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lunes, 25 de junio de 2012

EL PROBLEMA DEL AMOR -1-

CAPITULO I 
EL PROBLEMA DEL AMOR 

El hombre ha sido hecho para amar a Dios sobre todas las cosas, y a todas las cosas en Dios. Así como el ojo ve la luz, y admira en el brillo radiante del sol las bellezas innumerables del universo, el corazón humano aspira a poseer a Dios, y debe, si se mantiene fiel a su destino, poseer en Dios a la creación entera. 

Ese es su fin. El amor empieza a hacer latir el corazón del hombre desde su nacimiento. Al principio de la existencia éste parece confundirse con el apetito de la naturaleza. 

Empujado por una pasión irresistible, el niño tiende sus manos hacia el objeto que brilla. Si fuera capaz de agarrar lo infinito, en seguida lo atraparía. Si Dios se presentara a él como un bien sensible, en seguida se perdería en Dios. Antes de fijarse en la eternidad, el amor se da contra todos los obstáculos de la tierra. 

Debe librar una batalla terrible en un mundo donde el sufrimiento y la muerte ha- con estragos. Está en lucha con el mal, es decir, contra las Potencias de las tinieblas. Sus aventuras se confunden casi con las del pecado. La Historia y la Novela se complacen en describir las mil formas y aspectos bajo los cuales el amor herido exhibe la corrupción de sus llagas. Son heridas del demonio. Pero, como son también heridas del amor, el hombre se interesa por ellas apasionadamente. 

Del resultado final de esos combates depende la eterna felicidad o la eterna desgracia del hombre. No son ni la inteligencia, ni la ciencia, las que salvan a la humanidad; es el amor. La verdad no libra al alma, a quien libra es al corazón. Son las cadenas del corazón las que mantienen a los espíritus en el fuego de la condenación. 

La condenación misma no es otra cosa que la privación del amor esencial. Con el odio nace la desesperación. La primera tarea de los educadores es la de preparar a los niños a amar según el orden de la verdad. De todas las victorias o de todas las derrotas que puede ganar o perder el amor, la primera es la de la adolescencia; es también la más importante por sus consecuencias. 

A la edad en que el ser humano es todavía descuidado, inexperto, y está desarmado, es cuando se desencadena en él el combate interior más mortífero de la vida. Quiérase o no, es preciso que David voltee a Goliat. No se puede evitar la muerte del alma, más qué con la victoria sobre el demonio impuro. Los padres tienen el deber riguroso de preparar al niño para la batalla que se librará en el corazón del adolescente: la batalla de la pureza. Si el niño es vencido, también los padres lo son. 

Y si es por su culpa, lo son doblemente. La derrota del soldado es la derrota de su jefe. Y cuando ésta es el resultado de un error o de una falta del jefe, ¡en qué resposabilidad tan grande incurre ese jefe! Nosotros quisiéramos ayudar a los padres a resolver el problema de la educación familiar que se les plantea en ese período crítico de la adolescencia de sus hijos. Para que el niño, durante esa crisis, no pierda la integridad moral que hasta entonces constituía su belleza, su honor, su energía y su salvación, ¿no habrá alguna táctica que seguir? Nos ha parecido que en el cumplimiento de sus obligaciones, lo que les falta más a menudo a los padres es el conocimiento de ciertas verdades del cristianismo. 

La ignorancia de la vida cristiana es, a nuestro juicio, la causa principal de la incompetencia de los educadores. Están muy por debajo de su responsabilidad, porque la ciencia que generalmente poseen de la vida del mundo, no va acompañada de una ciencia suficiente de la vida sobrenatural. 

No son ni los escándalos de las pasiones, ni los horrores de la sensualidad, lo más necesario de conocer. Creemos que la debilidad de los adolescentes proviene de no habérseles hecho meditar bastante sobre las riquezas insondables de Cristo. Indudablemente, la experiencia del mal tiene alguna utitilidad. 

Pero la del bien la tiene mayor. ¿Tienen los padres experiencia del bien en el mismo grado que la del mal? Es de temer que no sea así. Y es por el bien que se triunfa del mal. De nada le habría servido a David ver la inmensidad de Goliat, si no hubiera puesto en su honda algunos guijarros del arroyo, y en su corazón la confianza en Dios .Uno puede haber visto, con sus propios ojos, mil maneras de caer; pero, desgraciadamente ¡no haber visto ninguna de levantarse! Los mismos médicos, a quienes no sorprende ninguna de las turpitudes humanas, se encuentran generalmente desarmados cuando se trata de educar verdaderamente el corazón y los sentidos de un niño. 

Al arsenal de su ciencia le faltan los verdaderos remedios. Nuestro designio no es, pues, equívoco. Mientras mil y un libros relatan la forma en que cae un adolescente, nosotros quisiéramos escribir uno, entre otros, que enseñe cómo puede evitarse la caída por los sentidos, y al mismo tiempo cómo exaltar su vida por medio del amor. 

Esperamos que a nadie sorprenderá el que hayamos empleado la palabra “amor” donde tal vez se esperaba encontrar la palabra específicamente cristiana de “caridad”. Una cosa es la virtud infusa de caridad, que el Espíritu Santo puede derramar en nuestras almas, y otra cosa es el impulso vital del corazón hacia lo bello y el bien creado. 

No se pretende aquí hablar sobre las virtudes teologales, sino sobre el amor humano. 

Que éste deba ser disciplinado, ordenado, elevado por la caridad cristiana, no lo discutimos. Sin embargo, él existe por sí mismo; tiene su forma, su fin, sus leyes, sus cualidades y sus defectos. Es de él que queremos hablar. 

Aun suponiendo que en nuestra obra se tratara únicamente de la caridad infusa, ¿no habría cierta razón para darle el nombre más general de amor? San Francisco de Sales se halló ante esa misma dificuitad. Nos es particularmente agradable adoptar la solución que él adoptó. 

El Santo Doctor escribe: “Orígenes dice en alguna parte que, a su juicio, la Escritura Divina, queriendo impedir que el nombre de amor diera motivo de malos pensamientos a los espíritus enfermos, como más propio de significar una pasión carnal que un afecto espiritual, en vez de ese nombre de amor, ha usado el de caridad y el de dilección, que son más honestos”. 

Pero el Santo le opone la idea de San Agustín, que “consideró mejor el uso de la palabra de Dios”, y la del gran Dionisio, quien “como excelente doctor de la propiedad en el empleo de los nombres divinos, hace un mayor elogio del empleo de la palabra amor”. 

Por fin San Francisco dará a su libro el título de: “Tratado del amor de Dios”. Quiere seguir así “el ejemplo de esos antiguos teólogos” que “empleaban el nombre de amor en las cosas divinas, para quitarles el olor a impureza con el cual lo carga la imaginación del mundo”. 

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