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domingo, 5 de agosto de 2012

La abstención II


CAPITULO IV 
LA ABSTENCION (II)

El Período de la Adolescencia

El niño que entra con malas costumbres en ese período crítico de la adolescencia, no resistirá a los ataques del amor naciente y de la sensualidad.

Los educadores que, por ilusión, se abstienen de aguerrir al niño contra la rebelión futura de los instintos, cometen un pecado de manifiesta presunción. Tientan a Dios.
(1) Sobre este período de la infancia aconsejamos al lector leer el Apéndice.

Cuando la crisis de la adolescencia estalla, la mayoría de los padres, aun aquellos mismos que ya no pueden hacerse ilusiones, se detienen por Timidez. La timidez paraliza su voluntad, y más aún su espíritu. No solamente no se atreven a entablar una conversación íntima con sus hijos, sobre los desórdenes del corazón y de los sentidos, sino que_ ni siquiera saben qué deben pensar de las perversiones precoces. Se asemejan a esos torpes que al principio de un incendio se asustan, y disparan, en vez de apagar las primeras llamas.

Comprendemos perfectamente el embarazo de los padres ante el misterio del amor. Cuando la vida hace de golpe una irrupción desordenada en la armonía pura de las almas, es muy difícil regular sus caprichos. No escribiríamos este libro si la solución de los casos de conciencia que entonces se plantean, fuera tan sencilla como la de mil problemas abstractos. Creemos, por el contrario, que hay pocos que sean tan difíciles de solucionar. Las complicaciones de orden práctico se agregan a la complejidad de los datos teóricos, para crear en el espíritu de los padres una angustiosa incertidumbre. ¿No se siente ansioso el médico la primera vez que hace una operación seria? Si se tratara de su propio hijo, estaría demasiado emocionado para poder operar él mismo. Ahora bien, el médico ha estudiado cirugía, se ha ejercitado en su arte. Los padres, en cambio, llegan a la adolescencia de su primer hijo, con una ignorancia y una falta de experiencia casi completas. ¿Cómo podrían dejar de sentirse perplejos e indecisos?

Por eso es que se abstienen de toda tentativa de intervención. Ante el miedo de cometer una torpeza, prefieren pecar por omisión. ¿Es posible disculparles? Las circunstancias atenuantes disminuyen en su culpabilidad; pero no eliminan la falta; no evitan sus consecuencias mortales.
En este capítulo quisiéramos ayudar a los padres a darse cuenta de su responsabilidad.
La experiencia de los colegios, la costumbre de la dirección espiritual, la lectura de las obras de pedagogía, el testimonio de los novelistas, las confesiones de los santos, todo concuerda y se une para probar las dos verdades siguientes: 1º, ningún niño escapa, entre los doce y los diez y ocho años, a una perturbación honda de su equilibrio físico y moral, que puede llevarlo a caer en un abismo de impureza; 2º, para sobrellevar esa revolución interior, no hay casi un solo niño que no esté librado a sí mismo, a su propia inexperiencia, a su debilidad, a sus vértigos; los que están cerca de él no tienen la caridad de tenderle la mano.

La responsabilidad de los padres, nace, en primer lugar, de la certidumbre de esa crisis.
Llega un momento, el de la pubertad, en que el organismo del niño se modifica profundamente. Es imposible que los padres no se aperciban de los signos evidentes de esa transformación. Manifestaciones exteriores les advierten que el alma de su hijo corre, o va a correr, grandes peligros. La época de las tentaciones secretas empieza. La guerra queda declarada. Guerra solapada, guerra silenciosa, guerra de los buenos y de los malos espíritus en el fondo de las conciencias. La acción del demonio no se nota por fuera. Pero eso poco importa. El alma es arrastrada y empujada al mal.

Los santos mismos no escapaban a esa fascinación del placer. Daremos sólo tres ejemplos: ellos desvanecerán todas nuestras ilusiones de que nuestros hijos escapen a esas tempestades, en las que los grandes santos casi se perdieron.

Santa Teresa de Avila parecía haberse puesto a cubierto de todo mal en su infancia. Su padre y su madre la rodeaban con el ejemplo de las mayores virtudes cristianas. Teresa tenía tres hermanas y nueve hermanos. Ella se consideraba la menos edificante de todos los de la familia. Juntábase con uno de sus hermanos a leer vidas de santos; los dos niños se animaban al martirio: “Concertábamos irnos a tierras de moros, pidiendo por amor de Dios, para que allá nos descabezasen”, nos cuenta ella. Esos deseos no eran cosa en el aire. Ella confiesa ingenuamente que el Señor le daba bastante valor como para llevar a cabo ese proyecto. Aún más, los dos héroes tentaron la aventura. Pero su tío Don Francisco Alvarez de Cepeda, que los encontró en el camino, los llevó de nuevo a su casa. “De que vi que era imposible ir a donde me matasen por Dios, ordenábamos ser  ermitaños..

¿Cómo han podido aflojar de golpe y torcerse, voluntades tan firmes y tan rectas? Ese es el misterio de los trece años.

A Teresa lo primero que la sedujo fué el leer novelas. Lo hacía cuidando de que su padre no la viese, y se embebía en su lectura durante muchas horas. “Comencé a traer galas, y a desear contentar en parecer bien, con mucho cuidado de manos y cabello, y olores, y todas las vanidades que en esto podía tener, que eran hartas por ser muy curiosa”. Esos términos generales dicen más que una descripción detallada sobre la atracción que ejerce la concupiscencia, al despertar, sobre las jóvenes. El frecuentar a sus primos, que eran de su edad, la descarriló aún más. Ella “oía sus niñerías, nada buenas” y que “debían acarrear su desgracia”.
Pero las amistades le fueron más funestas. Estaba fascinada por una compañera que “era de las más livianas”. Entre las dos se estableció una especie de complicidad para el placer. “Con ella eran mi conversación y pláticas; porque me ayudaba a todas las cosas de pasatiempo que yo quería, y aun me ponía en ellas, y daba parte en sus vanidades”. Teresa tenía entonces catorce años. El temor de Dios ya no la contenía. “No faltar al honor” era la única regla que le quedaba. Por ser fiel a ella, se imponía “una mortificación continua”.

Así pues, la adolescencia es la edad en que la lectura, la amistad, el amor, la vanidad, la ambición de aparentar, abren en las almas las primeras brechas. Hemos elegido el ejemplo de Santa Teresa, para demostrar que las almas privilegiadas por la gracia, no están exentas de tentaciones.
No agregaremos más que un trozo al cuadro, hasta en la vida de Santa Teresa se le encuentra: la disimulación.

La joven lee sus novelas a escondidas; complota a escondidas con sus primos y amigas.
Tiene pleno conocimiento de sus cálculos y disimulos. “Era tan demasiado el amor que mi padre me tenía, y la mucha disimulación mía, que no había de creer tanto mal de mí, y así no quedó en desgracia conmigo... porque como yo temía tanto la honra, todas mis diligencias eran en que todo fuese secreto.” Y agrega esto que parece salido de labios de Agustín: “Mi sagacidad para cualquier cosa mala era mucha.”

Habiendo entrado al convento como pupila, a nada teme tanto como a ver su conducta conocida de todos. “El demonio no deja de persuadirla y de engañarla. Y como les sucede a todas las adolescentes que mantienen relaciones clandestinas, se decía que “aquellas relaciones podían terminar en casamiento.” 

Indudablemente, Santa Teresa no fué muy allá por esas primeras pendientes. Le habría pasado lo que a otras, si no hubiese remontado la cuesta heroicamente. Sin embargo, el demonio pudo vanagloriarse de haber conmovido su virtud. Más adelante, la religiosa, en aquella visión célebre, contemplará y medirá la estrecha prisión de llamas, a la cual descendía paso a paso, día a día, en la época de su olvido de Dios. La experiencia que adquirió de las desviaciones del corazón fué bastante pronunciada como para que, más adelante, se reconociera al leer las Confesiones de San Agustín. “Tengo una afición especial a San Agustín, escribe ella, porque ha sido pecador. Apenas empecé la lectura de las Confesiones de San Agustín, creí hallarme a mí misma.” Confiesa que la vida de los santos a quienes Dios ha retirado del pecado, le proporciona un consuelo particular; se repetía que si Dios los había perdonado, podía también perdonarla a ella. 

La juventud de Santa Teresa da a todos los padres una triple lección. Sin duda no conocerán todas las caídas de la adolescencia en general. Pero no faltan libros que señalen el gráfico más o menos rápido y profundo de los pecados de la carne.

Las confidencias de Santa Teresa tienen la ventaja de determinar en qué forma las almas más santas, pueden ser alejadas, entre los trece y los catorce años, de las orientaciones de su primera infancia por una metamorfosis íntima. Esas confesiones de Teresa, nos revelan, al mismo tiempo que las faltas de la joven, el doble error de sus padres: la complicidad, y la abstención.

La complicidad le vino de su madre. La abstención sólo de su padre. Porque su madre murió en el momento en que la crisis de las pasiones se desencadenaba. Los sentimientos de Teresa están envueltos de tanta caridad y de tanta humildad, que, si asistiéramos en la gravedad de las faltas de su madre y atenuáramos las de Teresa, estaríamos más cerca de la verdad. Escuchemos a la Santa: “Paréceme que comenzó a hacerme mucho daño lo que ahora diré. Considero algunas veces, cuán mal lo hacen los padres, que no procuran que vean sus hijos siempre cosas de virtud de todas maneras: porque con serlo tanto mi madre, (como he dicho) de lo bueno no tomé tanto... y lo malo me dañó mucho. Era aficionada a leer libros de caballería, y no tan mal tomaba ese pasatiempo como yo lo tomé para mí.” 
Teresa trata de disculpar ése abuso. “Desto le pesaba tanto a mi padre, que se había de tener aviso a que no lo viese”. Era para Teresa un ejemplo funesto de disipación y de engaño. “Yo comencé a quedarme en costumbre de leerlos, y aquella pequeña falta que en ella vi, me comenzó a enfriar los deseos, y fué causa que comenzase a faltar en lo demás.” Su madre murió demasiado pronto para que se pueda saber cómo habría reaccionado ante los peligros de esa edad. Pero, ¿no es de temer que la presencia materna de nada le hubiese servido a la niña?

El padre, más prevenido, tenía severidades que le honran. Y sin embargo, no parece que Teresa hubiera hallado en él un educador, es decir: un hombre perspicaz, un confidente, un guía, un apoyo. No se dio cuenta de las malas influencias que actuaban sobre su hija: las lecturas, las amistades y las sirvientas.  Fué preciso que llegaran a sus oídos ciertos rumores, para que abriera los ojos: Todo aquello “no pudo ser tan secreto, que no hubiese harta quiebra de mi honra y sospecha en mi padre.”

Podemos suponer que tal vez entonces hablara con Teresa de ese punto tan delicado. Hay que creer que no se sintió capaz de hacerlo. Mandó a la joven a un convento. La abstención de ese tímido, no fué una abstención completa; pero la medida tomada no era suficientemente enérgica como para corregir los errores de las vacaciones.

¿Por qué no le habló el padre a su hija? Porque la amaba demasiado. La miraba con admiración, pero estaba ciego.
El convento fué de gran provecho para la adolescente; se apegó de todo corazón a su nueva vida. Hasta sacó de allí su atractivo por la vida religiosa, y el valor de comunicárselo a su padre. Desgraciadamente, éste no quiso oír ha¬blar de vocación, y se negó a dejarla seguir el llamado de Dios hasta “después de su muerte” , y siguió exponiéndola a los peligros del mundo.

Sin embargo, Teresa era una joven fácil de educar Dios la había colmado de dones y de gracias. En el mismo capítulo en que la santa hace su confesión movida por el remordimiento, se ve aparecer un tío que tuvo una gran influencia benéfica sobre su sobrina. “Aunque fueron los días que estuve, pocos, con la fuerza que hacían en mi corazón las palabras de Dios, así leídas como oídas, y la buena compañía, vine a ir entendiendo la verdad de cuando niña, de que no era toda nada, y la vanidad del mundo, y cóma acababa en breve todo...” 

¿Qué auxilio le faltó para que su adolescencia fuese completamente pura? Le faltó la ayuda de sus padres.
No nos extrañaremos pues, de que, habiendo tenido que sufrir a causa de la pasividad de su padre y de su madre, Teresa haya llenado las primeras páginas de su autobiografía de insistentes recomendaciones a los padres. Sabía, por experiencia, cuán funestas podían ser las consecuencias.
Pero, he aquí un segundo ejemplo, igualmente instructivo.

Pocas almas han tenido una juventud tan favorecida por Dios, y de gracias, como santa Margarita María.
Y sin embargo, por culpa de sus padres, a la edad en que Santa Teresa cometía sus primeras faltas, ella también estuvo a punto de perder su inocencia y la vocación. La gracia la movió, siendo aún muy pequeña, a hacer voto de castidad; le inspiró un gran horror por la impureza. Sin embargo, llegó un día en que el fruto que la serpiente presenta le pareció apetecible, hermoso y delicioso: “Bonum ad vescendum, pulchrum oculis, aspectuque delectabile”. Ella escribe: “Empecé, pues, a andar en el mundo, a adornarme para agradarle, tratando de gozar lo más que podía... Yo era naturalmente inclinada al placer y a las diversiones.., Hacía todo lo posible por buscar diversiones.”

¿Halló la joven apoyo en sus padres, en esa lucha íntima que tuvo que sostener contra el demonio? Su padre había muerto. Su madre y toda la familia, lejos de ayudarla y sostenerla, exponían a la pobrecita a todas las emboscadas del demonio. No cesaban de brindarle los placeres del mundo, de presentarle ocasiones de frecuentaciones amorosas, de apartarla de la vida religiosa, y de contrariar su deseo de enclaustrarse.
Tenemos ahí el ejemplo de una de las locuras más generalizadas entre las familias de religión cristiana mediocre. La vocación les parece un desastre tan grande que, por evitarlo, precipitarán a una adolescente hacia todo lo que puede infiltrarle la preferencia por el mundo y una repugnancia por Dios.

La táctica es tan fácil como criminal. Obtiene a menudo un éxito que sobrepasa toda esperanza. El alma, sustraída a la influencia de la gracia, en esa edad en la que se la necesita más que nunca, se embriaga con el vino nuevo del placer. No es raro hallar los peores libertinajes en aquellos que empezaron su carrera rechazando una gracia de elección. El cruce de los caminos también existe en el orden sobrenatural.

Felizmente, Margarita María, no fué infiel al llamado divino. Pero su fidelidad no es de aquéllas que se pueda prometer a todo el mundo. Porque verdaderos milagros fueron los que mantuvieron su alma en la vía de la santidad. Esos milagros no eran superfluos. Probablemente eran necesarios para que se salvara. Uno se pregunta si los auxilios ordinarios de la gracia, habrían sido suficientes para frustrar los planes que la familia de Margarita María tramaba contra Dios. No relataremos los favores maravillosos que Nuestro Señor no cesó de conceder a su esposa, para arrancarla a aquéllos que querían robarle su amor. Pero los medios extraordinarios que Dios emplea cuando le place, no disminuyen la responsabilidad de los padres. Y no es imposible que recarguen su conciencia.

Permítasenos citar un último ejemplo. Se trata también de un alma de santo, que encontró en su camino a este mismo demonio, pero que, gracias a Dios, consiguió burlar su malignidad. Más feliz que Margarita María, privado de los consejos paternos, encontró por lo menos un buen director.
Como San Agustín, como Santa Teresa, como Santa Margarita María, San Pedro Canisio, escribió también sus Confesiones. Es ése un testimonio excepcionalmente verídico; no hay otro documento sobre almas, más inmediato ni más sincero que las Confesiones de los grandes santos.

La primera página que Canisio escribió sobre su infancia, hace resaltar con fuerza el poder del pecado original. “¡Qué de defectos tengo que deplorar, dice él, cómo he sido de vano, de miserable, de estúpido, sin temor y sin amor! Pasaba la mayor parte del tiempo en necedades. Mi naturaleza corrompida, estaba corroída por diferentes males, y, a pesar mío, mi voluntad se mostraba cada vez más perversa; una concupiscencia malsana me empujaba a la ira, a la ira violencia, a la envidia, al orgullo, a la venganza... Ayas, padres, camaradas, todos fueron despreciados y ofendidos por mí”. Canisio se compara a un criminal lascivo, a causa de sus malas tendencias, aun antes de tener la edad de la razón.

“Con el crecimiento, dice, se desarrollaba el mal en mí. Sentía un mayor deseo de pecar; mi corazón estaba infectado de fermentos pútridos. Pecaba, y me vanagloriaba de ello; a veces elogiaba lo que ofendía la pureza de los niños... La crisis de la adolescencia debía agravar esas tentaciones. Mil lacras empeoraron el día en que debí salir de la casa paterna, para ir a habitar en la del preceptor que debía instruirme, porque allí di con condiscípulos que me enseñaron a pecar, con sus conversaciones y con sus ejemplos. Con esto mi licencia se acrecentó. Ellos se vanagloriaban de pensar en torpezas, de hablar de ellas, y se jactaban de todo eso. ¡No es, oh mi Dios, para disimular mi propia iniquidad que yo recuerdo las suyas! Ellos pecaban, pero yo no me defendía de caer en las mismas culpas. Ellos merecían látigo, pero yo lo merecía como ellos. Me daría vergüenza confesar lo que no tenía vergüenza de hacer” 

Dejemos a Canisio estallar en llanto y oraciones, delante de Dios, al recordar sus misericordias infinitas. Y preguntémonos qué ayuda recibió de sus padres.
Parece que ninguna. Como Santa Teresa, como Margarita María, no fué ilustrado, ni guiado, ni sostenido en su miseria.
En sus Confesiones no deja de demostrar efusivamente su agradecimiento a todos aquéllos que le han hecho bien. Pero, a través de los elogios, se trasluce su pesar.
Desde las primeras líneas agradece a Dios el haberle dado un padre católico y una madre piadosa, valiente contra la herejía innovadora. Sin embargo, cuando las pasiones empiezan a turbarlo y a mancillar su alma, no los vuelve a elogiar. Y no se olvida de exaltar, con una admiración sin límites, todos los beneficios que le debe a su preceptor del Gymnasio du Mont, Nicolás van Esche (J). Parece que él hace remontar los orígenes de su vida santa a esa educación. De sus padres, ni una palabra. No puede ser un olvido. Tenemos una confesión indirecta en los temores que expresa de que su padre pueda no haberse “salvado”.

Tenemos sobre todo, la prueba evidente, viendo cómo Pedro, en pleno relato de sus miserias, suplica a todos los padres, que no abandonen el alma de sus hijos. “De mis culpas y de las de los demás, escribe, he sacado una consecuencia, la de comparecer sin medida la suerte de los adolescentes bien nacidos. Porque, en nuestra época, se cuida tan poco su educación de esos jóvenes parecen no tener enemigos mayores que sus propios padres, sus pedagogos, y todos aquellos que les están unidos de más cerca, por la sangre, las relaciones y la amistad. Tales son las personas que depravan de mil maneras lastimosas a los jóvenes que se hallan en esa edad generosa. Ellas, no sólo las apartan de la piedad y del estudio, sino que las acostumbran a vivir orgullosamente, entre el lujo y la lujuria; las lecciones y los ejemplos domésticos, los incitan a pecar.

Abreviemos las invectivas del convertido. La contrición le da elocuencia. “¡Oh, qué serios!  
serán los castigos que sufrirán esas gentes, y qué severamente serán juzgados por Ti, Dios mío!” Al fin, su indignación se vuelve ferviente oración: “¡Abrid Señor, los ojos, no solamente de los padres ciegos, sino de los padres estúpidos, y de los educadores de la juventud, para que dejen de ser guías ciegos e insensatos, que conducen a los niños a la fosa de la condenación eterna!... Adviertan que la juventud se precipita espontáneamente a todos los vicios, y que sin gran violencia no suele doblegarse ni ser conducida a las exigencias de la virtud. Piensen que la flor de la virginidad es hermosísima y muy recomendable en esta edad. Pero también recuerden que no hay nada más frágil, ni más caduco que esa flor; y que una vez caída, se acabó la virtud, el dolor es ya tardío, la pérdida es irreparable".

La literatura contemporánea se explaya, con complcencia, sobre la efervescencia de la pubertad. Los médicos no acaban de describirnos sus leyes orgánicas; los psicólogos nos extravían entre el laberinto de las complejidades sentimentales; los novelistas nos hacen asistir a crímenes precoces; los escritores, hasta los más católicos, tienen algunas veces una voluptuosidad inconsciente al contar los primeros efectos del amor sensual en sus propios corazones, en sus primeros años. Esos recuerdos no les producen ninguna vergüenza.
Podría suceder que los padres encontraran ahí lecciones útiles. Pero no nos corresponde conmoverlos con análisis de ese género. Creemos haberles dado, al invocar el testimonio de los santos, los argumentos más nuevos y más convincentes.


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