de asociación que han persistido con fuerza durante años pueden ser sustituidos por otros, en vista de su impracticabilidad: La vista de un billete de cien marcos originaba, antes de la primera guerra mundial (por pura asociación, no por efecto de una valoración justificada), unos sentimientos determinados de valoración, formados a través de los decenios de paz y de valor fijo del dinero. La súbita inflación conmovió, de la noche a la mañana, ese concepto: el sentido del billete de cien marcos perdió totalmente su valor representativo y adquirió el de un papel despreciable. (Pero no para todos. Muchos siguieron la compulsión asociativa del valor del dinero y no pudieron resistirla —a pesar del "sentido común"— y vendieron sus propiedades a precios irrisorios, porque el dinero desvalorizado les engañaba con su antiguo valor, por efecto de una compulsión asociativa.) En forma análoga y creando nuevas asociaciones o destruyendo nexos de asociación preexistentes, actúa la voluntad firme: no se puede concebir la voluntad, unida por asociación a (y), ni se puede realizar el acto correspondiente, sin que traiga una consecuencia —aunque ya se vislumbre la (x) que ha de deshacer aquella asociación—. Una variación en la "posición o punto de vista" traerá consigo una variación en el efecto de la asociación: así, p. ej., si yo quiero hablar francés, los pensamientos y representaciones que voy a transmitir se ligarán con imágenes de palabras distintas a las usuales.

En el más elevado campo del arte no se trata ya sólo de sencillos deseos de satisfacer las combinaciones de representaciones, con lo cual se crean nuevos nexos, sino que se trata de una aspiración hacia valores estéticos, que es la fuente del arte y de la belleza. Tanto para el arte como para el campo de los valores éticos, puede aplicarse la frase de Goethe: "En medio de la niebla de la necesidad, el hombre bueno reconoce el buen camino." El artista no sabe de antemano qué es lo que le satisfará; anda en busca de ello y sólo lo encuentra durante el proceso de la realización. Y mientras mayor sea su genio, más original, más nuevo será el resultado de su arte y, por tanto, estará más alejado de la reproducción basada en asociaciones externas de lo ya existente. Por tanto, más directo será su anhelo de nuevos valores. Y ese mismo anhelo y sentimiento que permiten realizar nuevos valores al hombre creador, resonará en quien contemple su obra. En nombre de ese "sentimiento de la forma" se grabarán en el concepto y en la memoria del espectador entendido las obras del maestro. Por eso mismo adquirirá el conjunto una vida nueva (que antes se consideraba de naturaleza "puramente asociativa") : las notas iniciales de una melodía permiten ya figurarse la vivencia de las siguientes. 

Es muchísimo más fácil aprenderse de memoria un poema bien construido que un número igual de sílabas sin sentido. Las componentes de un todo, convertido en una unidad de orden superior, piden por sí mismas ser complementadas por las demás partes, para formar o reconstruir un todo orgánicamente estructurado.

Así, pues, en este caso, es la relación de la parte aislada con respecto al conjunto orgánico la fuerza que, no sólo deja formarse la obra de arte en quien la crea, sino que vuelve a permitir que se forme nuevamente, en la reproducción, procedente del caudal de la memoria. No es que la memoria "puramente mecánica", sobre la que hemos de hablar en la Psicología de la Asociación, no sea útil ni superflua en este caso, sino que actúa aquí la mencionada fuerza por efecto de la cual se aumenta extraordinariamente el rendimiento de la memoria. 

Es más, en muchos casos es la causa del resurgimiento de la obra de arte, ya que el que tiene gusto artístico no aspira tanto a volver a experimentar los sonidos o las palabras, sino la melodía, el poema, la obra en su conjunto. Si no existiera entre las representaciones parciales más que el nexo exterior de la asociación de contenidos de la psique, no podría haber arte.

Pero no sólo dejaría de existir el arte, sino también todo aquello que está en relación con la personalidad y que es lo que en la psicología estructural figura como base de todos los acontecimientos psíquicos. Esto es indudablemente cierto, como veremos al tratar de esa materia, para muchas de las facetas de lo psíquico. Esa importancia se justificará únicamente, si se amplía el concepto de estructura, más allá de su antiguo significado en el campo de la comprensión o punto de vista, con lo cual se le hará perder en precisión. No seguiremos, pues, esa terminología, ni tampoco el concepto usual entre los psicólogos de la estructura, quienes afirman que ésta no puede ser conocida, sino que se pone de manifiesto por su propia fuerza y sólo se nos hace manifiesta en el mundo exterior. Esa tendencia hacia la proyección de la estructura sí existe; pero tiene, a menudo, por base, las huellas dejadas a través de nuestra experiencia por estructuras que hemos encontrado en nuestro medio ambiente, o comprendido a través del puro entendimiento. 

En la estructuración son inevitables las relaciones, ya que en la estructura se encuentran las relaciones de posición que la formaron. Sin embargo, el concepto de relación es más amplio que el de estructura y puede ser aplicado, sin duda alguna, aun al terreno del pensamiento teórico y abstracto. —Para que una estructura llegue a. entrar en nuestro mundo de percepción y de representación, se requiere, a menudo, que existan desde antes relaciones que estén presentes en el pensamiento estricto y comprensivo—. El matemático y el lógico (y todo hombre posee algo de ambos, por el hecho de pensar), son ejemplos de los que buscan y encuentran. El que tenga una postura lógica de principio, tratará de encontrar las relaciones lógicas últimas y de explicarse en qué forma están ya contenidas en los axiomas y conclusiones del pensamiento. Es el que elabora las disciplinas lógicas de nuestras ciencias; pero no como producto de la fantasía, sino del conocimiento. —Y análogamente a lo que sucede con el artista, la forma impone su concepto como conjunto de relaciones lógicas, no sólo desde el punto de vista creador, sino como normativo de su pensamiento: lo que se ha llegado a deducir claramente no se mantiene por el mero hecho de un pasajero contacto, sino por la relación lógica interna. Si surge de nuevo en su consciente una parte (p. ej., una demostración construida "conclusiva y comprensivamente"), ésa atraerá las demás partes, por la fuerza de la relación lógica, igual que durante el proceso creador, cuando constituyó el punto de partida para las conclusiones a ella ligadas—.

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