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sábado, 19 de diciembre de 2009

ECOLOGIA HUMANA PARADIGMA DE LA TERNURA


Sexta Parte
Paradigma de la ternura

Agarrar y acariciar

En la vida cotidiana nos debatimos minuto a minuto entre las posibilidades de agarrar o acariciar. La mano, órgano humano por excelencia, sirve para ambas cosas. Mano que agarra y mano que acaricia, son dos facetas extremas de las posibilidades de encuentro interhumano. El agarre, que nos ha perfilado como grandes constructores de instrumentos, nos ha tornado también sujetos propagadores de violencia. Cosa diferente es la caricia. Para acariciar debemos contar con el otro, con la disposición de su cuerpo, con sus reacciones y deseos. La mano que acaricia es proveedora de ternura.

Cuando agarro, como puedo hacerlo con cualquier objeto que tenga a mi lado, lo hago sin pedir consentimiento, suponiendo que las cosas deben estar dispuestas a mi servicio en el momento en que las necesito. Nos irrita que un objeto dejado en un sitio elegido de antemano, no esté allí cuando vayamos a buscarlo. Al igual que agarramos los objetos, lo hacemos también con las personas cuando pretendemos imponer funcionalidad, cuando queremos integrarlas a una maquinaria eficiente, sometiendo sus cuerpos y comportamientos a nuestra voluntad. "Niño, quédate quieto", "no te muevas hasta que yo vuelva", "te dije que hicieras esta cosa y no la otra", son expresiones que caracterizan esta pretensión de someter a los demás a nuestros caprichos y deseos.

A diferencia del agarre, la caricia es una práctica cogestiva, pues es imposible acariciar a otro sin acariciarnos a la vez. Mediante la caricia producimos el cuerpo del otro a la vez que éste nos produce. Acariciar es participar en un encuentro que al final refuerza la emergencia de la singularidad. Al acariciar, actuamos según una praxis incierta, especie de exploración que se va reformulando según las reacciones de nuestro acompañante. Si alguien llegara a tener un plan previo, rígido y definitivo para acariciar, es muy posible que termine estrellándose contra el otro, convirtiendo la caricia en violencia.

La línea que separa la caricia del agarre es bastante tenue. El ejercicio humano por excelencia consiste en mantener un término medio entre estos dos extremos, como si la mano estuviera impelida a coger y soltar, agarrar y acariciar, abierta a una variabilidad de matices que es imposible definir por fuera del contexto en que se producen. Como es tan fácil dejar de acariciar y empezar a agarrar, aparece aquí un campo de conflicto nunca resuelto, frente al cual debe levantarse de manera permanente una vigilancia ética.


Dilema ético de la ecología humana

Somos sujetos éticos en tanto poseemos un poder, ejercemos una fuerza. Puede ser ésta la simple fuerza que se deriva de estar vivos en medio de otros individuos o especies. Es por eso que la ética apunta a modular el uso de esta fuerza, invocando la solidaridad necesaria para que la comunidad política pueda mantenerse. Aunque suele presentarse como un ámbito discursivo, la ética se alimenta de los sentimientos y la pasión. El suyo es el territorio de los sentipensamientos. De las cogniciones afectivas. Punto de cruce del afecto y la razón.

Las figuras de la ética se enriquecen con las de la ecosofía, enseñándonos la manera de modular la fuerza para no aplastar al ser viviente que se nos acerca. Asunto que no es nada fácil. Todos hemos vivido la experiencia de ir a que nos acaricien y salir llenos de heridas y moretones, preguntándonos después con asombro: ¿pero, que ha pasado?, ¿acaso no era el amor? Es un lugar común afirmar que el amor duele y basta sintonizar cualquiera de las emisoras que transmiten música popular para escuchar las más variadas historias de personas que fueron a ser acariciadas y volvieron maltratadas. Es preciso ahondar más en este conflicto que a fuerza de costumbre se nos presenta como natural.

Creemos incluso que nos incapacitamos para ayudar a las personas que más amamos, bien porque perdemos la lucidez para hacerlo o porque quien nos necesita termina rehuyéndonos. Es tanta la torpeza afectiva acumulada en nuestra cultura, que nos parece apenas obvio que un médico no trate a sus parientes o seres queridos cuando están enfermos, porque perdería precisión en sus juicios técnicos. Esto sucede porque el amor, en vez de tornarnos lúcidos, lo que hace con frecuencia es volvernos torpes.

La disociación entre la cognición y el afecto nos ha cerrado el camino de integración de estas dos esferas, camino que permite conocer de manera más fina y detallada entre más comprometamos nuestros sentimientos, integración de saberes que todas las culturas antiguas calificaron con el hermoso nombre de sabiduría.

A fin de comprender mejor este fenómeno, quiero traer a cuento un suceso que muchos de nosotros hemos vivido, bien en carne propia o a través de nuestros hijos. Somos invitados el fin de semana a una fiesta infantil y el mago de turno saca de su sombrero un pollito que obsequia a nuestro pequeño hijo. Este, alborozado, hace planes para llevar el pollito a la casa, construirle una casita como es debido, alimentarlo y hasta conseguirle compañía. Ya en el hogar, empieza el sufrimiento. El animalito corre de un lado para otro y el chiquillo, pretendiendo cogerlo entre sus manos, lo toma con tal brusquedad que creemos por momentos que va a aplastarlo. Llega finalmente la noche, y en medio del bullicio creado por el animalito, nuestro hijo decide dormir con él para darle calor. Al amanecer del día siguiente, el pollito estará aplastado. Es grande el dolor del niño al comprobar lo que ha hecho. El pretendía protegerlo y terminó violentándolo. Quería dar ternura y terminó aplastándolo. La torpeza motriz del niño se va corrigiendo con el tiempo, pero los adultos seguimos padeciendo una torpeza similar en el ámbito afectivo. Cuántas veces, por ayudar, terminamos haciendo daño. Cuántas otras, sin querer, maltratamos a los seres queridos. La historia del pollito, a otros niveles y con otros personajes, se repite a diario.

El asunto ético por excelencia, el dilema en que a diario nos vemos envueltos, la opción que tomamos día a día, es si acariciamos o agarramos, pues lo que nos caracteriza como seres humanos es pasar rápidamente y de manera casi insensible de una esfera a otra. Al hablar de caricia, no estamos hablando sólo de la vida íntima. Nos referimos, además, a otros espacios de la vida social que van desde la escuela hasta la política. La caricia es una figura que tiene que ver de manera estrecha con el uso del poder, pudiendo decirse que mientras el autoritarismo es un modelo político agarrador y ultrajante, la democracia es una forma de caricia social, donde nos abrimos a la cogestión y a la praxis incierta que es necesaria para construir una verdad con el otro. Hay, por demás, instituciones acariciadoras e instituciones agarradoras, habiéndose caracterizado la familia y la escuela, en muchas ocasiones, por ser parte de estas últimas.

He ahí el dilema, ético y estético, aplicable por igual tanto a la vida privada como a la pública, al terreno amoroso como al educativo. Dilema, porque nos abre a una paradoja, cual es la de reconocer lo cerca que estamos a la torpeza, lo fácil que es empezar acariciando y terminar agarrando y manipulando. Etico, porque confronta en todo momento nuestra posición de poder y nuestra capacidad de intervención en un contexto humano. Estético, porque nos saca de la falacia de las abstracciones donde nos ha llevado la racionalidad burocrática para centrarnos en la dimensión práxica y cotidiana donde se perfilan la sensibilidad y la singularidad.

Dilema que nos obliga a abrirnos a la cotidiana realidad de un uso apabullador de la fuerza que se solaza construyendo aparatos de terror, o, de manera alternativa, a un uso delicado de la fuerza, que encuentra su máxima gratificación en ejercitar ese cuidadoso aprendizaje que nos obliga a estar atentos al daño que podemos producirles a los otros, incluso cuando nos acercamos a ellos sin intención de violentarlos. El abrazo fuerte o lo que coloquialmente se llaman los besos mordelones, son una buena muestra de este uso delicado de la fuerza. Pues no se trata de renunciar a la pasión o la vehemencia. Lo que es necesario, más bien, es instalar un campo de vigilancia ética para no aplastar a los otros con nuestra insurgencia o poder, ni permitir, por supuesto, que nos aplasten.


Ternura

La mejor manera de entender nuestra vinculación cuidadosa con el mundo es a través de la imagen de la ternura. La ternura es el factor protector por excelencia del medio ambiente interpersonal. Siendo lo opuesto al chantaje afectivo y a los diálogos funcionales, la ternura es el único medio idóneo para favorecer la emergencia de la singularidad y el alimento adecuado para la dependencia afectiva. Su presencia en el mundo interhumano impide de raíz la aparición del tradicional conflicto entre dependencia y singularidad.

La ternura es también un modelo válido para entender nuestras relaciones no sólo con los niños, sino también con los adultos, sean éstos compañeros de trabajo o compañeros de intimidad. Ser tierno implica alejarse de la lógica del guerrero que afanoso declara en abstracto su autonomía, pero implica también rechazar a la vez todo camino que nos lleve al servilismo y a la violencia íntima. Sólo es pensable la ternura desde la debilidad y la fractura. Partimos de reconocer que necesitamos vitalmente del otro, pero que no podemos pagar el precio de nuestra singularidad para acceder al cariño que necesitamos. Es pues, si se quiere, una enunciación de fuerza desde la fractura, una ética de la debilidad, una propuesta cogestiva para el amor.

La ternura es la aceptación de que no somos autárquicos, de que no existen posibilidades de paz y éxtasis permanente, de que nadie existe por y para darnos deleite, de que todos los humanos somos diferentes y dependemos, por eso, unos de otros. La ternura es, en fin, aceptar que necesitamos de los otros precisamente porque son diferentes y que esa diversidad y esa dependencia son la base de la riqueza y estabilidad del ecosistema humano.

La ternura, que se expresa con palabras, gestos, tonalidades de voz, contactos corporales, actitudes de reciprocidad y gestos de acogimiento, es la disposición a fomentar y no dañar nunca la singularidad del otro. La ternura es el cuidado inteligente que debemos tener en nuestras relaciones con los otros, teniendo siempre presente que nuestro interlocutor es un ser ávido de afecto, con una personalidad singular y única pero frágil, que necesita fortalecerse y desarrollarse como requisito para ejercer la libertad.

La distancia entre la violencia y la ternura, en sus modalidades tanto cognoscitivas como discursivas, radica en esa disposición del ser tierno para aceptar al otro como diferente, para aprender de él y respetar su carácter singular, sin querer dominarlo desde la lógica homogénea de la guerra. Podremos hablar de ternura en la política, de ternura en la investigación y ternura en la escuela, siempre y cuando nos aceptemos como seres incompletos, para quienes la única modalidad válida de relación es la cogestión. Sujetos jugadores, abiertos al intercambio gratuito con la ignorancia y el azar, que al reconocer la necesidad que tienen de la savia afectiva, se muestran dispuestos a apostar todo su saber por degustar la tierna calidez de los instantes.

La ternura es ante todo una caricia que nos proporcionamos, pues incluso la madre es tierna con el niño sólo cuando lo es consigo misma. La ternura es un conjuro destinado a colocar un dique a nuestra agresividad, para que no se transmute en violencia. La ternura es la certidumbre de que no poseemos la verdad y que ésta debe ser construida con el otro de manera cogestiva. Al tener conciencia de nuestra relatividad y finitud, no intentaremos imponer la verdad por la violencia, pues podríamos anular en el otro sus ¡deas y sentimientos, es decir, su singularidad. La ternura es, pues, un conjuro contra la violencia, una especie de canción que, como la canción de cuna, debe ser cantada cuando al encuentro con una realidad que se nos resiste, sentimos el impulso de destruirla o dominarla.

Decir ternura no equivale a decir sumisión. Por el contrario, tener la capacidad de ser tierno exige la posibilidad de rechazar rotundamente la violencia de que se pretenda hacernos víctimas, pues tolerarla nos coloca en riesgo de convertirnos en victimarios. De allí que para comprender esta paradoja, sea necesario recurrir al ejemplo del gato, animal dispuesto siempre a la caricia, pero que reacciona con fruición cuando es violentado. Debemos aprender a responder con irritación ante cualquier intento de aplastar nuestra singularidad, sin caer en la violencia o el rencor. Es decir, sin planificar deliberadamente la venganza a fin de aplastar la singularidad del otro, o llenarnos de resentimiento y dureza, al punto de no abrirnos nuevamente a la caricia y la cogestión.

La ternura es un aprendizaje que implica compartir de nuevo nuestro cariño con aquella persona que nos ha ofendido o hemos ofendido. Esta apertura no puede llevarnos a justificar los círculos viciosos del maltrato y la estupidez afectiva. La ternura es un derecho y un deber de la vida cotidiana, en cuanto podemos exigirla incluso en los momentos más álgidos de la crisis, pero también debemos ofrecerla siempre, pues nada justifica que no podamos compartir con el otro nuestro calor. Es pues, una ética del conflicto, que nos permite sentar las bases cogestivas para una reconstrucción de nuestra vida amorosa.

La ternura da profundidad a nuestra aventura vital, acercándonos a la sabiduría. Abrirnos a la dinámica de la ternura parece ser el gran reto de nuestra época. Enrutarnos hacia la ternura es tener siempre presente en el horizonte la posibilidad de la crueldad, de la violencia, a la que con tanta facilidad accedemos los seres humanos; pues la ternura actúa como una especie de conjuro que impide que cultivemos rencores y odios. Al igual que la madre canta la canción de cuna no tanto para el niño sino para ella misma, para conjurar su posible irritación y no hacerle daño al chico, también nosotros entonamos la canción de la ternura para humanizarnos e impedir que caigamos en el embeleso del exterminio.


Ecoternura

De la misma manera que el clima es determinante para el adecuado desarrollo de los ecosistemas naturales, también la calidez es necesaria para el buen funcionamiento de los ecosistemas afectivos. Para que puedan crecer las singularidades es recomendable establecer controles de calidad afectiva que nos permitan estar seguros de dar y recibir un afecto propicio al mutuo ejercicio de la libertad, sin chantajes ni manipulaciones. Así como realizamos, para beneficio de los consumidores, controles de calidad a los televisores, vestidos o alimentos, es importante también establecer pactos de ternura que nos permitan cuidarnos en medio del conflicto. El clima emocional es uno de los factores más determinantes —si no el principal— en la definición del perfil de las instituciones laborales y educativas, y por supuesto decisivo en la dinámica familiar. Aprender a calibrar el microclima afectivo, ajustándolo para asegurar el bienestar de los seres que de él dependen, es asunto tan importante como cuidar la adecuada combinación de calor y humedad en un semillero o ecosistema vegetal.

Es posible que encontremos en nuestras propias vidas, o en la institución o en nichos afectivos a donde llegamos, un grave deterioro de las relaciones interpersonales, como sucede con esos territorios afectados por la tala indiscriminada de bosques y expuestos a la erosión. Encontraremos que las fuentes nutricias se han secado, que la oferta de cariño ha menguado, que los gestos se han endurecido y funcionalizado. Es entonces preciso acercarnos al desastre con ecoternura. Nuestra tarea, en estos casos, no será diferente a la de alguien que emprende con paciencia la reconstrucción de una microcuenca o un humedal, de cuyo bienestar depende la vitalidad de un ecosistema. El primer paso es sin lugar a duda no destruir más, dejar que crezca el rastrojo, que broten nuevamente esas diferencias cuya emergencia impedía la dinámica del monocultivo. El segundo paso será cultivar las singularidades que espontáneamente broten o aquellas que traigamos para enriquecer el ambiente empobrecido, favoreciendo las autorregulaciones que suelen desaparecer cuando imponemos al ecosistema una lógica vectorial y jerárquica. En la vida interpersonal, estos dos pasos podrían resumirse diciendo que debemos escuchar y acompañar el crecimiento de las diferencias, sin quedar atrapados en la obsesión por el orden o en las lógicas de guerra.

Una de las cosas que más asombra de los ecosistemas es que, sin archivos ni burocracia, logran preservar un conocimiento siempre actual, inmediato y sensible, perpetuado en cada una de las singularidades y puesto en juego de manera espontánea cuando se ve amenazada la vida de la especie. Ecoternura es desburocratizar el conocimiento, convirtiendo su producción y conservación en una práctica autogestiva. De nada sirve guardar archivos con conocimientos que no van a ser compartidos con nuestros congéneres. No tiene objeto mantener información que no va a enriquecer la vida cotidiana de la existencia singular. Ningún sentido tiene acumular verdades que no se transforman en patrones de vida y criterios ciertos para relacionarnos con las demás especies vivientes. No podemos seguir pensando al técnico como sede del saber, porque el conocimiento no está ni aquí ni allá, ni en el sujeto ni en el objeto, sino en un lugar intermedio, lugar de la interacción y la construcción conjunta. Un modelo de conocimiento que no excluya la ternura ingresa necesariamente por la racionalidad ecológica, considerando fundamental la dependencia, la descentración y la singularidad, abierto a la interacción y sin cerrarse en ningún momento con la arrogancia de un gesto imperial.  La naturaleza actúa de manera flexible y abierta, sin planes definitivos. No se trata de tener un solo plan sino de poder asumir todos los planes, abiertos a la articulación y a las singularidades, prestos a alimentarnos del desorden y la incertidumbre.

En un mundo armado hasta los dientes y cruzado por vientos de exterminio, es necesario entender que la simbología guerrera ha llegado a su fin. Afirmación que nos obliga a introducir una nueva simbología en el escenario político, que permita reconocer la existencia del conflicto y la necesidad de la diferencia, a fin de contrarrestar las consecuencias funestas de esta pasión por la homogeneización que se traslada del monocultivo a las relaciones interpersonales. Los plaguicidas responden a esa mentalidad cerrada que declara la guerra al desorden, a lo indeseable, actitud que se expresa tanto en la producción empresarial como en la intolerancia y fanatismo que caracteriza a ciertos modos de vida familiar y social. La lógica de la gran producción capitalista, que ambiciona producir lo homogéneo tanto en la fábrica como en la escuela y la familia, genera una tensión productiva que destruye el abanico de singularidades, fenómeno que pone en peligro nuestra existencia como especie. Convivir en un ecosistema humano implica una disposición sensible a reconocer la diferencia, asumiendo con ternura las ocasiones que nos brinda el conflicto para alimentar el mutuo crecimiento.


Estrategias de intervención

Enfrentar la crisis ecológica de la cultura exige tener claro hacia dónde debemos dirigir nuestros esfuerzos a fin de definir los pasos pertinentes para un proceso de reconstrucción cultural. En primer lugar, como de manera simple lo sabe un conservacionista, o como lo haría una persona empeñada en reconstruir un bosque natural, lo primero es tratar de recuperar y cultivar las singularidades. Sin un conjunto de singularidades, cualquier proceso de reconstrucción ecológica es vano. Este punto es importante, pues frente a comunidades marginadas o en situaciones de deterioro social, en muchas ocasiones los recursos disponibles y las orientaciones estatales hacen más énfasis en solucionar necesidades básicas, sin importar que el proceso de intervención sea paternalista o autoritario, es decir, sin tener como cuidado central el cultivo de las diferencias. En cualquier circunstancia, dentro de un proceso de reconstrucción ecológica de la naturaleza y la cultura, la singularización es el propósito de intervención más importante.

En segundo lugar, cabe entender que la diferencia entre un proceso de reconstrucción agenciado por el ser humano y la reconstrucción espontánea de un ecosistema afectado por una inundación o un incendio, reside en que el primero está mediado por un afán de control desde un plan único y centralizado, mientras el segundo se genera desde un proceso de autorregulación sin centro privilegiado. Es decir, la intervención humana hace más énfasis en la construcción previa de los sistemas de intermediación y dispositivos de control, mientras el ecosistema natural pone en juego toda la potencialidad de sus singularidades. Acceder a modelos donde tengan cabida propuestas como las del orden por fluctuación u orden por el caos, es el complemento necesario para un proceso que tiene como eje fundamental la singularización, confiando en que las cadenas de interdependencia se irán generando de manera paulatina en la respetuosa interacción de las diferencias.

No debemos quedar atrapados en el pensamiento burocrático que exige planificar nuestra intervención cultural desde objetivos puntuales que respondan a un sistema de costo—beneficio. No podemos hablar en el mismo lenguaje que buscamos desplazar. Nuestras acciones son a la vez fines en sí mismas, pues cada una de ellas adquiere el carácter de postura ética y estética que hace resonar, en el ambiente cultural, una manera diferente de percibir la singularidad y la diferencia. Como toda intervención, la nuestra es también una posición de fuerza que busca confrontar hábitos y valores para generar nuevos modos de apasionamiento, más proclives a una perspectiva ecosófica.

Desde la perspectiva de la ecología humana es impensable y contraproducente una intervención normativa. Definir modelos universales para obtener resultados uniformes, no es más que reproducir las condiciones para generar nuevos desastres ecológicos. Es necesario poner siempre de presente la singularidad del individuo, grupo o ecosistema, aprendiendo a reconocer sus propios procesos de bloqueo y autorregulación. Cada momento vital, cada grupo o comunidad, necesitan de diferentes niveles de dependencia y configuran diversos caminos de expresión de lo singular.

Un modelo de intervención no debe entenderse como un esquema cerrado, sino como un diseño tendiente a favorecer la circulación y comunicación dentro del ecosistema humano, pero cuyo funcionamiento y concreción será siempre diferente, dependiendo del grupo al que se aplique. Esta es la razón por la cual, desde la perspectiva de ecología humana, un programa de intervención exige del promotor gran creatividad e imaginación, y del grupo una comprometida labor de autogestión. No se pretende hacer un manejo normativo de masas ni reproducir conductas autoritarias que favorecen la violencia en la intimidad. Al contrario, es necesario tener una gran flexibilidad en la intervención, particularizándola y rediseñándola según las condiciones concretas que se enfrentan, sin olvidar nunca que se trata de un proceso de creación colectiva y no simplemente de la aplicación o reproducción de un nuevo modelo para el manejo de grupos, el control psicológico o la valoración estandarizada de la personalidad.

No se trata, como podrían pensar algunos, de una variante de la terapia de grupos o de un trabajo que refuerce la identidad o actitud de mando del técnico o profesional. Este no es más que un articulador entre la tradición científica y la comunidad, participando él mismo del proceso autogestivo que debe redundar en cambios reales del medio ambiente interpersonal en el que interviene. El trabajo deslinda, pues, el marco de una sesión o reunión grupal tradicional, para enfrentarse a la vida humana, buscando, como toda intervención ecológica, un cambio actitudinal hacia el ambiente que favorezca los mecanismos de dependencia a la vez que fomenta la expresión y crecimiento de la singularidad.

Reconociendo la peculiaridad y fragilidad de cada ecosistema humano, debemos intervenir sin opacar la riqueza de la vida cultural que se nos ofrece, ni perder de vista que el objetivo prioritario es fomentar el desarrollo de la diferencia sin poner en peligro el alimento afectivo indispensable para el crecimiento de la singularidad. Asegurar la coexistencia de la dependencia afectiva y la autorrealización, desarticulando los sutiles mecanismos del chantaje afectivo y la compulsión por el éxito y la eficiencia, es la manera adecuada de prevenir la aparición de la crisis ecológica de la interpersonalidad.

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