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viernes, 22 de julio de 2011

Psicología de la asociación

Psicología de la asociación.


Además del "nexo asociativo temporal", hay una serie de fuerzas psíquicas, directamente acccesibles y de sentido inteligible, por esencia (voluntad, sentimiento), que pueden llevar a la conciencia el caudal de conocimientos almacenados en el poco conocido o subconsciente depósito de la memoria. Sin embargo, en la historia de la Psicología, una de ellas, la fuerza de asociación, ha desempeñado un papel preeminente, más bien único. Debió de contribuir a ello la orientación del desarrollo de la Psicología en el sentido de las ciencias naturales, con su tendencia a reducir lo más posible el número de últimas fuerzas que actúan en la Naturaleza. Esa tendencia es la que ha hecho posible a las ciencias naturales redondear el concepto del universo, coronándolo con el concepto energético que lleva involucrada la posibilidad de transformación de las diversas formas de energía. La aparente imposibilidad de comprender el principio de asociación "desde dentro" y su interpretación externa como la "yuxtaposición de procesos psíquicos que han estado en contacto temporal", llevaba a los investigadores naturalistas a convertir la asociación en la fuerza psíquica central. Por otra parte, también influía el hecho de que la Física y la Química, las dos ciencias naturales enseñoreadas del concepto del universo, les tuviese acostumbrados a considerar, precisamente las leyes más generales, como las últimas y como representativas de la realidad encontrada, pensando, además, que era inútil tratar de penetrar en ellas y de comprender su "sentido": Esto era natural, pues sin poder conocer ningún sentido de ello, las masas, p. ej., se atraen en virtud de la fuerza gravitatoria. Este es un hecho indiscutible. Pero una vez comprobado el hecho y su generalidad, se puede explicar sobre esa base y deducir muchas cosas que serían inexplicables sin la constatación primera: no solamente la caída del agua hacia la tierra en forma de lluvia, sino también el ascenso de esa misma agua hacia la altura, en forma de vapor; el ascenso de la columna del barómetro y del globo lleno de gas, en el aire; la situación de los planetas con respecto al cuerpo celeste central, alrededor del cual giran y del que deben separarse, sin fuerza gravitatoria, por medio de la fuerza centrífuga, y otras muchas cosas más.

A los psicólogos naturalistas, la fuerza de asociación les parecía una de esas últimas realidades indiscutibles en el campo de lo psíquico, por medio de la cual era posible explicar infinidad de fenómenos de los sucesos psíquicos, aunque ella misma no fuese sino "sencillo dato" encontrado y reconocido sin que pudiese ser comprendido "su sentido o su esencia interior".

Su existencia fue reconocida por todos, por costumbre, pues ¿qué otra cosa es la costumbre que un conjunto de procesos psíquicos (o psicofísicos) que se suceden a veces o a menudo ligados entre sí de tal manera, que al presentarse la situación inicial se siguen los movimientos o repre¬sentaciones subsecuentes, aun en el caso en que falten los estímulos o los impulsos voluntarios que normalmente los determinaban? La voz y la figura de una persona aparecen habitualmente juntos a nuestra percepción: Al oir la voz conocida en la habitación de al lado, sin ver aún al que habla, ya se verifica la representación visual del que posee esa voz. Las dos impresiones se han ligado entre sí por asociación, debido a su repetida coincidencia o sucesión —la presencia del uno trae consigo la representación del otro—. Los movimientos que realizamos en determi¬nada secuencia, se convierten en movimientos sucesivos y si se inicia uno de ellos, se seguirá por sí misma la secuencia habitual. Yo tengo la costumbre de colgar, al llegar a mi casa, primero, el sombrero a la derecha y después, el abrigo, a la izquierda, y esos movimientos se presentan "por costumbre" y en esa secuencia, en cuanto cierro la puerta de la casa detrás de mí. Si se cambian las perchas corres pendientes, tardaré algún tiempo en "cambiar de costumbre". Siempre se repetirá automáticamente la secuencia de los movimientos, hasta que la frecuente repetición de la nueva secuencia determine un nuevo orden de asociación. Tiene una indudable importancia para el hábito el orden cronológico o el contacto, como factor determinante del conjunto de los procesos psíquicos. Y hay otro pensamiento afín: que no todo contacto temporal ha de ser, forzosamente, espacial (como no lo es, p. ej., en el campo de lo psíquico —pensamiento abstracto, voluntad y también, parcialmente, en los sentimientos y aun en lo que oye el que no tenga más que un oído—, pues el volumen no desempeña ningún papel) ; pero sí todo contacto espacial ha de ir acompañado por otro, temporal. ¿ Por qué, pues, ha de suponerse que a toda asociación temporal ha de acompañarla otra, determinada por el contacto espacial? Se suprimió, pues, el contacto espacial como factor determinante de la asociación y se limitó el concepto a la consecución cronológica o la simultaneidad. ¿ Pero es que las relaciones de la igualdad y del contraste no se encuentran en el misma caso? 

Se creyó poder también contestar a este respecto en forma afirmativa: lo igual que no se presenta también oportunamente, se ligará tanto menos cuanto mayor sea el intervalo de separación; en cambio, las impresiones iguales simultáneas se asocian con mucha facilidad y con tanta más fuerza cuanto más a menudo se presenten juntas. Las mismas impresiones producen también lo que se nos presenta simultánea y muy frecuentemente: las hojas verdes del verano, por todas partes; la nieve, en el invierno1; casas iguales (o similares) en una colonia; borregos iguales, en un rebaño, etc. —todas esas impresiones, no solamente están compuestas con los mismos elementos de impresión, sino que se nos ofrecen simultáneamente—. El investigador que buscaba um, sola y misma fuerza fun damental, determinante y rectora de todo lo psíquico, el psicólogo de la asociación, tampoco vio aquí esa fuerza en la "impresión de igualdad" misma, sino en la simultaneidad de la presencia de las mismas impresiones elementales : esa simultaneidad era la que debía constituir la fuerza que ligaba esas impresiones elementales. Exactamente lo mismo es aplicable al contraste: la luz más deslumbrante lleva aparejada la sombra más obscura; las más altas montañas, los valles más profundos; los hombres, a las mujeres; donde hay niños, hay también adultos; donde hay un padre, habrá, generalmente (en la familia), una madre, y también donde hay un hermano, se encontrará, a menudo, una hermana. ¿ Por qué habría que admirarse, pensó el psicólogo de la asociación, de que en el experimento sobre asociaciones, a la palabra luz se reaccione con la palabra sombra; a la palabra monte, con la de valle; a la de hombre, con la de mujer; mujer —niño o padre, hermano— hermana, etc.? Si estas impresiones de contraste se presentan tan a menudo simultáneamente juntas, su nexo no vendrá de su contraste, sino de su liga asociativa temporal.

El antiguo ejemplo, ya procedente de Platón, relativo a una liga asociativa semejante, en que ambos elementos son percibidos simultáneamente, muestra la relación de lo visto y oído al mismo tiempo: la voz y la imagen de quien la posee. Es un ejemplo muy acertado, pues resulta más limpio que la mayoría de los experimentos psicológicos por medio de los cuales se desea demostrar la formación de la liga asociativa: durante el experimento, el sujeto se encuentra ante una obligación. Debe, p. ej., fijarse en una serie de sílabas sin sentido, que se le presentan. ¿Es sólo la fuerza de asociación la que actúa en este caso? También existe la voluntad de fijarse en las sílabas; tal vez la voluntad actúa como concausa para fijarse, o quizás participe en ello como la causa principal. Ya hemos oído que la voluntad, en general, tiene una gran influencia en el desarrollo de las representaciones. Tal vez esa serie de sílabas no se habría unido en tal forma si la voluntad no hubiese intervenido para realizar el agrupamiento.1 Sin embargo, en opinión de la psicología de la asociación, la misma tendencia a la unión por asociación debería ser una fuerza última, en el sentido en que lo es, p. ej., la gravitación: basta que existan dos cuerpos para que se atraigan. Así, también, dos circunstancias psíquicas que se presentan una o más veces en coincidencia o sucesivamente deben adquirir, por ese hecho mismo, un nexo común y, precisamente, el nexo de una asociación, de tal modo que al presentarse uno de los miembros, se origine una tendencia del otro miembro a presentarse en el consciente (aunque esa tendencia sea inicialmente muy débil). Por eso es esencial que para estudiar la eficacia de la "fuerza de asociación pura", se descarten todas las posibles concausas —entre ellas la de la voluntad de aprender—, pues pueden también condicionar un nexo entre los distintos elementos del 
suceso psíquico. Esto, exactamente, es lo que logra el ya mencionado ejemplo de Platón.

Del mismo género fue la razón que llevó a escoger una serie de sílabas sin sentido para la experimentación psicológica de la asociación: un poema tiene ritmo y rima y, además, una sintaxis que nos es familiar y un significado en sus versos. Esos dos últimos factores los contiene, igual mente, cualquier texto en prosa. Las "sílabas sin sentido" están exentas de esos factores auxiliares y por eso constituyen un material bien seleccionado para probar los posibles "nexos por pura asociación".

Con respecto a la "asignación de trabajo" (y su aceptación voluntaria por parte del sujeto del experimento) que lleva aparejada la concentración de la voluntad para la formación de "ligas puramente asociativas", es una fórmula que tuvo que ser desechada, pues para lograr "asociaciones que surgieran espontáneamente" se prefirió algo que aparentemente lo lograba, como el caso limpio de la voz y la fisonomía del individuo correspondiente. Surge la duda respecto a la posibilidad de que realmente existan situaciones y materiales para formar ligas por asociación, con respecto a los cuales la voluntad esté totalmente ausente —entendiendo por voluntad no sólo los actos volitivos conscientes, sino la actividad por sí misma, como postura volitiva fundamental del ser humano—. ¿No intervendrá acaso una postura volitiva nuestra en la concepción como grupo, precisamente de aquello que se nos presenta inicialmente en una coincidencia cronológica y en la tendencia a reproducirlo en la misma forma, una vez que se ha fijado esa relación inicial? En pro de la existencia habitual de una predisposición de ese tipo, existen los casos en que ha sido eliminada por efecto de una contradisposición adecuada. No es raro que el automovilista llegue a dividir su atención en dos series de percepción: por una parte, hay que fijarse constantemente en los estímulos provenientes de la calle (muy especialmente con tráfico intenso), para reaccionar a ellos por medio de movimientos adecuados de la dirección; por otra parte, el acompañante puede hablar simultáneamente de acontecimientos que no son indiferentes al conductor y hacer preguntas que deben ser contestadas. Será totalmente indife rente para el conductor qué impresiones provenientes del tráfico coincidan o sigan a lo que su acompañante le vaya diciendo. Cabría preguntarse si el conductor podría "reproducir" en forma más.o menos correcta, al terminar el paseo, la relación entre los momentos de la narración y los cronológicamente correspondientes a las situaciones del tráfico; es decir: si se han establecido nexos, en esas circunstancias, entre los componentes de ambas series de impresiones y si se forman con la misma intensidad correspondiente al caso en que no hubiese existido la división de la atención entre las dos series, sino que se hubieran encontrado ambas dentro del mismo campo de atención.

Los resultados relativos a otras situaciones, cuando no hay desdoblamiento de la atención, son más claros de entender: en los experimentos de abstracción, se muestra al sujeto una figura que, como dato concreto, posee, además de su forma, un color, tamaño y posición determinados. Se le vuelve a enseñar al sujeto esa figura entre otras varias, pero variando el color, el tamaño, la posición (por ejemplo, girándola para que aparezca desde un ángulo distinto) y el sujeto debe reconocerla lo más pronto posible —pues sólo se trata de -la figura misma.— 

Si inmediatamente después de la primera exposición se pregunta al sujeto respecto al color, no puede contestar en muchos casos, pues concentró su atención en la figura y tuvo muy poca oportunidad de formar asociaciones entre la figura y el color, aunque ambas le fuesen presentadas al mismo tiempo. Cuando un declamador aprende un poema en su casa, se encuentra en "la situación de estar en casa": su cuarto, con todos los objetos de ella, están a su vista; además de los estímulos visuales puede recibir otros acústicos: el despertador dejará oir sensiblemente su tictac; del cuarto contiguo puede venir un ruido de aspiradora o voces de niños que juegan, y tal vez estén extendiendo grava frente a su ventana. El recitador que está estudiando, procurará aislarse de todos esos estímulos y de concentrar su atención únicamente en el poema, es decir, que trata de no captar en una vivencia común las impresiones simultáneas que recibe de su libro y del ambiente que le rodea. Hace lo posible por separar las impresiones provenientes de su libro, elevándolas por encima de la situación de estímulos en la que se encuentra. Su atención se halla toda entera entregada al poema y a aprenderlo de memoria. El resultado es que por esa disposición, las asociaciones referentes al poema se forman muy bien y, en cambio, las correspondientes al poema y el ambiente son muy débiles o ni siquiera se forman (debido a la disposición de su voluntad), por lo que no tendrá más adelante dificultad alguna para recitar su poema en cualquier otro ambiente sin que recuerde la situación en la que aprendió el poema en su casa. Por su parte, las impresiones del ambiente casero pueden agruparse, a su vez, muy fuertemente, y el ruido de la grava o del reloj pueden traer fácilmente a su memoria el zumbido de la aspiradora o las voces de los niños que percibió entonces, simultáneamente. 

Normalmente, nuestra percepción nos inclina a considerar las impresiones perceptivas que se nos ofrecen simultáneamente como algo, que por ese mismo hecho, está agrupado. Por su contacto temporal o espacial, se destacan de entre las demás realidades y se colocan en una relación especial entre sí, tanto en la realidad objetiva como en el concepto del que las vive. Si consideramos la palabra personalidad en su más amplio sentido, podríamos decir que esa proximidad recíproca las engloba en una personalidad especial, la personalidad de la proximidad, destacándolas, así, de las demás realidades —porque la distancia puede acusar muchas diferencias, mientras que la extrema proximidad, sólo una, que por eso mismo subraya—. Es más, todo lo que está comprendido en una misma conciencia adquiere, por ese mismo hecho, una peculiar relación de esencia. No es, pues, de extrañar que lo que se encuentre, además, marcado por una proximidad en el tiempo y el espacio,, adquiera un nexo asociativo muy estrecho, que le da una relación de unidad.

Función especial de la memoria asociativa en el desarrollo filogenético de la serie animal

Esa impresión de unidad debida a la proximidad de vivencia espacio-temporal, así como el nexo asociativo por ella creado, sobrepasa, pues, el nexo especial derivado de un concepto restringido en el significado de la palabra estructura. Es un nexo más primitivo, valedero ya en los comienzos de la vida y para los más primitivos representantes del mundo animal. Porque también éstos poseen ya una "memoria mecánica", con capacidad asociativa pura para las impresiones ligadas en el tiempo y espacio. Y esta memoria mecánica tiene otra cualidad que la hace inapreciable para lograr la adaptación deseable, es más, que la hace adecuada para substituir, aun en los más bajos niveles de vida y en un alto grado, al pensamiento lógico de los cerebros más elevados.

A este respecto cabe afirmar dos cosas: 1. Ya hemos visto que la duración y el número de las repeticiones de las dos impresiones, A y B, aumentan la intensidad del nexo asociativo que existe entre ellas. Es más, en determinadas circunstancias (importancia, sentimentalismo) y aun para una sencilla secuencia de A y B, se puede llegar a una asociación tan fuerte, que al presentarse la A, la B también se presenta "por sí misma", en forma de imagen. A veces, sin embargo, el nexo establecido por un solo contacto temporal es demasiado débil para lograr que la B se eleve desde el depósito de la memoria hasta la conciencia. 2. Hay que añadir lo relativo a la propiedad psíquica fundamental, ya mencionada muchas veces: Nuestra conciencia es comparable al cimborrio de una gran cúpula, en el que no cabe sino una mínima parte del contenido psíquico almacenado en ella. Por tanto, si hay varios pretendientes para entrar en la conciencia, los atraídos con mayor fuerza serán los únicos que realmente puedan entrar.

Ahora bien, los seres vivientes son comparables, en su modo peligroso de vivir, a una fortaleza con una guarnición muy limitada, con la que sólo es posible repeler el ataque por un lado, pero nunca por todos a la vez; pero cuyo comandante tiene la suerte de saber de qué lado es más probable que se efectúe el ataque. Ese cálculo de probabilidad (el cual supone una razón bien desarrollada) le dice, pues, que no tiene objeto guarnecer simultáneamente los cuatro lados de la fortaleza, porque sea el que fuere el elegido, sus fuerzas no bastarían para rechazar el ataque. Pero si concentra todas sus fuerzas por el lado probable del ataque, no tendrá una seguridad total, porque estaría perdido si el ataque se efectuara por uno de los lados no esperado. Sin embargo, habrá tomado la mejor resolución, la que con más frecuencia le conducirá a rechazar al enemigo y a asegurar su situación.

Habrá actuado por consideraciones de probabilidad: eso es lo que se logra, en niveles más bajos de existencia, por medio del sencillo mecanismo de asociación. En efecto, supongamos que la impresión que más a menudo sigue a la percepción de la impresión A, es la B (A-B), mientras que las demás impresiones, C, D, E, etc., siguen rara vez a la A (A-C, A-D, A-E, etc.). Es indudable, sin embargo, que entre ellas y A se haya establecido también una asociación, por tanto, sus representaciones tratarán de entrar en la conciencia, en cuanto se presente A. Pero la representación B, la más fuertemente asociada a la A, expulsará a las demás de la conciencia e impondrá su dominio, de modo que el ser viviente se orientará por la impresión B, por lo que respecta a sus reacciones y expectaciones. Ciertamente que estará impreparado y tal vez perdido si en vez de lo que esperaba, A va seguido de G, D o E. Pero para la conservación de la especie, a la Naturaleza no le importa sino el comportamiento del ser que conduzca las más de las veces a un buen fin. Y es precisamente esto lo que nos había mostrado la reflexión sobre la probabilidad: es decir, precisamente aquello que parece desprenderse en forma ciega y automática del mecanismo de asociación. En tanto las condiciones generales del mundo exterior no varíen, la secuencia de impresiones A-B, seguirá siendo, también en el futuro, la más frecuente, al igual que hasta ahora. La secuencia A-B es, pues, la más probable y el orientarse hacia ella, la conducta más útil (puesto que la disposición con respecto a todas las posibilidades no es posible), ver el ejemplo del jefe de la fortaleza: y esa disposición expectante y de preparación es originada por la acción conjunta del mecanismo de asociación y de la poca capacidad del consciente. Lo que sólo el pensamiento nos puede indicar como la mejor conducta nos lo da el nexo asociativo, automáticamente y como actividad superior del pensamiento. Esas dos normas rectoras se encuentran en nuestro ser, tan arraigadas como las leyes físicas en una máquina de calcular electrónica: debido a su actividad, se obtiene automáticamente el mismo resultado que nos daría el pensamiento mediante un trabajo muy penoso y elaborado.

El principio fundamental de la psicología de la asociación es, pues, tan válido ahora como antes, aunque se le halla despojado de su validez general y única. El psicólogo debe usar de su cualidad normativa cuando trate de derivar el desarrollo concreto de los fenómenos psíquicos, de las leyes generales. Por tanto, no han sido inútiles los esfuerzos de las investigaciones realizadas en el campo de los nexos asociativos. 

















1 La importancia que tiene la voluntad resalta en las uniones por asociación excesivamente fuertes, que se obtienen por una "práctica intencionada". En esa práctica o ejercicio, la asociación también trabaja en forma decisiva, pero no más que la voluntad, la cual liga unos con otros a determinados movimientos o repre¬sentaciones. Piénsese, p. ej., en el entrenamiento o ejercicio de determinados grupos de movimientos para la esgrima, el ciclismo, el baile, etc.




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