Búsqueda personalizada

TRADUCTOR

viernes, 1 de julio de 2011

Las transformaciones de la cnducta

CAPITULO III
LAS TRANSFORMACIONES DE LA CONDUCTA

I. Desde su nacimiento, el hombre no deja de conducirse: Debemos tomar esta fórmula al pie de la letra: lejos de 'ser conducido', como una máquina, que encuentra fuera de ella las reglas de su funcionamiento, es^propio del ser humano hallar en sí mismo la fuente de sus ajustes al ambiente; el individuo nunca deja de 'conducirse' porque, precisamente, en virtud de la vieja fórmula de Spinoza debe conducirse para poder persistir como su organismo. Es por eso que la personalidad se elabora con procesos que, de una u otra manera, son inmanentes a la 'corriente de conducta' que comienza con el nacimiento. Y, ú con la actual psicología de inspiración psicoanalítica convenimos en denominar conducta al conjunto organizado de las operaciones, seleccionadas en función de las informaciones recibidas sobre el medio, por las cuales el individuo integra sus tendencias, resulta que es a través de la historia de las conductas como debe explicarse la formación de la personalidad. Pero, dado que 'conducir' operaciones equivale a seleccionarlas y organizarías, se infiere también que las conductas tienden a ser producidas —inducidas, si se quiere—, por otras conductas que son las que orientan esta selección y esta organización: en cierta medida, la presencia de una determinada conducta permite fijar las probabilidades de aparición de toda otra serie de conductas. En consecuencia, si bien es cierto que la personalidad se forma a través de las conductas, no es menos cierto que las conductas expresan la personalidad. Dicho de otra manera: la personalidad es a la vez el resultado de la conducta y aquello que conduce; personalidad y conducta son, pues, dos aspectos complementarios de una misma historia.

No es de extrañar entonces que, según el punto de vista en que uno se ubique, se pueda considerar las tendencias que la conducta integra, tanto como factores, cuanto como productos de la conducta. 

"Según el punto de vista en que uno se ubique", significa: según el momento histórico que se considera. En efecto, nadie puede dudar de que las operaciones, cuyo papel consiste en integrar motivaciones o tensiones, no sean a su vez causa de nuevas tensiones, digamos de tendencias adquiridas. Según la excelente fórmula' de G. Palmade, "la conducta es organizadora de tensiones o de motivaciones, así como de las operaciones transitivas por las cuales ella misma se realiza .. ." En cierto' sentido, pues, algunas tensiones, organizadas de determinada manera, existen porque existe una conducta. De este modo, nuevas tendencias y nuevas operaciones nacen en el transcurso de un continuo proceso de interacción. Finalmente, parecería que los procesos que hemos llamado 'inmanentes" a la corriente de la conducta no pueden concebirse, dentro del marco de la psicología clínica, sino como transformaciones a través de las cuales se elabora una historia personal.

El estudio de fas transformaciones de la conducta se torna entonces fundamental. ¿Cómo son posibles tales transformaciones? ¿Cómo surgen y cómo se fijan? Cualquiera sea el momento en que se estudia la 'transformación', ésta se efectúa necesariamente sobre la base de: I) Tendencias, elementales o adquiridas, innatas o que aparecen cuando la maduración orgánica lo permite, las cuales suscitan y dirigen el Comportamiento; 2) Operaciones ya existentes, instintivas o adquiridas, que forman el fundamento de la transformación, y que, o bien son asimiladas a un nuevo todo, o bien sufren una disociación; 3 ) Imposiciones situacionales, obstáculos sociales o modelos culturales de acción; 4) Por último, un conductor: la variable personal misma, la personalidad ya formada y 'prégnante' que, por lo menos, prohibe ciertas posibilidades. Supongamos ya conocida —en el momento en que se estudia la personalidad— la presencia de elementos 'pasados; con esta base particular, la transformación obedece a normas transversales, que dan cuenta del 'mecanismo' de la operación de elaboración. Por esto mismo resulta absolutamente necesario desprender los principios a que obedece o puede obedecer la. elaboración (es lo que han hecho todas las psicologías genéticas, incluso el psicoanálisis). Frente a un obstáculo que induce a la frustración, el psicólogo sólo podrá decir ron certeza: puede ser que se produzca una reacción agresiva; pues le será imposible prejuzgar de las variables exactas que condicionan la individualidad de la reacción. Sin embargo, podrá enumerar cierto número de variables y prever que si tal variable está presente, un' principio general comenzará a actuar.

Es. tan decisiva la influencia de los cinco primeros años de vida sobre la formación de la personalidad, que los problemas planteados por las transformaciones de la conducta se sitúan concretamente dentro dé ese marco. Las experiencias posteriores al quinto año de vida ejercen, por cierto, una acción formatriz sobre la personalidad, y pueden, según la expresión de D. Lagache, "ser los agentes de aperturas o de cierres nuevos". Pero dado que en estos cinco primeros años progresa rápidamente la maduración psicofisiológica, se estructuran los primeros modos de relación con nuestros semejantes, se.forman hábitos culturales fundamentales, se asimilan los principales sistemas de, referencias sociales y aparecen finalmente, a la vez, la angustia y los estilos primitivos de reacción a la angustia, es lícito considerar que el postulado freudiano de los primeros cinco años no puede ponerse seriamente en tela de juicio. Por esto, conviene insistir principalmente en los mecanismos que intervienen en este período.

II. Pero antes retomemos la noción de 'tendencia' a que hemos aludido. Las transformaciones de la conducta no podrían tener ninguna significación sino la de asegurar la función que le ha sido atribuida. Ahora bien, dijimos que el objeto de la conducta es asegurar la existencia misma, la persistencia del organismo. Por lo tanto, inmanente a todos los hechos de comportamiento, existe un dinamismo que expresa la tendencia del organismo a tersevertir en su ser, dinamismo que se traduce por una movilización energética cuya mira es la integración. En efecto, el organismo no puede persistir sino en la medida en que es 'uno', en que resiste a las fuerzas disociativas.

Surge de allí la necesidad ineludible de postulados dinámicos en psicología. La noción de tendencia responde a esta necesidad. Todo ocurre,, en efecto, como si —por una extensión del principio fisiológico de la "homeostasís" de Cannon— toda tensión interior al organismo que entraña para éste el riesgo de una disociación, exigiera del mismo que actuara para suprimir esta tensión. En resumen, la fuente de la tendencia sería una situación interna que exige su propia supresión por medio de una conducta adecuada. A la tensión suprimida sigue un estado de equilibrio y de satisfacción que persiste hasta que aparece otro estado de tensión. Prácticamente, resulta correcto entonces' describir la conducta refiriéndose a las fuerzas motivacionales que la orientan hacia actos y objetos que realizan el ajuste que ella, por su naturaleza, busca.

Sin embargo la noción de tendencia (al igual que la noción de 'pulsión', de drive en la terminología anglosajona) no carece de ambigüedad.

¿Debemos denominar tendencia a toda fuerza que orienta al organismo en una dirección o en otra? Es lo que hacen no sólo los teóricos 'clásicos' de la tendencia, sino además Lewin, Cattell y Murray. ¿Por el contrario, debemos reservar, como Freud en su teoría de las pulsiones, el nombre de tendencias para las fuerzas que se insertan en un objeto (cosa o persona) y se presentan como 'hambres" de un estímulo? Es necesario plantear la pregunta, porque si se acepta la primen; definición se podrá hablar tanto de tendencias negativas (tendencia a huir del dolor) como de tendencias positivas (tendencia a apderarse de un alimento). Pero entonces, para conservar el esquema tensión-reducción dé la tensión y no vernos ipbligados a aceptar que las tendencias actúan'como reflejos -—lo cual, precisamente, parecé\excluirlo de dicho esquema— tendremos que clasificar las tendencias a evitar un estímulo en la categoría de las tendencias adquiridas; mejor aún, será necesario indicar, o bien que estas tendencias implican el recuerdo de un daño precedente, o bien que nacen de un condicionamiento. Eso no tendría mayor importancia si se tratase solamente del carácter adquirido de las tendencias, ya que, concretamente, la mayor parte de las motivaciones humanas, aun aquellas que pueden ser denominadas 'innatas', son el resultado de la experiencia y de la influencia cultural; pero tal descripción de las tendencias negativas —evitamientos— pone en tela de juicio la naturaleza ante todo interna, la fuente 'tensora' de las motivaciones y, por lo tanto, se muestra contradictoria, como ocurre principalmente en Murray y Cattell. Dado que tendremos que utilizar la hipótesis 'pulsionaP —principalmente dentro del marco de una psicología del conflicto, en que pueden intervenir fuerzas negativas y positivas—, lo mejor, a nuestro entender, será distinguir separadamente: 1) los reflejos primarios espontáneos impulsivos y automáticos en los que el estímulo provoca la respuesta sin la intervención de una motivación en el sentido real de la palabra; 2) las fuerzas adquiridas, que sobre la base de un hábito impulsan el organismo a evitar el riesgo de una disociación; 3) las tendencias propiamente dichas que, como el hambre, la sed y la necesidad sexual, son las exigencias de objetos complementarios externos definidos, por intermedio de operaciones adecuadas. En el primer caso, es ilegítimo el uso de la noción de tendencia. En el segundo, sólo es legítima la noción general de fuerza. Únicamente en el tercero se justifica utilizar la idea de tendencia o de motivación, porque sólo en este caso existe realmente una tensión que orienta el organismo hacia el objeto que aparece como el instrumento que permite la reducción de la tensión y, por lo tanto, la 'satisfacción'. El lector notará la influencia de Pradines en la distinción que efectuamos entre 'fuerza' y 'tendencia a la tendencia, en sentido estricto es una fuerza, pero no toda fuerza es una tendencia: para ello hace falta, además, que la fuerza se inserte positivamente en un objeto fin positivo. Un conflicto de fuerzas puede ser tanto un conflicto entre tendencias en el sentido amplio de la palabra, como un conflicto entre tendencias en el sentido estricto, o un conflicto entre tendencias en el primer sentido y tendencias en el segundo sentido.

En consecuencia, sólo pueden considerarse innatos, muy relativamente, por otro lado, los ergs de la terminología de Cattell, tales como las necesidades físicas (hambre, sed) y las necesidades sexuales (con todas sus componentes sucesivas a medida que se cumple la maduración psico-fisiológica): en efecto, sólo ellos orientan hacia objetos cuya ausencia produce la disociación. Los ergs obedecen primitivamente a dos principios: el principio de constancia que indica que el organismo tiende a persistir en una forma de conducta hasta que logra la satisfacción y el principio de placer, que indica que el organismo tiende primitivamente hacia objetos-fines que procuran la satisfacción. Basado en estas tendencias se edifica progresivamente el comportamiento, por sustitución sucesiva de objetos, en función de las necesidades del ambiente y de las fuerzas coercitivas que éste inserta progresivamente en el organismo.

III. Prácticamente esta influencia del medio se experimenta desde el nacimiento. A partir de ese momento el niño manifiesta una gran plasticidad, y a medida que aparecen, con la maduración, posibilidades de nuevos ajustes, la transformación de la conducta orienta insensiblemente al individuo hacia un estilo de personalidad singular, vale decir; poco a poco" surgen y se fijan 'hábitos de comportamiento', en el sentido amplio del término, los cuales dejan una marca imborrable. ¿Cómo surgen nuevas estructuras de conducta y cómo se mantienen?

La pregunta se plantea más en el caso de! hombre que en el caso del animal. En efecto, los animales cuentan con todo un arsenal de respuestas instintivas, que les permite reducir las motivaciones que los presionan; en buena medida, y sobre todo si pertenecen a los grados inferiores de la escala, están ya adaptados al medio. El niño debe adaptarse, él mismo, activamente. Para esto, debe casi inventar vías específicas de reacción y, sobre todo, tomar en cuenta los modelos de comportamiento que la cultura le propone por intermedio del círculo adulto y familiar. La inflexibilidad del medio cultural lo obligará continuamente a hacer una cosa para lograr hacer otra; por ejemplo lo obligará a satisfacer los deseos de sus padres para poder satisfacer sus propios deseos. El niño se verá llevado entonces a buscar cuidadosamente ciertos objetos o a responder a estímulos cuyo valor es secundario, porque éstos son los medios indirectos para satisfacer las tendencias .elementales. Así se establecen lo que Cattell llama "conductas de largo circuito", que permiten satisfacer en último término el fin principal por intermedio de comportamientos cuya mira son fines secundarios.

Los conductistas pretendían que bastaba el mecanismo del 'condicionamiento' para dar cuenta de la formación de los hábitos infantiles. El condicionamiento define, como sabemos, la transferencia de eficacia de un estímulo absoluto (el objeto normal) a un estímulo primitivamente ineficaz que se en¬cuentra constantemente en concomitancia con el primero. Por lo tanto, según estos autores, la co-presencia de objetos indiferentes y de objetos-fines bastaría para explicar que los objetos indiferentes se transforman ellos mismos en fines! En realidad, el condicionamiento no actúa sino en el nivel en que Pavlov lo hacía efectivamente actuar: en el nivel de los reflejos, exclusivos de toda motivación. El niño aprende así a evitar el dolor reaccionando negativamente a los signos del estímulo doloroso; en este caso la concomitancia del signo v de la cosa significada basta para explicar el hábito. Pero desde que entra en iuego una motivación positiva hacia un objeto-fin, sólo la ley del efecto, es decir el principio de la satisfacción final de la tendencia, permite explicar la fijación de una conducta que responde a otro objeto. Ahora bien, tenemos que admitir que se .trata del caso.. general. No todo estímulo asociado da origen a una nueva conducta, porque la conducta sólo se fijará si la respuesta a ese estímulo , resulta útil en alguna forma; si, en último término, reduce la tensión mótivadora.

Bastaría otra razón para rechazar la teoría del condicionamiento. Se debe buscar en el conflicto el motor de la transformación de las estructuras, de la adquisición de conductas vinculadas con nuevos objetos-fines y finalmente de la instalación de conductas de largo circuito. Ñewcomb resume lo esencial: "Las nuevas vías de reacción nacen cuando las más antiguas están bloqueadas; tal es el principio fundamental de la formación de la personalidad."

Si los objetos buscados por las motivaciones elementales siempre estuvieran presentes, si las vías usuales de satisfacción siempre fuesen posibles y, en particular, si el niño encontrara siempre, instantáneamente, satisfacción por medio de sus modos precedentes de actuar, no habría adquisición de conductas nuevas. Es extraño que esta evidencia no haya llamado la atención, aún antes de los esquemas freudianos. Debemos, pues, volver a la ley del efecto y a la manera en que ésta realmente actúa en las situaciones socialmente dadas: es decir, en un universo hecho de obstáculos que se oponen a la satisfacción de las tendencias,
.

sábado, 25 de junio de 2011

Personalidad, los determinantes constitucionales y la dialéctica

CAPÍTULO II
LOS DETERMINANTES CONSTITUCIONALES Y LA DIALÉCTICA
"NATURA" - "NURTURA"

I. Nadie niega que el desarrollo individual sea,, en parte, función de elementos constitucionales dados. El único problema consiste en averiguar cuál es su influencia, hasta qué punto determinan la historia individual y, en consecuencia, cuál es en la conducta la proporción entre lo dado, por una parte, y las estructuras adquiridas en contacto con el medio, por la otra. Es la aporía clásica de las relaciones nature-nurture de la terminología anglosajona; de lo innato y lo adquirido o de la herencia y el medio, de nuestra terminología. Los términos "natura" y ''nurtura" tienen la ventaja de ser muy generales; en particular, presenta el primero la conveniencia de no limitar arbitrariamente el contenido de lo dado, y el segundo, de connotar, a la Vez, el ambiente y sus resultados. ,

La psicología experimental ha intentado resolver el problema planteado de este modo por medio de observaciones científicas. Se impone un análisis crítico de sus resultados. Ésti mostrará cuan aleatoria resulta la pretensión de esclarecer, por la experimentación y la estadística, una relación que toma en el marco de la historia individual la forma de una incesante dialéctica.

El equívoco comienza en cuanto se intenta determinar el contenido del concepto empírico anglosajón de "natura", que corresponde a lo que hemos denominado 'elementos constitucionales dados'. ¿Significa únicamente las estructuras psicofisiológicas heredadas? Sin embargo, aquello que al nacer está 'dado' rebasa ya los límites de la herencia genética. ¿Significa entonces identificar los elementos constitucionales con las estructuras innatas? En estas condiciones se desdeñan los proceses de maduración. Evidentemente, el equivoco está vinculado con la interacción funcional "natura "-"nurtura".

En efecto, si la herencia está determinada por los genes, es hereditario aquello que se debe a los genes; herencia idéntica equivale a identidad de genes. Ahora bien, el feto tiene una vida fisiológica y psicológica intrauterina. Esta vida prenatal es, en parte, función del medio 'materno', es decir, del estado físico. y fisiológico de la madre, así como de su estado psicológico. Parece probado que el medio prenatal —-definido de este modo— puede ser traumatizante, causa de caracteres constitucionales duraderos que afecten considerablemente el desarrollo de la personalidad del individuo y toda su vida. Se sabe también que los accidentes de parco y las reacciones psíquicas del niño al nacer pueden originar estructuras congénitas. Por eso, lo constitucional desborda lo pulimente hereditario; paradójicamente, se puede considerar que ciertos elementos adquiridos —más precisamente, los elementos adquiridos in útero— forman parte de la "natura", o sea, que la "nurtura" contribuye a formar la "natura".

A través de numerosas observaciones sobre el papel que la maduración fisiológica desempeña en el desarrollo de las conductas, se llega a una conclusión análoga. No todas las estructuras que constituyen la naturaleza 'dada' están presentes en el momento del nacimiento. La existencia de estadios idénticos de desarrollo locomotor y lingüístico ,en el transcurso de la primera infancia, la aparición súbita en determinado momento de gestos y actitudes característicos de la especie, muestran suficientemente que ciertas formas de conducta no aparecen hasta que la organización muscular, neuro-vegetativa y cerebral hacen posible su aparición. Experiencias sistemáticas  han establecido que es inútil enseñar a caminar a un niño antes del término requerido, porque caminará aun sin adiestramiento a su debido momento; y se podría generalizar esta observación a la adquisición de todas las conductas relacionadas con la maduración. Ahora bien, la maduración no brinda, precisamente, más que posibilidades de acción; la actualización de estas posibilidades es función del ambiente. Retomemos el ejemplo precedente: las experiencias muestran que el adiestramiento es inútil antes de una madurez orgánica suficiente, pero que en momento se torna necesario. La posición vertical pertenece, aparentemente, a la "natura" del hombre; sin embargo, el niño no caminaría si no se le enseñara a caminar. El caso de los niños-lobos, que no caminan, sería una prueba suplementaria de estas consideraciones. Por esto, una vez más, nos enfrentamos aquí con una aparente contradicción: la maduración está dada, pero no nene influencia, no existe como dada sino en función del medio. No se puede considerar entonces el proceso de maduración como si fuera un factor directo de la personalidad; ésta actúa dentro de un movimiento de interacción complejo y es función tanto del desarrollo precedente como del medio. De este modo se explica la diversidad de reacciones individuales a las modificaciones universales —somáticas y glandulares— de la pubertad.

II. La dificultad de separar realmente lo adquirido de lo dado —sea al nacer, sea durante el proceso de maduración— influye ciertamente sobre los resultados de las diversas experiencias destinadas a establecer por medio de tests la proporción "natura"-"nurtura" dentro del marco de funciones psicológicas, tales como la emotividad, la inteligencia, etc.

E1 principio de experiencias de esta clase consistiría en controlar, sucesivamente, ambas variables. Pero en la práctica resulta muy difícil controlar el ambiente y realizar tests en condiciones tales que el ambiente permanezca, constante y, en consecuencia, se pueda tener la certeza de que las diferencias individuales observadas se deben únicamente a la constitución. Los trabajos de Leahy sobre las diferencias entre hijos adoptivos e hijos verdaderps no pueden ser probatorios, porque Leahy estudió niños que habían sido adoptados meses después de su nacimiento y, además, porque la actitud que los padres observaban frente a ellos no podía ser rigurosamente idéntica a la que adoptaban frente a sus hijos verdaderos.

Aparentemente, resultaría más fácil controlar la otra variable, y utilizar para ello el caso de los gemelos univitelinos, cuya herencia es rigurosamente idéntica. Para determinar con precisión lo que se debe al medio y, en consecuencia, lo que indudablemente es innato, bastaría, pues, con situar a tales gemelos en condiciones ambientales muy diferentes. Numerosos estudios de este tipo se realizaron en los Estados Unidos13.

Pero, en primer término, estas observaciones sólo permiten controlar la variable herencia, no la variable 'constitución dada', la "natura" en su sentido estricto. En efecto, ¿cómo asegurar en estas condiciones que una diferencia individual se deba al medio y no a los factores prenatales o congénitos? 

A menudo, gemelos veídaderos, criados juntamente, presentan diferencias innatas, aunque no genéticas: una de las famosas quintillizas canadienses dio muestras de una inferioridad intelectual constante, cuya causa era un handicap físico que provenia de sus malas condiciones en la vida embrionaria.

En segundo término, las variaciones que se pueden introducir en el ambiente de dichos gemelos durante el período de su desarrollo físico y mental no son más importantes que las variaciones debidas, por ejemplo, al "azar" de la existencia. Resulta difícil evitar que los medios respectivos en que se estudian artificialmente varios gemelos no tengan cierta unidad cultural, unidad que es causa de una 'personalidad básica' común, que podríamos confundir con los rasgos hereditarios. Para proceder correctamente, tendríamos que educar uno de los gemelos en una tribu del Amazonas, el otro en una familia burguesa de una gran ciudad, etc., y cotejarlos regularmente,por medio de tests durante el transcurso de su infancia y de sú adolescencia. Surge inmediatamente la imposibilidad teórica y técnica de tal experiencia.

Se han propuesto otros métodos, que Piéron recoge, lodos se estrellan, no sólo contra las dificultades prácticas de la experimentación, y la imposibilidad casi tota! de obtener grupos de control adecuados sino, sobre todo, contra los problemas vinculados con la esencia misma del objeto que se estudia. Todo seria fácil si pudiésemos reducir el problema a una ecuación tan simple como ésta: P = / (D) X (A), en la que P simboliza la personalidad, D lo dado y A el ambiente. Desafortunadamente, los factores D y A dependen esencialmente uno del otro. En efecto, tal como lo demostró Lewin, es imposible separar la predisposición y el ambiente. Una predisposición sólo puede definirse y revelar su existencia en función del medio, el cual, en cierto modo, la 'precipita'. Reciprocamente, el ambiente no puede definirse de manera objetiva y exterior; es siempre una situación psicológica general, un 'campo' nunca neutro sino provisto siempre de un sentido relativo a los deseos y a las necesidades. Las predisposiciones 'sensibilizan' con respecto al ambiente; este, a su vez, 'precipita' las disposiciones. El error que se comete al realizar experiencias sobre la herencia consiste en creer que el medio no es función de la herencia y que la herencia no está vinculada con las provocaciones del medio. Esta interacción hace que de buena fe se pueda atribuir a la "natura" lo que es "nurtura", y reciprocamente.

Ya tendremos ocasión de indicar en qué sentido la personalidad misma es una variable interviniente en cuanto se intenta relacionar una conducta y una situación. Ahora bien, las experiencias señaladas realizan siempre cortes transversales, como si fuera posible delimitar .en un momento dado aquello que, en la conducta, es "natural" y aquello que. es adquirido. Para estar segaros de los resultados, tendríamos que combinar el estudio clínico 'longitudinal' con los tests 'transversales', ya que lo propio de la personalidad es evolucionar en un sentido, condicionado por su propia evolución precedente.

III. No es de extrañar, pues, que los resultados obtenidos en este dominio por la psicología experimental resulten inconsistentes. Sólo aquellos que se refieren al problema del temperamento tienen algún valor, en la medida justa en que este concepto es estrictamente biológico, y remite a aquello que está directamente influido por la estructura endocrina y neurovegetativa más aún que al sistema nervioso central. En efecto, cada organismo tiene un estilo característico de movilización energética, el cual, a su vez, es función de datos anatómicos y fisiológicos. En estas condiciones no debe extrañar que el (temperamento aparezca como si estuviera determinado principalmente por la constitución. Sin embargo, ¿no está condicionado el funcionamiento del sistema simpático y endocrino por factores de orden psicológico? ¿Y no pueden ser el resultado de acontecimientos de la vida infantil los rasgos adjudicados frecuentemente al temperamento, tales como la introversión y la extraversión, la emotividad, las tendencias ciclotímicas o esquizotímicas, etc.? Una vez más nos encontramos en presencia de un complejo evolutivo. Restaría no atribuir al 'temperamento' sino las características suficientemente resistentes a las modificaciones, para dar impresión de permanencia, lo cual sería una mera petición de principio.

Aun menos confianza inspiran las conclusiones relativas a la herencia de aptitudes definidas o disposiciones prácticas de logros particulares. Así, según los trabajos clásicos de Newman, se concluiría que las variaciones del C.I. (cociente intelectual) están determinadas en un 68% por la herencia y en un 32 % por el ambiente. Pero los tests que utilizó Newman correspondían a un marco cultural determinado introducían, de todas maneras, cierta homogeneidad al penetrar en el marco de una personalidad básica análoga. Por otro lado, la fórmula final sólo podría tener valor estadístico, sólo es válida en promedio y de modo alguno excluye que, en circunstancias determinadas, todas las características intelectuales de un individúo se deban exclusivamente a la herencia o exclusivamente al medio. Por último, el C. I. individual evoluciona en función de la situación que lo estimula: tal el caso, presentado por Stagner, de las diferencias de nivel mental entre niños criados en sus hogares y huérfanos criados en instituciones; el C. I. de estos últimos se eleva no bien se los sitúa en condiciones afectivas favorables.

En cuanto a los desórdenes de la conducta y las perturbaciones mentales, las investigaciones realizadas llegan a la conclusión incontrovertible de que la herencia alcohólica o sifilítica influye sobre su "etiología, aunque todavía no se sepa bien si, en el caso del alcoholismo, se trata de factores hereditarios o congénitos. Pero debemos excluir de las perturbaciones de condicionamiento innato la mayoría de las neurosis, y aun la esquizofrenia. Lo que aquí está en juego, pues, es la importancia del substrato orgánico de la conducta: el papel de la "natura" predomina en los casos en que las perturbaciones son función directa de la estructura anatómica o funcional, pero en aquellos en que los desórdenes son de origen psíquico, parece predominar el papel de la "nurtura".

IV. Plantear el problema "natura"-"nur-vura" de la manera como lo plantea la psicología experimental, es tornarlo insoluble. En cada individuo, lo dado y lo adquirido interfieren en forma singular, específica de su propia personalidad. Es inútil, pues, tanto intentar establecer por medio de tests la proporción "natura"-"nürtura" de tal o cual individuo en un momento determinado, cuanto operar estadísticamente, como lo hace Newman. La interferencia de aquello que está dado al nacer con las situaciones en que evoluciona el organismo, la actuación conjunta, en el transcurso de la infancia, de la maduración y de lo que se percibe del ambiente, forman esa historia compleja que es la personalidad. 

Por esto, la psicología experimental ha planteado, en el fondo, un falso problema. Algo dado existe en todo individuo, pero no debemos suponer que se trata de una naturaleza ya hecha, que lo social modificaría ejerciendo desde afuera su causalidad; se trata más bien de un conjunto que excluye de plano ciertas posibilidades —el sexo no varía e impone una categoría de conductas y excluye otra— al mismo tiempo que comporta un elevado número de virtualidades. El problema de lo dado tiene estrecha vinculación con el problema de los mecanismos y el de las leyes longitudinales y transversales que permiten la evolución de una personalidad. En ese sentido, las leyes de la interacción "natura"-"nur-tura" constituyen el objeto mismo de toda psicología de la personalidad.

Para hacer un inventario de los diversos 'tipos' de estructuras dadas, no cabría más que enumerar, como Allport, las estructuras anatómicas y fisiológicas que están presentes en el nacimiento o que se forman poco a poco por procesos de maduración biológica: anatomía, principales funciones vitales, redes cerebro-espinales, neurovegetativas y endocrinas; a esto tendríamos que agregar las pocas vías de reacciones instintivas propias de la 'naturaleza' humana, algunas de las cuales son específicas de la primera infancia, así como las aptitudes particulares para el aprendizaje (por ejemplo, la aptitud para la marcha vertical). Excede los límites del presente tra¬bajo estudiar en detalle esas estructuras. Por otro lado, Allport mismo destaca el carácter aproximativo de toda tentativa de definir radicalmente lo 'dado'.

Sería preferible plantear el problema en términos de tendencias, como lo hacen los psicoanalistas freudianos y neo-freudianos, siempre que la existencia de reacciones a las tensiones internas y a los estímulos externos conduzca a postular la existencia de fuerzas motivacionales. Pero, ¿se reducen estas 'pulsiones' del vocabulario freudiano a la libido y a los instintos de muerte? ¿No tendríamos que clasificarlas en forma más detallada, como lo hacen Murray o Cattell? En realidad, existe una maduración de las tendencias mismas y, a medida que éstas aparecen, las vías de satisfacción abiertas dependen a la vez del medio y de la historia individual. El estudio de las tendencias 'elementales' está, pues, prácticamente ligado al de la elaboración progresiva de las conductas.

La personalidad


CAPÍTULO I
LA PERSONALIDAD APROXIMACIÓN TEÓRICA

Fuente: J.C. Filloux.

1. Desde que la psicología se ha transformado en ciencia, se dice comúnmente que su objeto es buscar y descubrir las leyes generales de la conducta, vale decir, las relaciones uniformes y necesarias que s.e dan en toda una ciase de fenómenos, en este caso, los fenómenos psicológicos. Con el objeto de lograr tal fin, la' psicología se ve inducida, por una parte, a seleccionar cierto número de segmentos de conducta, determinadas categorías de operaciones —percepción, memoria, emoción, etc.— y, por la otra, a observar y experimentar, en los múltiples representantes de la especie humana, las relaciones permanentes que existen entre los diversos aspectos y condiciones de estos fenómenos. En otras palabras, la psicología alcanza su objetivo por un doble proceso de abstracción y de generalización; dicho objetivo consiste en la formulación de las leyes que rigen los hechos de conducta o hechos psicológicos, de la misma manera que las leyes físicas rigen los hechos físicos, calóricos, ópticos u otros.

Sin embargo, si adoptásemos tal concepción de la psicología y, sobre todo, si dicha concepción fuese para el psicólogo la única hipótesis de trabajo, la psicología, con el pretexto de imitar a las ciencias naturales en su mira y su método, correría el riesgo de no lograr > un fin esencial: el conocimiento del individuo.

En efecto —ya practiquemos la psicología profesionalmente, ya nos hallemos, como todos los días, en presencia de nuestros semejantes—, jamás nos enfrentamos con el hombre en general, sino, siempre, con un hombre en particular, un individuo, quien frecuentemente es un enigma, un problema cuya solución, como sabemos, sólo puede encontrarse en él mismo. La característica esencial del hombre resulta ser, entonces, su individualidad, el hecho de que el nombre es un resultado único en su género y que, separado espacialmente de todos los otros hombres, no se parece acabadamente a ninguno y que se comporta de una manara que le es propia. Si el conocimiento psicológico no tuviese por intención fundamental llegar al conocimiento del individuó, dejaría de ser conocimiento psicológico, ya que toda conducta es conducta de un individuo determinado —con quien yo entro en relación— o incluso conducta de mí mismo, individualidad en medio de otras, y para las otras individualidades.

Ahora bien, sería difícil afirmar que el psicólogo cobra siempre conciencia de esta finalidad inmanente a toda ciencia. psicológica. Por el contrario, se tiene frecuentemente la impresión de que considera uno de los medios de la aproximación psicológica —la búsqueda de leyes generales— como si fuera su fin propio y que, paradójicamente, la individualidad^ como tal no le interesa. Para convencerse de esto no es necesario, de ninguna manera recorrer el inmenso campo de los estudios experimentales; basta consultar los tratados de psicología que consignan sus resultados: hace falta cierta dosis de imaginación para no olvidar que, siempre, quienes viven los fenómenos estudiados (memoria, conceptualización, voluntad, etc.) son los individuos, hasta tal punto se prescinde de la historia personal al estudiar estos fenómenos.

Por cierto, sólo existe —se dice— ciencia de lo general; no hay, en consecuencia, ciencia de lo particular. Es jugar con las palabras y limitar arbitrariamente el campo dé la investigación científica. En efecto, de ningún modo resulta en principio contradictorio considerar que el individuo, en su condición de tal, es el objeto real de la investigación y admitir al mismo tiempo que, para explicarlo y comprenderlo, conviene referirse a leyes que su comportamiento actualiza hic et nunc; supuesto que el individuo exprese siempre, en su conducta singular, relaciones de comportamiento que pueden ser generalizadas y que, en estas condiciones, se deba conducir principalmente los esfuerzos hacia el descubrimiento de leyes, no es menos cierto que la ciencia así adquirida sólo encuentra su justificación definitiva cuando sirve para aclarar las razones de ser de tal conducta en tal individuo. Por lo demás, si nos atuviésemos estrictamente, a la fórmula aristotélica, rio podría existir ciencia histórica alguna, se trate ya de geofísica o de historia humana, pues toda relación de causación histórica es, evidente-. mente, singular: los acontecimientos nunca se dan dos veces de la misma manera, aunque pueda existir un determinismo subyacente, aunque pueda haber leyes en la historia. Del mismo modo, ¿ha sido alguna vez el estudio de las leyes psicológicas preparación suficiente para comprender al prójimo? Si estas leyes poseen alguna expresión, ésta se halla en el individuo, y sólo en él.

II. Pero la adopción de esta hipótesis de trabajo.—la psicología es la ciencia de la individualidad— no debe inducirnos a confundir lo que desde ya podremos llamar psicología de la personalidad con la psicología diferencial. Surgida de una observación de Wundt y creada por Stern, la psicología diferencial plantea mal el problema del individuo, al identificarlo con el de las diferencias individuales. Los psicólogos de esta escuela estudian primeramente una función en forma aislada; luego establecen la distribución de dicha función en un conjunto determinado de individuos con el objeto "de descubrir las variaciones individuales o las excepciones a la ley. Es evidente, entonces, que no se trata de estudiar lo particular como tal, sino, más bien, sus variaciones respecto de lo universal. El psicólogo, preocupado, por las relaciones funcionales en general, ignora al hombre que posee dichas funciones: el individuo es el medio de la investigación y no su fin. Por otra parte, el acento está colocado más sobre los elementos de la conducta que sobre su organización personal. En pocas palabras, la psicología diferencial define la individualidad como un remanente, suma de los elementos parciales por los cuales el individuo difiere de un tipo abstracto y general, lo cual es una mera petición de principio.

Por supuesto, el psicoanálisis y la psicología 'clínicos' conciben más seriamente el problema de la individualidad. En particular, cuando el psicoanalista rastrea las causas universales, lo hace con el fin de comprender mejor la historia de una personalidad. La psicología de la Gestalt \ en la línea de los trabajos de Lewin, al insistir sobre los 'todos estructurales' de la vida mental; al criticar la selección arbitraria de los segmentos de comportamiento efectuada por la psicología experimental; al insistir sobre la interpenetración particular de las funciones dentro de un mismo organismo, cobra clara conciencia de la unicidad individual.

Ya se acentúe el carácter específico de la historicidad individual, ya la unidad e integración del campo psicológico, ¿no se considera en ambos casos la individualidad en su conjunto y no como un remanente diferencial? ¿Y no habría entonces que buscar en la individualidad misma, en su totalidad, la actualización de un determinismo que se inserta en el dinamismo propio del individuo y está presente en la unión particular de las funciones? Ésta es la manera más coherente de comprender la relación entre lo general y lo particular y la más apropiada para dar un contenido a la psicología, considerada ciencia de la individualidad.

III. Por_consiguiente, la pregunta fundamental que se plantea el psicólogo es la siguiente^¿cómo es posible una individualidad?

Si se conviene en utilizar el concepto de personalidad para designar esta individualidad psicológica, la pregunta implica una multitud de otrasr ¿cómo explicar y comprender tal personalidad? ¿Qué determinismos rigen su formación, estructuración y evolución?

Se sobrentiende que el contenido real del concepto de 'personalidad' —que utilizaremos de esta manera en lo sucesivo— sólo puede aparecer a medida que se responda a estas preguntas. Es difícil anticipar una definición que no sea puramente formal. Pero es necesa¬rio, por lo menos, destacar aquello que la personalidad no es.

Lá noción de personalidad, en tanto que individualidad psicológica, no significa aquí la influencia ejercida por un individuo sobre otro ("tiene una personalidad notable"): todos tenemos una personalidad, hasta los más simples y además, el psicólogo no debe emitir j.úicios de valor. La personalidad tampoco significa la apariencia de que uno se reviste ('adoptar' una personalidad): esta apariencia-no es sino un aspecto de la personalidad total, sea como determinante o como resultado. Ni mucho menos significa el ideal que un individuo puede forjarse de sí mismo ("tratar de cultivar su personalidad"): sería entonces una abstracción normativa y directriz. Por último, no se trata, en este caso, de la esencia metafísica e hipotética del ser humano ("la personalidad del individuo es inviolable, debe ser respetada", etc.): el psicólogo deja en manos del moralista la noción de persona y no hace ninguna especulación sobre la naturaleza oiitológica del hombre.

En dos palabras, la personalidad no es estí -muio social' ni personaje ni ficción directriz ni entidad metafísica. Para lograr una definición formal que no esté demasiado vinculada con un sistema, nada mejor que referirse a las diversas características que debe connotar un concepto comprensivo. 1) La personalidad es única, propia de un individuo, aunque éste tenga rasgos en común con otros; 2) La personalidad no es sólo una suma, una totalidad de funciones, sino una organización, una integración; a pesar de que esta integración no siempre se realiza, la noción de centro organizador queda definida, al menos, por la tendencia integrativa; 3) La personalidad es temporal porque es siempre la de un individuo que vive históricamente; 4) Por último, sin ser estímulo ni respuesta, la personalidad se presenta como una variable inter¬mediaria, se afirma como un estilo a trates de la conducta y por medio de ella.

La siguiente definición delimitará suficientemente el objeto qué nos ocupa: la personalidad es la configuración única que toma, en et transcurso de la historia de un individuo, el conjunto de los sistemas responsables de su conducta. Esta definición teórica no se aleja, por otro lado, de cierto número de definiciones ya clásicas, como por ejemplo, la de Allport.




IV. El estudio Por otro lado, cualesquiera sean las ambigüedades terminológicas, la caracterología y la personología tienen, en concreto, hipótesis de investigación muy diferentes. Para el caracterólogo, la individualidad está constituida por un conjunto de 'rasgos' —más fundamentales unos que otros— los cuales, agrupados, constituyen cierto número de 'tipos' a los que puede ser referido todo individuo. El clínico no desconoce la función integra-dora de la personalidad, aquello que hace de ella no una suma sino una totalidad. El caracterólogo tiende a hacer del carácter algo estático, espacial, una especie de invariante, de estructura fundamental en la que luego se insertará el resto; en pocas palabras, una 'naturaleza'. El concepto de personalidad, tal como lo emplea la personologia, es, bien sabemos, esencialmente histórico; la personologia considera que la personalidad es historia —nunca integralmente definida ni definitiva— y que el problema de la 'vida personal' no puede resolverse sino dentro de una perspectiva evolutiva; por esto mismo, tratará de construir un esquema conceptual válido para todo el transcurso del desarrollo del individuo" (Murray).

Por regla general, el caracterólogo muestra escaso interés por las 'fuentes' del comportamiento; más bien dedica su atención a las modalidades generales, recurrentes, de la conducta, que constituyen precisamente los 'rasgos'; el carácter resulta ser entonces un conjunto de 'expresiones', de elementos periféricos. Por el contrario, con la idea de personalidad se tiende a considerar los. factores dinámicos de la conducta, las motivaciones, los complejos centrales, vale decir, el aspecto secreto, menos evidente de la individualidad.

En resumen, allí donde la caracterología verá estabilidad, invariantes de conducta, rasgos, la personologia buscará fuentes, historia, integración. Frente al individuo, la primera trabaja más bien como un retratista; la segunda, como un historiador. A esto se agregan dos diferencias más.

El caracterólogo, realmente, nunca presta atención a la personalidad historia; porque si utiliza el término 'personalidad', -lo toma generalmente por sinónimo de carácter, ya que hace de la personalidad algo estable, que encaja en una tipología, etc. En cambio, una psicología de la personalidad no ignora necesariamente el carácter: Allport, por ejemplo, concede cierta importancia a los rasgos, al personaje aparente; Cattell no subestima el interés dé una descripción por medio de los tipos, como complemento del método biográfico y de los métodos de auto-estimación.

Por otra parte, la divergencia más fundamental entre ambas formas se da al abordar el problema del acercamiento al individuo. Paradójicamente se puede afirmar que el punto de vista caracterología) se encuentra más lejos de la elucidación del 'porqué' y del 'cómo' del individuo que el punto de vista personológico. Cuando el caracterólogo, sea calculando las correlaciones entre los 'rasgos' para establecer los tipos, sea construyendo sobre propiedades generales una "tipología"' estática, determina cierto número de categorías de carácter, es evidente que se trata de categorías generales, de las correlaciones que más generalmente existen entre los rasgos.

El problema de la individualidad comienza realmente cuando se quiere introducir un individuo dentro de tal clasificación; bien sabemos hasta qué punto la operación resulta difícil y siempre arbitraria. En el fondo, la caracterología —igual que la psicología general y la psicología diferencial— no se interesa tanto por el individuo: en efecto, ¿se comprende acaso el comportamiento del individuo X porque se lo clasifique én la categoría de los 'coléricos'? Por cierto, no; pues considerar a X un 'colérico' porque monta fácilmente en cólera es destacar en él, precisamente, las características que tiene en común con todos los coléricos y no considerar aquello que le impide parecerse a otro colérico: los motivos propios por los cuáles 'monta en cólera' —que lo distinguen de cualquier otro colérico— y Ja manera singular de vivir sus cóleras. Incluirlo en un tipo significa, ipso facto, negarse a elucidar su ser colérico, su sistema colérico personal.

Carácter y personalidad son, pues, conceptos lo suficientemente diferentes como para que la definición de "personalidad" que dimos precedentemente cubra un dominio preciso de hechos. En lo sucesivo utilizaremos el término carácter para designar exclusivamente .el aspecto expresivo de la personalidad, sin considerarlo una naturaleza o un centro, como hace Gastón Berger, cuyo punto de vista representa bastante bien el de la caracterología clásica. Huelga decir que el término carácter en su acepción vulgar ("tener carácter") no tiene más valor científico que el término personalidad en el sentido de 'estímulo social'.

V. Si la historia de un solo individuo es la unidad de la que debe ocuparse la disciplina que hemos llamado personología, los hechos que se observan pueden clasificarse, inspirándose en Kluckhohn y Murray c, de la siguiente manera: 1) El 'dato' psico-fisiológico, surgido, a la vez, de la herencia y de la maduración, en constante dialéctica, por otro lado, con lo adquirido, la nurture de la terminología anglosajona; 2) La situación del medio donde el individuo desarrolla sus formas de conducta, que actúa cómo factor socio-cultural; 3) Los factores individualmente modificablcs de los sistemas de acción, los cuales permiten la elaboración de nuevas estructuras; 4) Por último, las condiciones de unidad del 'yo' y de la 'identidad* personal.

El presente trabajo contempla sucesivamente estas diversas perspectivas. El hilo conductor surge de lo siguiente: dado que la personalidad es, en resumen, el organismo humano' que desarrolla sus formas características de conducta dentro de la vida social, los sistemas de acción que en cada instante de la vida de un hombre concretan su ajuste al mundo son función, a la vez, del pasado que vive en el .bajo el aspecto de hábitos, complejos reaccionales de todas clases, etc., y de las actuales exigencias del ambiente, del campo psicosocial. Por esto siempre existen posibilidades de cambio: no sólo porque efectivamente se produce un cambio —evolución de la infancia a la edad madura—, sino, además, porque los complejos "naturales' Y si se nos permite la expresión, pueden ser puestos, en tela de juicio, en razón de los mismos mecanismos que los han producido. En estas condiciones, deben estudiarse las relaciones de causalidad entre hechos psicológicos singulares en dos planos: un plano 'transversal' —el de las reacciones actuales, frecuentemente creadoras de vías reaccionales futuras (por ejemplo un condicionamiento, un trauma); y un plano 'longitudinal'— el del tiempo, el del paso del pasado al presente, el de la sucesión de los estadios a lo largo de una linea que conserva un estilo propio. El análisis transversal detiene el flujo como se detendría un film en una imagen particular; el análisis" longitudinal busca los vínculos que unen una imagen con otra.

Por supuesto, ambos tipos de análisis están estrechamente ligados entre sí. Por cierto que no hay reacción actual que no se explique en parte por una reacción precedente, pero la conducta pasada sólo influye en la conducta presente en función del complejo situacional. No habrá que olvidar, pues, que todas las leyes 'transversales' a que aludiremos en los próximos capítulos (por ejemplo aquellas que rigen las transformaciones de las conductas, las que rigen la solución de los conflictos, etc.) serían completamente falsas y arbitrarias —vale decir, no serían leyes explicativas de un momento de una historia individual— si no supusiéramos que una ley 'longitudinal' actúa al mismo tiempo como condición determinante. Ejemplos de "doble causalidad' de este orden serán expuestos más adelante.

Sólo un constante análisis en ambos planos puede resolver la antinomia a que hemos aludido, antinomia entre el carácter general de una ley y la singularidad del objeto donde se concreta singularmente la relación causal. No existen dos individualidades iguales pqrque una ley psicológica nunca actúa sobre terrenos idénticos, vale decir, en concomitancia con un mismo complejo de otras leyes La dialéctica de lo 'transversal' y de lo 'longitudinal* impide que las leyes que mencionaremos' aparezcan fuera de una personalidad concreta, en la cual la evolución y la estructuración se , anuden progresivamente. Como dice Allport: las leyes sólo presentan interés en la medida en que^nos^dedlcamos a coordinarlas^ en el nudo de la "Individualidad".

Se aludirá a diversos esquemas teóricos. Como una de las escuelas que ha estudiado el problema de la evolución de la personalidad ha elaborado un marco conceptual propio. Se encontrarán, pues, Conceptos behavioristas, que hacen hincapié en el learning, conceptos gestaltistas , cuyo eje es la unidad del 'yo', conceptos psicoanaliticos; finalmente, conceptos culturalistas. Estos últimos vuelven a situar el individuo en su marco social real y dan a entender que la personalidad no sólo es historia sino, además, historia dentro de una historia.