Rechace las falsas creencias que le tienen sugestionado
Mi amigo el Dr. Alfred Adler tuvo una experiencia cuando era niño que ilustra precisamente cómo puede influir sobre la conducta y capacidad humanas una creencia firme y arraigada. Tuvo un mal principio con respecto al aprendizaje de la Aritmética, y su maestra llegó a convencerse de que el niño Adler era inepto para las matemáticas. La maestra avisó a los padres dándoles conocimiento de este “hecho”, y les dijo que no esperasen mucho de su hijo respecto a esta disciplina. Estos también estaban convencidos de ello y Adler aceptó entonces pasivamente la apreciación que habían hecho acerca de él, y, en efecto, las notas que recibió en Aritmética demostraron que estos cálculos habían sido correctos. Cierto día, sin embargo, experimentó como un súbito fogonazo de inspiración y pensó que él iba a mostrar cómo se debía plantear un problema que la maestra había puesto en la pizarra y el cual no eran capaces de solucionar ninguno de los alumnos. Entonces, le pidió a la docente que le dejase ir al encerado. Esta y toda la clase riéronse estrepitosamente de la absurda pretensión del mal estudiante. No obstante, Adler se indignó, dirigiose al tablero y solucionó el mencionado problema asombrando a todos los presentes. Al hacer eso, confió en que podía comprender la Aritmética. Sintiose entonces con nueva confianza con respecto a sus capacidades y prosiguió así hasta llegar a convertirse en uno de los mejores estudiantes.
La experiencia del doctor Adler es sumamente parecida a la de uno de los pacientes que tuve años atrás, un hombre de negocios que quería sobresalir en el arte de la oratoria pública a causa de que tenía un mensaje vital que impartir acerca del notable éxito que había logrado alcanzar en un campo sembrado de dificultades. Poseía buena voz y tenía que hablar respecto a un tópico importante, pero era incapaz de enfrentarse con extraños y decidió abandonar el mensaje. Lo que le hizo desistir de su propósito fue, sobre todo, la arraigada convicción que mantenía de que él no podría pronunciar una buena charla y que fracasaría al tratar de impresionar al auditorio a causa simplemente de que carecía de aspecto imponente … no parecería “un buen ejecutivo”. Dicha creencia la tenía enterrada tan dentro de sí, que ésta le parecía un impedimento terrible cada vez que se detenía con un grupo de gente y comenzaba a hablar. Llegó a la errónea conclusión de que si pudiera alcanzar la oportunidad de mejorar su apariencia, entonces podría obtener fácilmente la confianza en sí mismo que necesitaba. Una operación quirúrgica podría o no haberle solucionado el problema… mi propia experiencia me ha demostrado que la transformación física no garantiza siempre el cambio de la personalidad. La solución en el caso de este hombre fue hallada cuando llegó a convencerse de que su creencia negativa era un modo de prevención que le impedía tener que entregar la información vital de que era dueño. Logró reemplazar la creencia negativa por la positiva de que él poseía un mensaje de extraordinaria importancia, y que solamente podría comunicarlo a los demás cuando se hubiera convencido que no importaba para ello el aspecto de su persona. A su debido tiempo, llegó a ser uno de los oradores más solicitados del mundo de los negocios. La sola transformación que experimentara estribó, pues, en el cambio de su falsa creencia y errónea autoimagen.
Ahora bien, el punto que deseo señalar es el siguiente: Adler había sido sugestionado acerca de la falsa creencia respecto a sí mismo. No de un modo figurativo, sino literal y realmente hipnotizado. Recuerden lo que dijimos en el último capítulo acerca de que el poder de la hipnosis estriba en la fuerza de la creencia. Permítanme repetirles aquí la explicación del doctor Barber con respecto a la fuerza de la hipnosis: “Hallamos que los sujetos sometidos a estado hipnótico son capaces de hacer cosas sorprendentes sólo cuando se hallan convencidos de que las palabras del hipnotizador manifiestan conceptos veraces… Cuando el hipnotizador conduce al sujeto hasta el punto de que éste es convencido de que las palabras de aquel representan conceptos verdaderos, el sujeto se comporta de manera distinta porque piensa y siente de modo diferente”.
Lo esencial que se debe recordar es que no importa nada de modo en que adquirió la idea o procedencia de la misma. Puede ser que usted no se haya encontrado nunca con un hipnotizador profesional. Puede ser también que nunca haya sido formalmente hipnotizado. Mas si ha aceptado una idea; de usted mismo, de sus maestros, de sus padres, de un anuncio, o mediante cualquier otra fuente, y, ulteriormente, se haya convencido de que la idea es verdadera, ésta ejercerá la misma fuerza sobre usted que las palabras del hipnotizador ejercen sobre el sujeto hipnotizado.
Las investigaciones de los hombres de ciencia demuestran que la experiencia del doctor Adler no era sola entre un millón, sino, prácticamente, típica de todos los estudiantes que obtienen malas calificaciones. Hemos relatado en el primer capítulo la manera como Prscott y Lecky obtuvo mejoramientos casi milagrosos en los grados escolares, mostrando a los niños la forma en que debían transformar sus autoimágenes. Después de haber llevado a cabo millares de experimentos y luego de haber dedicado muchos años a la investigación, Lecky llegó a la conclusión de que las malas calificaciones, en casi cada caso particular, débense, en algún grado, a la autoconcepción y autodefinición de los propios estudiantes. Estos estudiantes han sido literalmente sugestionados con ideas tales como la de “soy torpe”, “tengo una débil personalidad”, “soy poco apto para la Aritmética”, “pronuncio y escribo mal por naturaleza”, “soy feo”, “no poseo el tipo de mente mecánica”, etc. Forjándose estas autodefiniciones, el estudiante habrá de obtener malas notas con el objeto de mostrarse sincero con respecto a sí mismo. Inconscientemente, la obtención de malas calificaciones llega a convertirse en “un artículo moral” para el propio estudiante. Desde su punto de vista, debe constituir un tremendo mal obtener buenas calificaciones, sobre todo si se define a sí mismo como una persona honesta.

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